Actualizado el 26 de septiembre de 2011

La vida cantada

Por: . 26|9|2011

—Ay, no dijiste que soy catedrática de Literatura Iberoamericana Comparada y Directora del programa “La Escritura de las Américas” en Boston University. Es una vergüenza que te olvides de eso.

El hombre se llamaba Lucero Aguirre. Era gordito, amanerado, canoso, fóbico. Nadie podría haberle adivinado nunca la edad. Un homosexual pasivo y blando, de esos que tan bien se llevan con las poetas maduras como Elsa Goransky. Podrían haberlo discutido todo, de mujer a mujer. Sin embargo, no estaban allí para discutir nada. El hombre era el conductor del programa radial de poesía “Chancho de fuego” y ella era una de sus invitadas. Lucero siempre llevaba a una artista consagrada y a una joven. Adoraba a las poetas mujeres por adopción, ya que se sentía la madre de todas. Aunque Elsa era un poco mayor para ser su hija. Con ella se sentía “un sostén para su menopausia”. Lucero Aguirre, Lucerito, las iluminaba con su emoción. Y la vida lo había puesto en la radio para que fuera un eterno difusor de la poesía en todos sus cánones y colores. Era, a su propio decir, un poema con patas. Le dijo: —No sabía.

Ella aclaró que se lo había mandado por email.

—Si no lo hubieras recibido, habría rebotado.

—A lo mejor tu máster me entró como correo basura, Elsita.

Hizo como que lo buscaba entre los papeles de la mesa, infructuosamente. Había, además, tres micrófonos y una pila de libros. El nombre del programa venía del alter ego de Lucero en el horóscopo chino, al que siempre consultaba por todo.

—Bueno —siguió hablando ella—, lo mío no es sólo un máster, sino un MFA.

—¿Y eso qué es?

—Un Master of Fine Arts. También tengo un Ph D en PA: Doctor of Philosophy.

—¿Y PA? —preguntó la poetisa.

—Poesía Andina, querida.

Poetisa era el título que le había puesto Lucero: era una poeta joven y petisa. Entonces, quedaba poetisa. Había hecho ese chiste unas veinte veces, en los programas anteriores, siempre en off y siempre a la más jovencita. Y siempre que no fuera muy alta. Esta era la primera vez que la chica se reía.

La chica tenía veinte años y se llamaba Mori Lara. Era flaquita y con una linda sonrisa. Estaba vestida con una campera de jean, que se quitó al llegar, porque le dio calor. Abajo llevaba una remera con la inscripción “Marlboro”. Elsa Goransky declaraba cincuenta y cinco años, medía un metro ochenta y tres y tenía el busto más grande que su curriculum vitae. Ciento veinte, a decir del corpiño reforzado. Estaba tan escotada que se le veían diez centímetros de esternón, con la piel de los costados blanda y llena de pecas. Llevaba puesto un tapado de gamuza color vino tinto que le llegaba hasta los tobillos, con botones nacarados. Por adentro, el tapado era de piel de llama. Se vio cuando lo abrió.

—Me encanta ese saco —le había dicho la chica.

—Es reversible, una cosa fantástica —había contestado la señora.

Después le explicó lo de la piel de llama. En Buenos Aires lo usaba solamente del lado de la gamuza, para no aparentar. “Una no sabe dónde puede saltar la envidia”, dijo. Allá en Boston, en cambio, lo usaba con el pelo para afuera. Aclaró que vivía seis meses en Estados Unidos y seis acá, en la Recoleta. Aunque hacía calor, no se sacó el tapado en todo el programa. Únicamente se desprendió de los aros dorados, y los apoyó sobre la mesa llena de papeles.

—¿Mori es tu nombre real? —le preguntó.

—No, cómo iba a ser. Me llamo Moria.

—Claro, Moria… es tan chabacano, ¿no? Si yo me hubiera llamado Moria, también me lo habría cambiado.

Elsa Goransky llevaba el pelo largo y ondulado, teñido de negro, pestañas postizas muy curvadas y los labios pintados de color guinda oscuro. Parecían detalles dispuestos para acomplejar a Mori Lara, tan adolescente y retraída. Lucero le preguntó si había traído su curriculum vitae y ella le respondió con un no de cabeza y una sonrisa preocupada. Lucero pensó en explicarle que en la radio había que hablar, o no iba a servir. Pero no dijo nada. Faltaban dos publicidades para que entraran en el aire de nuevo. Podía simplemente leer la solapa del libro de la chica, que se titulaba Las casas de mi barrio.

El primer bloque había sido íntegramente copado por Elsa Goransky, de cabo a rabo. Venía de un congreso sobre el uso de las mayúsculas en la espineta, la silva y el serventesio en la Universidad de Princeton, y cada tres palabras que decía, una era en inglés. Pronunciaba estirando los labios hacia afuera, como si le diera continuos besos al aire. Antes del programa habían ido los tres juntos, en un remís, a la confitería El Molino. Aunque Mori tenía auto, explicó que no iban a caber (porque era un auto chiquitísimo), y lo dejó estacionado a una cuadra de la radio. En El Molino pidió una Pepsi. Elsa y Lucero compartieron un té de jazmín. En el trayecto de vuelta, Goransky había insistido con que quería que le grabaran el programa en un caset.

—En Radio Nacional no grabamos nada —le había contestado Lucero.

Elsa Goransky persistió.

—Exijo que lo graben, Luce, como condición sinequanon a mi visita —terminó—. Después de todo, I came free.

—¿Y trajiste el caset? —le preguntó él.

—No, qué esperanza.

Mori tenía unos auriculares colgando del cuello. Elsa le dijo:

—¿Vos tenés?

Mori abrió el walkman y sacó el caset. Se lo dio a Lucero.

—Mirá que te va a desgrabar la música…

—No importa —dijo ella—: la tengo muy escuchada.

