Actualizado el 22 de marzo de 2013

Los sonetos

Por: . 19|3|2013

Para Carlos Ojeda Gómez

Los SonetosNadie tiene por qué saberlo. Además no importa. Soy el primer ejemplar que llegó a las manos de Manuel Mujica Láinez de su traducción de los Sonetos de William Shakespeare, publicados por la Editorial Losada. No tradujo los 154 sino los 49 que más le gustaban. Al menos eso dijo. En el fondo creo que le dio pereza traducirlos todos. Traducir es un trabajo doble: volverse otro escritor y seguir siendo un escritor. Bueno, con la palabra “doble” creo que todo está dicho. Ese es el problema de los libros que han viajado mucho y pasan por demasiadas manos, temporal o definitivamente. Aunque el hecho de que yo esté aquí, en esta hoja de papel que no hace parte de mi cuerpo y que, con toda seguridad, terminará en la basura, implica que no hay algo definitivo para un libro, en el sentido estricto del término. Por fortuna en esta librería siempre hay un mataburros a mano: “¡Oye, Diccionarioooo!, dime rápido el significado de la palabra definitivo”.

“Dícese de lo que decide, resuelve o concluye. En conclusión, en fin de cuentas”.

¿Ven? Para un libro lo definitivo no sucede una vez sino muchas veces. Cada vez que alguien me toma entre sus manos, me ojea, y decide comprarme (o robarme) es en definitiva, para hacer parte de su biblioteca. Los libros viajeros hablamos mucho porque somos testigos de un mundo que fluye y cambia. Y nos gusta contarlo todo, chismosos que somos.

Lo que nadie tiene por qué saber —y menos ella, que acaba de entrar a la librería— es que un joven amigo de Manuel Mujica Láinez llamado Lorenzo —que nunca se atrevió a decirle “Manucho”—, visitó su casa el mismo día que yo llegué en un paquete amarrado con una piola de esas que también sirven para elevar cometas. Venía con una esquela de Gonzalo Losada:

Querido Manuel: te envío el primer ejemplar de tu maravillosa traducción de los Sonetos de William Shakespeare que acaba de salir de la imprenta. Lo tomé aún caliente como un pan y no permití que nadie más lo tocara o lo abriera. Ni siquiera yo. Quiero que seas el primero. Mañana te enviaré los ejemplares que te prometí en casa de Mallea. Ábrelo, huélelo y cuéntame.
Tuyo, Gonzalo.

Manuel Mujica Láinez cortó la piola con una pequeña daga de plata y mango de ónix. Me miró. Sonrió ante el gris de mi cubierta. Ese era mi color original. Saludó a Lorenzo con una mirada monocular, ávida… Notó el brillo de sus pupilas azules ante mi desnudez, me extendió y le dijo: “Y… Lorenzo… este libro acaba de llegarme… Es el primer ejemplar. Tomalo vos. Mañana me van a enviar más”. Fue por eso, por el regalo de algo que se suponía iba a ser definitivo —hacer parte de la colección de primeros ejemplares de los libros de Manuel Mujica Láinez—, que emprendí un largo viaje. Y ahora, después de sesenta años, estoy acá, observando cómo esa muchacha tan tímida entra a la librería y mira un momento a ese librero que tiene la capacidad de leer y atender a los clientes al mismo tiempo —bueno, eso dice, no sé qué tan cierto sea porque más de una vez lo han robado en sus narices—, y saluda: “Buenas tardes”.

Él levanta sus ojos cansados y ojerosos del libro. No sé cuál es. Hay una barricada de libros entre la sección de poesía donde habito y el escritorio desbaratado donde apoya sus codos mientras sus ojos devoran las letras que tiene frente a él. Si ella me toma y decide llevarme, definitivamente, si se acerca, podré —y podremos— saber qué es lo que lee.

