Actualizado el 19 de marzo de 2013

Zarpar hacia el Sur

Por: . 15|3|2013

Zarpar hacia el surSigmaringen

Las calles de Lyon, a principios de la década del 40, nunca dejaron de cobijar buen número de pájaros, que, cansados de volar en manada por el cielo gris, bajaban a caminar por las aceras, junto con los perros y los hombres.

Desde la Place Bellecour se divisa hacia el oeste, al otro lado del Saona, y detrás de la estatua de Luis XIV, la colina Fourvière. Corona la colina la hermosa Basílica de Notre-Dame de Fourvière, a la que los lioneses describen como un éléphant renversé, por la disposición de las cuatro torrecillas octógonas, a manera de patas paquidérmicas. La estrecha península que rodean el Saona y el Ródano ostenta, además de la Plaza Bellecour, la Place des Terreaux, separadas ambas por una caminata de veinte minutos.

Luego del Armisticio de Compiègne, como se sabe, buena parte del sur de Francia cayó bajo la administración del Mariscal Pétain. El éléphant renversé de Lyon, durante los cuatro años del mandato de Vichy, nunca dejó de mirar el cielo que arrebujaron los terrores y hedores de este inmenso corazón cortado en dos.

Durante cuatro años, la colaboración y la resistencia francesas surcaron alrededor de la presqu’île intentando no confluir en una traición total y abigarrada en contra de los ideales que el país vociferó sostener. En Lyon, el poder alemán observó detenidamente las demarcaciones de ambas tendencias, acuartelado primero en el Hotel Terminus (al lado de la Gare de Perrache) y más tarde en la École de Santé Militaire, al otro lado del Ródano.

Hubo actos de sabotaje y terrorismo, por parte de la resistencia francesa, por supuesto. Financiados en Inglaterra principalmente, los franceses, inspirados en los mensajes radiales de De Gaulle (llenos de un lírico patriotismo que mal gusto dejaría a los argelinos), se propusieron liberar su tierra de los invasores teutones. Ante el terror de la insubordinación, los servicios de inteligencia alemanes tuvieron que acentuar los medios de los que se servían para afianzar el orden de los territorios ocupados.

Así las cosas, para finales de marzo de 1944, el capitán del escuadrón de defensa nazi (Schutzstaffel Hauptsturmführer) le dirigía a Mme. Lise Lesevre una pregunta que a todas luces se hacía obvia:

—¿No le parece que los terroristas son la gente más injusta, más abusiva y caprichosa del mundo?

—Sí —contestó Lise tenuemente.

Afuera se podía escuchar una música suave en el cuarto, aunque parecía estar muy lejos. Lise tenía la impresión de que la música de Hayden entraba por una ventana, desde el hermoso patio interior que había podido vislumbrar, dos pisos más abajo. La música llenaba el cuarto de una dicha y conciliación infinitas.

—Bien. No te me duermas. Esto es importante. Te comentaba que al terrorismo hay que combatirlo; hay que usar todos los medios que estén en nuestra disposición y embestirlo de la forma que sea.

La cuarta división del Einsatz Kommando de la Gestapo se subdividía para atender cinco problemas: el comunismo, el sabotaje, los judíos, la falsificación de documentos y el espionaje. Lise, quien aún no estaba al tanto de qué se le acusaba, colgaba de una polea que habían atornillado firmemente en el techo. Le habían atado las muñecas atrás de la espalda y pendía con los brazos estirados, desnuda y temblorosa.

—¿Sabes cuánto tiempo llevamos aquí?

—¿Eh?

— Dos semanas, Lise. Te admiro. Tienes cojones. No se ven muy bien debajo de esa bola de pelo, pero de seguro tienes cojones. Al final, todo el mundo habla. Es una pena. Para ti, digo; para tu esfuerzo. Pero comoquiera te admiro.

La hinchazón de los ojos la cegaba, pero hizo un esfuerzo y pudo ver un cuadro de Goebels colgado de una pared. Sabía que había otros cuadros, de otros altos funcionarios. No recordaba bien.

—Hagamos una cosa, Lise. Voy a darte un último puño en el estómago. Te voy a golpear aquí, mira, justo en la boca del estómago. Pero va a ser el último. Mírame.

—¿Eh?

—Mírame, Lise. Va a ser el último. Te lo juro. Luego, me vas a decir quién es Didier. ¿Me… me escuchas? ¡Lise!

— ¿Eh?

Barbie acarició el pelo de su víctima y lo peinó detrás de su oreja.

—Dos semanas. Piensa en las dos semanas; luego, el golpe en la boca del estómago, y luego me dices quién es Didier. ¿Trato hecho?

La mujer abrió los ojos y miró enajenadamente al Carnicero de Lyon.

Luego vino el golpe. Todo el oxígeno del cuerpo salió. Barbie se dirigió al escritorio y recogió su reloj de pulsera.

