Actualizado el 8 de julio de 2011

La hechicera y la muerte

Por: . 20|1|2011

Cabalgan los jinetes a través de los bosques sombríos y acechan bajo el frío sol del norte. Silenciosos atraviesan las aldeas calladas. Incansables cabalgan desde la hora matutina hasta que la noche los sorprende junto a los descampados de tierra grisácea y húmeda. Reposan en los setos mortecinos y dejan a la cabalgadura mordisquear las ramas escasas de los árboles. En voz baja planifican el camino. Los exploradores visitan las tabernas. Cargan panes y carnes secas para los caballeros. Frutas para la dama, que no las prueba.

¿De qué se alimenta la hechicera que llevan al verdugo? ¿Cómo es que todavía relucen sus ojos de alquimista y no pierden el brillo sus cabellos de ámbar? Cubierta con una capa bruna, reparte bebedizos entre los hombres. Ellos los aceptan sin levantar la mirada.

Sólo un caballero se ha mirado en sus ojos. Sólo un hombre ha rozado los labios de fresa fresca de la maldecida. Es el rey de Axan, el elegido.

Yace el rey en una carpa oscura protegida por 16 soldados. Pernocta la hechicera en otra levantada a más de 30 yardas. Centinelas apostados en formación circular alrededor del campamento vigilan que no escape.

Acecha el rey. En la pequeña carpa se queda quieto. Respira lentamente como quien sueña mientras arden sus músculos forzosamente estáticos. Espera inmóvil, hasta que el silencio le indica que los guardias duermen.

¿Qué magia habrá usado la hechicera? Maga la nombraban cuando inventaba pócimas contra las fiebres. Bruja la llamaron luego. No aceptes esa ofrenda de paz, rey de Axan, o sellarás la muerte de tu pueblo, le dijo la hechicera antes de abandonar el lecho al amanecer de la última noche juntos.

Ajustaba el rey su traje de combate. La ceñida malla que la sibilina había cosido para él con un extraño lienzo invulnerable a las dagas y a los dientes de las fieras. Altas botas impenetrables para el agua de los pantanos. Rió el soberano al escuchar su ruego.

—Tonta eres, mujer, que crees en los sueños. ¿Acaso no está tu cuerpo satisfecho y feliz? ¿Acaso no has suspirado toda la noche debajo de mi cuerpo? No te atormenten los celos, hechicera. Ninguna descendiente del norte puede alejarme de tus artes.

Así habló el rey. Colocó en sus muñecas los anchos brazales con estiletes, repujados con el escudo de su reino y la cabeza del dragón de su dinastía.

—No marches, rey de Axan. —repitió la maga, mientras colocaba la tiara real sobre los largos cabellos de su dueño.

Rió el caballero, mordiéndole los labios. Y partió.

Un silencio malhadado y espeso como bruma se cierne sobre el poblado de Axan. Núblase el día de repente. Hordas furiosas de las tribus del norte atacan cuando el rey ha partido a firmar la paz con el reino lindante. Impíos son los planes del vecino leonado. Borren a esa raza, fueron las órdenes, que no quede ni un vástago de su sangre.

Se oculta el sol ante la cabalgata de los altos caballeros de negras cotas. Llueven lanzas a través de las moradas frágiles del pueblo de Axan.

Arriba el rey con su séquito al sitio del encuentro. No hay emisario de paz ni ofrenda alguna. La cábala de la maga lo hace regresar al galope al territorio Axan. Sangre y dolor encuentran los guerreros. Sólo la hechicera vive. Sólo ella parece culpable. Los guerreros exigen un castigo para la agorera.

Calla la maga. Ni una palabra escapa de sus labios. ¡Castigo! piden los guerreros. ¡Muerte a la traidora! Recuerda el Rey los ruegos de la maga. No dice nada. Oscurece la culpa su mirada.

A solas habla el rey con la hechicera. A solas se arrodilla y llora enterrando su rostro en las ropas de la sibilina.

Perdón, suplica a la maga entristecida. Perdón concede la agorera. Entrégame, Rey, a la furia de los hombres, dice, pero no aquí. Llévame al monte de los dioses y corta mi cuello en el despeñadero del oeste. Deja mi sangre correr hasta el agua helada. Solo tu mano debe tocar mi cuello. Esas son las palabras de la dama con ojos de alquimista.

Parte el rey de Axan con los caballeros iracundos al monte de los dioses. Nada parece suficiente para saciar sus ansias de venganza. Rabia y odio hay en sus miradas. ¿Por qué se endulzan las miradas al paso de las horas? ¿Por qué parecen olvidar que la dama está maldita? Artes extrañas emplea la hechicera.

A medianoche abandona el rey su carpa moviéndose en medio de centinelas adormilados. Hasta la maga va. Desnuda lo recibe la alquimista. Suelto el cabello negro. Brillantes los ojos. Toda la noche besa el rey el cuerpo delicado de la pitonisa. Lágrimas se mezclan con los sudores de los cuerpos. Márchate, dice la maga, justo antes de que asome el sol.

En la falda de la montaña, descubre la bella su cabeza. Lanza la capa que la cubre. Los caballeros bajan la vista avergonzados. Seguida por el Rey sube la hechicera.

Corre la sangre por los senderos estrechos, fúndese con la tierra seca, se cristaliza sobre el agua helada. Baja el sicario, en su mano trae la daga ensangrentada. Ensangrentados están también los cabellos que oculta bajo la cota de su malla.

Aún no levantan la vista los guerreros. Vamos a casa, dice el rey, y en sus palabras florece la amargura.

Tres días cabalgan los jinetes, callados y sombríos. Una extraña tormenta los obliga a adentrarse en el bosque encantado de Broselandia. Espantados los caballos no responden a sus amos. ¿Qué extraños espíritus pueblan este bosque? Todos temen la muerte. Solo uno la desea. El culpable incrédulo.

Amanece radiante el bosque de Broselandia. Rosados resplandores atraviesan las ramas de los árboles e iluminan a los caballeros desmayados. ¿Cantan las aves en el bosque maldito? Alegres se despiertan los hombres. Alegres y asombrados. ¿Qué extraño hechizo los trajo hasta este sitio? Nadie parece recordar las jornadas fatales.

Cantando himnos de paz cabalgan hasta el pueblo de Axan. Cantando los reciben las mujeres. Saltan los niños. Nadie se asombra de hallar vida en la aldea exterminada. Nadie menciona ni recuerda a la hechicera. ¿Y los leonados?, pregunta el Rey temeroso de escuchar la respuesta.

Los consejeros se miran entre sí. Como un lobo del sur has peleado, y como un lobo arrancaste cabezas de león. Nunca más se acercarán los malditos. Descanso, pide el soberano.

Reposa el rey en la tienda vacía que ocupara la agorera. Acaricia los cabellos que conserva entre sus ropas. Llora su desconfianza y agradece su castigo. Sólo él recuerda la noche amarga y las manos de la que llamaban maga. Sólo el rey sabe.

Justo es el castigo.

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