Actualizado el 6 de abril de 2012

Nunca digas nunca

Por: . 4|4|2012

Ilustración: Fotografía de Escael MarreroYa estábamos hastiados de la capacidad para las bromas de pésimo gusto que caracterizaba a mi cuñado Antón, así que mi primo Albert y yo decidimos jugarle una que superara todas sus expectativas, por lo que esperamos cierta noche y pertrechados de mandarria, pico, linternas y un saco grande, velamos al CVP, entramos al cementerio, movimos la lápida, abrimos el féretro y sacamos el cadáver de la madre de Antón que llevaba ya dos meses y medio de muerta. Recuerdo que la finada apestaba bastante, así que Albert que siempre fue un poco delicado, estuvo a punto de desmayarse, pero yo le dije Albert pórtate como un hombre carajo y él aunque parecía que se le iban a salir los ojos, asintió con la cabeza y entre los dos cargamos a la que había sido la respetabilísima señora Yolanda Cuéllar y la metimos dentro del saco para trasladarla en el automóvil alquilado por Albert. Luego aprovechando que mi hermana y mi cuñado participaban en uno de esos jolgorios de mucho caché que se ofertan entre si los jerarcas de la ciudad, la llevamos hasta la casa de ellos, chalet situado a las afueras y ya allí la colocamos casi completa sobre el colchón matrimonial, casi completa digo porque por el camino perdió un brazo que después no logramos encontrar pues no estaba ni a la entrada del cementerio, ni en la casa, ni en el automóvil. Según Albert el brazo se lo llevó un perro pero yo lo dudo. Debo decir que para colocar el cadáver en sitio tan comprometedor tuvimos que contar con la colaboración de Emilia, la criada; ella nos facilitó la llave de la casa.

La noche que siguió a esa, fuimos hasta el bar de las desnudas a darnos unos tragos y a disfrutar de las muchachas, sobre todo de Magali y de sus doradas tetas de silicona que brillaban a la mortecina luz del bar. Yo le dí diez CUC a Magali para que me dedicara una de sus famosas danzas árabes que provocan orgasmos espontáneos. Aún estaba moviendo sus nalgas sobre mi pene que de tan erecto casi me rompía el pantalón cuando apareció él.

Piérdete, dijo Antón y la muchacha sin una palabra tomó las de Villadiego.

¿Qué haces con ella, acaso no sabes que es un puto transexual?

Lo sé pero no me importa, dije yo, está rica igual… aunque fuera un marciano no me importara.

Por eso es que no levantas, eres un tareco de los pies a la cabeza, ¿por qué no te fijas en una de las otras? Mira a Yusimí, una negra con los ojos azules, eso sí es de lo más selecto.

¿Yusimí? ¿Cómo que Yusimí? Yo no podría estar con alguien al que le digan de esa manera. Ese no es nombre de persona, ni siquiera de perro o foca, sólo a un hámster yo lo llamaría así…, el hámster Yusimí.

Bueno, tú sabrás.

No se veía muy distinto de cómo suele ser habitualmente, aunque parecía padecer de una especie de tic nervioso, guiñó el ojo derecho un par de veces de un modo bastante raro, pero no se metió con Albert, al contrario lo saludó, ¿Qué tal muerto vivo?, pidió una botella de Matusalén y un vaso con hielo y se sentó junto a nosotros, bebió dos sorbos largos, miró bailar a esa tipa, la tal Yusimí que se acercó para que él la besara en la boca, le dio cinco CUC y sólo cuando ella volvió a su baile, dijo:

Hay cosas que no se le hacen a un hombre.

Correcto, dije yo.

Hay cosas que implican la muerte.

¿Cómo cuales, jefe?, preguntó Albert.

La madre de un hombre debería ser sagrada, dijo Antón y volvió a beber.

Si, debería, concedí yo.