Elsa Goransky, entonces, cambió de tema. Lucero tenía dos programas de literatura, ese al que iban, el de los sábados, y “Tabaquería”, que iba los martes y repetía el jueves por la tarde.

—El otro programa para el que me invitaste, Luce… ¿cuándo lo vamos a hacer?

El inconveniente era que ella tenía poco tiempo: la habían llamado de La Nación para hacerle un reportaje aprovechando que estaba en Buenos Aires. Era una nota de largo aliento, explicó.

—Tenemos que planificar muy bien los horarios, porque voy a estar ocupada con tanto reportaje.

—Bueno, no te preocupes, ya te voy a avisar.

—Sí, tenemos que arreglar bien…

Lucero aclaró, con su voz finita de maestra de primero be:

— El otro programa es más fácil, hago las entrevistas por teléfono, y a lo sumo son de cinco minutos. Ya lo vamos a arreglar…

—Pero mirá que este martes no puedo.

—Yo tampoco: el programa de este martes está grabado.

—Bueno, entonces quedemos para el otro martes… ¿A qué hora me pensás llamar?

El remís los dejó en la esquina de Tucumán y Maipú. Caminaron media cuadra y subieron dos pisos por las escaleras. El edificio de la Radio Nacional parecía abandonado. Le faltaban, como mínimo, treinta años de mantenimiento. Había olor a alfombra mojada.

El operador atendió el pedido de Lucero con cara de odio. Él sabía bien que los programas no se grababan. Mirá si a cada gil que fuera lo iban a atender con esa deferencia. Lucero dijo que se trataba de una excepción. Elsa se apuró a interrumpir:

—En Anvers University están haciendo una recopilación de toda mi obra, una especie de gran catálogo de lectura visual y sonora, lo que ellos llaman un template de todo el material que se pueda encontrar acerca de mí. Por eso lo necesito: para el catálogo.

El operador miró a Mori.

—¿Y ella? —dijo.

—No, ella no quiere nada. Sólo pone el caset.

La chica sonrió; el operador dio el visto bueno con desgano.

Se sentaron alrededor de la mesa. La cortina musical empezó a sonar. Lucero les pidió los libros. Ellas ya se los habían intercambiado, al subir al remís, por lo que cada una le dio el libro de la otra. Lucero se escandalizó.

—¿No trajeron para la gente que llama? Porque acá nos gusta rifar libros durante el programa…

—Yo traje dos —dijo Mori—: uno para usted, y otro para darle a Elsa…

—La gente viene desde Morón a buscar los libros —siguió diciendo Lucero—, y después, además, llaman súper agradecidos…

— Qué contrariedad… —dijo Elsa Goransky—. No avisaste nada, Lucerito… Yo traje uno solo para ella, aunque… —Mirándola: —Te lo puedo dar otro día, ¿no? No te importará. —Decidida, por fin: —Sí, Luce: el mío lo podemos rifar.

—Está bien —dijo Mori, subiendo los hombros.

—Lo que dije —aseveró Elsa Goransky.

Lucero insistió, para aumentar los premios.

—¿Y si vos también me dejás el que le diste a Elsita? ¿Por qué no rifamos ese también y después le das otro el mismo día en que se encuentren para que ella te dé el suyo? En este programa fomentamos las relaciones entre poetas…

Elsa Goransky se apuró para declarar.

—¡Yo pensaba enviárselo por courier!

Y agregó, advirtiendo que su comentario podía pasar por una grosería:

—El tuyo, querida, me gustaría llevármelo hoy mismo. Muero por leer tus poemas. Antes de irme a dormir, como mínimo, me leeré tres o cuatro.

Y, como Mori no dijo nada, agregó una palabra más:

Tonight.

—Salimos al aire —dijo Lucero.

La cortina musical era de cuarteto. Lucero habría querido poner música clásica, Tchaikowsky, por ejemplo, en “El vuelo del cisne”, que era tan bonito y tan gay, pero un novio descontracturado que había tenido lo había convencido de que pusiera algo movido, por ejemplo una cumbia de “Pibes chorros”. Terminó terciando con Rodrigo: “Por una noche de hotel”. Un asquito. En cualquier momento la cambiaba por “El Mar” de Debussy. Se acercó el micrófono a la boca, como si se lo fuera a tragar.

—Todos sabemos, porque es algo que se descubre intuitivamente, lo que es poesía y lo que es prosa. En nuestro lenguaje familiar ya establecemos la separación entre lo bonito y lo feo, lo armónico y lo estridente, lo poético y lo prosaico. La prosa de la vida la constituyen los actos materiales. Ya lo dice don Ramón de Campoamor, admirado poeta: “Lengua de Dios, la poesía es cosa/ Que oye siempre cual música enojosa/ Todo hombre superior en lo mediano,/ Y en cambio escucha con placer la prosa,/ Que es la jerga animal del ser humano”. Chicas: ¿la poesía es la música de las palabras?

Elsa Goransky se cerró un poco el tapado sobre el escote. Qué pregunta idiota. Nunca en sus años de profesora alguien le había dirigido una pregunta tan banal. Mori agarró el micrófono como si se animara y Lucero la incentivó para que respondiera. Mori dijo, en un susurro:

—La poesía es la vida cantada.

—La vida cantada… —repitió Lucerito, como enajenado por la bondad de aquellas palabras.

Elsa Goransky negó con la cabeza.

—Así era en la época de Homero, el vate griego. Así era ocho siglos antes de Jesucristo —agregó—. Los hombres iban a la guerra y le cantaban a la guerra, y todos lo entendían. Ha pasado el tiempo, sin embargo.

—¿Y? —preguntó Lucero.

