Actualizado el 8 de julio de 2011

La araña de la mujer beso

Por: . 4|6|2010

Gemelos, obra de Ibrahím Sorís Santiesteban“Ella no está”, le dijo una lasca de Michel a través de la puerta entreabierta. Una lasca de shorts verdes, camiseta amarilla con la heráldica del mundial de fútbol, un ojo burlón. “¿Y el gordo?”, preguntó Roberto tratando de ver más allá.

—Salió.

—¿Tardará, socio? —inquirió acentuando, machista, la palabra socio.

—No sé… socio —contestó Michel, cagado de la risa. Había silbado femeninamente las eses.
“Lo voy a esperar”, dijo Roberto y empujó la puerta. El ganchito tintineó como una campana. Michel volvió a mirarlo de arriba abajo.

— ¿Y si tarda?

—Él vuelve para la comida —gruñó Roberto, haciendo notar que sabía los horarios de la casa.

“Si tú lo dices”, ironizó el otro y le franqueó la entrada. Cerró la puerta y le pasó el cerrojo. “Tú eres de confianza, ponte cómodo”. Roberto se sentó en el sofá y se pinchó con un muelle. El otro echó una risita: “¿Te pinchaste? La casa se está cayendo, pero él no se gasta una peseta”. Estaba casi acostado en una de las butacas, hojeando desganado una revista multicolor de páginas satinadas.

—¿Qué lees?

Bohemia —chilló el otro, y soltó una carcajada.

Roberto lo acompañó con una sonrisa torcida. Como el Peter Pan de Disney o la portada de una edición barcelonesa de Tom Sawyer.

Michel le mostró la portada: “Está buenísima, trae la moda de este invierno. Se van a usar el borgoña y el dorado —lo miró descaradamente—, a ti te va lo de Galiano. Algo descuidado”. Roberto sonrió, nervioso. “Ese efecto desteñido no se logra artificialmente, es lo que yo digo”, mirando los jeans de Roberto. Se acercó y le pasó un dedo por un muslo. “Mugre real”. Aquel lo apartó. “Dile a Gloria que te compre uno nuevo. Ella tiene un corazón de oro”.

—¿Tú sabes a qué hora vuelve ella?

Michel miró el reloj de péndulo: “Cuando ella sale… Salió con un yuma”.

A Roberto le quemaron las palabras:

—¿Vino…

Las de Michel sibilaron, untosas:

—Con otro yuma.

Las páginas de la revista revolotearon, un nuevo chillido y Michel mostró la imagen de un auto reluciente: “Uno así vino a buscarla”. Roberto hizo como que no le importaba. “Qué bien”. El pantalón fue un poco más viejo, el pulóver se estiró más y le aparecieron nuevas marcas. Uno, dos, tres brotaron los granos tumefactos en los cachetes.

—Ella se lo merece. Primero porque es mi amiga y segundo porque esa niña ha pasado muchísimo trabajo. No tienes idea de todo lo que ha pasado. Se lo he dicho, que se dé su valor y creo va entrando en razón. Tú eres… amigo suyo, ¿no? Pues háblale también. Creo que anda medio enredada con un tipo ahí…

—¿Un yuma? —musitó Roberto.

—No, chico, un estudiante…

—Ya.

—Ella está muy sola, él le ha dado cariño, y ella es como un perrito, que se va con el que le pasa la mano. Pero no le conviene —se acercó, confesional—, el yuma viene a casarse y es un italiano que está podrido en plata. Dime tú, ¿qué le va a dar el cubanito ese? Picadillo dos veces al mes, apagón, alguna ropita de segunda mano.

Roberto se revolvió en el sofá y se pinchó otra vez con el muelle. Michel le advirtió: “Ten cuidado, que se te rompe el unicornio”. Como al descuido, medio escondido tras las páginas satinadas, mordiéndose una uña. Hacía calor, a pesar de lo avanzado del año. En una esquina languidecía un apócrifo árbol de navidad. Los adornos lanzaban tímidos destellos. Le pareció ver a Delfín resoplando alrededor: “Me gasto una fortuna en bolas de navidad, pero es el mejor recuerdo de mi ya lejana infancia”.