Él que lo hizo ya es cadáver, aunque aún deambule por los vericuetos de este tercer planeta del sistema solar, se los aseguro, pero antes se lo daré a Gordo Gris. Le diré gordo esmérate, hazle un trabajito especial y él le cortará uno a uno los dedos de las manos y luego los de los pies y luego le cortará los testículos, con esto, dijo Antón; y sacó del bolsillo de su chaqueta a la última moda italiana, un alicate niquelado de esos que se utilizan para hacer arreglos en el tendido eléctrico… Fui a la Shopping y escogí el mejor para regalársela a Gordo Gris.

Deja verlo, dije yo y tomé el alicate en las manos, era pesado y ligeramente cálido, parecía muy adecuado para torturar a alguien.

Necesito tu ayuda.

Claro, dije yo, ¿para qué?

Para encontrar al hijo de puta que profanó los restos de mi madre, para eso.

¿Cómo?, nos asombramos a dúo Albert y yo. Yo llegué a ponerme de pie, parecía que me iba a dar una cosa.

¿Fornicaron con ella o algo parecido?, preguntó Albert haciéndose el asombrado.

Peor, la sacaron del sepulcro y la colocaron sobre mi cama y además le cortaron un brazo… Eso fue una venganza, pero cuando los coja…, dijo Antón y me quitó el alicate y lo abrió y cerró varias veces.

¿Y si fue una broma?, aventuré yo con algo de timidez, pues aquel instrumento abriéndose y cerrándose tan cerca de mi nariz me tenía los nervios de punta.

Yo no bromeó con nadie, dijo Antón muy serio.

Ah, no, dijo Albert, ¿y cuándo incendiaste mi cuarto?

Eso no fue una broma, me debías quinientos dólares y necesitaba que me los pagaras o qué te piensas… Que puedes andar por ahí debiéndole dinero a un hombre sin que te pase nada, dale gracias a este que me rogó que te dejara salir, por mí te hubieras achicharrado.

¿Y cuándo me drogaste para que ese médico inmundo me sacara un riñón para ponérselo a ese putón prieto de ojos azules, la tal Yusimí? Eso si no fuera broma hubiera sido una mariconá de las grandes.

Nunca dije que fuera broma. Te lo saqué drogado porque estaba seguro que si te lo proponía no ibas a aceptar.

Claro que no iba a aceptar, porque pinga tengo que darle uno de mis riñones.

Porque lo digo yo y ya y cuida tus palabras, este bar es mío y mientras sea así, aquí no se dicen malas palabras, ya van dos, a la tercera te pongo una multa.

¿Cómo que dos? ¿Cuál es la otra?

¿Y mariconá? ¿Me vas a decir que mariconá no es una mala palabra?

Pinga, dije yo, y aunque le pedí disculpas, me dijo que le debía cuarenta euros y que los quería para mañana o no entraba más al bar de las desnudistas y me perdía las ondulaciones de Magali, la travesti, sobre mi pelvis. Entonces yo le dije qué si no entraba al bar no podía ayudarlo a encontrar al que había ultrajado al cadáver de su madre pues aquí, luego de par de tragos, los tipos empezaban a alardear de enterados y él se puso muy serio y dijo que por una vez de mi vacía testa había emergido un pensamiento razonable y que con diez dólares zanjábamos el asunto.

Sólo tengo CUC, dije yo y no llegan a diez… Le acabo de dar veinte a Magali por el bailecito que tú interrumpiste.

Dame lo que sea, dijo él impaciente, y que este verraco suelte algo también.

¿Yo? ¿Y por qué yo?, dijo Albert. No he dicho ni una sola mala palabra en toda la noche, ni me he dado un trago siquiera…

A llorar a maternidad, no te has dado un trago porque eres tacaño, vienes aquí a mirar senos de gratis y eso se acabó, o pagas o te sales ahora mismo.

Está bien, dijo Albert y se revisó los bolsillos y lo vimos depositar sobre la mesa diez billetes en pesos cubanos, una brillante moneda de tres y veinticinco centavos en chavitos.

