Actualizado el 28 de abril de 2011

La infinita superficie

Por: . 11|4|2011

A Lidiet, que mi sueño sea el suyo.

La luz comenzó a manchar el asfalto. Para cuando se dieron cuenta ya había amanecido, el sol atravesaba las ventanas y con la claridad despertaron casi al unísono, estirándose en sus asientos. Algunos trataron de volver a dormir, sobre todo la pareja del fondo, que había pasado parte de la madrugada pegada a los cristales, tratando de discernir una ruta correcta. La señora de buena estirpe salió al pasillo para desentumecerse los pies, dio un corto paseíto, miraba los rostros a derecha e izquierda, a veces sonreía, a veces no.

Afuera el paisaje se repetía idéntico, a orillas de la carretera se extendían kilómetros de desierto.

—Esto antes no era así —dijo el notario—, de niño recuerdo un naranjal, un bosque de pinos y una larga cerca de piedras.

—¿Qué tenemos para hoy? —preguntó el tendero.

El estudiante de ingeniería hidráulica esperó unos segundos para perder la modorra. Eso de tomar responsabilidades ya lo tenía cansado, incluso creyó que después de tantos fiascos, todos acabarían por odiarlo. Salió al pasillo, sacó unos papeles de la carpeta y dijo:

—Anoche hice algunos cálculos, no pude dormir hasta hallar la solución.

La pareja del fondo dudó por un instante, de noche el silencio había sido absoluto, se hubieran dado cuenta si alguien más hubiera estado despierto; además, las únicas luces encendidas sobre los asientos eran las de ellos. Pero no dijeron nada, no era recomendable acusarse entre sí, comenzar a perder las esperanzas.

—Analicé algunas variables, hasta ahora hemos recorrido 1 200 kilómetros, esa sería la variable y. La distancia que nos falta para llegar a nuestro destino es x. Z1, Z2 Y Z3 son las velocidades del vehículo en la mañana, en la tarde y en la noche; T1 es el tiempo que transcurre mientras nos mantenemos en movimiento; T2, el tiempo que consumimos en las paradas, con tres paradas al día de 15 minutos serían un total de 45; y T3, el tiempo que demoraríamos en llegar. Las ecuaciones no son difíciles, esta sería la primera.

Después de dibujar un par de parábolas, un triángulo escaleno y un cubo, quizás para que los demás fueran tomando confianza y no lo asaltaran con esas miradas incrédulas, trazó la ecuación:

X= y + ½ (Z1 +Z2+Z3) – T1
(T2 + T3)

—Esta sería la segunda —iba a trazar nuevamente cuando el tendero lo interrumpió.

—Ya es suficiente —le dijo— ponte a trabajar en eso.

—¿Cuánto nos faltaría para llegar a la próxima gasolinera? —preguntó la señora de buena estirpe.

El estudiante de ingeniería hidráulica hizo como que pensaba, se ajustó los espejuelos sobre la nariz y dijo:

—La última la vimos ayer en la tarde, unos 600 kilómetros atrás, sacando una cuenta simple al mediodía estaríamos llegando a una nueva gasolinera.

Todos respiraron aliviados, menos la pareja del fondo, que había visto una en la madrugada, y el conductor, que no tenía ojos para otra cosa que no fuera la carretera. Luego volvieron a sus asientos. Ante lo aburrido que prometía ser el día, el notario brindó algunos libros, traía una pequeña colección en la maleta: Stephen King, Chejov, Cortázar y Faulkner. La señora de buena estirpe no tomó ninguno, dijo que leer tanto le daba dolor de cabeza, pidió que pusieran la radio pero estaba descompuesta; no lo quedó otro remedio, para digerir la angustia, que tararear en voz baja algunas canciones.

La tarde transcurrió lenta. Bajo el peso del sopor la pareja del fondo logró dormir un rato, el notario sustituyó al conductor frente al volante; y al anochecer, cuando ya el hambre adquiría contornos y se convertía en un perro a los pies de cada quien, encontraron un establecimiento.

Todos se bajaron en tropel y fueron corriendo hacia la tienda. El dependiente no atinó a cerrar la puerta, tomó el fusil de caza, le colocó dos balas y apuntó.

—¡No se acerquen! —gritó desde el otro lado del mostrador.

—No vamos a robarle —explicó el notario— traemos dinero, solo queremos comprar algunas cosas de comer y llenar el tanque de gasolina. También nos gustaría que nos indicara dónde estamos y cuánto nos falta para llegar.

Al estudiante no le gustó ni un poco que dudaran de sus cálculos y prefirieran acudir a un simple lugareño, pero luego aceptó la idea: si el hombre podía indicarles la dirección correcta se sacaría una gran responsabilidad de encima.

—Yo sé quiénes son ustedes, por la radio los han estado anunciando todo el tiempo. ¡No se acerquen!.

—Vamos a arreglar esto como personas civilizadas —dijo el notario.

La señora de buena estirpe abrió un poco más el escote y dando un paso hacia delante dijo:

—Por favor, tenemos sed, haríamos cualquier cosa por un poco de agua —pero no surtió efecto.

—¡No se acerquen! —volvió a gritar el dependiente.

—Mire, aquí tiene el dinero —dijo el notario sacando un fajo de billetes.

—Póngalo en esa esquina —dijo el dependiente sin dejar de apuntar—. Uno de ustedes que tome la cesta y coja algunas cosas del tercer pasillo.

El tendero tomó la cesta.