—Las luces están fundidas, hubo un corto —masculló Michel, condenando a la oscuridad el rincón —. ¿Tú sabes de electricidad?

—Algo.

—Prueba…

Roberto estuvo revisando la guirnalda de luces. Descubrió un bombillo negro y pidió un cuchillo. Michel se calzó las chancletas y se perdió rumbo al fondo rezumando alguna colonia extraña. Olía a resinas. Roberto acercó el cable eléctrico a la puerta-ventana que daba al patio de cemento. La nueva oleada resinosa empuñaba un cuchillo: “Si no te duele tu sangre y encuentras a Primavera, alumbraré…”

Roberto lo miró extrañado, divertido:

—El pastor y la hija del sol.

—El frío raptó a mi hija Primavera —contestó el otro, gozoso.

—¿Tú te acuerdas?

—Claro, mucha papilla que tragué delante del televisor.

—Soy Etuki, cazador —y Roberto empuñó el cuchillo con el que cortó el cable, desechó el bombillo inservible, que era rojo; y peló ambas puntas del cable—. Busca esparadrapo.

El oleaje perfumado chancleteó por el pasillo y retornó con un rollo de envoltura reluciente. Amarillo mostaza.

—Buena memoria, socio.

—Gracias… socio —susurró Michel y se carcajeó.

—¿De qué te ríes?

—Lo de socio…

—¿Qué tiene de malo?

—No sé, suena falso.

Roberto lo miró, desconfiado.

—Tú no eres así. A ver, ¿qué signo tú eres?

—Capricornio.

—No te creo: yo también soy Capricorniano, del 20 de enero, casi Acuario. ¿Qué día tú naciste?

—El 28 de diciembre.

—¿El día de los inocentes? —se rió estentóreamente—. ¿Y en el chino?

—¿Cómo?

—En el Horóscopo Chino.

—No sé. ¿Cómo es eso?

—Por el año, tú naciste en el…

—1980.

—Eres Mono. Encantado, yo soy Dragón.

—Yerba contra el Dragón. Para los escolares la rebajo a mitad de precio —rió Roberto.

—Somos extremadamente afines. Signos de energía pura. Si aparece una Rata hacemos un trío tremendamente explosivo. ¿Tú eres fiel?

Roberto dio un respingo, extrañado. Sabía de quién se trataba. Delfín hablaba pestes de él, Gloria prefería no mencionarlo. El otro le leyó el pensamiento. Abrió con los dientes la envoltura plástica del esparadrapo, con un sonido largo, rijoso. Lo miró descaradamente. “Ojos de muchacha que busca íncubo”, le dictó el recuerdo de Delfín. Se limpió con la lengua la comisura: “No te imaginas todo lo que he hecho con esta boca”

Roberto no le respondió y se aplicó con el cable; empató, entorchó y volvió a forrar con esparadrapo cada pelo de alambre. Le puso una nueva capa y cubrió todo el cordón con el esparadrapo. Cortó con el cuchillo. Le dijo:

“Conéctalo”, y Michel se ocupó del tomacorriente. La guirnalda se alumbró y, acto seguido, comenzó a parpadear.

“Bravo”, aplaudió Michel. “Esto merece un brindis. ¿No serás abstemio, como el gorrión?”.

—Por cualquier monserga andan ellos de juerga —empató Roberto la frase de aquel viejísimo dibujo animado.

—Ahora es porque el tordo acaba de debutar —completó el otro—. Espera, tenemos que festejar. Hacía siglos no me encontraba alguien que recordara los muñequitos tan bien como tú.

—Tengo que irme —advirtió Roberto, extrañamente atraído.

—Amiguitos, si os prohíben algo no se enfaden: es vuestro amigo Nosepuede.

Roberto gritó, eufórico:

—¡Abajo los Nosepuede!

—Vamos al cuarto —lo haló Michel.

Roberto se resistió, sin dejar de reír: “¡Estás loca! Allí está ese viejo Patas de Chivo y el General con tropas”. Michel, adoptando un aire desvalido pero orgulloso, gimió con voz aflautada: “Bien, como quieras”, y se deslizó por el pasillo, imitando pasos de baile. “Como quieras, como quieras”, masculló Roberto, sin dejar de pensar en Gloria. De pronto le había invadido una extraña lasitud. En aquel antiguo muñequito, el deshollinador seguía a la pastora de vuelta al estante. Caminó por el pasillo. El patio de cemento despedía un vapor ardiente y los vidrios sobre la tapia destellaban verdes y ambarinos. El gato sorteó los vidrios y caminó elástico por los bordes.