Alzó la mirada y antes de saludarla, sus ojos —los dos— se detienen deslumbrados sobre sus tetas. Le pasa todo el tiempo. Va por el mundo mirándole las tetas a todas las mujeres. ¿De dónde vendrá esa fascinación? Dice que lo que sucede es que ellas —las tetas— lo observan y él solo responde. “Además, caballero, sería una grosería no responder a un saludo”. Una excusa que me suena falsa. Rebuscada. Creo que simplemente está obsesionado con las tetas.

Las primeras que vio —las de su mamá no las recuerda— fueron las de su abuela. Fue un accidente. De vez en cuando se quedaba a dormir en su casa los fines de semana. Tendría seis años. Todas las noches su abuela, antes de irse a la cama, le pedía a su empleada que le diera un masaje y le untara una crema humectante. Esa noche se despertó. No se estaba haciendo el dormido porque no sabía de la existencia de ese rito. No se lo podía imaginar. A esa edad no creo que le importara mucho lo que estaba sucediendo. Simplemente sus ojos se abrieron de repente y, frente a un espejo, vio que la muchacha esparcía una crema por todo el cuerpo de su abuela como si limpiara un mueble. Y tuvo frente a sí, por primera vez, unas tetas que lo contemplaban. Cerró los ojos de inmediato. Jamás volvió a verlas, por supuesto. Hace poco lo recordó mientras trataba de encontrarle una explicación al por qué no puede dejar de buscarlas con su mirada. En todas partes. De todas las maneras. Al principio disimulaba un poco. Ya no tanto. Los años lo están acercando cada vez más al viejo verde que va ser (en compañía de sus amigos que andan en las mismas). El otro día le contó a alguien como aprovechaba las ventillas cerradas de los buses transformadas en espejos y así la observada no lo descubría. Ese alguien —con tetas— le dijo: “¿Y no has pensado que otra persona se puede dar cuenta de lo que estás haciendo?”. “Mmmm… —lo pensó por un momento—. Mientras ni ella ni yo nos demos cuenta de que estamos siendo observados no importa”. La cuestión es que la muchacha que entró a la librería tiene sus rotundas tetas cubiertas por una camiseta color violeta, de cuello amplísimo y mangas cortas, que hace que todo se realce y afirme poderosamente.

Manuel Mujica Láinez tampoco tenía por qué saber que Lorenzo partía al día siguiente hacia un largo viaje sin regreso y que se verían por última vez. De vez en cuando, Lorenzo pasaba por su casa a tomar té con facturas y a escucharlo hablar de todo y de cualquier cosa. Su conversación tenía la capacidad de tornar real lo que habitaba en su interior y hacerlo visible ante el otro. Como un cine de palabras construía relatos que se iban en la memoria del oyente para deshacerse al rato, mientras caminaba buscando la estación del subte. Lorenzo quería despedirse, decirle que se iba a hacer la América, que no sabía cuándo volvería y que quería agradecerle por todas esas tardes. No pudo hacerlo porque sonó el teléfono, Manuel Mujica Láinez lo tomó y lo escuchó decir: “Pero, che… No me podés hacer esto… Y bueno… ya voy… Vieja ortiva”. Colgó y le dijo que lamentablemente tenía que irse: “Quedamos para mañana a la misma hora, ¿bueno?”. Él sólo atinó a decir que “Sí, hasta mañana” y no fue capaz de extenderle el libro que hace un momento le había regalado y pedirle que le escribiera algo, cualquier cosa, porque se trababa del primer ejemplar de los Sonetos de William Shakespeare que Manuel Mujica Láinez recibía y Lorenzo se iba de viaje mañana, al otro día.

