Actualizado el 20 de enero de 2011

Buena temporada

Por: . 20|1|2011

Para hacer el papel de carnada, un caza-dragones debe reunir dos requisitos. El primero, ser insensible de olfato y poseer un estómago de acero. El segundo, ser muy ágil.

¿Por qué? Prueben un día a pasar por delante de la morada de un dragón y respirar hondo. El hedor que despiden los excrementos y restos de presas acumulados en su interior les hará echar la vida por la boca. Y comprenderán entonces a los que nos aventuramos en el mismísimo centro de la putrefacción. Ni cubriendo nuestras narices con trapos perfumados en sudor de hadas podemos filtrar el olor.

El segundo requisito resulta decisivo a la hora de huir, pues el objetivo de los que desempeñamos el oficio de carnada es sacar a la criatura de su cueva a como dé lugar. Y una vez que has molestado al ejemplar lo suficiente como para que te persiga, necesitarás de piernas muy ligeras para ponerte fuera del alcance de sus llamaradas.

Porque tu trabajo termina cuando lo sacas de la cueva. Los anzuelos harán el resto. Tengo muchachos muy responsables en el oficio de anzuelos, y hasta el momento nunca me han fallado.

Se movía silenciosamente por la gruta, buscando, con la luz de su antorcha, los espacios libres de restos animales. A veces no le quedaba más remedio que apartarlos a un lado a patadas. Sus suelas aplastaban los gruesos gusanos blanquecinos que reducían la carroña a nada. Sus botas se hundían en la espesa capa de excremento. Pero ya aquello no le causaba ninguna náusea.

La costumbre hace maravillas.

Escuchó un sonido grave y prolongado proveniente del interior.

La presa duerme.

Había llegado al final de la caverna, donde se volvía mucho más amplia. Tanto, que la luz de la antorcha apenas si alcanzaba a iluminarla toda. Aunque sí lo suficiente como para que el intruso apreciara al dragón en todo su tamaño.
Miren lo que voy a pescar. Hermoso imperial… La cantidad de anillos en sus cuernos indica que se trata de un adulto… Eso es bueno. Cuanto más viejo, más dura y resistente es la piel. La paga por este será buena.

Estudió a la criatura desde el umbral, sin adentrarse, por temor a ser percibido. El dragón dormía hecho un ovillo, con las grandes alas plegadas.

Debo apresurarme. La bestia no tardará en identificar el aroma de las hadas.

Clavó la antorcha en un montoncillo de desechos y tomó su arco. Lo cargó con una flecha y tensó la cuerda al apuntar…

* * *

—¡Llamas y Dragones! Abandono.

— Pensé que eras más osado, Mermot.

— No cuando tengo una mala mano.

—¿Me darás la revancha?

—¡Por supuesto! No te llevarás mi dinero tan fácilmente.

— ¡Así me gustan los malos jugadores! Tozudos a morir. Eh, Bujad, ¿te sumas?

— Estoy ocupado, Mihw.

—Respira, hombre. Has estado corrigiendo esa puñetera ballesta desde que Thonor…

Un rugido proveniente de la cueva opacó las últimas palabras de Mihw.

—¡Ocupen sus posiciones! —ordenó Bujad sujetando la palanca de su enorme ballesta. Oculta en el interior del bosque, apuntaba hacia la entrada de la cueva. —Espero que la carnada consiga que el pez muerda el anzuelo.

Mermot y Mihw avanzaron hasta la linde y se ocultaron tras unos árboles con sus arcos preparados.

* * *

Dentro de la cueva, la carnada disparaba con certera precisión, enfureciendo al imperial. Sus grandes fauces buscaban ansiosas al intruso para engullirlo, crudo o tras asarlo con sus bocanadas de fuego, lo mismo daba… pero las flechas lo mantenían a prudencial distancia. El cazador estaba cumpliendo su objetivo; el dragón avanzaba poco a poco, presentando su acorazada delantera a las saetas.

Los de afuera se pusieron en guardia cuando su compañero apareció por la boca de la cueva, todavía arrojando flechas hacia el interior. Los rugidos y chorros de fuego advertían ya de la cercana presencia del imperial, más el saurio aún se negaba a salir.

—Vamos, Thonor, sácalo de ahí —decía para sí Bujad— Muéstrame el blanco.

Thonor se movía de un lado para otro, pero ahora sin disparar, con el propósito de que la bestia, ansiosa por acabar con él, abandonase su refugio. Le aterraba la idea de que, tras tanto trabajo para llevarlo a la luz, el dragón se replegara de nuevo hacia su morada.