—Pasa —dijo la voz—. Aquí hay de todo, verás qué bueno.

—Sal, pimienta —contestó Roberto, desganado.

El cuarto olía bien. Hacía calor y Michel abrió las puertas-ventanas. El resplandor arrancó brillo a los objetos apilados sobre la cómoda, el espejo lanzó contra la pared un rectángulo amarillento. Roberto apareció en la puerta del escaparate. Se miró de reojo. La vieja atracción por los espejos. Se vio sucio y desaliñado, barbudo. Michel hurgó dentro y sacó una botella llena de algo ambarino:.

—Juanchito Caminador. Güisqui porque no hay vodka, tavarich. ¿Sabías que mi padre es ucraniano?

—No jodas.

—Como te lo cuento. Este que ves aquí fue concebido en Crimea, a orillas del Mar Negro. ¡Eh, los de la orilla! —y sacó un par de vasos, también del escaparate—. Se los tomé prestados al gordo.

—Se roban nuestra balsa —rió Roberto.

—¡Eh, los de la orilla! —volvió a gritar Michel, pronunciando la elle como los argentinos y sirvió un dedo en cada vaso.

—Tírale la pértiga —Roberto citó y tragó un buche. La bebida le quemó la garganta.

—¿Y no van a pegarnos? —parodió el otro, y advirtió—: Paladéalo, loco. Aprovecha.

Extrañamente, Roberto no se molestó. Metió la lengua en el vaso y tomó un buche pequeño, jugueteó con él y el aroma escapó por la nariz. Michel lo contemplaba, agazapado en la cama. “La maja”, pensó Roberto. “Siéntate”, invitó el otro.

Roberto lo hizo en una silla estampada en ramazones rosas. “De los muebles viejos de la casa”, informó Michel y atacó:

—Pero fiel no eres. Yo te conozco. Me conozco. Nos conozco.

—Yo no soy maricón —advirtió el otro, y se incorporó.

—No te asustes, que yo sé respetar. Tú sabes que somos así.

A Roberto le molestó el plural.

—Yo no sé nada.

Michel reptó por la cama y le llenó el vaso: “Aprovecha”. Miró a un lado: “No viene nadie”. Él mismo se respondió: “Nadie”. Miró al otro lado: “¿No viene nadie?”. Roberto le siguió el juego: “Nadie”. Probó el whisky, miró a través del vaso, hacia el patio y este se coloreó de un dorado hermoso, líquido: un gato de oro caminaba lentamente por una diadema de piedras relucientes. En los cordeles, rezumaban miel pesadas telas de oro. Michel lo contemplaba: “Juguetón, como buen mono. Estás cansado, se te nota. No dormiste bien anoche”

—Tú no entiendes nada, para ti es más fácil.

—Fácil pinga —chilló Michel—. ¿Qué tú sabes? Estoy más solo que el erizo en la niebla.

—¿Te acuerdas de ese? Tenían que estar locos los rusos, para hacer esos muñequitos tristes.

—Mi mamá estudió allá. Vino enferma de tristeza y preñada.

—La melancolía verde, la enfermedad del zar marino.

Roberto se sintió extrañamente agotado pero sereno. Cada trago le nublaba la mente y le calentaba el estómago. Pero le aflojaba las articulaciones como una marea blanda y dorada. Volvió a mirarse en la puerta de espejo del escaparate: las mejillas arañadas, el pelo sucio, el color de los zapatos. Michel pareció adivinar:

—Eres la mona más linda del mundo.
Curiosamente, Roberto no sintió nada. Le sobrevino un ataque de hilaridad, que el otro acompañó a carcajadas, mirándolo desde la cama. “Eres lindo”. Roberto dio un respingo: “Recordó el zar marino su promesa”.

—Recordó su palabra inalterable —rezó Michel—. No te preocupes, socio; no te pondré un dedo encima.
Roberto miró alrededor, le dieron ganas de recostarse en una cama y dormir.