—Debería haber cambiado algo, digo. En los años cincuenta aquí todavía estaban las declamadoras, esas mujeres gruesas que llenaban teatros recitando poesías de Alfonsina o Gabriela. Cuando digo Gabriela, digo Mistral —le explicó a la poeta joven, entornando la cabeza hacia ella—. Y declamar era hacer grandes ademanes en el recitado, cosa que ya está perimidísima. Como lo del vuelo poético, también, y el tema de plasmar… ¿no? Esa palabreja. Intuyo que algo debe haber cambiado.

—Sí, que los poetas ya no volamos —dijo Lucero.

Se rió de su propio chiste. Mori no parecía estar tan de acuerdo, pero no dijo nada porque Elsa continuó.

—Como si habláramos hoy de la musa de los poetas; esa es una expresión heredada de la mitología. Las musas eran las hijas de Zeus que cargaban por su vida de diosas con la desgracia de la omnius scientia; —mirándola a Mori:— es decir, el conocimiento de todas las cosas reales y posibles del mundo. O como si habláramos hoy, en pleno año dos mil ocho, de prosa didascálica, —volviendo a mirar a la joven, para explicarle:— la poesía que enseña cosas útiles. Eso se acabó con las Geórgicas de Virgilio.

—¿Y los poetas de ahora, para qué estamos? —preguntó Lucero.

La inclusión llamó la atención de Elsa, que hizo un silencio antes de contestar.

—¿Vos también sos poeta, Lucerito?

Lucero resopló.

—Esta explicación es para el público —dijo, severamente—: conocí a Elsa Goransky a mediados de mil novecientos setenta y cuatro, cuando mi interés por la poesía empezaba a afianzarse. Nuestra amistad, cimentada en cuestiones comunes desde el principio, se fue enriqueciendo a lo largo de años en los cuales el tema a tratar era no sólo la pasión por lo poético, sino las circunstancias vitales que aquellos días difíciles hacían de mí un escucha atento a su experiencia. En esa época su actitud y sus palabras nunca dejaban traslucir la obviedad de que yo era el aprendiz y ella la maestra. Ha pasado el tiempo, pero de ahí a olvidarte de que escribo, Elsa…

—Te estaba probando —mintió ella—. ¿Es poesía gay?

Mori se rió. Lucero movió los papeles sobre la mesa como si fueran naipes. Se sirvió agua en el vaso. Elsa insistió:

—¿Es poesía gay, mi amor?

Lucero recitó, pestañeando. “Toda ilusión el corazón embriaga/ mientras su dulce realidad nos niega:/ es realidad después, y ya no halaga;/ el deseo es una ola: se despliega,/ resbala, se hincha, se abalanza, llega/ reventando en espumas… y se apaga”.

El silencio fue total. Nadie hizo ni el más mínimo ruidito. El operador apenas si osó levantar su mano derecha como modo discreto de preguntarles a ellos, a los tres de la sala, si podía interrumpirlos. ¿Se acordarían de que estaban en el aire? Lucero suspiró cortamente e hizo que sí con la cabeza. La luz se puso verde.

—Te reventó, entonces, mi pregunta —dijo Elsa, sonriendo.

Lucero dejó pasar el comentario y se dirigió a Mori.

—¿De qué signo sos? —le preguntó.

—De Sagitario —respondió ella.

—Me refería al Horóscopo Chino.

—No sé.

—¿Sos del ochenta?

—Ochenta y siete.

—Debés ser Dragón de Madera.

—O Serpiente de Barro —agregó Elsa Goransky.

La canción que estaban escuchando era de Serrat. Nadie agregó nada más durante dos estrofas interminables. Era la radio, pero las palabras sobraban. Mori, al fin, cantó: “entre el cielo y el mar / vagabundear”. La luz se puso roja otra vez.

—Bueno, acá hay un llamado de un oyente que nos confiesa que quiere empezar a leer poesía, pero no sabe bien por dónde. Creo que es una pregunta para la profesora…

Elsa Goransky enderezó la espalda. Enumeró rápidamente una lista de autores muertos, en la que no faltaron Zorrilla de San Martín, Rubén Darío, Juan Antonio Pérez Bonalde, Andrés Bello. Poetas cultores del soneto y la silva, amantes de los endecasílabos y alejandrinos. Después de José Martí tosió un poquito, para indicar que había terminado.

—A mí me encanta Andrés Calamaro –dijo Mori.

—Bueno, ese es un músico —retrucó Elsa Goransky.

—Sí, pero también un gran poeta. Como Sabina —terminó Mori.

—O Serrat, a quien acabamos de escuchar en un tema del disco Mediterráneo —agregó Lucero.

Elsa puso cara de “qué pavada” y dijo:

—A Andrés, pobrecito, la rima consonante lo consume más que la cocaína.

Nadie se rió. Lucero, para cambiar de tema, decidió largar el concurso del día. Tenía que leer el fragmento de un poema y la gente debía llamar para dar el nombre del autor. Recitó: “Porque veo al final de mi rudo camino/ que yo fui el arquitecto de mi propio destino;/ que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,/ fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:/ cuando planté rosales coseché siempre rosas”.

—Es bien fácil —dijo Elsa, y miró a Mori para adivinar si sabía la respuesta. Mori sonrió desganadamente, sin dar indicios claros. Lucero había recitado de memoria otra vez. La buena poesía, la que tenía rima interesante y un ritmo propio de carácter prosódico, se le pegaba a la mente como un tatuaje. Después, no se acordaba dónde dejaba las llaves o el celular. Pero un ritmo elegante, sáfico, le resultaba indeleble. Su memoria estaba unida a la música de los versos. Por eso hacía un programa de poesía en la radio. Por eso mismo era poeta en sus ratos libres.

—¿Lo sabés? —insistió Elsa Goransky.

—Claro —dijo Mori.

