Actualizado el 15 de diciembre de 2011

De la intensidad a la ausencia

Por: . 15|12|2011

—¿Entonces?

Ya sabe el condenado que esos segundos escasos, cuando todavía el sol ilumina la piedra áspera a sus espaldas, ese olor de roca húmeda, y el roce de la brisa en su rostro, y la extraña familiaridad de su rostro, son la antesala de una oscuridad perfecta. Ya sabe el aroma de la pólvora, el sonido de la descarga frente al muro. Ha visto el muro acribillado, los coágulos secos, los casquillos. Ha escuchado la detonación y el silencio que sucede a la detonación, el llanto y la caída de los reos junto a esa pared donde ahora espera. Ya sabe que los soldados saldrán marchando por la izquierda, prepararán sus armas, apuntarán, y el fuego arrancará sus miradas del patio. Le ha ocurrido eso otras veces.

—¿Entonces qué?

Otras veces, después de fusilarlo, los soldados entraron marchando por la izquierda y el patio quedó vacío en medio del cuartel, su cuerpo vacío abandonado a una oscuridad perfecta, pero breve. Siempre fue más breve la noche que el largo día que la precedía. O, al menos, la penumbra de su muerte se le antojaba definitiva, irrevocable, durante las lentas horas previas a la ejecución. Morir era viajar de la intensidad a la ausencia, y la ausencia era un letargo del que al fin se amanecía. Lo sabía: ya otras veces había amanecido entre los cuerpos inertes sobre el fango.

—Dinos lo que sabes.

Ahora el fango chapoteaba bajo los pies de los soldados. Sus ojos densos rehuían mirarlo mientras tomaban sus posiciones a pocos metros. Las manos de los neófitos temblaban y el condenado se entregaba a fabular la condición de sus verdugos. Imaginaba el desayuno revuelto en sus estómagos, las pupilas dilatadas a propósito para no ver la expresión suplicante de su víctima. Imaginaba su propia expresión ante el disparo y un bulto amorfo cayendo hacia la noche. Quería imaginar la noche, pero algo en él se resistía y suplicaba hasta que el condenado abandonaba su juego. Miraba entonces al cielo con sumisión y esperanza, y murmuraba.

—Sé que estos segundos escasos son la antesala de una oscuridad perfecta, pero breve.

Así había sido antes, así es ahora que el fango se endurece en las botas del pelotón formado y los fusiles se alzan sedientos. El condenado mira al cielo más allá de los muros ásperos del cuartel. Los soldados disparan. El cuerpo cae apagado a la penumbra.

La penumbra o, al menos, la ilusión de una penumbra irrevocable: el simulacro. El condenado abre los ojos, mira suplicante al cielo raso y respira con dificultad el aroma húmedo de esa habitación donde se le permite fumar un último cigarro.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—Dinos lo que sabes.

El humo desgarra su garganta y se le atora en la faringe mientras acomoda la boca para hablar. Una franja de luz penetra por las hendijas evidenciando el piso sucio. Afuera los soldados desayunan. Sus jarros suenan metálicos golpeando contra la superficie pringosa de las mesas. También ha ocurrido eso otras veces.

Otras veces, tras ese incierto lapso en que, después de fusilarlo, los soldados entraban marchando por la izquierda y su cuerpo yacía abandonado sobre el patio, otros soldados salían por la derecha para traerlo aún inconsciente hasta esta sala. Entonces el capitán lo reanimaba, le ofrecía un cigarro, y preguntaba:

—¿Conoces el misterio de las balas de salva?

Pero ahora, quizá porque ya el condenado no se asusta con su juego, el capitán desenfunda una pistola.

—Habla —dice y le dispara.

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