—¿Te quieres bañar?

—No.

—No tengas pena, chico. Así cuando Gloria llegue te encuentra limpio. Estás asqueroso.
Roberto se olisqueó. El aroma del cuarto le hacía parecer hediondo. El del talco, la colonia, el desodorante, la crema de afeitar, el de una varilla de sándalo que al parecer se había prendido sola en la cómoda. El olor perfumado del whisky. Michel insistió:

—Dale, báñate.

Sacó del escaparate una toalla enorme y listada. Roberto calculó que, cortándola, saldrían cuatro toallas grandes. Michel se la lanzó como una alfombra volante, imperativo: “Báñate”.
Roberto se incorporó con un ligero mareo. Los ojos de Michel lo mantenían en pie. Entró al baño. Un cuadrado de baldosas coloreadas en flores de lis, cuarteadas y opacas por la costra. Michel asomó la cabeza: “Eres la mona más linda del mundo”. Roberto soltó una carcajada: “La espina está llorando”.

—Sal, socio —le pidió al otro, que se escurrió por el rectángulo de la puerta. Una mano sin brazo. La cerró.

Del otro lado había una puerta idéntica. Roberto adivinó el cuarto de Gloria, quizás con muebles parecidos y, en el anaquel, sus pomos de crema para el cabello, champú, aceite corporal. Bebió el aroma que salía de los frascos traslúcidos, con sus jarabes coloreados. Pensó en Gloria y su pensamiento fue como aquellos jarabes. Se desabotonó el pantalón y corrió el zíper. Cayó al suelo y el cinto sonó contra el piso. El pulóver goteó encima y también el calzoncillo sucio. Llevaba casi dos días con él. Se miró en el espejo. Los ojos vidriosos. La barba crecida. La frente azul con granos violetas, por la luz. Se dijo: “Tiznado”. Tuvo que reír. Tiznado. Como el ternero sucio de aquel otro…

—Bien dicho: tiznado —dijo Michel sonriente, asomado a la puerta, acercándose —. Baja la cabeza, que te la lavo.

Roberto intentó negarse y el otro le susurró: “Abajo los Nosepuede”. Lo obligó a inclinarse, le mojó el pelo y lo frotó con una miel perfumada. No logró que espumara. Le enjuagó y vertió más champú. Roberto se dejaba hacer sin abrir los ojos. Sólo sentía los dedos masajeando su cabeza en una caricia larga y la voz que chachareaba: “No sé qué vio ella en ti, cómo tienes esta cabeza… Te hace falta un buen corte de pelo… No importa, mamá, crecerán de nuevo”.

Roberto recordó el muñequito de la niña de rasgos mongoloides que se cortaba las trenzas para hacer una cuerda y trepar un risco para… ¿Para qué se cortaba la chica las trenzas? No pudo recordar.

—Para que en la yaranga siempre arda el fuego —dijo Michel—. Quisiera que vieras el color del agua…

Lo contempló, amparado en la ceguera del otro. Era flaco pero hermoso. Con un aura trágica que le provocaba una extraña conmoción. Aquella tristeza. Miró a lo largo del espinazo, las nalgas, las piernas fuertes: “Para ser tan flaco tienes buenas piernas”.

—¿Qué tú miras? —gruñó Roberto y le dio un manotazo amistoso—. Sal de aquí.

—Bien, como quieras —chilló la pastorcita de porcelana y agitó el callado cayado, con su cinta rosa.

Roberto se metió bajo el chorro helado. Se enjabonó con un óvalo oloroso. Cuando descubrió el glande, un tufo ácido le golpeó la nariz. Orinó y el chorro tiñó la espuma. El olor amoniacal pronto fue disimulado por la espuma de jazmín. Se enjabonó otra vez. Jugó con la espuma. Se enjuagó bajo el chorro, el agua se entibió con su cuerpo, la sintió rodar por la espalda, caer con estrépito. Se enjabonó de nuevo. Lavó minuciosamente los pies, frotó entre los dedos, los calcañares, las pantorrillas, bajo los brazos. El chorro hacía caer la espuma y él volvía a enjabonarse una y otra vez, intentando quitarse de la piel su costra de pobreza y angustia. De fuera le llegó, a través del estrépito de las aguas, la voz de Michel. “Eh, Sadkó, mercader rico…”

Roberto se envolvió en la toalla:

—¿Ya llegó?

