Actualizado el 26 de diciembre de 2011

La trampa sutil de los acentos

Por: . 24|12|2011

Estoy en Santos Suárez, en la parada de Lacret. Alguien pide un cigarro, pero yo no fumo, y si fumara tampoco habría sacado las manos de los bolsillos. Hace frío, un frío tremendo. Es diciembre. O quizás enero. Salgo a la calle a buscar. Tampoco es que sea el único. Todos lo hacen. Todos salen y buscan. Importa salir, nada más. Y afrontar quién sabe qué. Suele suceder en cualquier parte y con bastante frecuencia.

La 174 no llega. Saco un libro, pero hay poca luz. Las bombillas de la avenida y algunos autos que pasan. Me siento inquieto. Pregunto la hora. Alguien se para a mi lado. Lo miro. Un mulato de ojos verdes, bastante mayor que yo, de unos cuarenta años. También parece estar ansioso, un tipo sin rumbo. Aunque quizás no lo sea. Yo parezco un tipo sin rumbo, pero no lo soy, o al menos no creo serlo. No me gusta hablar con los desconocidos. Pero ahora hablo, y tampoco sé por qué.

-Las paradas son insoportables –digo. No contesta, como se supone. No me mira. Me da por loco. Pasa un minuto. Pasan dos.

-Sí, pero no tanto –dice al cabo, forzadamente.

-Cómo.

-Son insoportables, pero no tanto- a seguidas se calla, y sale caminando. Se aleja. Veo como se aparta unos metros. Exprofeso. Yo también me aparto. Él se queda de pie. Yo ocupo el último banco disponible de la parada. Lo pierdo de vista. Alguien ronca detrás de mí. Quiero centrarme en cuestiones importantes, pero no tengo certeza de nada. De qué es importante y qué es prescindible.

Clavo mi vista en la pared. Hago como que estoy pensando pero no pienso demasiado, solo la miro (la pared) con devoción, como se mira un cuadro o una escena o como se mira al vacío cuando se está pensando alguna vaguedad sin importancia. Veo un muro sin pintura, sucio, con varios signos garabateados. Hay algo en ello digno de atención. Algunos nombres, algunas declaraciones de amor. No sé cuál es cierta y cuál no. Reparo en una lista medio borrosa, o que lleva encima el signo de lo irreal, como si estuviera repetida en cada una de las paradas de La Habana o como, si ya de plano, no estuviera ni en este sitio ni en ningún otro. Me percato de un detalle: todos son hombres. Alfonso Baró, por ejemplo, es el último. Quién será. Tampoco lo sé. Igual siento pena. Aunque quizás la pena sea una expresión o un sentimiento exagerado, pero en cualquier caso me identifico, que ya es bastante. Ser el último siempre significa algo. Ser primero es algo fortuito, pero ser último no. Saco un lápiz, aprieto el grafito y pongo mi nombre debajo del suyo. Con letras bien redondas, y todas en mayúsculas, para que se vea bien.

***

La 174. Registro en mis bolsillos, pero no tengo menudo. Supongo que pago cuarenta centavos y después entro. Siento una música de fondo, gritos, ronquidos, alguna que otra discusión absurda, alguna que otra burla. Veo una muchacha espléndida, de piel blanca, cabellos negros (muy negros), nariz fina, y detrás veo al mulato. Cuarenta años y ojos verdes. Conversan y no puedo escucharlos. Entreveo sus rostros. Trato de acercarme, algo en ellos me interesa, me llama profundamente la atención. La muchacha parece extranjera. Reparto dos o tres codazos, siempre de manera sutil. Alguien se queja, me mira, pero yo soy bastante fuerte, y lo piensa dos veces antes de meterse conmigo. Sí, es extranjera. Al fin puedo dar fe de algo. Para más, española. Me estoy arriesgando. Exacto, española. No inglesa ni canadiense. El mulato le susurra algo. La muchacha sonríe. Es un poco mayor que yo, pero mucho menor que él. Ahora es ella la que habla. Arrastra las eses. Tiene un acento raro. Lo confirmo: española. No me sé su nombre. Pero sí su país. Se parece a Susan. Su físico, su voz. Susan dice algo, cualquier cosa. La silla sin espaldar recostada a la pared del balcón. Mira hacia el mar, mientras reparte bocanadas de humo y aprieta entre sus dedos la caja de Hollywood verdes. Parece que quiere aclarar algo, que va a proseguir, pero no lo hace. No dice palabra. O al menos no de la manera habitual. Hay gente que tiene otro tipo de lenguaje y ni siquiera lo sabe. Yo tampoco lo sé, pero lo intuyo. Sonríe con maldad. Puedo mirarla durante horas. Es más, me place hacerlo. Creo que me canso, pero no lo dejo. Roza con la estupefacción, o con el miedo, o con la curiosidad y el morbo. Los pies extendidos, el short corto con la lengua roja de los Rollings Stones atravesándole las nalgas, la blusa ligera sin sostén, casi transparente, con los pezones torneados, oscuros. Entonces le hablo y le cuento lo que me pasa.

