Actualizado el 8 de julio de 2011

El traductor y la sombrilla de Mary Poppins

Por: . 14|2|2011

La noche era como cualquier otra. Caliente, absurdamente caliente y sin novedades. Aprovecho la madrugada para trabajar en textos pendientes, divagando la mirada en la negritud de la capital que observo desde la ventana de mi apartamento en el tercer piso, apresurándome a terminar la traducción al español de un cuento de Rubem Fonseca, cuya traducción propongo:

Nuestra cofradía era de Cogedores y, como señala el poeta Whitman en un poema titulado con precisión “A Woman Waits for Me”, el sexo contiene todo: cuerpos, almas, significados, desafíos, purezas, delicadezas, resultados, promulgaciones, canciones, órdenes, salud, orgullo, misterio maternal, leche seminal, todas las esperanzas, beneficios, donaciones y concesiones, todas las pasiones, bellezas y delicias de la tierra. Cofradía de los Manos Errantes, sugerido por uno de los poetas de nuestro grupo (teníamos muchos poetas entre nosotros, como es evidente), quien ilustró su propuesta con un poema de John Donne — “Seduction. License my roving hands, and let them go before, behind, between, above, below”— aunque muy pertinente por su sencillez al privilegiar el conocimiento a través del tacto, fue descartado por ser un símbolo rudimentario de nuestros objetivos. En fin, después de mucha discusión, se adoptó el nombre de Cofradía de los Espadas…

Disfrutando iba hasta que me detiene: recelosa, la luz baja clara del cielo, aterrizando con torpeza en el callejón.
El desorden de los perros ladrando es digno de Guiness. La luz blanca, que ha permanecido unos siete minutos levitando en el patio, se apaga con brusquedad, como bujía fundida. Deja un humo denso y grisáceo en su lugar, del que sale un hombre vestido elegantemente de blanco y muy parecido a Morgan Freeman, acompañado de un gordito tan bonachón e inocente que imposible no recordar a Curly Howard.

Cierro la carpeta con los papeles de Rubem y anonadado, vigilo cada paso del Elegante mientras usa una escalera de emergencias para subir al techo del edificio contiguo de dos pisos, y sin ninguna otra intención —–supongo— que la de hacer su trabajo, empieza a hablar y a hablar y hablar y hablar en un lenguaje desconocido para mí. Aprecio que el gordito simpático es ruso, su perfil soviético con mirada del Kremlin es incuestionable, aminorado apenas por el contraste de su candor con el bigote estilo Adolf Hitler que porta. Su tarea es traducir lo que declama el Elegante. Cabe mencionar que la traducción no ayuda en nada, pues toma las palabras de ese lenguaje desconocido y las convierte en otro también desconocido. Sospecho que traduce del idioma divino al rumano, y apuesto que el GPS que tiene como reloj está dañado: pobre, si supiera que aterrizó en Centroamérica y no en Europa. Recuerdo haber leído en internet que el lenguaje oficial del Elegante es el rumano, pero mis conocimientos sobre este idioma se limitan al menú del único restaurante valaco de la ciudad. Así que, a pesar de ser traductor, no entiendo nada de la traducción.

El Elegante continúa y yo indefenso. Cerca de él hay una valija que, sospecho, tiene tiritas de papeles con líneas fosforescentes y arcoíris multicolores, o aire, o más llanamente nada, y la usa para atribuirse un perfil de alto ejecutivo más acorde a nuestros tiempos. “Lo que tienen que hacer algunos para parecer importante”.

Desde que el Elegante empezó a hablar, hace ya más de veinte minutos, no escucho otra cosa más que palabras extrañas y palabras extrañas. Es cierto, puede qué esta reacción tan antipática ante un momento tan lúcido (como un encuentro cercano con Él) no sea otro resultado más que mi humor: estoy medio dormido, acalorado y me duele la cabeza, pero siento que insiste en cosas que ya fueron dichas y, seamos sinceros, ¡en varios lugares comunes! Además, es poco elocuente, habla como si estuviera recitando en cámara lenta un manual de instrucciones para máquinas de sentir el aire.

Desisto.

Enciendo la radio con el volumen tan alto que dejo de escuchar al Elegante y a Curly Howard, quien está a la par con cara de sufrimiento y desesperación, traduciéndole. Trato de poner atención únicamente a las rancheras de medianoche mientras abro nuevamente mi carpeta de traducciones, pero no tengo éxito por más que procure concentrarme. Ya nos han advertido. El Elegante perdura y persevera, lo dice tantas veces El Libro, y me sigue hablando y hablando, siempre en ese lenguaje divino seguido de la traducción rumana. Sé que la aparición del Elegante en mi barrio es un momento de suma importancia, un hecho histórico, una cápsula de tiempo que perdurará por la infinidad de la historia, pero me resulta tan aburrido que me siento desdichado. Soy la primera persona en siglos que le ve en persona y no hago más que lamentar, “Vida, ¿por qué me haces sufrir? ¿Qué he hecho para que me castigues de esta manera?”