—¿Quién?

—Ella.

—Estamos solos —susurró Michel.

Suite Erótica, obra de Lucía FernándezEl otro le devolvió una mirada desconfiada y Michel se carcajeó: “Ya te dije que no te voy a hacer nada”. Le tendió una máquina de afeitar. Roberto estaba definitivamente mareado. “Siéntate”, ordenó Michel y él obedeció, sentándose en la tapa de caoba de la taza. Lo embadurnó de crema mentolada y en un periquete lo rasuró. Todavía cortó con agua un rasguño en la barbilla. Lo frotó con una loción, también perfumada. Contempló la obra. Lo hizo mirarse al espejo: “Tú no eres feo, sólo estás mal iluminado”. Roberto sonrió y se miró, extrañado. Michel pegó su cachete y descubrieron el parecido entre ambos. Hasta los granos parecían disueltos, inexistentes. Michel apartó su cara. Intentaba no asustarlo.

Lo roció con colonia. Le puso un chorro de gas helado bajo los brazos. Con la punta de los dedos tomó la ropa sucia y la echó en la cesta. Luego se lavó las manos.

—Necesitas que te cuiden. Eres un diamante en bruto. Bajo ese disfraz hay un príncipe.
Roberto se azoró y el otro tuvo que reír.

—Tú harías feliz a cualquiera.

Lo tocó sin ponerle un dedo encima. Roberto se sintió extrañamente vulnerable. “Vamos —dijo y salió del baño —. Dame la ropa”

—Ni muerto te pones esa mugre. Te presto algo mío y después me lo traes. Debes estar muerto de hambre. Enseguida preparo algo de comer para los dos.

Le puso el vaso lleno en la mano.

—Bebe, que la vida es breve…

—Me tengo que ir —musitó, casi rogó Roberto.

Pero Michel no lo escuchaba, del baño llegó su canturreo. Se envolvió en una nube de espuma rosácea con olor a canela. Demoró rasurándose el pubis, el pecho, las piernas, los brazos, presa de una inesperada ansiedad. Luego se frotó con aceite y se roció todo el cuerpo con el mismo gas helado. Le hirvieron los testículos por el efecto de la loción. Cuando salió, Roberto dormía de bruces sobre la cama, con la toalla enrollada a la cintura. Con cuidado le abrió la toalla y lo contempló en silencio. Le pareció verse a sí mismo, como en un espejo. Un cuerpo menos fibroso, menos cuidado, con las mejillas arrasadas por el acné. Mal alimentado, sin el beneficio de la cosmética, pero extraordinariamente atractivo. El vaso estaba vacío junto a la cama, en el suelo. Quiso ser poseído por el muchacho durmiente. No lo tocó, pero cuidándose de despertarlo, se masturbó. Roberto se volvió bocabajo, Michel se bebió la curva de su espalda, las sorprendentes nalgas redondas, los vellos de los muslos. Hacía calor y el tapizado de la silla desprendía un vapor húmedo, que no mitigaba el ventilador metálico.

Limpió cuidadosamente el piso con un trapo. Se envolvió en la toalla y fue hasta la cocina. Rápidamente preparó una tortilla; batió los huevos, cortó dados de jamón y ralló queso. Parecía una pizza. Sacó un par de maltas del refrigerador, un puñado de galletas. Sudaba profusamente y el vaho helado lo estremeció. Fue entonces que escuchó abrirse la puerta de la sala y vio la figura de Gloria dibujarse en el umbral. Le molestó. La odió. Quiso matarla.

