Actualizado el 28 de octubre de 2011

Need for Speed

Por: . 28|10|2011

Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto,
 el verdadero paseo.
Julio Cortázar

La gente espantada fue sustituida por este espacio cerrado, silencioso, climatizado, sin el claxon insistente y el aspaviento de los demás. Las personas llegan con aspecto sereno, como si estuvieran satisfechas. Se detienen delante de mí con curiosidad. Hablan en voz baja. Otros solo se dedican a observar. No puedo evitar la vergüenza de haber terminado hecho un desastre y de ser el único que todavía conserva aquella expresión estúpida y con los brazos abiertos.

Antes de irme a la cama, encendí la contestadora, mientras revisaba las cuentas de la luz, internet y el cable satelital. Me sentí sorprendido por la invitación, después de tanto tiempo, en este país donde encontrar a los conocidos es posible, pero no casual. Dejé los papeles regados en la mesa y le di atrás a la contestadora, pude comprobar que no era culpa de la imaginación provocada por el cansancio del trabajo. Pero la duda no cesaba. Montones de preguntas aparecían sin respuestas. Hasta que fui capaz de presumir a una persona; sin embargo, las preguntas me instigaban.

Aún me pregunto qué hago aquí, cuando en mi vida nunca me he inclinado a los asuntos del arte, menos la fotografía. Trato de encontrar alguna explicación, creo, quizás sea la nostalgia de los emigrantes. Hojeo el catálogo, Need for Speed, está escrito en la portada. Camino por la galería entre la gente y los periodistas. Cada foto despierta en mi mente viejos recuerdos: las avenidas, los barrios, las guaguas, el tumulto de gente en las paradas. Hay una que atrapa mi atención. Reparten copas con bebida. Agarro una. Bebo con calma sin dejar de contemplar el cuadro. No es cierto, digo, de frente a esa imagen y debajo del cristal leo: “Lomabana en claxon”, serie Need for Speed, 40 X 50, plata sobre gelatina, 2008.

Falta poco para empezar. He perdido el miedo, gracias al humo que nos hace hablar y reír. Los muchachos miran a todos lados. Ya es hora. Ellos hacen señas. Yo empujo y poco a poco se va haciendo más rápido. Abro los brazos. Miro al cielo. Mantengo el equilibrio con las piernas. He sentido la presencia de mi tío. El aire me acaricia las mejillas y entra por las patas del short. No cierro los ojos, el reflejo del flash llega justo cuando la inclinación de la calle termina. La luz se extiende como si todo se detuviera de repente. Ya no es extraño, a veces el tiempo no es tan cierto en su movimiento.

Veo el tiempo y me percato de las horas que llevo en esta galería. No era necesario que reparara en los demás cuadros. Este me interesa. Pienso en la familia, sobre todo en mi hermana. Siento pena por ella y por su hijo.

Raciel debe estar haciendo una excelente toma desde esa posición, confío en su ubicación para lograr una buena imagen. Es fanático a las fotos, sueña con la fotografía profesional. Es emocionante, incomparable, ser el primero. Tirarnos lomabajo y cruzar la roja del semáforo, sin importar lo que nos pueda pasar. A partir de esta noche será diferente. Soñaré con mamá llegando al aeropuerto, bajando las maletas, abriéndome los brazos; la imaginaré con canas y arrugas pequeñas cerca de los ojos. Y cuando estemos solos le daré las quejas de su hermano. Antes de irme les hablaré a los muchachos del posible regreso, dentro de algunos años, con bastante dinero y encima de cuatro ruedas. Por minutos no seré el muchacho que vive con su tío, desde que mamá desapareció en el 94, cuando yo aprendía a empujar los pedales en el triciclo y ella empujaba el agua sobre el mar.

Ahora soy, en la calle y en la escuela, Roberto P5, por aquella primera vez.