Fui el único libro que echó en su mochila. Más que todo porque no pesaba mucho —apenas tengo 112 páginas— y, además, no me había leído y William Shakespeare podía ser un buen compañero de viaje. ¿Por qué se iba? En todo el tiempo que lo acompañé jamás se lo escuché decir. Ni una sola vez. Supongo que deseaba ver más. Simplemente. Partió con muy pocas cosas sobre su espalda, planeando estirar el dinero (poco) hasta donde fuera posible, aguantando hambre, durmiendo en hoteles infectos, viajando en los autobuses más baratos, echando dedo y trabajando en lo que apareciera. En lo que fuera. Era el mes de octubre de 1951. Paso a paso, poco a poco, con calma, fue avanzando y subiendo, siguiendo la cordillera de los Andes hacia el norte, sin rumbo fijo. Dejando que la realidad impusiera sus condiciones y así llegó, hecho leña, a Bogotá, sin un peso en el bolsillo y con su acento borrado, suavizado por el polvo del camino. Su equipaje se aligeró en repetidas ocasiones, voluntaria e involuntariamente. Pero yo siempre permanecí. Empecé a arrugarme un poco. Mis esquinas se doblaron hacia varios lados. Mis fieles compañeros de viaje fueron tres camisas, cuatro pares de medias de rombos grises y azules, cinco calzoncillos, dos pantalones, una toalla verde, una carterita con un cepillo de dientes, una barbera, un jabón y un peine que se iba desdentando… Me cubrió con una tela azul que se tornó violeta. La lectura de los Sonetos de William Shakespeare fue su ejercicio para la memoria. Se los aprendió todos. En español y en un inglés de pronunciación inventada. Quizá los recitaba para abrirle espacio en su mente a todo lo que estaba viendo y viviendo ahora que el horizonte era más ancho y accidentado. Ahora que lo pienso aprendérselos era como alzar una pesa o hacer flexiones de pecho: un ejercicio, un esfuerzo, que al principio lo cansaba y le causaba dolor pero que, cuando empezó a ver los resultados, se convirtió en un placer. Y luego una necesidad. Nunca buscó la edición completa. ¿Para qué si esta se la había regalado Manuel Mujica Láinez?

Hasta la noche del 10 de julio de 1952, cuando se cruzó frente al Museo Nacional de Bogotá con dos médicos argentinos y decidió entrar con ellos al cine para ver El Cristo prohibido (escrita y dirigida por Curzio Malaparte). Después fueron a escuchar tangos en una cantina donde aplicaron la técnica de “robar la música”, siguiendo las enseñanzas de un borrachín: “apretando el botón automático de la radiola, se le daba un golpe fuerte contra la pared y el disco comenzaba a girar como si le hubieran puesto una moneda”. Debe haber sido por esto, por andar robando tangos, que no se dio cuenta cuando un hombre silencioso y de rostro hipócrita se acercó invisiblemente a él y me sacó del bolsillo de su campera, tal vez creyendo que en esa tela violeta, en la ropa de un argentino que cantaba a todo pulmón junto a dos compatriotas, se ocultaba una cartera repleta de billetes. Y me llevó y no supe más, nunca más, de Lorenzo. ¿Se habrá unido a esos dos compatriotas que partían al día siguiente para Cúcuta? ¿Habrá regresado a Buenos Aires y visitado a Manuel Mujica Láinez para contarle cómo eran los caminos de América y que le habían afanado su regalo una noche mientras cantaba tangos junto a dos argentinos llamados Alberto y Ernesto? No sé. Tal vez. Lo que sí sé es que esa noche fui maldecido por no ser la jugosa billetera que ese hombre, un tal Fructuoso, soñaba. Al otro día me llevó a una librería cerca de la calle 10 y me vendió por unas monedas que seguro se convirtieron en un trago de aguardiente.

Ahí empezó mi nueva vida, la de un libro usado que viene y va, habita un estante durante un tiempo, hace nuevos amigos, roza otras pieles, es leído por otras voces que no necesariamente quieren ejercitar la memoria sino seducir a otro, para que su mirada cambie al escuchar “Teniéndote, todo el orgullo es mío”, y acepte, decida, irse a una habitación —no importa cuál, he estado en tantas…— para que las ropas desaparezcan y solo queden palabras y versos que son después gemidos, suspiros y silencio.