Lucero le pidió a Elsa que leyera algo propio, pero ella dijo que, first things first, prefería concentrarse en la fascinante poesía andina de autor anónimo que había sido objeto central de su tesis de doctorado en Boston, y un tobogán directo a su propio quehacer de poeta. Lucero pensó que la palabra tobogán no iba con esa gorda. Y pensó, adicionalmente, con esa gorda chota. ¿Por qué lo habría ninguneado de esa manera? ¿Lo tuyo es poesía gay, querido? ¿Qué sería poesía gay para la gorda? ¿Poesía abundante en penes y culos rotos?

La boca de Elsa Goransky era como un títere obsceno que ella manejaba para darse a entender con el público. La poesía que estaba modulando, el colmo de ampulosa y ridícula. Y llena de palabras raras: paqcha, ucucha, kantuta, chulpa… ¿A quién sino a esa tarada de tetas caídas se le podía ocurrir que leer al aire a un poeta andino durante la medianoche de un sábado podía ser interesante? Nada de lo andino era valioso para Lucero. Sobre todo a partir de la lectura de Elsa Goransky, Ph D in PA. El público opinaría lo mismo, pensó.

La chicha y la huasta del yajo y la huanca. La gorda Goransky levantaba las manos para acentuar esto o aquello que sus labios afirmaban. Estaba muy en contra de la declamación, pero cuando le tocaba recitar, declamar era lo suyo. Como una tía vieja, pensó Lucero. El majestuoso Choca, Uomachoga, Jocha-Jepa. La chiquita Mori la miraba embelesada. Hipnotizada, se dijo Lucero. ¿En qué estaría pensando esa chiquita cuando la profesora, desbordante de gestos, pasaba del airampo a las filudas tajllas que hieren la tierra? ¿En la ropa que dejó para lavar? ¿En las cuentas que deberá pagar el lunes a la mañana? ¿En la mamada que le hizo anoche a su novio y amante, de parado, en una esquina del barrio del Once?

—…y la emancipación del alfarero.

La boca de Elsa se quedó un instante abierta. Lucero pensó que ahí jamás iba a entrar una pija. No la suya, claro. De pensarlo, nomás, le venían arcadas. La pija maloliente de un hetero, la del marido de la gorda, por poner un ejemplo. Esa bocota roja ya servía solamente para comer bombones rellenos de dulce de leche, para dejar brotar versos ininteligiblemente cansadores y —tal vez— para roncar a la hora de la siesta. Nada más. Elsa Goransky dio vuelta la última página del poema.

—Bellísimo —dijo él.

La profesora había leído lo suyo con autoridad. Sus palabras eran catedráticas, contundentes, aunque incaicas. Ahumadas, pensó Lucero, por pensar algo. Pidió ir a un tema musical. La gorda Goransky había impregnado el éter con su oralidad como una perra marca su territorio con su orina.

El tema era el cuarto de Ainda, Madredeus. Al operador le había parecido que era lo más andino que tenían. También había una versión de “El cóndor pasa”, pero tocada por Simon & Garfunkel. A Elsa Goransky podía haberle gustado, de todas maneras. Lucero se sonrió con sorna.

—Ahora te toca a vos —le dijo a Mori.

Ella se enderezó en su silla. Se acomodó el micrófono. Estaba visiblemente nerviosa.
—Arrancá con la luz directamente —agregó Lucero.

Mori levantó la vista. Las pupilas se le pusieron rojas. Entonces empezó a soltar una voz finita y sonsa, tibia, insonora. “En Castelar/ las chicas tienen los ojos de celeste (pintados)./ Y las que todavía están vírgenes se juntan en la sala de urgencia de la Sociedad de Fomento/ a contar cuentos verdes,/ los viernes”. Su vocecita no alcanzaba siquiera a dispersar los ecos de la otra, que parecían seguirse repitiendo como una voz de fondo. “Hay una plaza en Castelar,/ con una estatua de Sarmiento/ y árboles. Quedó al servicio/ de los gatos iniciados al celo,/ desde que se murió la vieja Lavandina”. La chiquita parecía haberse quedado escuchando los poemas anteriores, en lugar de concentrarse en los propios.

—Más fuerte —le pidió Lucero.

—Con más ganas —opinó la profesora, sin que nadie se lo pidiera.

Mori hizo un esfuerzo. Desde el bachillerato había aprendido a odiar a esas mujeres grandotas, de busto generoso, que la obligaban a estar a un lado. No sentía que la voz penetrante de Elsa Goransky fuera una marcación, pero sí creía que su cuerpo lo era. Un territorio surcado por uñas pintadas con brillos afilados, corpiños armados en punta y peinados carnívoros, caníbales. Mori llevaba una vida de ayuno en comedores siempre ocupados por extrañas.

Leyó sus estrofas sin competir con Elsa Goransky. Lucero pensó que a su lectura le faltaba superioridad. La humildad no iba, definitivamente, con la literatura. Prefería el tono insoportable de Goransky a la nada insípida de la chiquita. “Como diría Gombrowicz”, pensó, “en el mundo poético todo se exagera, y aún los creadores mediocres pueden adquirir dimensiones apocalípticas”.

—Las manzanas de Castelar tienen forma de manzana/ cuadrada, con casas/ que miran para adentro y miran para afuera;/ y entonces una elige.

Cuanto más leía Mori, peor se sentía. Le pasaba exactamente lo contrario de lo que hablaba Gombrowicz: si por casualidad su poesía contenía una pizca de talento, el propio recitado que ella hacía la iba gastando poquito a poco, haciendo que adquiriera dimensiones acabadamente desgraciadas. El locutor del programa le estaba exigiendo fuerza. Una ferocidad que ella no tenía ni cuando se enojaba.

—Porque a lo mejor una prefiere/ el agua fresca,/ y cada corazón tiene guardada/ una vertiente de agua y de ganas.