¿Eso es todo?, preguntó Antón, ¿cómo te atreves a venir aquí con tan poca plata, tú te estás burlando de mí o qué?

Cuñado, deja eso, yo pongo lo de él también, dije; y además de los nueve CUC que me quedaban, puse sobre la mesa mi Seiko de pulsera dorada.

¿Ese no fue el regalo de Rosa por tu cumpleaños?, preguntó Antón.

Si, dije.

Son un par de tarecos, suspiró él guardándose el dinero y el reloj en el bolsillo, ninguno de los dos vale la ropa que se ponen, si tuvieran agallas, va y se me ocurría pensar que fueron ustedes los que profanaron a mi santa madre, pero no lo creo… Ahora váyanse y los quiero mañana sobrios y bien compuesto en mi casa a las dos de la tarde.

¿Para?

Para el velorio y el entierro, infelices, ¿o qué pensaban, que iba a dejar a mi madre fuera, sin darle de nuevo cristiana sepultura?

El velorio fue un dolor de cabeza pues por mucha agua de colonia y perfume que se gastó mi cuñado, de aquel ataúd de roble colocado en el centro de la sala emergía un tufo imposible de traducir en palabras. Sin embargo, asistió lo que más vale y brilla de la ciudad, artistas, escritores, ingenieros, uno que otro deportista y el famoso cirujano que me robó el riñón; todos buscando almorzar gratis y tomar café. Yo llegué un poco tarde y fui a saludar al doliente y a mi hermana, muy reclinados los dos en sendos sillones de buena madera:

Hola, dije, los acompaño en el sentimiento.

Si, muchas gracias, dijo Antón, lastima que sea un sentimiento tardío, son casi las cinco.

No importa, dijo mi hermana, es bueno que estés aquí y que te hayas cambiado de camisa… ¿Viste que bonito el ataúd? Lo escogí yo y me lo cobraron a mitad de precio…, como hace tan poco que habíamos comprado otro.

Debimos haber utilizado ese otro, dijo Antón, estaba casi nuevo…

Pero lleno de gusanos, dijo mi hermana y no hubiera sido apropiado.

Es verdad, dijo Antón, pero es una lastima desperdiciar tanto dinero así.

Para algún otro servirá, se me ocurrió decir a mí, tener un ataúd en casa nunca está de más.

Aja, tienes razón, dijo mi cuñado, y ya que estamos en eso, les doy la tarea a Albert y a ti, limpien ese ataúd y déjenlo como nuevo… Luego ajustamos cuenta.

Está bien, dije yo, ahora mismo se lo digo… ¿Lo han visto?

Debe estar por ahí, dijo mi hermana y me sonrió. Siéntate y refresca que ahorita partimos hacia el cementerio.

***

A Albert lo encontré recostado a una columna en el fondo de la sala con un vaso mediado de güisqui en las manos.

Oye, esto está que trina, le dije yo a modo de saludo.

Hummm…, dijo él, la muerta apesta.

No, los que vamos a apestar somos nosotros. Antón quiere que limpiemos el antiguo ataúd de la finada, que lo dejemos como nuevo.

Tolete, dijo Albert, en mala hora me metí en esto, hubiera sido mejor coger a cualquier muertecita y ponérsela en la cama desnuda y ya, a lo mejor le daba risa, pero tú insististe, tiene que ser la madre dijiste, tiene que ser la madre, cojones, y yo te hice caso de verraco que soy… y mira esa como nos está mirando.

Me di la vuelta y allí estaba Emilia con una bandeja cargada de refrigerios y unos ojos repletos de complicidad. Se acercó y con una sonrisa susurró:

Necesito más dinero.

Más qué, dije yo, piensas poner un negocio o darte una vueltecita por Hawai.

Mi hija está estudiando violín en la Benny Moré, dijo ella, y eso lleva mucha plata.

Y a mí qué me importa lo que estudia tu hija, dijo Albert, como si estudia aeromoza de trasbordadores espaciales.