Al nombre de Lorenzo Milanesi, escrito en la primera página con tinta negra, se agregaron otros que, junto al de William Shakespeare y Manuel Mujica Láinez, fueron creando un rostro y una cartografía. Tintas de todos los colores. Letras tímidas y orgullosas. Pegadas y cursivas. Rimbombantes. Invisibles. Una a lápiz. Como si ellos también me hubieran escrito… Hombres y mujeres: conocidos y desconocidos. Colados que nunca faltan…

De esa librería fui rescatado por un poeta a quien le encantaba beber aguardiente, fumar, jugar ajedrez, tomar tinto bien oscuro y charlar con sus amigos en la mesa de un café. Ahí me tenía cuando se lo regaló a una muchacha de nombre hermoso, Claudia Patricia, a la cual vio pasar, acompañada de sus padres, por la carrera 7 con calle 18. No pudo evitar mirarla y salir tras ella para alcanzarla y decirle —quitándose la boina negra que cubría su cabeza pelada por el inclemente y seco sol bogotano— con voz recia y aguardentosa:

Si es el ensueño gestación inconsciente,
función del sueño, y es el sueño reposo,
vivir para soñar sin ensoñar sería delicioso:
más alto es ni vivir y sí ensoñar perennemente.

“Acepte este libro que cargo en el bolsillo como un homenaje a su belleza”. Ella me recibió ante la mirada escandalizada de sus padres, con una sonrisa y un “Gracias”, y me apretó contra su pecho, mientras seguían caminando y su mamá reanudaba, con furor, la cantaleta. A pesar de no ser una lectora de poesía, me leyó con atención varias veces y me guardó definitivamente en su pequeña biblioteca. Hasta cuando una mano codiciosa, que fue de visita a su casa y entró sin permiso a su habitación, me abrió y vio que, debajo de las firmas de un tal Lorenzo Milanesi, Antonio García, Victoria Alarcón y Carlos Orallo, estaba la de León de Greiff. Me llevó a su bolsillo y hasta ahí acompañé a la muchacha. Esa mano que me llevó comenzó a exhibirme como un trofeo, inventando una historia absurda de la cual él era protagonista (“León me lo regaló un tarde en El Automático. Me contó que lo había comprado en Buenos Aires, un día en el que estuvo paseando con Borges por la avenida Corrientes… Dijo que yo era su lector ideal”). Y agregó su firma debajo de la de Claudia Patricia: Gonzalo Ramos. No me tenía por lo que estaba en mi interior sino por esa primera página donde el poeta paisa había estampado su firma. ¿Se imaginan cómo habría sido si supiera de dónde venía? ¿Si supiera que yo fui el primer ejemplar que tuvo Manuel Mujica Láinez en sus manos? Como todo lo que llega se va, una tarde alguien me sacó de su maletín, me echó en el bolsillo y me dejó abandonado en una pequeña caseta de libros, amarilla y roja, de la avenida Caracas con calle 62, en una esquina donde se acompañan los vendedores de lotería con los restaurantes de pollo. Un habitante de El Espinal me acomodó entre otras ediciones del bardo inglés, algunas legales, otras no tanto.

La muchacha pregunta por la sección de poesía con una voz casi inaudible. El librero se levanta de su silla y, al tiempo que mejora su ángulo de visión, le señala con su mano abierta: “Aquí. Todo esto es poesía. Está en orden alfabético”. Ella ya se dio cuenta de que él la está mirando. Primero le dio rabia por su insistencia. Después notó que su desfachatez carecía de peligro: era un tímido que le miraba las tetas como si estuviera viendo un paisaje. “Además me gusta que me mire… me gusta esa mirada… Estoy tan cansada. Aburrida. Harta. Sola. Poco tiene sentido. ¿Qué es de mi vida además de ver una película diaria para escribir un comentario que nadie leerá?, ¿O ir gris, triste… a esa universidad donde a nadie, a ningún alumno, le interesa lo que diga? Hace mucho tiempo que nadie me mira así… Con deseo, con ganas… Pobre tonto, cree que no lo veo…”.