Odiaba estar ahí sentada entre esa profesora y ese maricón. Odiaba competir con sus poemas contra la gesta andina. Por un momento sintió que todo lo que había hecho en su corta vida era una idiotez ingobernable, y le vinieron ganas de llorar. Gombrowicz había planteado el problema con inteligencia: el universo de la poesía no era más que afectación.

“¿Resisten sus poemas cuando caen en las manos del enemigo? Como cualquier otra forma de expresión, la poesía debería concebirse y producirse de modo que no traiga deshonra a su autor, aunque sus poemas no le gusten a nadie”. Se acordaba literalmente de ese extenso párrafo del polaco cada vez que leía en público, como modo de alivianar su carga de vergüenza.

—Porque en Castelar los sueños,/ si resplandecen,/ salen de día a saludar a los pibes que patean latas.

Lo que debía hacer era bajarse del chancho. Ahí mismo, en ese mismo momento. Leyó la última estrofa con los ojos llenos de lágrimas. Dijo la palabra “poligriyo”.
Lucero sonrió, esta vez sin sorna. Le había gustado más o menos. Dijo:

—¿Quién te está escuchando, Mori, en tu casa?

—Mis papás.

—¿Y tu novio?

—No, no tengo novio.

—¿No tenías uno la semana pasada?

—Lo dejé.

A Elsa Goransky, esos comentarios mundanos la ponían de mal humor. ¿Para qué malgastar tiempo de la radio en frivolidades? Con la cantidad de lectura que ella había traído para obsequiar… La poesía de la chica le había parecido terrible. Naturalista. La verdad, esa idea de la autora consagrada compartiendo piso con la que está surgiendo era súper idiota, pensó.

“El cantor canta y el oyente escucha, boquiabierto”. ¿De quién era esa cita contra la poesía? Argentina, un país de improvisados. Elsa Goransky supo que esa era la razón por la que se había ido. “Cientos de personas componen versos y cientos se sientan a aplaudir”. Y son los mismos cientos los que componen que los que aplauden. Ahora están de este lado, después del otro. “¡Qué multitud de seres excepcionales!” Así pasaría con esa chiquita.

¿Por qué Lucerito, un amigo, le había jugado la mala pasada de compartir el cartel (y lo que era peor: ¡el tiempo!) con una improvisada? ¿Solamente el hecho de que fuera la costumbre del programa habilitaba, una vez más, el rito equivocado?

—Bueno, a mí también me gustaría leerles algo de mi cosecha —dijo—, aunque por humildad preferí comenzar por la mágica y poderosa poesía de Sayla…

—En el próximo bloque —cortó Lucero—. Porque ahora viene la tanda.

La tanda era una seguidilla de avisos de revistas literarias y editoriales. Las revistas tenían nombres esquivos. El macho cabrío, Los asesinos tímidos, Milanesa con papas, El ornitorrinco. Nombres que para nada aludían a lo literario. Las editoriales tenían nombres que aludían a la dificultad de la tarea de publicar: El andariego, El Inconformista, Último Reino, Entropía, Estrella Distante. Eran cosas inalcanzables. Otras llevaban el nombre de objetos extravagantes: La Rosa de Cobre, Gárgola, El Cuenco de Plata, Mansalva, Huesos de Jibia. También había un aviso de limonada sugar free. La voz del locutor era más indicada para nombrar la limonada que esa ristra de títulos imposibles.

Después pasaron una musiquita y Lucero le pidió a Elsa que se preparara. Elsa Goransky esperó la luz roja con aplomo. Carraspeó un segundo antes de que se encendiera, pero no empezó a leer inmediatamente, sino que anticipó su larguísimo poema sobre la muerte del verano con un silencio de redonda y cara de prócer. Actuaba como si en lugar de estar en un estudio de radio, hubiera estado en la televisión. Eso es lo que Lucero pensó. Al leer su poema, Elsa se iba riendo y sonrojando, como si el texto tuviera mucha ironía y ese gesto o aquella cita fuera posible de captar por sus oyentes. Un guiño inteligente con su público. Lucero controló el tiempo en el reloj pulsera que su último ex–novio le había traído de un crucero gay por las Bahamas: ¡casi seis minutos!

—Gracias, Elsa. Una obra ambiciosa, sin duda. ¿Un poema cortito, Mori, para cerrar las lecturas?

Ella se rascó la nariz y la frente. Con los ojos cerrados y la voz temblorosa, recitó:
—Acerco una gota de agua/ al corazón de la lluvia./ Protegerla es acariciarla./ Sonreímos los dos./ El día que no funcione una sonrisa/ florecerán granadas en los ombligos.

A Lucero se le iluminó la expresión. Ese poema era realmente bonito. Sencillo y dulce. En cambio, la cara de Elsa Goransky se volvió del mismo material incólume que el micrófono. Parecía que ambos, cara y micrófono, fueran las únicas cosas salvadas del incendio final de la poesía. Alguien de producción entró con la lista de los ganadores del concurso y le entregó el papel a Lucero, justo en el momento en que él decía “¿bonito, no?”, preguntándole tal vez a Elsa, tal vez a la audiencia. Elsa entonces cambió el microfonismo por un gesto que simbolizaba lo demasiado obvio que le había resultado aquel poema. Pero, además, lo dijo. “Es demasiado obvio”. Al aire. Se le había escapado, por segunda o tercera vez en lo que iba de programa. Las palabras se le trepaban a la meseta de colágeno de su labio inferior, se asomaban al infinito y, simplemente, se dejaban resbalar sobre el rouge para zambullirse en la realidad. Así era ella: sincera y espontánea.

El corte llegó con un tango. Tanto Elsa Goransky como Mori Lara odiaban el tango; en eso estaban juntas. Pero no hablaron de tango, sino de poesía. Elsa estaba ahí porque era grande, profesora, y opinaba con la seguridad del que sabe. ¿Cómo alguien podía creer que eso que Mori había leído era poesía? Algo tan sencillo, tan ordenadito… Dijo ordenadito con petulancia. Y también dijo:

—La poesía no se debería poder entender así nomás.