—Yo sé de estas cosas —dijo.

Mientras el dependiente amenazaba con el fusil, el conductor aprovechó el percance para llenar el tanque de gasolina.

Sobre uno de los estantes estaba encendida la radio, trasmitían un concierto de David Bowie. Todos se quedaron en su lugar esperando la cesta. El estudiante sentía la necesidad de decir algo, salvar la situación, pero no se le ocurría nada. Interrumpieron el concierto para dar el parte de noticias. El dependiente se puso nervioso y alzó un poco más el fusil, colocando con cuidado el dedo en el gatillo. Nota informativa para todo el estado; el tendero con la confusión echó algunas cosas inservibles en la cesta; las víctimas se transportan en un ómnibus, número de matrícula VC32078; la pareja se había quedado junto al contén, el muchacho hubiera podido idear un plan para sorprender al dependiente por la puerta trasera, pero su novia lo retenía con ruegos y sollozos, aunque luego se arrepintiera, ya para entonces de nada valdría; se les puede identificar por una mancha roja sobre el hombro derecho; la señora de buena estirpe volvió a cerrar el escote, se sintió avergonzada, pero luego redujo la disonancia con la justificación de que una mujer, en un momento desesperado, puede acudir a cualquier artimaña que esté a su alcance y a su edad ya no le quedaban muchas; no se acerquen a las víctimas, las manchas son contagiosas.

—¡No se acerquen! —gritó nuevamente el dependiente— ¡Salgan de la tienda!

Después de comer los invadió la tristeza. Subieron al ómnibus y regresaron a sus asientos. El conductor iba a arrancar pero el tendero lo detuvo, se paró en el pasillo y dijo:

—Tenemos que tomar una decisión, ya llevamos tres días en esto.

—Yo puedo sacar nuevos cálculos —dijo el estudiante.

—No hace falta —dijo el tendero—, tal parece que nunca vamos a llegar, el dependiente era nuestra única esperanza y ya vieron como nos trató, no seremos bien recibidos en ningún sitio. Tenemos que organizarnos, establecernos en algún lugar.

—Pero, ¿dónde? —dijo la chica del fondo— Aquí no hay más que desierto.

—No lo sé —respondió el tendero—, ya encontraremos algún sitio. Tenemos que establecer la función de cada cual. ¿Qué hacían ustedes en el pueblo antes de ser desterrados?.

—Yo puedo llevar las finanzas —dijo el notario.

—¿Cuáles finanzas? —se burló el estudiante— Ya no tenemos dinero.

La señora de buena estirpe apartó la mirada, aún guardaba unos cuantos billetes en su bolso.

—El dinero no nos hace falta —dijo el chico del fondo— ¿No se dan cuenta que estamos solos? Yo estudié medicina durante tres años, puedo ejercer como médico. Mi novia es diseñadora, aunque eso de repente no parezca muy útil, quizás pueda elaborar algunos carteles o señales, por si aparecen otros iguales a nosotros.

—Yo me brindo para construir un acueducto —dijo el estudiante—. Bueno, para hacer los cálculos que necesita la construcción de un acueducto.

—Eso es lo que necesitamos —dijo el tendero—, mucha voluntad. El conductor arrancó y estuvieron largas horas planificando la nueva estructura social.

Esa noche la señora de buena estirpe no pudo dormir. Las pesadillas la asaltaron, soñó con su casa en el pueblo, el patio circular, las seis habitaciones, ella frente al espejo, descubriendo la mancha roja sobre el hombro derecho y los guardias subiendo las escaleras con sus botas militares. Despertó sobresaltada a mitad de la noche, todos dormían, solo el conductor mantenía la vista sobre la carretera.

—Mi mancha ha crecido un poco. ¿Crees que sea una mala señal?

—No lo sé —respondió el conductor—, es esa mancha la que nos hace diferentes.

La señora de buena estirpe se quedó en silencio durante horas, con la vista fija en las figuras que dibujaban las luces de los focos sobre el asfalto. Perdió el sueño y los deseos de hablar. Volvió a dar un paseíto corto por el pasillo para desentumecerse los pies; miraba a ambos lados, todos dormían, empezó a sentir un poco de remordimiento por haber escondido el dinero; se prometió que lo sacaría del fondo de la cartera en cuanto encontraran un nuevo establecimiento, ahora tenía que vivir en comunidad, ahora tenía que ajustarse. Ya no se sentía diferente; creyó incluso, por un momento, que la buena estirpe había dejado de ser algo importante. Regresó al asiento delantero, se sacó los guantes blancos, el anillo de oro; y al rato fue la primera en ver salir el sol, sobre la infinita superficie del mar. El conductor detuvo el ómnibus.

—¡Hemos llegado! —comenzó a gritar a toda voz la señora de buena estirpe, olvidando sus refinados modales. El tendero despertó de un tirón y bajó a la arena.

—Este debe ser el lugar —les dijo a todos mientras fijaba la vista en la línea del horizonte.

La chica del fondo fue la primera en entrar al agua. La siguieron el novio, el tendero y el notario. Al rato todos se mecían entre las olas, eran puntos diminutos en medio del mar. El conductor dormía en la orilla y el estudiante de hidráulica resplandecía de orgullo, al final sus cálculos no habían sido tan imprecisos. Salieron del agua casi al mediodía; la chica del fondo se sentó en la arena y con una rama comenzó a hacer algunos trazos.

—Debemos construir las señales —dijo—. Puede ser que los otros no tarden en llegar.

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