De esa librería frente a un pasaje que tiene dos nombres, uno en cada entrada: “Pasaje 62” y “Pasaje Torres”, me llevó un cuarentón que estaba buscando un regalo para una muchacha de veinte años que se le había metido en el corazón y en el cuerpo como un huracán. Así es… Yo he visto esa mirada… Tal vez esta sea la historia: ella llegó arrasándolo todo. La vida tenía que seguir su camino y a él ya lo había dejado. Ella aparecía como una última vez: un viento verde agitando sus cabellos. Se iba. Se marchaba. Sus caminos se encontraban para separarse. Todo estaba dicho. Destinado. Me compró mientras comentaba, con un vendedor, sobre los últimos números que se habían jugado en el chance. Yo era un regalo de despedida. Agregó su nombre, Alejandro Cáceres, a los otros (no reconoció ninguno) y me echó al bolsillo. Sacó su teléfono y la llamó. “Maktub, le dijo, fui hasta el parque de la iglesia donde nos encontrábamos. Alguna vez, detrás de ella, hubo allí un laberinto de pinos donde acostumbraba sentarme con alguien que amé a darnos besos. Todos los besos. El parque ya sólo existe en mi memoria. Ni siquiera los bancos son los mismos”. Se despidió. Se sentó en el pasto, bajo la sombra de un árbol deshojado. Me abrió en la página 65 y leyó:

Busca, pues, lo mejor: te lo deseo;
seré feliz diez veces, si lo hallas.

Dijo en voz alta (como si fuera Mercucio): “No, no puedo hacerle esto. Es darle un peso más a la carga que ya llevamos juntos. Debe irse ligera. Sin nada. Sin mí”. Y volvió al pasaje, lo atravesó, y me vendió a otro de los libreros en la quinta parte de lo que yo le había costado. Así es la cosa con los libros usados…

Afuera de la librería, mientras tanto, unos jóvenes juegan microfútbol (se sienten en el Maracaná) y aúllan groserías. Qué ambiente tan poco poético el de esta librería… En mejores librerías he estado. Mientras, los ojos de ella se deslizan acariciando los lomos de los libros.

De ese hogar de paso me rescató el librero del que estamos hablando, ese que se la pasa mirándole las tetas a las mujeres. Me reconoció de inmediato. Dio ocho mil pesos por mí (el precio empezó en doce mil). Alguna vez tuvo otro que salió de la imprenta, rumbo a las librerías, al día siguiente de mí. Se lo regaló una amiga que amaba a las mujeres, antes de que él emprendiera su primer viaje a Chile y Argentina. Se lo dio en un sobre de manila para ser abierto el día de su cumpleaños, en el lugar donde estuviera. Lo cumplió. Lo abrió en Buenos Aires, sentado en un parque mientras, cómo no, su mirada detrás de todas se iba. Me río cuando pienso en lo curioso de llevar a la Argentina un libro publicado en la Argentina. ¿Cuántos lugares no puede recorrer un libro? ¿Cuántas manos no lo habrán acariciado? Ahora soy de un color indeterminado hecho por el sol que tomé en ese viaje que emprendí al cabo de un rato, los soles que me insolaron después, el contacto apretado y lujurioso con otros libros cuando dejé de ser definitivamente de Lorenzo y fui a dar a esa librería donde por primera vez alguien pagó por mí. Y, lo más importante, el roce continúo de las yemas de los dedos de los curiosos lectores que me han tomado y han leído alguna de mis páginas por un instante. En ese viaje encontró una mañana en la Plaza Italia una edición de la novela La casa, de Manuel Mujica Láinez, dedicada a “Darío R. Quiroga, naciente amigo, recuerdo cordial del autor 1956”, que aquí está guardada en el estante de las primeras ediciones y libros autografiados. Perdió su ejemplar de los Sonetos cuando se lo prestó a un muchacho que lo buscaba para un trabajo de la universidad sobre comparación de traducciones. “Fresco, le dijo, vaya a fotocopiarlo aquí a la vuelta y me lo trae. Aquí lo espero”. Obviamente jamás volvió.