Pero no sucedió así. Inesperadamente, el imperial asomó la cabeza en un veloz ataque que lo tomó por sorpresa. De forma instintiva, Thonor dejó escapar la flecha de su arco, y aunque no alcanzó al monstruo, sí lo hizo retroceder un par de pasos. Buscó otra saeta en su aljaba sin encontrarla.

—¡Mala hechicería! —masculló, alzando el arco con la cuerda tensada, pero vacío.

—¡Thonor se ha quedado sin flechas! —gritó Mermot a Mhiw, y ambos arqueros acudieron a socorrer a su amigo.

No llegaron a tiempo. El imperial se precipitó sobre Thonor, evaporada su última gota de paciencia, y el cazador echó a correr. Sin ninguna intención de perseguir a la carnada, el dragón escupió en su dirección una larga y potente llamarada que trazó una línea negra en la hierba. Thonor se tumbó en el suelo bocabajo, adoptando una posición fetal, y la capucha lo cubrió. Un vapor de sofocante verano comenzó a perlar su piel de sudor.

Soy hombre muerto; aunque mi capucha esté recubierta de escamas, la piel bajo ella no tardará en incendiarse.

Un estridente alarido lo sobresaltó. Se percató entonces de que el intenso calor había cesado. Rodó hacia su derecha y se levantó de un salto, librándose de paso de la incandescente capa, que humeó sobre la hierba hasta quedar reducida a cenizas.

El dragón se agitaba sobre un costado tratando de arrancarse la gruesa y larga saeta que le había hendido el pecho. Sus dientes mordieron la varilla con fuerza bestial, hasta quebrarla. Una baba amarillenta y humeante comenzó a manar de su boca, corroyendo la madera. Pero de nada sirvió. Momentos más tarde, el imperial crispó sus garras y abrió desmesuradamente los ojos para expirar.

—¡Por los sacros conjuros! —exclamó Mihw al acercarse a Thonor sin ocultar una sonrisa burlona— ¡Has vuelto a nacer!

—¿Alguna quemadura? —indagó Mermot, más preocupado.

—¡¿Dónde está ese maldito de Bujad?! —preguntó Thonor airado, apartando bruscamente el paño que le cubría el rostro.

—Aquí estoy, Thonor

—¡¿Qué rayos esperabas para disparar?! ¡¿A que esa bestia me carbonizara?! Si no llega a ser por la capucha…

—¿Querías ser tú el ensartado con la saeta en vez del dragón? Estabas en mi línea de tiro. Disparé apenas te tumbaste.

No estuviste bajo el fuego ni dos segundos…

—Pobrecito. —se burló Mihw— El tiempo se le volvió taaaan largo cuando el bicho le vomitó fuego encima.

—Sí. —afirmó Mermot— Parecías una débil criaturita asustada. Temblando hecho un ovillo bajo tu capucha.

El trío estalló en carcajadas.

—¡Basta! —les interrumpió Thonor— ¡Bien se ve que no estuvieron en mi maldito pellejo!

—En el oficio de carnada uno muere y nace muchas veces. —le recordó Bujad al tiempo que le echaba una mano sobre el hombro para darle tiernas palmaditas— Deberías comprender eso mejor que nadie.

— Hemos tenido una buena temporada. —comentó Mihw mientras escrutaba a la inerte criatura— ¿No lo crees así, Mermot?

—Sí, tan solo ha pasado un día desde el último que cazamos. Y este es grande.

—Bueno, muchachos. —avisó Bujad, agarrando su pesada hacha de carnicero con ambas manos— Pongámonos en función de la mercancía. Hay mucho que desollar y cortar.

—Pero eso les toca a ustedes. —dijo Thonor— Busquen los caballos y las herramientas.

—Y tú, ve a lavar tus botas y perfumarte el cuerpo con sudor de hadas. Apestas a zanja pública —convino Mihw.

—Qué gracioso… deja que terminen ustedes de descuartizarlo y ya veremos quién apesta más —suspiró.

Vaya si ha sido una buena temporada… tanto que, si las cosas siguen así, al final de la estación podría incluso dejar este oficio de carnada para dragones.

Sí, ya estaba necesitando unas vacaciones. Y luego, a trabajar en algo más tranquilo… y sobre todo menos peligroso.

¿Qué tal cazar grifos? ¿O mejor… basiliscos? Son raros, y dicen que hay enanos que pagan bien por sus ojos petrificadores, si uno sabe cómo arrancárselos sin volverse estatua.

Creo que podría ser un buen negocio…

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