El pasillo estaba en sombras, la luz del fondo teñía apenas de amarillo los mosaicos blancos, en un nuevo tapiz arlequinesco. Gloria no encendió la luz. El arbolito parpadeaba en el rincón. La cabeza le dolía y taconeó rápidamente rumbo a su cuarto. El de Delfín era un muro de tinieblas, ni siquiera se veía el filo de luz bajo la puerta. Pasó rápidamente frente a la segunda habitación vacía. Se sobrecogió como siempre, pues el gordo solía divisar allí la sombra reumática de su difunta tía Enma. Apretó la medallita en el puño. Cuando salió al pasillo, respiró aliviada.
Había luz en el cuarto de Michel. Lo llamó y no recibió respuesta. Aprovechó para descalzarse. Se quitó un zapato y empujó la puerta entreabierta. Vio a un hombre desnudo bocabajo sobre la cama. Le pareció conocido. Le dio vergüenza y se apresuró a salir, casi chocó con Michel, que entraba envuelto en una toalla. Él soltó la carcajada: “No te vayas, mira quién está aquí”. Ella vaciló, pero Michel la tomó de la mano y la arrastró hasta la cama. Estaba húmedo y olía a sudor y a semen. Volteó de un tirón a Roberto, quien arrugó los ojos como un animal cegato. Vio a Gloria, más bien el fantasma de Gloria que trastabillaba con su único zapato de tiras doradas, apartaba a Michel y salía con aquella expresión dibujada en los ojos.

Se sentó en la cama, como disparado por un resorte. “¿Qué pinga es esto?”. Michel lo contempló con los brazos en jarras: “Te cogió infraganti”. Se palmeó las nalgas y echó a reír.

Le dolió la mano cuando lo golpeó. Michel le devolvió el golpe y Roberto se tambaleó. Fue un relámpago de plata que le hirió el labio. Le gritó maricón y se abalanzó sobre él. Michel reía sin parar, como una cascada ácida incontenible; era resbaloso como un pez, fibroso, ágil. Roberto tiraba golpes que el otro esquivaba sin dejar de reír, hurtando el cuerpo, saltando como un boxeador profesional. Sintió el ardor —el sonido de platillos: drum— de un par de bofetadas, y la risa, siempre la risa. Estaba atontado por la bebida. No debió tomar tanto. Michel hacía aspavientos y chillaba cuando intentaba golpearlo, llamaba a una Gloria invisible, para que viera a su flaco que le había pegado los tarros. Le decía papi, y mi amor, y que no se pusiera así. Roberto le dio un empellón que lo lanzó contra la cómoda en medio de una lluvia cristalina. Varios frascos cayeron al suelo junto a la granizada de adornos, una virgen de bronce que sonó como una campana, una vasija llena de anillos:

—Comemierda, era un Lalique auténtico— aulló Michel y se arrodilló.

Roberto buscaba su ropa sin hallarla. Quería salir para hablar a Gloria, que debía estar encerrada en su cuarto. Se enrolló en una sábana y pretendió salir, pero Michel tiró de un extremo y haló con violencia. Lo hizo caer. Se puso a horcajadas sobre él, desnudo, y lo abofeteó con todas sus fuerzas, los anillos le dejaron surcos en las mejillas. Roberto se revolvió y logró quitárselo de encima. Cuando lo tuvo debajo, le aguantó los brazos, lo miró con rabia, con una tristeza infinita. Michel se reía desganado, con un gorjeo. Roberto se sintió ridículo, se desmontó del risueño contrincante y corrió a aporrear la puerta de Gloria, suplicando que le dejara explicarle. Allí lo halló Delfín.

—Habrá una explicación, supongo —musitó el gordo—. El vecindario está alborotado…
Roberto se cubrió con las manos.

—Coño, compadre.

De la habitación contigua brotó un diablillo en calzones rojos, con un puñado de ropa en la mano.

—No es lo que piensas, mi amor. Fue sólo…

Roberto le arrebató la ropa y se la puso allí mismo, ante la mirada atónita de Delfín y los ojos divertidos del otro. No se amarró los zapatos, le dio una palmada a la puerta de Gloria. Puta. Y escapó dando tumbos por el pasillo. La puerta retumbó al cerrarse, como una explosión.

—Ahora ya sabes lo mal que saben la sal y la pimienta.

—¿Qué coño pasó aquí? —chilló Delfín.

Michel fue caminando hacia atrás, diciendo como en una letanía…

—Que este cuento te sirva siempre de amarga y útil lección.

Cerró la puerta del cuarto, como un libro.

Aún susurró, antes de juntar las hojas: “Koniec”

Mención en el Concurso Internacional de cuento Casa de Teatro 2009, de República Dominicana.

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