El librero está leyendo Auto de fe, de Elías Canetti. Ese es el libro que no podemos ver ni la muchacha que entró hace un rato ni yo. Le gustó. Le gusta. Su timidez le recuerda la suya. Y claro… La mirada de ella se detiene en un libro que alguna vez fue gris y que acaba de llegar a esa librería: los Sonetos de William Shakespeare, traducidos por Manuel Mujica Láinez, publicados por la Editorial Losada. Me abre. Le veo la cara cuando mira mi primera página: “Esta es la de León de Greiff… ¿Pero este librero no se dio cuenta?”. Me cierra intentando hacerse la pendeja. Se acerca. El librero vuelve a levantar su mirada ante las tetas que se alzan y respiran frente a él. “¿Cuánto vale?”, le pregunta. “En la primera página está el precio, en un papel amarillo”. Lo abre, lo ve, lo saca y se lo pasa. No quiere que él tome el libro y reconozca la firma de uno de sus poseedores. “Quince”. “Sólo tengo ocho”. Él la mira a los ojos. “Fresca, me queda debiendo los siete”. “¿En serio?”. “Sí, en serio”. No es fácil este librero: lo que él quiere es que ella vuelva y así tener un pretexto para empezar a conversar. “Yo confío en usted”. Ella saca los ocho mil pesos y se los entrega. “¿No necesita mi nombre?”. “No, cuando me traiga la plata me lo dice” (no es tan tímido… tiene sus momentos…).

Ella se va conmigo y una sonrisa en los labios. Él nos ve irse con una sonrisa también.

Esa noche, esa misma noche, en unas torres blancas del centro de la ciudad, en el piso 19 para mayores señas, una muchacha llamada Beatriz termina de leer en voz alta los Sonetos de William Shakespeare traducidos por Manuel Mujica Láinez. A la lista de nombres de antiguos y definitivos poseedores le agrega el suyo. Sin apellidos. Sólo así: “Beatriz”. Se toma una cerveza Negra Modelo que tiene en la nevera desde hace tiempo. Me guarda en su biblioteca. Me deja junto a los cientos que la acompañan desde hace años. Los mira con cariño. Veo a Una soledad demasiado ruidosa, Martin Eden, Del tiempo y el río, Rostro en la soledad, El tiempo de un suspiro, La plaza del diamante, Cuentos de un soñador, Confieso que he vivido, Rayuela, Los miserables, Cien años de soledad, Vida y destino, El señor de los anillos, Dolly y otros cuentos africanos, Auto de fe… Cierra los ojos. Respira fuerte. Los abre. Una última sonrisa se dibuja antes de abrir la ventana. “Esta tarde un librero no dejó de mirarme las tetas…”

*Álvaro Castillo Granada (Bucaramanga, Colombia, 1969), es librero, editor, autor de crónicas periodísticas y narrador. Conocido como “San Librario” por su librería de libros de uso y las Ediciones del mismo nombre, en la cual han sido publicados varios importantes autores cubanos. Fue curador de la exposición conmemorativa del primer centenario del nacimiento de Pablo Neruda, en la Biblioteca Nacional de Colombia. Autor de los libros: El libro (recuerdos de un lector), 2004; Julio Cortázar. Una lectura permutante del Capítulo 7 de Rayuela, 2005; En viaje, 2007 (testimonios de viaje por Cuba, Argentina, Chile, Venezuela y Colombia). “Los sonetos” resultó finalista en la edición de 2012 del Premio Internacional de Cuento Julio Cortazar y se publica en El Caimán Barbudo por gentileza del autor.

Categoría: Narrativa | Tags: | | | | | | |

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