Trasbordadores espaciales les van a poner a ustedes en el culo si el Antón se entera de lo que hicieron, par de pervertidos.

¿Y por qué se va a enterar? ¿Tú se lo vas a decir? ¿Qué crees que te haga a ti?

A mí nada, mi hermano es policía de tropas especiales, a mí no hay quien me toque… así que piénsenlo, dijo y se fue meneando mucho sus caderas de negra consentida.

Esto está malo, repitió Albert.

Obvio, dije yo.

Tenemos que matar a Antón, dijo él.

Antón es inmortal, dije yo, no le entran las balas, está rayado al palo, no pierde ni en el parchís…, y para más desgracia mañana tenemos que lavar el ataúd de la vieja y dejarlo nuevecito.

Ese ataúd le viene que ni pintado a él.

No cabe, dije yo, la vieja era pequeña, casi una enana.

Eso no importa le cortamos las patas y de seguro que sobra espacio.

Decirlo es fácil, dije yo.

Si, dijo Albert.

Luego nos separamos para no levantar sospecha y rato después hubo que ir al reentierro y el cura soltó unas palabras muy sentidas que empezaron con una señora de impolutas costumbres, madre de un pundonoroso hijo, ejemplo para una comunidad que tanto lo necesita y terminaron con el Dios la tenga en su gloria y ahora vamos a rezar el salmo veinticuatro y Jehová es mi pastor bla bla bla, etc. Antón y mi hermana estaban parados muy serios, juntos y tomados de las manos, rodeados de esa cohorte de traga almuerzos y yo estaba un poco atrás, algo amargado pues los zapatos nuevos me iban estrechos. Cuando el clérigo le dio fin a su perorata, los sepultureros echaron la tierra encima, colocaron la lápida y todo el gentío comenzó a dirigirse a los carros, Antón nos llamó a Albert y a mí y nos dijo que aprovecháramos el jeep para trasladar el ataúd de roble, luego de darle, claro, una buena fregada, allí mismo en el cementerio.

Pídanle los útiles de limpieza y el detergente al jefe de los sepultureros, él les indicará también donde guardó el féretro, dijo Antón.

¿Y por qué nosotros?, pregunté, ellos son los expertos.

Pero ustedes son mi confianza, dijo Antón y nos dio la espalda, fue a tomar del brazo a mi hermana, ambos abordaron el primer Lada y partieron, detrás de ellos arrancaron todos los otros autos, menos el jeep.

Déjame manejar a mí, dijo Albert y me quitó la llave de las manos.

Está bien, tolete, eres un puto niño, dije yo y tolete volví a repetir cuando estuve de nuevo frente al viejo ataúd y observé los gusanos que pululaban adentro.

Les doy veinte pesos si nos lavan este ataúd, les dije a los sepultureros.

No, dijo uno flaco, ya Antón nos dio cincuenta a cada uno para que no entráramos en trato con ustedes, así que ya saben…

Pero qué carajo le pasa a Antón, dije yo, la tiene cogida con nosotros.

Dice que está cansado de mantener holgazanes, dijo el sepulturero.

¿Dónde se puede lavar esta cosa?, preguntó Albert.

Pepino, indícales y dale el detergente y los cepillos, dijo el mismo flaco presuntuoso que ya me caía de lo más mal.

Ayúdennos al menos a cargar el ataúd, dije yo.

Bueno, dijo el flaco, ayúdalos Pepino.

Entre el tal Pepino, Albert y yo colocamos el ataúd en el jeep y lo llevamos hasta un costado del cementerio. Allí había una pluma de agua, con su manguera adosada y el tipo nos entregó un cepillo y un paquete de detergente nuevo, de esos que valen 1 CUC.

Con esto no alcanza ni para empezar, dije yo.

Está más bueno para vender el detergente y el cepillo e irnos a tomar ron, dijo Albert.

Ustedes sabrán, dijo Pepino y nos dejó solos.