Lucero y Mori se miraron, callados. Para Elsa, la poesía llevaba implícita el secreto de los cofrades, de los que forman parte de un clan. Nadie que no fuera un iniciado debería querer comprender poesía.

—Sería una impertinencia. Algo desubicado —agregó.

Y después se quedó un instante callada, como ofendida. Hasta que Lucero Aguirre reaccionó.

—¿Qué querés decir, Elsita?

—Eso que dije. Ni una letra más, ni una menos. Si algo fue oculto o develado en la palabra escrita, sólo el verbo poético tendrá la dignidad, el coraje y la posibilidad de réplica necesarias. Frente a la palabra, nada más que la palabra.

—Bueno, pero prefiero que se entienda —dijo Mori, por toda defensa. E inmediatamente preguntó: —¿Por qué el programa se llama “Chancho de fuego”?

Lucero contestó calibradamente. No le molestaba que se lo preguntaran. Cuando le molestara, si alguna vez ocurría, lo cambiaría por un nombre menos banal. Esto no había sido idea del novio —ex–novio— desacartonado, sino de él mismo, en una tarde de amor de primavera.

—Qué desilusión —agregó Elsa Goransky. Pensé que era porque la palabra poética es fuerte como un cerdo en celo, o un jabalí. Hot and wild.

Lo dijo efusivamente, como si estuviera hablando de ella misma.

—Tendrías que tener un tapado de piel de chancho —agregó, dirigiéndose a Lucero— para venir acá completo.

—Tengo uno —dijo él, risueño.

Las invitadas se rieron.

—No sabía que se hicieran tapados con piel de cerdo… —dijo Mori.

—¡Cómo se van a hacer! —gritó Elsa.

—Se hacen, claro —desmintió él—. Del chancho se aprovecha todo: la carne, el cuero, los huesos…

—¿Y con los huesos qué se hace?

—Se los muele para fertilizantes. O se tallan piezas de ajedrez.

—¿Y con los ojos? —preguntó Mori, ingenua.

—Se juega a la bolita —contestó Lucero.

Mori largó una carcajada.

—Juego hermoso el ajedrez. Borgeano —acotó Elsa Goransky, muy seria. Como si solamente pudiera atender a los comentarios intelectuales, sin permitirse ni un solo chiste mundano.

El programa volvió a abrir. Los llamados eran todos para felicitar a Mori por su frescura. Le hicieron preguntas sobre el nombre del libro, donde se podía comprar, etcétera.

—Es de una editorial chiquita que se llama Sigamos Enamoradas; no se encuentra en todas las librerías…

Marisa, de Barracas, le recriminó a la profesora que hubiera expresado un comentario tan despectivo. Elsa Goransky se puso colorada cuando preguntó cuál.

—Es demasiado obvio… —dijo Marisa, con un tono burlón.

Lucero asintió. Odiaba que sus entrevistados se hicieran críticas al aire. Entre bambalinas, todo bien. En todas las cocinas hay humo. Pero comentar algo al aire le parecía de un franco mal gusto. Ahí coincidía con Marisa: Elsa Goransky había estado como la mona. El rubor de la profesora se debía a que no había querido decirlo “en vivo”. Se le había escapado.

—Parece despectivo —repitió Marisa, antes de despedirse.

Omar, de Balvanera, también se expresó:

—La gorda —dijo, refiriéndose, sin conocerla, a la profesora— es una guaranga.

Lucero miró al operador, que subió los hombros y cortó la comunicación. Elsa se había quedado con una O mayúscula en la boca. El cuartetazo interrumpió el efecto.

Oh my God… ¿Cómo se atreven…?

Lucero le pidió disculpas en nombre de la emisora.

—Es el problema de la comunicación en vivo —dijo—. A veces pasan estas cosas…

—Qué puta mierrrrda —protestó ella, enojadísima. Clavó sobre la mesa sus uñas largas.

Lucero juntó algunos papeles en una carpeta. No era que estuviera totalmente indignado; en cierto modo le pareció que ella se lo merecía. Pidió que pasaran el reporte del tiempo y las propagandas. Suspiró.

—Perdoname que te lo diga así, Elsita, pero un poco te lo merecés.

—Oh —dijo ella.

Él continuó.

—Reconocé que estuviste mal.

Ella sacudía la cabeza en un no puede ser rotundo y temblequeante. Las mejillas eran dos esponjosos budines de pan servidos en el último asiento de un colectivo 60.

—No te puedo creer que defiendas a ese energúmeno —fue lo único que dijo.

Lucero explicó que no lo estaba defendiendo, que obviamente la quería a ella como si fuera su amiga íntima. “Vos lo sabés, no tenés que histeriquearme nada, Elsi”.

—Pero deberías disculparte por lo que dijiste de la demasiada obviedad.

Elsa Goransky torció todas las arrugas de su cara empolvada. Miró a Mori con desprecio, con lástima, con irritación y, finalmente, con comprensión. En ese orden. Mori dijo:

—Miren que a mí no me preocupa mucho…

Lucero dijo:

—Ay, querida, ir así por la vida… ¡Un poco más de autoestima, por favor! Elsa debe disculparse.

—Bueno, si es necesario… —dijo Elsa.

—Al aire —agregó él.

—No es necesario —afirmó Mori.

La voz de una locutora dijo: “En la ciudad de Buenos Aires, en este momento hacen dos grados y tres décimas, con sensación térmica de un grado y una humedad ambiente de 77%, con viento frío del sur”.

—Hay que abrigarse —agregó.

La luz roja se volvió a encender.

—Sí, habrá que abrigarse un poco más —dijo Lucero, mirándole el escote a Elsa Goransky—; aunque acá estamos calentitos, hablando de poesía, como siempre… Esto es el “Chancho de fuego” y hoy tenemos una discusión tal vez ancestral sobre la poesía: hermetismo versus comprensión… Los oyentes pueden dejar sus comentarios al teléfono…

Elsa Goransky decidió agarrar el toro por las astas. Dijo que no existía una poesía hermética y una que se entendiera. Que eso era una pavada, porque la poesía no estaba para ser entendida, sino para ser puro goce. Cuando dijo puro goce le dio un escalofrío de sensibilidad.

—La poesía es un recorte extraño de la realidad, que no tiene por qué explicarnos nada. Para las explicaciones están los manuales. Ni siquiera la literatura es una serie de palabras concatenadas para explicar una trama, alguna ficción. Nada más lejano a eso. Menos aún la Literatura con mayúscula. ¿Qué nivel de coherencia quieren pedirle? La literatura es como una red de pesca, donde si logramos visualizar alguno de los nudos de cerca, donde si logramos, quizás, tocarlo, sentirlo, desatarlo, es porque ya estamos definitivamente atrapados.

Después se puso un poco más nerviosa.

—Además —dijo—, yo no la estaba criticando a ella… ¡Qué audiencia más quisquillosa! Si acá Moria lo entendió bien…

Mori puso cara seria. No le había importado, tal vez, que esa gorda chota le criticara su poema —estaba en todo su derecho de que no le gustara—, pero odiaba que la llamaran por su nombre verdadero. Para eso se había inventado un seudónimo, para que nadie se dirigiera a ella con su nombre real. El conductor advirtió el enojo de la chica.

—Estamos entre amigos, Morita… Esto lo sabemos nosotros y también nuestros oyentes, que nos siguen enviando respuestas al concurso y mensajes de texto…

—Antes de que sigas, Lucero, quiero decirte una cosa más —cortó la profesora.

—¿Sí? —preguntó él, con un poco de miedo.

—La propuesta hermetismo versus comprensión me parece una dicotomía falaz —le dijo.

—A mí no —agregó Mori—. Lea algo hermético pero que se comprenda, a ver.

Elsa Goransky se sintió tocada en lo más profundo de su orgullo. ¿Quién era esa mocosa para venir a torearla de ese modo?

—Ay, querida —le dijo—. No seas tan ingenua…

—No es ingenua —interrumpió Lucero, casi de mala manera—. Los oyentes y yo también queremos que leas algo que explique tu postura.

—¡Debería hacer una tesis! —se rió ella.

—Poesía —insistió Lucero—. Te estamos pidiendo que nos leas algo que ilustre lo que afirmás con tanta sabiduría universitaria.

Ella se lo quedó mirando, ofendida, pero sin reaccionar. “Las miradas no salen por la radio”, pensó Lucero, pero dijo:

—Por favor.

Elsa Goransky estudió los papeles sobre su mesa como si fuera el tablero de un juego innecesario. O cartas de un amante olvidado. O poemas sin explicación, lo que eran. Pensó leer un poema al azar, pero salteándole los versos. Un renglón sí, uno no. Si ellos se burlaban de la poesía verdadera, ella iba a burlarse de todos los oyentes. Pero luego se le ocurrió algo mejor. Abrió su libro, Almanaques de ira. Rápidamente fue hasta la última página. Sonrió antes de leer:

—de la nada soñamos/ un tiempo oscuro/ éxodo/ el viento de la paranoia/ inflamado, inflamadas/ señales/ heridas de muerte/ con el corazón en vertical

Los tres se quedaron en silencio, pensando. Ella se sintió una poeta maldita. Como Baudelaire, como Celan.

—Bellísimo —dijo Lucero.

—Interesante, aunque sigo sin entender —dijo Mori.

Elsa Goransky cerró el libro.

—¿Cómo se titula?

“Índice”, estuvo por decir. Pero dijo: “El amor”.

—Ahí sí —dijo Mori—, ahí se entiende más.

Elsa Goransky se infló de orgullo.

—Mis libros se venden muy bien en la Argentina. Yo me sorprendo siempre, a veces hay alguien que no conozco y me leyó. Entro a una librería, a La Boutique del Libro de San Isidro, por ejemplo, y los empleados me paran para felicitarme por las ventas. Es impresionante lo que mi poesía gusta en este lugar. Porque yo publico en Estados Unidos o en Francia, pero no hay como publicar acá. Tengo una amiga que vive en París y siempre me pregunta ¿y tú que interés tienes en publicar en la Argentina si publicas en Estados Unidos, que te pagan mejor? A lo que yo contesto: acá me siento en casa. Argentina es mi país.

Lucero empezó a cerrar el programa. Leyó la lista de respuestas, entre las que había siete erróneas, que iban desde Calderón de la Barca a Lope de Vega. Habían ganado dos participantes: Aníbal, de Munro, y Jovita, de Paternal. “Amado Nervo”. Elsa Goransky corrigió:

—Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo.

—Chicos, felicitaciones: Jovita se lleva el libro de Mori y Aníbal el de la profesora.

Aníbal, que estaba en línea directa, hizo un pequeño silencio.

—¿No hay uno de la otra? —dijo, al fin.

—Lamentablemente, no —habló Elsa Goransky, por el locutor.

—Entonces quiero que Mori me fotocopie el poema del ombligo.

Mori dijo estar muy halagada, y le pidió al hombre que dejara su dirección de email para enviárselo por correo electrónico.

—Bueno, también lo puedo colgar en mi blog —agregó. Se disponía a dar la dirección, cuando la interrumpió la profesora.

—Los blogs, ah, qué porquería —dijo— ¿No pensarás dar la dirección al aire, no?

—¿Por qué no? —Mori subió los hombros.