Fue una noche parecida a la de hoy; aquella vez, no sabía envolver la hierba en el papel. Ya decía Raciel, lo mejor es aguantar el humo, contener la respiración, esperar unos minutos. Disfruto distorsionar el tiempo, da risa, aunque no sea real, pero es la única manera de cagarme en la madre de los relojes de la escuela, de mi casa y en especial el de mi tío. El siempre anda mirando el suyo para decirme: Roberto ve a fregar las cazuelas, haz las tareas, bota la basura, limpia la casa, ve a bañarte y no le pases el pestillo a la puerta. Entonces entra al baño, corre la cortina, se recuesta a la pared, dice cualquier cosa y me mira como si fuera un extraño. Esto no lo cuento en el grupo, podrían pensar que estoy loco, solo Raciel sabe. Por eso, mejor hablo de otras cosas y cuento mis mentiras, eso ayuda mucho a levantar el ánimo. En la calle los amigos me respetan.

No puedo dejar de ver esta imagen. Me ha impactado. De esto no conozco y a pesar de la noche, detrás del cristal, logro definir la figura en descenso. Sudan mis manos. Lentamente, de izquierda a derecha veo a los demás; están entretenidos con el fotógrafo, que acaba de aparecer. Pero desde esta distancia no lo veo bien y continúo observando la fotografía. Palpo el cristal con cuidado. Disimulo rápido y alcanzo otra copa de champan. Las luces en el salón se mantienen encendidas. Aquí también es de noche.

Aquella noche, la primera vez, estábamos todos, cada cual con su bicicleta, en la acera de la rotonda del Obelisco. Esperando. Me daban aliento y yo trataba de no mostrar nerviosismo. Pronto pudimos ver de lejos el transporte. Nos turnábamos la vigilancia, por si venía la policía. Uno de nosotros quedaba siempre atrás, pedaleando, mientras vigilaba sin dejar que nos alejáramos, más adelante otro ocupaba su lugar.

Ellos dejaron que fuera el primero, claro, estaban probándome y podía hacerlo bien o hacer un espectáculo, y terminar de certificado médico en el hospital o con algodones en la nariz rodeado de flores en Calzada y K. Después vino Raciel, agarró la defensa, me miraba con los dientes afuera y dijo: necesitamos sacarle una foto a esto. Rápido vinieron los otros, amenazando la parte trasera de la guagua. Una vieja nos gritó, alguien le respondió, dijo algo sobre la mamá de la anciana. La goma delantera de la bicicleta saltaba por los baches de la calle, pero no era de preocupar. Sostenía con fuerza el timón, mis ojos estaban en plena combinación con mi cuerpo. El último, quien se ocupaba de avisarnos para huir en cuanto apareciera la primera patrulla, chifló, fue en ese momento cuando soltamos la defensa. Ahora venía la parte más difícil. Escapar de la policía. Fui el primero que saltó al contén con destreza y enseguida fueron los otros. Nos dispersamos por diferentes cuadras.

Así fue, entonces comencé a ser Roberto P5, gracias a la guagua donde me inicié en el grupo. Estaba escribiendo mi nuevo nombre en la pared de la escuela y de repente apareció Raciel. Comemierda, le dije. Sacó de la mochila su cámara y habló de su padre. Luego me regaló el disco de Ramstein. Su papá vendría pronto a buscarlo. Raciel quería llevarse un recuerdo mío, pero debía ser en la nueva modalidad que propusimos todos; no tanto por estar aburridos de las guaguas y la persecución de la patrulla, si no por hacer algo más peligroso. Nunca olvido esa noche. La tengo presente y no necesito hablar más de ella, para eso estaban los testigos y el flash.

Al otro día, el comentario en el aula fue el asombro que causé la noche anterior. Raciel me contó de su primera vez; yo sentía envidia por tener la misma edad y haberme demorado por entrar en el grupo. Nos callamos cuando llegó la profesora. De espalda a nosotros miraba de un lado a otro en la pizarra y vimos cómo cerró las manos; luego se viró y nos miró, a mí y a Raciel. Con la frente arrugada se sentó y dijo: en la próxima reunión les hablaré a sus padres del asunto que a diario oigo en los pasillos, los iniciados en las guaguas, pronto tendré la lista de quienes se dedican a tanta locura.