Empezamos a lavar el ataúd, la humedad había dañado el barniz pero la madera estaba sana aún, y en cuanto al terciopelo del interior, mejor ni hablar, le empezamos a echar manguerazos de agua a presión, pero ni así se le quitaban las manchas. A los gusanos, tuve que cogerlos con un papel e ir sacándolos poco a poco, pues a pesar de estar muy gordos eran ágiles y difíciles de atrapar. Luego me di el gusto de pisotearlos. Cuando no quedó ninguno le dije a Albert que metiera mano con el cepillo, pero cuidando que no se fuera a rasgar la tela.

¿Por qué yo? dijo Albert.

Porque yo saqué a los gusanos.

¿Y qué? En primer lugar estamos en este lío por ti, ahora yo estaría en el bar de las desnudistas mirando tetas moverse de un lado a otro y no aquí lavando cajas de muertos.

¿Crees que lo sepa?, pregunté.

¿Qué sepa qué?

Que fuimos nosotros.

Ya estaríamos difuntos… Además nos pidió que lo ayudáramos.

Y luego nos puso a lavar cajas de muertos… ¿No te parece raro?

Si, pero es la caja de su propia madre. ¿Tú dejarías que el féretro de tu madre lo lavara cualquiera…? Yo te propuse, vamos a matarlo y tú no estuviste de acuerdo, así que no me hables de él.

Te repito que Antón es inmortal, dije y entonces se me ocurrió:

Tengo una idea

¿Otra?

Si, ¿por qué no volvemos a sacar a la muerta y se la colocamos en la cama de nuevo?

¿Y qué ganamos con eso?, preguntó Albert.

Primero que nada, tiempo y luego… ¿no lo captas? Antón pensará que es algo mágico, algo sobrenatural, que la muerta sale sola y se acuesta en su cama de porque sí.

Vaya, dijo Albert, y Antón será comemierda para tragarse esa bola, aparte que a esa muerta yo no la tocó más, que va, si anoche soñé con ella y me salió toda podrida y se me posó en el pecho y…

Es la única solución, lo interrumpí, si no lo hacemos los muertos vamos a ser nosotros… Tenemos que hablar con Emilia para que nos tire un cabo y tú vas a ver, nos vamos a reír cantidad.

Conmigo no cuentes.

Ya estoy imaginando la cara de Antón cuando nos diga que la muerta salió de nuevo y tenga que comprar otro ataúd y…

Ataúd que tendremos que lavar nosotros.

Quizás no, Albert, quizás no, dije y tomando el cepillo comencé a restregar con esmero el interior de la caja.

***

Cuando le propuse a Emilia que nos volviera a dar la llave se negó de plano.

Qué no, dijo, olvídate de eso.

Cinco mil pesos, le dije, ahora mismo te los traigo.

Tú ya no tienes ni donde caerte muerto.

Mi hermana tiene, le dije, le diré que es para un negocio.

¿Y ella te va a creer?

No me creerá, pero me los dará igual… Así que piénsalo.

¿Por qué les haces esto? Se supone que son tu familia.

Una broma es una broma, le dije, aparte, me debe un riñón.

Tres días después estando en nuestra mesa del bar de las desnudistas llegó Antón. Ponían una de esas músicas actuales que responden al nombre de discoteca house y que parecen hechas para que las mujeres se quiten la ropa, así que todo iba de lo mejor pues Magali estaba en el escenario dándole a la cintura como nunca y Albert y yo ya teníamos adentro varios dobles de habana club, así que estábamos dispuestos a que todo nos pareciera bien. Las luces eran azules cuando Antón abrió la puerta, luego a mitad de camino eran amarillas, pero cuando llegó a la barra y se sentó junto a nosotros eran rojas.

Güisqui, le pidió al camarero y cuando este se lo sirvió, dijo:

Pinga. ¡Volvieron a hacérmelo!

¿A hacerte qué?, dije yo.

Algún maricón volvió a sacar los restos de mamá.

Mentiras, dijo Albert.

Cojones, ¿crees que jugaría con algo así? Cuando coja al que fue le cortaré los testículos y se los haré comer crudos.

Cerró los ojos cuando dijo esto, así que pude mirar su cara con detenimiento, parecía más enjuta y su piel tenía un color terroso.

Pero… ¿volvieron a ponértela en el mismo lugar?

En el mismo lugar claro que no, cojones, porque después que pasó la primera vez, tu hermana y yo vendimos la cama y nos mudamos de cuarto, pero de algún modo averiguaron en que habitación dormíamos y hoy cuando llegué a la casa, sentí la misma peste de antes y cuando abrí la puerta del cuarto, allí sobre la cama habían colocado a mi santa madre, o lo que queda de ella… Tu hermana llegó unos minutos después y se soltó a dar gritos, tuvimos que llevarla al médico…, y en cuanto a Emilia…, no sé donde está metida, pero esa negra debe saber algo, estoy seguro.

¿Y qué va a saber ella?, dije, seguro que aprovecharon que había ido a hacer las compras.

Como la defiendes, dijo Antón y entonces la tal Yusimí que poseía uno de mis riñones, seguramente el mejor, vino junto a nosotros para darle un beso a él y guiñarnos uno de sus ojos verdes de diabla a Albert y a mí. Cuando se fue, dije:

¿Y si fue una cosa mística?

¿Cosa mística?

Sí, cuñado, algo del más allá, ¿qué si fue tu misma y santa madre quien decidió salir de su sepulcro porque desea algo de ti?

¿Toda podrida? No jodas, los muertos salen en espíritu.

Y nadie les hace caso cuando salen en espíritu, todo el mundo queda convencido de que es sólo un sueño… Así que quizás ella decidió salir así, en carne y huesos…, y gusanos.

¿Tú te estás burlando de mí? Te lo digo porque si es así es muy peligroso burlarse de mí y más ahora.

Claro que no, cuñado y discúlpame, pero lo que digo tiene lógica… ¿Qué tú crees Albert?

Qué sí, que la tiene.

Entonces, según ustedes, mi madre decidió volverse una muerta deambulante, peregrina, ¿Es eso?

Algo así.

No lo creo y ustedes tiene que ayudarme a encontrar el culpable, así que vayan y averigüen por el CVP que estaba de guardia, fíjense si fue el mismo de la primera vez. Háganlo con discreción.

Oká, Antón, cómo quieras, pero por qué no vas a la policía, dije yo.

¿Estás loco? Esta gente empieza investigando una cosa y después sale otra… Por favor, mejor pones tu cerebrito a funcionar.

Pero para eso necesito tener sexo y ya sabes lo onerosa de mi situación monetaria.

¿Y qué pretendes, qué te la meta yo?

No, que me dejes llevar a Magali para mi casa y luego cuando este mejor económicamente yo te pago.

Tareco, no eres más que un tareco y seguro que este otro también quiere lo mismo…

¿A quién no le gusta singar de gratis?, dijo Albert.

Me debes veinte pesos, dijo Antón, aquí el único que dice malas palabras soy yo.

¿Y?, pregunté.

Está bien, llévense a Magali, pero no me la maltraten mucho, recuerden que ella tiene que bailar mañana.

Oká jefe, gracias.

No me lo agradezcas todavía, recuerda que mañana tienes que aparecerte con una idea que valga la pena o te voy a cortar en pedacitos, ¿está claro?

Ya me iba a buscar a Magali cuando se me ocurrió preguntarle:

¿Y cuando es el entierro?

Nunca, la voy a cremar.

Diablos, dijo entonces Albert que sin dudas ya estaba pasado de tragos, un hombre debería tener el derecho a enterrar a su madre y que se la dejen en paz bajo tierra, diablos… No te rindas jefe, vuélvela a enterrar para ver quien cojones tendrá el valor de sacarla de nuevo… A ver.