Lo que faltaba. Escucho el grito de mi mujer advirtiéndome que debo apagar la radio y regresar a la cama, que ya veré lo que pasa si ella tiene que levantarse y hacerlo ella misma. Me asomo por la ventana y grito “Gordo, avisale al Elegante que me voy a dormir porque mañana tengo trabajo”. El gordo esboza una sonrisa e intuyo un agradecimiento sincero, luego interrumpe a su jefe, a quién desde hace un buen rato ha dejado de traducir, y le transmite mi mensaje.

Su mirada omnipresente me mira, me gruñe y saca del maletín una sombrilla, con la que sale volando como Mary Poppins, llevándose su maletín en la otra mano y al gordo colgado de sus piernas. “Ni en su salida pudo ser original”, pienso antes de irme a dormir.

Entro temeroso a la habitación, donde mi mujer me recibe cariñosamente en la cama. Me olvido del Elegante dejando en mi cabeza únicamente el cuento de Rubem, y le susurro: “Seduction. License my roving hands, and let them go before, behind, between, above, below”. Duermo muy bien el resto de la madrugada, a diferencia de otros días.

Despierto a la mañana siguiente preguntándome con alegre trivialidad qué habrá hecho el gordo traductor para sufrir semejante castigo. Admito que extraño al gordo, pues algo de mí lo percibí en él; extraño incluso un poco al Elegante, pero no tanto. A partir de entonces he sido cauteloso. Abandoné el oficio de traductor, no vaya a ser y me recluten como al gordo. Ahora reparo automóviles y aunque nunca más traduje una línea, la paga es casi la misma y me siento feliz. Ah, eso sí, también voy disciplinadamente a la Iglesia todos los días, como precaución.

Amor interrumpido

La noche que las conocí se jugaba la final del Campeonato Mundial de Béisbol, un juego memorable en que intercambiábamos ceros con Cuba y el Estadio Nacional parecía pronto a derrumbarse por tantos fanáticos poseídos.

Yo había bajado a los baños en el noveno inning, apresurado por no perderme el turno al bate de Cheslor Cuthbert, el niño-promesa que jugaba con los Reales de Kansas City y que durante el campeonato había bateado casi perfecto para agenciarse la Triple Corona con apenas veinte años. “Este maje la va a reventar”, dijo Uriel. “Aquí anotamos la del gane”, sentenció, seguro que rompíamos ese empate a cero. Pero el ser humano tiene que hacer lo que el ser humano tiene que hacer. Cuando la vejiga empezó a reclamarme groseramente, salí disparado en busca del urinario. Llegué e hice lo mío con una rapidez jamás vista, y mientras me subía el zíper escuché como retumbaba la estructura de cemento cuando los parlantes anunciaban que el Costeño Maravilla se cuadraba frente al espigado Norge Luis Vera.

Lo que vino a continuación debe ser propio de un sketch de Luis Enrique Calderón o Eugenio Derbéz, porque siempre pasa algo catastrófico cuando uno tiene prisa. Antes de salir del baño tropecé, rodé sobre el piso como acróbata circense y terminé con la cabeza completa de cara al pasillo, lo que me confirmaba que aquello que dicen sobre la salubridad de los baños públicos era cierto y me hacía creer que mi mala suerte no podía empeorar. Hasta que escuché el grite de “se va, se va, se va, se va, y se fueeeeeeee la pelota”. Jonrón de Cheslor Cuthbert y yo lampaceando con mi cuerpo el baño del estadio.

Pero fue entonces que un destello de luz apareció al final del túnel. Mejor dicho dos destellos de luces. Desde el nivel del piso conocí cómo fueron las apariciones sobrenaturales, porque ahí tenía todo lo necesario: el momento preciso, el resplandor inexplicable, el aura de paz, la belleza total. Mientras ellas cruzaban frente a mí sin siquiera dignarse a verme en su desfile coqueto, yo me enamoré de ambas en ese primer encuentro. Supe entonces que conquistarlas no sería fácil, teniendo el reto de también enamorar a su guardiana, Anasha Allen, sin dudas la mujer más fea de todo el Caribe y sus alrededores.