Tenía miedo. En cualquier momento podría llegar la profesora a la casa con el listado y tendría entonces que aguantar algún castigo o aceptar las proposiciones de mi tío. Entré al cuarto, cerré la puerta con seguro. Puse el disco de Ramstein y busqué mi tema preferido: “América”. Preparé un cigarro con rapidez. Fumé. Aguanté el aire. Todo se detuvo. Una mosca pasó cerca de la ventana y la toqué varios segundos. Cerré los ojos y apareció la profesora, tendida en el piso, amarrada de pies a cabeza, me acerqué despacio, con una ramita llena de santanillas. Luego estaba en el baño, el hermano de mamá abrió la puerta, y detrás lo esperaba con un martillo. Le di en la cabeza, cayó al piso, enjaboné sus nalgas y sin hacer mucho esfuerzo le metí el reloj, antes, programé la alarma para cada media hora. Agarré la bicicleta. Salí a la calle. Pedaleé fuerte. Miré varias veces atrás. Los muchachos aparecieron también como si los hubiera invitado.

Aún sospecho sobre la invitación a este lugar. Supongo algo escondido. Pero no puedo quitar la vista del cuadro. ¡Coño!, el parecido es increíble, digo. Incluso la mirada, la misma mirada, la bicicleta, su ropa. La calle, aquella calle. Sus brazos, sus labios, su pelo, sus ojos.

Abrí los ojos, el cuarto estaba igual. El disco paró. Los gorriones empezaron a cantar. Vi el reloj encima de la mesita de noche. Las 6 de la mañana. El uniforme de la escuela sobre la cómoda. Pero el miedo hacía latir más fuerte mi pecho. Mi tío acababa de llamarme para que fuera al baño; ¡apúrate!, gritó, se hace tarde. Quise salir por la ventana pero era imposible con esas cabillas. Solo quedaba una opción: parar el tiempo; por suerte, todavía quedaba algo del cigarro. Inhalé con fuerza por la nariz. Necesitaba la rapidez del efecto. Apreté los ojos. Los abrí. El aire me acaricia las mejillas con más fuerza. No creo, pero me conformo. Los muchachos gritan, no alcanzo a oír qué dicen, chiflan también. Debo tener una imagen espectacular con los brazos abiertos, la bicicleta y yo a toda velocidad en esta lomabajo. De reojo, llega el flash de Raciel. Cierro de nuevo los ojos, los abro y oigo la voz de mi tío. Cierro los párpados, los abro y de nuevo estoy aquí en este instante, con los brazos abiertos, la luz del flash, los gritos de los muchachos y el sonido de un claxon que no para de sonar. Tan solo siento esta quietud, no pasa nada, ni siquiera mamá regresando de no sé donde, ni siquiera una mosca para poder tocarla unos segundos, acariciarla, poder ser como ella. Por momentos oigo la voz de Raciel y del hermano de mamá.

Estoy sorprendido por la fecha de la imagen. Ya no cabe duda. Es él. Entrevistan al artista. Esquiva las cámaras y con paso lento se acerca. Saluda a los demás. Vuelvo a la imagen, hago como si no lo hubiera visto. Siento en la espalda una palmada. El hombre estira la mano, me saluda; ¿qué tal?, dice. Trago en seco. No respondo. Aprieto la copa. Inclino a un lado la cabeza. ¿Le gusta?, pregunta. Le digo que sí. Me quita la copa sin permiso y bebe hasta el fondo. La coloca en mi mano y de nuevo extiende el saludo. Hago silencio sin poder entender su atrevimiento. Él sonríe y con aire de quietud dice: Hola tío, mi nombre es Raciel.

Lo último que recuerdo es que tambaleé y la rueda delantera de la bicicleta se desprendió como yo por el asfalto. Todo se detuvo ahí, en la imagen del susto que me pareció, más que ridículo, despreciable. Así, como una estampilla encartonada. Vi algunos a mí alrededor taparse los ojos. 2 ó 3 corrían hacia mí con las manos abiertas, de manera incomprensible. Descubrí cómo la calle y la gente espantada fue sustituida por este espacio cerrado, silencioso, climatizado, sin el claxon insistente y el aspaviento de los demás. Las personas llegan con aspecto sereno como si estuvieran satisfechas. Se detienen delante de mí con curiosidad. Hablan en voz baja. Otros solo se dedican a observar. No puedo evitar la vergüenza de haber terminado hecho un desastre, y de ser el único que todavía conserva aquella expresión estúpida y con los brazos abiertos.

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