Actualizado el 14 de junio de 2011

Volutas y utopía

Por: . 6|9|2010

Y pues que el deseo en estas tierras lo nombra todo y semeja a nuestros cantes y es como india secándose sobre la roca, quiero contarte, Padre, del maravilloso descubrimiento que ha pocas mañanas realizamos en estos lares. Que habiéndonos refugiado en este puerto llamado de Carenas por sus excelentes condiciones para en él reposar del mucho esfuerzo que es el navegar por esta desmesura y voces nuevas, pues en las costas de nuestra Andalucía y buena villa de Algeciras en que los tres hermanos crecimos y de donde nos hicimos al mundo, Padre, la natura parece como desmayada y aún herida por la planta de infieles y las aguas que hierven según que se acercan a las columnas de Hércules, temerosas acaso de la vastedad de espacios en esta ruta que seguimos a tierras tan feraces y plenas del Espíritu que no parecen, al mirar, a las descritas por los que en el Oriente han estado.

Digo, Padre, que en este buen puerto de Carenas, y recorriendo la comarca con natura que invita a las expansiones más deleitosas y alejadas del pecado, descubrimos que unos árboles de grande y esbelto tamaño como nuestras palmeras pero que en estas fertilidades son mayores porque todo invita a la desproporción en tan vírgenes territorios, así besaban el aire con hojas vastas y que de contemplarlas suspira el alma y la carne por nuestras morenas mujeres, que en estos confines son evocación pues las ausencias de ropajes como allá las asfixian, Padre, aquí, y aun precisándose urgente distribución de las prendas del Espíritu para evitar herejías, aquí simulan soles que estallan entre hojas tan verdes, tierra sensual y rocas y troncos y ramas, cantos de aves y movimientos de peces y reptiles, los cantos de estas criaturas cobrizas cuyos tambores resuenan como poderosas gargantas empujándonos a una contemplación repantigada en la molicie de un deseo ingenuo por cuanto más todo penetra, y a nosotros, dignos soldados descubridores de Sus Majestades Católicas y siervos de la Santa Iglesia por quien somos hijos ante Dios, y usted, Padre, porque me enseñó como a tercer hermano en mi bastardía mayor que sólo para procreación de los hijos de Dios ha de ser útil el apetito de la carne, empeño difícil en estas costas todo invitando a diluirse en la natura que provoca y acaricia con fluidez sofocante, procelosa, quieta como sólo puede serlo una zarza ardiente que no se consume, mar domada por la voluntad de la Fe.

Y perdone que hable yo, ni gran capitán de Sus Majestades como nuestro mayor ni hecho a las cosas de Dios tras los santos muros de un monasterio, ínfimo bastardo que sólo pretende dar relación de las cosas del mundo a través de los viajes. Excuse que me dé a hablar de tan elevados asuntos pero ya no sé dónde está el centro ni qué hacer de este lado de las palabras, usted y ustedes que ignoran de qué hablo y no han visto, bajo el perfume y sonido del aire y pájaros, entre esto que llaman papayas, anones, guanábanas, guayabas y demás especies que a nombrar no alcanzo pues sus nombres aun permanecen ocultos para nosotros, que sólo nombraremos en tanto vayamos conociendo que aquí es sentir. Y este es el peligro, con el mucho calor y relumbre de las cosas que nos envuelven y desnudan de cuanto éramos allá y ahora somos maravillados de una cabellera como estas noches sobre la roca en que hallamos a Habana, india ferácica por los acentos de su voz y la hondura de sus ojos que el mucho mirar consumen, porque ella en tanto nos hablaba en su lenguaje que es como estas entrañas de vegetales que copulan y respondía a nuestras preguntas para enviar relación de todo a Sus Majestades, y yo a usted, Padre, hermano mío que aun no te vienes a estas tierras y no te basta el recuerdo del judío que cargaron de cadenas, condenado a morir pobre lejos de este mundo Nuevo, consumida era por nuestros ojos que como manos y espadas la devoraban en su relumbrar de miel sobre la roca, base de tanta donosura que vamos descubriendo entre tierra y mar y arroyos, peligros extraviados de la carne pues la ausencia de nuestras mujeres encandilaron a muchos que se desfogaban entre ellos mismos o contra la inocente vegetación y lo que precisamos es la caricia de estas apartadas hijas de Dios a semejanza de Habana, doncella del cacique Habanex que así llaman a los reyes que acá sometidos serán a Sus Majestades y cuyas hijas blasonan del mismo nombre de quien las procreó, o que la tierra sobre que estamos así se nombra, grave cosa para nosotros que en nuestra sed que aquí todo causa de amar y saber que es fuego lo que arde entre las piernas en todo queremos asimismo penetrar.

Y tal vez por ello y lo efímero de las cosas humanas hice apunte de su cuerpo, por si alguna ocasión te es de elevarle merecida estatua a tal majestuosa aparición por la que hemos nombrado esta región en que fundaremos templo y villa para mayor gloria de Sus Majestades e invitación a usted, Padre y hermano, a venirse acá pronto, que se habla de emprender viajes a Tierra Firme donde sí el oro es minuta y demás metales y piedras preciosas y los caminos se parangonan con muchos aquellos de romanos que alcanzaron nuestras tierras, desde las que harto difícil es imaginar cuánto acá la voluntad de nuestro Creador puso para comprobar nuestras decisiones e impulsos ante el lenguaje de la carne. Tierras estas marcadas como son por el signo de la carne en ingenuidad que allá hemos olvidado y se diría que derramo en estos pliegos los cuatro ríos de mi vergel de mi nacimiento acá, donde las costas son como labios y las palmeras se elevan cual fuego de cinturas, cuellos, piernas, brazos, pechos, todo acá hecho en las mujeres y las cosas como si deseasen ardientemente desbastar la aspereza de nuestros espíritus, de donde vengo a dar cuenta yo, en esta relación oculta que te envío con un amigo para que vengas a engrandecer la voz de tu evangelio en estas extremidades donde continuarías el viaje que el grande Pablo no realizó a España, pues acá has de hablar como niño para predicar lo que tanto te arde en la palabra y más, que harto extraño resulta que en natura tan desproporcionada no existan grandes y sólidos templos para deidades así de monumentales y recorriendo estos parajes me cuestiono si en Tierra Firme nos esperan sorpresas mayores contra las que nuestra Fe tendrá que luchar ardua y santamente, que estos no son infieles como a los que sacudimos de nuestras montañas, y sus voces llaman al reposo todo lo cual pongo apresuradamente y escondidamente en tu conocimiento, hermano, que no Padre, para que nazcas conmigo y seamos los primogénitos de acá en que la Creación toda parece reciente y temo por eso, Bartolomé, que ni aún tu voz pueda contener las desgracias que veo avecinarse y se alzarán, orgullosas, sangradas, como la orina roja que consume a varios y es acaso el primer regalo que aportamos a estas sanas tierras.

De todo lo cual, anheloso y preocupado por los destinos de Habana y todas las villas te envío relación evocando la memoria de aquel nuestro Alfonso Sabio, para concluir diciéndote que el bote hace agua y acá encontrarás maravillas con mucho de mayor esplendor que las construcciones de los infieles expulsados, que de este lado de las aguas poco vale cuanto hemos aprendido y arribamos con la desmesura virgen, que no castrada, como la de aquel sabio que no sabiendo de la poesía de las cosas llamadas ordinarias, contrario al delicioso Villón a quien yo sé que en solitario disfrutas, vino en ahogarse pues tampoco sabía nadar, como sucede aquí donde todo es grande y húmedo y la piel relumbra con fuego que consume la boca de nuestros cantes que parecen nuevos, inundados de extraño gozo del cual sólo he querido anunciarte de las más cosas que alcanzaremos en estas tierras vírgenes. Yo, tu hermano, en el año de gracia de 1520.

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