***

Susan duerme. Es de noche. La luz del Morro la alumbra. Cada seis segundos la alumbra. Su cuerpo es gris, parece una pintura. Parece que no cabe en la cama. Parece desahogado pero también parece que no cabe. Si se quiere, una contradicción.

La veo dormir. Veo que es inteligente y refinada. O actúa como tal. Hace como que nada le concierne. Pero no es así. Son apariencias. Rímel, maquillaje, lentejuelas. La luz del Morro vuelve. Somos un retrato. Eso pienso. Quién dice que no, o que dejaré en algún momento de agruparle los cabellos detrás de la oreja.

***

Amanece. Se desnuda y se masturba en el balcón. Despierta los comentarios del edificio. Las vecinas la adoran. Le dicen que prosiga. Le traen café, preparan dulces, hablan de ella en la bodega y en el mercado. No entiendo lo que sucede. Susan dice que me he confundido, que no es lo que pienso, que nada ha sido lo que pienso, y recoge sus ropas y se va.

***

El mulato habla, sabe cómo hacerlo, qué decir. Lo escucho.

-Me debería quedar –dice-, pero sigo contigo.

-No hace falta -dice la española.

-¿Anotaste el número?

-Sí –dice-, yo te llamo.

-Guárdalo bien.

-Sí, lo guardo.

-No, de seguro lo pierdes.

-No, juro que lo guardo.

-Los papeles importantes se pierden –dice el mulato, estúpidamente.

-Este no –aclara la española, más estúpidamente aún.

-Seguro

-Seguro

Así prosiguen y me alejo, pero no me distraigo. Esas cosas interminables aburren un poco. Hasta que el mulato, de unos cuarenta años, ojos verdes al retrovisor, le pide al chofer un chance en la puerta del medio y se baja.

***

A distancia mediana el Malecón. Las olas saltan. Es diciembre o quizás enero. La española permanece quieta, la mirada afuera de las ventanillas, posada en algún punto indefinido de la ciudad. La ruta casi se vacía y ocupo un asiento en lo último del pasillo. Una voz de enamorado pide a Diego “El Cigala” interpretando Lágrimas Negras. No soporto la radio. No soporto los radioyentes. La española tararea el bolero, sin emoción, un tanto temerosa, como quien pretende pasar inadvertido porque desconoce la canción y solo le suena familiar el músico que la interpreta. No soporto al sujeto que se toma un tiempo para comunicar, decir su nombre, pedir un tema, dedicárselo a alguien. La voz engolada del locutor informa que Alfonso Baró dedica Lágrimas Negras, el antológico tema de Matamoros, himno musical, joya impecable de la cultura cubana, a… El chofer cambia de estación.

Hago como que no oigo. Vuelvo a mirarla. Detallo su pelo, tan negro que molesta, la piel blanca, la nariz. Se percata. Viene hacia mí. Sabe que la miro. Me asusto, cierro los ojos. En vano. Me roza el hombro. Lo tomo como lo que es: un detalle intrascendente. Insiste. Última parada, dice, debes bajarte. La miro, doy pena, y pienso en el mulato, que no es Alfonso Baró pero que bien puede serlo y que en cualquiera de los dos casos, lo sea o no, ya no reviste la menor importancia.

Le pregunto cómo se llama. Doy más pena aún, más pena que la pena, aunque quizás la pena sea un sentimiento o una expresión exagerada. Y arrastrando las eses me susurra el nombre, y así, con un silbido largo, comienza a confundirme, a perforarme los oídos, y el sonido defectuoso y único de casi todas sus palabras queda esparcido como un eco.

Por eso llegué a pensar que Susan, muchacha extraña y terriblemente bella de Santos Suárez, era una extranjera de Madrid.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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