¿Pero cómo vivir mi historia de amor obviando que Anasha Allen, fealdad aparte, tenía las nalgas más extraordinarias que hombre o mujer hubiese encontrado en esta o cualquier otra vida, y que justamente yo me había enamorado de ellas dos? El destino es así, cruel y tosco, quizás más irónico, porque esta mujer que me recordaba tan fielmente a los versos de Oliverio Girondo, que citan a “una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias”, esta misma mujer, tenía, como he dicho y con el perdón de las damas aquí presentes, las nalgas más exquisitas, de tamaño trasatlántico y elevadas como si una percha invisible las mantuviera apuntando a las alturas. No era preciso más para que yo estuviera rendido a sus pies. Bueno, también estaba rendido a sus pies por mi accidente en el baño, caí en la cuenta, y si algo bueno habría de sacar de este incidente tendría que aprovechar ese segundo exacto en que ellas dos pasaban frente a mí.

Partido en dos, una mitad planeaba cómo presentarme a esa mujer-espanto sin que mis dos amores se pusieran celosas, y la otra mitad me fantaseaba en Corn Island tomando el sol feliz, ellas bailando palo de mayo y yo cantándoles feliz como lombriz mis guasiruquitas, lindas palomitas, vénganse mamitas que las voy a acurrucar. Así pues, sin terminar de incorporarme, con todo mi peso sobre una rodilla, yo un Romeo fatalmente enamorado, estiré mis brazos agarrando una pierna de Anasha Allen, y frunciendo mi frente ante aquella imprudencia mía, a ojos cerrados, mis labios inquietos se clavaron en uno de mis destinos que la vida me había trazado: el glúteo izquierdo caribeño, caoba achocolatada, que resaltaba sobre la licra blanca. Ese instante fue el mejor de toda mi vida, si fuera más extrovertido les diría que el éxtasis fue tal que olvidé hasta donde estaba. También ayudó a esto último Anasha y su bolso, que inhumanamente me enviaron a la inconsciencia más desoladora.

Pobre de mí.

Cuando desperté Uriel y alguien que no reconocí me llevaban cargando hacia la salida del estadio. El desborde por la victoria pinolera era tal que Uriel gritaba sonoro hasta ponerse rojo, lástima que yo sólo escuchaba un perpetuo pitido en el oído donde el bolso de Anasha destruyó mi felicidad.

En el parqueo una gran muchedumbre sacaba en hombros a Cheslor Cuthbert, el héroe del partido. Para un fanático del béisbol como yo, ganarle a Cuba fue el gustazo que hubiera barrido con todos los pedazos de mi corazón roto. Pero vino el trancazo y fue peor. Cheslor Cuthbert se acercaba a Anasha Allen, tomaba sus manos y luego la besaba apasionadamente en la boca mientras sus dedos bajaban impertinentes a saludar a mis dos amores.

¡Hijas de su Pink Floyd!

Mi cólera y despecho fueron tales que deseé que la fealdad de Anasha Allen también descendiera a sus nalgas, que aquellas dos ingratas que me habían roto mi ser se llenaran de granos y celulitis y que poco a poco la gravedad fuera siniestra y las acercara, a ambas, a setenta y ocho centímetros del suelo, como insinuaba el mismo Oliverio.

Pero con ese verso, y ahí mismo, reconocí mi problema: díganme aquí los caballeros presentes, después de conocer dos nalgas etéreas como las de Anasha Allen, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos cualquier par terrestre?

*Ulises Juárez Polanco (Managua, Nicaragua, 1984). Es autor de las colecciones de cuentos Siempre llueve a mitad de la película (Nicaragua, 2008) y Las flores olvidadas (México, 2009), y entre otras recopilaciones, es uno de sólo dos autores incluidos en ambos tomos de la Antología de la novísima narrativa breve hispanoamericana, que reúne a los escritores de ficción más prometedores menores de 27 años, editada por Unión Latina en 2006 (el perro y la rana, 2007) y 2008 (Grijalbo, 2009). Es jefe de redacción de Carátula, revista cultural centroamericana dirigida por el escritor Sergio Ramírez, y editor de El hilo azul, revista del Centro Nicaragüense de Escritores (CNE).

Como editor ha preparado, entre otros, libros de Lizandro Chávez Alfaro, Claribel Alegría y Sergio Ramírez; así como, en coautoría, las dos primeras antologías de la generación poética nicaragüense del 2000 (llamada “Generación del Desasosiego” por la escritora Gioconda Belli, o “Generación de la Noluntad” por la crítica Helena Ramos): Retrato de poeta con joven errante: Muestra de poesía nicaragüense escrita por jóvenes (2000-2005) (2005) y Poetas, pequeños Dioses (2006).

En 2008 fue invitado por el Centro Onelio para representar a Nicaragua en el 1er. Festival Internacional de Narradores Jóvenes de La Habana; y en 2009, mereció una beca en el Programa de Residencias Artísticas para Creadores de Iberoamérica y de Haití en México.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados