Actualizado el 12 de septiembre de 2012

Buscando a Carla

Por: . 10|9|2012

Ilustración: Ignacio NazábalSábado en la noche y ya son quince días sin saber de Carla.

Yo bien sé que ella es caprichosa. Aunque para ser justo, debo decir que en nuestra relación se conforma con poco o casi nada. Sin embargo, con algunos detalles esa muchacha es irreductible y aquel sábado era su cumpleaños. Nos vimos en una escapada y le di su regalo y la tarjeta, pero ese día en particular no se iba a conformar con eso y yo no pude correr otra vez a abrazarla como me lo pidió. Ella piensa que fue por dejadez, por indolencia mía, claro, porque no tiene ni idea de lo que hago en realidad para la Agencia.

Un abrazo furtivo a la sombra de un portal, un simple beso, un te quiero para cubrir las huellas de mi amor envuelto en una sempiterna ausencia, un helado tal vez y una caricia. ¡Era tan fácil! Pero yo que no, la ignoré por cualquier pretexto al estilo de ya te vi hoy y ahora tengo que cuidarme la herida del brazo y mira que no puedo estar fuera tanto tiempo, porque hay verdades que no puedo compartir ni con Carla. Y ella que cuelga y se desaparece y yo pienso que, como otras veces, veré regresar otra vez su pelo ensortijado, sus grandes ojos clavados en el piso y ese oler nada más que a ella misma y otra vez le diría: perdóname soy un tonto egoísta y no te merezco.

Pero son ya dos semanas que la busco sin suerte, nadie la ha visto y me muero de miedo al percatarme hasta qué punto la añoro. Su casa está vacía, el móvil apagado y los vecinos no saben de ella, ni siquiera la vieja de al lado que vive más pendiente de los vecinos que de sus propios problemas.

Y yo aquí, parado en esta azotea del Vedado, aguantando apenas las ganas de meter un grado cinco y escanear toda La Habana. Estoy en uno de los puntos más elevados de la ciudad, con un poco de esfuerzo hasta Villa Clara llego y su patrón mental me lo sé de memoria. Lo he sensado con gentileza, como se mira un eclipse de sol tras un cristal oscuro, pero en este caso es para proteger al sol y no a los ojos. Proteger su intimidad, sus pensamientos, sus recuerdos…

Siempre fue tentador entrar en la mente de Carla, mientras mis dedos acariciaban muy despacio su pelo tras el sexo y ella se acurrucaba a mi lado con los ojos cerrados como gata feliz. Tentador, pero inútil, después de todo, Carla era transparente, o al menos yo así lo quería asumir porque quizás era mi última oportunidad de creer en esa utopía que llaman amor, y ella era el tronco flotante en el naufragio, la isla desierta adonde llegaban, desmembrados, los restos de mi fe. Sé que no tenía derecho a más, hubiera sido un suicidio inaparente. Jamás entré allí, pero su aura de emisión la podría dibujar con los ojos cerrados, con ese raro fulgor atenuado que se me antojaba tímido o quizás insinuante, como la sonrisa de Gioconda.

Pero algo me dice que esta vez Carla sí se ha ido bien lejos; si no hago nada, la voy a perder…

Ayer no pude más y llamé a casa de su padre —la madre vive en Madrid— y le hice todo un cuento sobre algo del trabajo de Carla para ver si le sacaba información. Pero nada, este tampoco tenía ni idea de donde se había metido la niña y mira que ya no aguanto más, donde esté la voy a encontrar y decirle la verdad, que soy un jodido tele, un freak y lo de mi familia es una gran excusa. Que trabajo para una agencia del gobierno y me dedico a ciertos asuntos de los que mejor ni le cuento. Así es que me debato entre mis restricciones y el miedo de perderla, pero es muy fuerte el recuerdo de su piel en la mía, sus piernas en torno a mi cintura, su sexo de otro mundo… y al final me digo que me importa bien poco la desactivación a que me expongo, la mutilación incluso de mis capacidades, y que la buscaré aunque me cueste tener a todos los colegas de la Agencia rastreándome por el Vedado.

Apuro una última cerveza sin alcohol —nada debe interferir con mi potencia— y comienzo a proyectar un campo psiónico circular que se expande, lento y metódico, en busca del patrón de Carla. Son casi las cuatro de la madrugada y aunque durante el sueño el aura de emisión es mucho más sutil, también hay menos interferencias, así que logro individualizar las señales con más facilidad y desgranarlas con precisión de centímetros. También la guardia anti-teles es más débil a esta hora, aunque de todas formas erijo una barrera de protección para ocultarme. Sé que no me servirá de mucho una vez localizada mi emisión, pero al menos me dará un tiempo adicional para intentar llegar a Carla.

Con sumo tacto, para no despertar a los durmientes, descarto patrones irrelevantes y me concentro en la única e irrepetible proyección de la mente de Carla. Sé que me llevará un rato pero lo lograré, si está a mi alcance.

Minuto a minuto la busco en el silencio de la noche. En unos quince ya he completado el Vedado y me expando hacia los barrios vecinos. Nada de Carla. El Vedado era una buena posibilidad. Allí tiene amigos en los que prefiero no pensar porque me muerden una multitud de gusanos parecidos a celos, pero aun más estúpidos, porque yo nunca he tenido siquiera el derecho a celarla… Pero cuéntenle eso a mis neuronas dondequiera que esté el centro que genera los celos. Después de todo es bueno que ella no esté en el Vedado, me obligo a pensar para engañar a mis miedos.

Mi campo Psi se expande por barrios aledaños como una ola gigante; evito los lugares conflictivos que conozco por mi trabajo y donde es imposible que Carla este metida. A pesar de mis cuidados, ya siento al menos un telépata golpeteando tímidamente en mis defensas. Quizás sea solo un clase I, temeroso o aún semidormido, pero de seguro vendrán más. Pronto le avisará a la guardia de Occidente, si es que no lo ha hecho ya. Debo apurar mi búsqueda, me digo; más por mucho que me esfuerzo es solo la ausencia de Carla lo que me rodea y oprime.

Vuelo rápido sobre las ruinas de Centro Habana, allí solo viven las ratas y los desesperados; pero soy mucho más meticuloso en La Habana Vieja, La Víbora, Lawton, el Cerro y la parte este de Playa, hasta donde no llegaron los efectos de la micronuclear del 43.

Todo inútil.

Prosigo mi escaneo por la periferia y en cosa de una hora logro saberlo con alto grado de certeza: Carla no está en La Habana. Al menos viva.

No desisto. Me proyecto aun más lejos como un faro en la noche cerrada, sorteando a los vigías con mejor o peor fortuna —es seguro que a estas alturas ya debo haber encendido varias luces rojas entre mis colegas a juzgar por la forma en que se tambalean mis defensas— y empiezo a temer que logren neutralizarme antes de llegar a Carla.

Sigo así, pueblo tras pueblo, buscando en radios cada vez más amplios. Sobre tierra y mar hasta que el borde de mi campo Psi toca ya las costas de Florida. Ahí sí que hay barreras fuertes pero yo soy un experto. No es la primera vez que las burlo; me conozco su juego, sus escáneres, sus amplificados y sus buzos ciegos. Aun así es siempre peligroso, pero hoy no, hoy nadie puede pararme, hoy estoy buscando a Carla.

Otra cosa son los de aquí adentro que ya me tienen la barrera en jaque, y no puedo invertir más energía en sostenerla porque tendría que abandonar la búsqueda. Calculo que me quedan unos quince minutos y me lanzo a fondo, poseído del afán de tocarla apenas una última vez, ahora que se ha ido de veras muy lejos a enterrar nuestro amor sin sentido, nuestro amor contradicción, amor bomba de tiempo.

Examino a la vez Varadero y Miami. No Miami, por favor, no Miami, me repito angustiado, pero del norte me golpea de súbito el patrón de mi Carla. Ya dije que era único, es ese mismo que detecto noventa millas en la dirección equivocada. Lo sabía, al final todos terminan huyendo. Somos un país de fantasmas.

No lloro, yo nunca lloro. No después de mi infancia en Romerillo, las pandillas y el hambre, un día dije nunca más, así que no lloraré por Carla. Me asombra que pudiera escapar de aquí en tan corto tiempo, pero ella siempre ha sido así: impredecible. Seguro su madre le envió el dinero y… pero nada de eso tiene ya sentido.

Retengo a duras penas las ganas de despertarla y gritarle que la amo. Le rozo apenas la mente para implantar una imagen que será como un sueño; es todo a cuanto me atrevo, nada más…

Mis defensas sucumben y escucho el sonido de un móvil militar que avanza sobre mí. Beso por última vez a Carla y me desarmo. El choque mental me lanza al piso con violencia. Grito.

Es todo.

Me esperan no sé cuantas sanciones, he violado unas cuatro o cinco leyes, las reglas de la agencia, mi código de ética, pero peor que eso es que me aguarda la eterna soledad y añoranza de Carla, porque a ese país yo no puedo entrar.

La presión sobre mí disminuye, saben que ya me tienen y no quieren dañarme, soy demasiado valioso. Somos solo cuatro teles de nivel cinco en este país y unos diez en el mundo. Ellos nos hicieron así en su estupidez, con sus micronucleares y lluvias radioactivas, nos volvieron cada vez más freaks, más anormales, pero también más irredentos.

Tengo el móvil estacionario casi en mi vertical; la escala desciende serpenteando en el viento y por ella dos figuras. Cuatro manos me agarran y tiran de mi cuerpo. Me sostienen y, casi con gentileza, me arrastran hacia el aparato. Estoy extenuado; ni se me ocurre resistirlos. Sonrío y me dispongo a entrar en sueño autoinducido. Quiero estar fuera del mundo, desconectado mientras pueda.

Es entonces cuando llega una emisión que me estremece.

Tiemblo.

Un pulso débil, un patrón familiar pero de una naturaleza que nunca había percibido, sin aquella contención tan enigmática. Por vez primera, abierta para mí, sin sordina. Una corriente que me inunda y que solo puede venir de una persona en todo el planeta. Desesperación y amor, un amor como nunca había conocido y como seguramente no volveré a sentir en lo que me resta de vida. En el contacto directo entre las mentes no hay lugar para la falsedad ni la mentira. Calculo que, para lanzar ese campo a más de noventa millas, ella debe tener una potencia muy cercana a la mía. Es una ironía que ambos… La emisión cesa. No me alcanza la energía para responder. La neutralizarán y no sabré más de ella. Lo mismo harán conmigo.

Ya casi amanece y estoy tan cansado…

Vuelo sobre la ciudad de luces macilentas y barrios destrozados por la guerra y la desidia, fluctuando entre el autoritarismo y la anarquía en un ciclo sin fin. Mi ciudad, que ahora se me antoja mucho más dura sin Carla.

Por el este comienza a clarear y yo, después de muchos años, lloro.

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