Cállate Albert, dije yo pero Albert estaba lanzado, se viró hacia las personas que colmaban las otras mesas, se abrió la portañuela con gesto solemne y dejó ver su miembro flácido que la combinación de luces tornaban primero rojo, luego verde y después azul.

¡Él qué le saque la madre a mi jefe aquí presente tendrá que chuparme esta!, gritó Albert con el miembro en la diestra, pero solamente el cantinero, Antón y yo lo oímos debido a la música, iba a volver a gritar de nuevo pero mi cuñado dijo:

Cállate.

Si, mejor te callas, dije yo, pues Antón nos miraba a ambos.

Me callo, sí, me callo, dijo Albert, que introdujo su pene dentro del pantalón y se sentó.

Estás haciendo el payaso a costilla mía, dijo Antón, ¿qué tú piensas? ¿Qué yo soy un traste? ¿Qué no sé defenderme sólo?

No, Antón, dije yo, Albert sólo decía…

Cállate, estoy hablando con él, contigo hablaré después…

Antón yo, dijo Albert, vaya, yo, sólo…, era sólo una broma, disculpa…

¿Una broma dices? ¿Una broma tratándose de mi madre muerta? ¿En qué carajo están ustedes dos?

En nada Antón, en nada, dijo Albert, nosotros somos tus amigos.

Y yo soy tu cuñado, dije.

Yo no tengo amigos… Así que una broma: uno diciéndome que mi madre era un puto fantasma y el otro armando un espectáculo para desprestigiarme aquí en mi bar como si yo fuera un tareco, ambos pidiéndome una de las muchachas para fornicar con ella… En fin, muertos de risa los dos. Claro, sí es una broma, desenterramos la madre del gil de Antón Abramovich por pura broma.

¿Qué estás diciendo cuñado?, dije yo y me puse de pie, nosotros no tenemos nada que ver con eso.

Siéntate, dijo Antón y cuando lo obedecí dijo: Ahora me lo van a contar todo desde el principio… Arriba, a cantar, pajaritos.

No fuimos nosotros, te lo juro, dije, ¿crees que yo le haría algo así a mi hermana?

No metas a tu hermana en esto, cojones… ¿Tú sabes por qué soy el único cienfueguero cuya fortuna personal supera el millón de dólares USA? Lo sabes, ¿no? Te lo voy a explicar en tres palabras: es muy sencillo, sé atar cabos… Recuerdo que la vez pasada dijiste que era una broma y yo no estuve de acuerdo, pero me equivoqué: sí era una broma, una broma de ustedes… Arriba, les estoy dando la oportunidad del siglo, cuéntenme, es peor que tenga que sacarles la verdad de otra forma.

¿Y qué nos vas a hacer?, preguntó Albert.

Eso depende, dijo Antón y entonces sonó su teléfono. Sacó el aparato del bolsillo sin dejar de mirarnos, y sin dejar de mirarnos lo abrió y se lo acercó al oído. Asintió varias veces sin dejar de mirarnos y luego dijo gracias, cerró el móvil y lo guardó.

Tu hermana está mejor, dijo, denle gracias a eso.

Me sacaste un riñón, dije yo, me drogaste y me sacaste un riñón, cómo crees que me sentí en ese cabrón día cuando me desperté con un riñón de menos.

Y a mí me quemaste la casa donde siempre vivieron mis padres.

Sí pero te di una casa nueva y no te cobré los quinientos dólares y a ti te pagué muy caro ese riñón y siempre te he estado manteniendo, pero se acabó, ya no los mantengo más, váyanse de Cienfuegos para siempre, salgan de aquí ahora mismo y les aconsejo que no recojan nada, les doy media hora de ventaja, si no llamaré a Gordo Gris para que se entienda con ustedes.

Media hora no basta, dije, es muy poco. En lo que llegó a la terminal y cojo un carro ya Gordo Gris nos alcanzó.

Eso no es asunto mío, dijo Antón y se puso de pie y yo mirándolo irse comprendí que el secreto de toda buena broma está en no repetirla.

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