—¡Qué descaro! —dijo Elsa Goransky. Por alguna razón no dicha, a ella le parecía un escándalo.

Mori se quedó callada. El conductor le guiñó un ojo.

—Todos los que quieran saber la dirección de blog de Mori Lara pueden comunicarse al teléfono del programa y se la daremos, obviamente.

Había tratado de ser un morigerador. “Nunca antes mejor utilizada esa palabra”, pensó. Elsa Goransky agregó, despectivamente:

—La única literatura digna de ser leída es la que sale en los libros, en papel.

Fue enfática al dar su opinión. Mori sólo abrió la boca para decir:

—www.mandarinasdulces.blogspot.com

Otro oyente, Carlos, de Haedo, envió un mensaje de texto preguntándole a la señora profesora qué había que haber leído para entender sus versos. Lucero acotó que era como preguntar cuántos amores hacían falta para entender el amor… “Es una respuesta imposible”, afirmó. Elsa Goransky lo reafirmó con la cabeza. Mori tenía una respuesta, y la dio.

—Todos –dijo—. Todos los amores, todos los poemas.

Por segunda vez estaban de acuerdo, las dos. En contra del tango, pero a favor del amor… Sonrieron al mismo tiempo. Lucero miró el reloj y supo que felizmente habían arribado al final. La hora real coincidía con la hora del sentimiento, como tenía que ser en un programa de poesía. Aprovechó el instante para despedirse. Les dio la mano, agradeciéndoles muy especialmente por su atenta visita a “Chancho de fuego”. Y por la lectura vital de sus poemas. La luz roja se apagó. Lucero dijo, en off:

—Salió genial; estuvieron absolutamente di-vi-nas.

Estaba entusiasmado de verdad. Se secó la frente con un pañuelo que tenía bordada una mariposa. Mori se puso la campera de jean y Elsa Goransky, los aros.

Las dejó en la escalera. Les dio un libro de él, a cada una. El libro se titulaba Manoseándote, y era de sonetos. La editorial se llamaba, también, Chancho de Fuego.

Las dos bajaron la escalera en silencio. En el hall de la radio, el portero de noche cabeceó. Mori le hizo un saludo con la mano levantada; Elsa Goransky ni lo miró. Elsa Goransky estaba preocupada sólo por una cosa: cómo se iba a volver a su departamento de Recoleta.

Salieron a una ciudad oscura y fría. Las calles estaban llenas de bolsas de basura. Algunas, rotas. En la esquina de Lavalle había tres hombres haciendo fuego. Cartoneros. Elsa Goransky alcanzó a distinguir sus carretillas llenas de papeles. “Papeles con muchas poesías”, pensó. No, no poesías. Los hombres tomaban vino de un tetrabrick al que le habían abierto la boca como un vaso. Hablaban a los gritos.

Mori no estaba pensando en nada. Su Fiat 600 rojo, un bolita legítimo pero muy machucado, la esperaba a una cuadra, bajando por Maipú hacia Lavalle. Sacó las llaves de un bolsillo. El Fitito era el único auto visible de los alrededores. Por la calle no pasaba ni un alma, y eso que no era, todavía, ni la una y cuarto. Elsa Goransky lo constató en su reloj. Ni medio taxi. Uno de los cartoneros, el primero que osó mirarla, eructó.

—¿Estás con auto? —preguntó Mori.

—No.

—¿Te llevo a alguna parte?

El llavero tenía una gruesa cadena que terminaba en una pelota colorada con un número, que imitaba una bola de pool. Empezaron a acercarse al auto. Se lo veía desvencijado y viejo, pobrecito, con esos costrones oxidados. Aunque aún podía distinguírselo rojo. Pintura original, año setenta y cuatro. El Fitito era más viejo que Mori. La mujer mayor, la profesora, desvió la mirada de la fogata. “La mujer del tapado caro”, pensarían esos hombres. Esos villeros que encendían un fuego sin chancho, y que jamás de los jamases habrían recitado verso alguno. Ni siquiera un verso guarango; ni siquiera para burlarse de la poesía. Cruzó Lavalle junto a Mori y caminó diez o quince pasos antes de detenerse. Mori tuvo que tirar con fuerza de la puerta de su auto, para que abriera. Elsa Goransky dio un paso más.

—¿Subís? —le preguntó la chica.

Elsa Goransky sintió un vago calor sobre el cuello —con el frío que hacía— y un lejano vaho a vino barato. Aunque no podía ser más que su imaginación, porque aquellos hombres habían quedado atrás, sobre la esquina. Se tocó un aro y sujetó con fuerza su cartera de ante. “No sólo es chiquitísimo, es un cascajo”, pensó. De repente, los hombres habían dejado de gritar. El silencio de los cartoneros no podía deberse a la espera para que ella pudiera responderle a la chica. ¿Estarían siguiéndola, a sus espaldas? No iba a girar el cuello. ¿Cómo subirse a esa catramina estúpida? Con su ropa nueva, con su peinado caro. Estiró el cuerpo cansado sobre el pedestal de sus tacos aguja, se abotonó con fingida humildad el último de sus botones y dijo, con voz templada y lisa:

—No.

Mori subió a su Fitito rojo y se perdió, se perdió en la ciudad.

 

Gustavo Nielsen (Buenos Aires, Argentina, 1962). Arquitecto y escritor. Ha publicado Playa quemada (Cuentos, Alfaguara); La flor azteca (Novela, Planeta); El amor enfermo (Novela, Alfaguara); Marvin (Cuentos, Alfaguara); Auschwitz (Novela, Alfaguara); Adiós, Bob (Cuentos, Klizkowsky Publisher); La fe ciega (Cuentos, Páginas de Espuma, Madrid); El corazón de Doli (Novela, El Ateneo) y La otra playa (Novela, Premio Clarín, Alfaguara 2010).

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