La música lograba dilatarse hasta la calle Verdun Rambaud, la cual tenía una hilera de árboles que enfrentaba la fachada del hotel. Al sur, llegaba un tren que provenía de la administración italiana, pero que se había detenido brevemente en Bourgoin-Jallieu.

—¿Quién es Didier? ¿Tú?

Lise pareció contestar que no.

—¿Quieres un sándwich?

Ella aún no había podido inhalar una bocanada de aire.

—Que si quieres un sándwich, mujer. ¡Qué mierda con estos franceses! Un sándwich. Te estoy ofreciendo un sándwich. Ya. Se acabó la sesión. Me puse mi reloj, mira. Volvemos a ser humanos. Te estoy ofreciendo un sándwich, contesta.

La Sra. Lesevre lloró mirando al piso.

—Esta mujer me está faltando el respeto, Cara de goma. ¿Qué te parece eso?

Cara de goma sonrió con miedo. Se trataba de un francés deforme y corpulento, entre asustado y anestesiado. Tenía una viga de madera en la mano.

—¿No vas a hacer nada?

Cara de goma reaccionó y se acercó hasta Lise. Con la viga de madera le rompió una vértebra en el medio de la espalda. El sonido no debió haber sido demasiado contundente, ya que Barbie ni se inmutó.

—¿Eso es todo?

Justo cuando Cara de goma se disponía a golpearla de nuevo, Barbie miró de reojo a Lise. El iris se había apoderado del ojo y la boca se descomponía en silencio.

—¡Espera! — Barbie sabía que otro golpe ocasionaría la muerte—. Lise, ¿quién es Didier?

Lise se desmayó a la vez que la espalda empezaba a hincharse.

—Bueno, bestia, ahora sí que la cagaste. Espero que no la hayas matado. Kurt, descuélgala de ahí y llévala a la celda. Te encargo de que la cuides esta noche. Dale comida, no sé, whisky o algo. Yo creo que mañana no habrá sesión.

Leny

—¿Eres judío?

—No.

—¿Cómo sabes que no?

—Capitán Barbie, mi familia ha vivido en los Alpes desde hace siglos.

—¿Acaso no hay judíos en los Alpes?

—La familia de mi madre es de Provenza. Estoy emparentado lejanamente con Charles Maurras.

—¿Qué tan lejanamente?

—Su… su tío era su…el tío de mi madre era tío de Maurras.

—¿Sabe la cantidad de judíos que hay en este país?

—Capitán Barbie, debe tener en cuenta que…

—¿Puede pronunciar Hauptsturmführer?

—Hauptsturmführer Barbie, le aseguro que en mi familia no hay ni el menor trazo de…

—Alto. Deténgase, amigo. Va usted demasiado rápido. A ver, dígame una cosa. ¿Por qué cree que le pregunto si es judío?

—¿Disculpe?

—¿Por qué cree que yo le pregunto? Es una pregunta sobre una pregunta. ¿Por qué cree usted que yo le pregunto si usted es judío?

—Quizás cree que lo soy.

—¿Por qué creería yo que usted es judío?

—No se me ocurre por qué, capitán Barbie.

—¿Cree que no puedo distinguir a un judío de alguien que no es judío?

—Para nada, capitán Barb…

Hauptsturmführer.

—Hauptsturmführer Barbie.

—Pues por qué entonces.

—Por… Bueno. Quizás quiere tener los credenciales limpios. Cerciorarse. Yo entiendo que uno nunca.

—Mire, amigo. La Gestapo no lo hubiese traído aquí si no estuviese diáfano y meridiano cuáles son sus credenciales. No insulte a la Reichssicherheitshauptamt.

—Usted sabe que no es mi intención.

—¿Puede pronunciar Reichssicherheitshauptamt?

—Sí, mi capitán.

Hauptsturmführer.

—Sí, Hauptsturmführer Barbie.

—¿Sí qué?

—Sí puedo pronunciar Reichssicherheitshauptamt.

—Yo no creo que usted sea judío. Si lo creyese, no le preguntaba. ¿Por quién me toma?

—Entonces, ¿por qué quiere que le confirme lo que ya usted y yo sabemos?

—A usted no se le acusa de ser judío.

—No entiendo.

—Estoy tratando de amenizar. Esta situación es muy incómoda, como ya usted y yo sabemos.

—Lo sé, Hauptsturmführer Barbie.

—A usted se le acusa de colaborar con el CNR.

—Eso es falso.

—Disculpe usted.

—Eso es falso, yo nunca he colaborado con el CNR, Hauptsturmführer Barbie.

—Permítame un segundo.

El alemán alargó su brazo hacia donde estaba el tablón y lo tomó firmemente. Miró por un segundo al francés, pero esquivó la mirada justo antes de que este comprendiera hacia dónde iba dirigido el golpe. El cúbito izquierdo, casi al nivel de la muñeca, se partió en dos. En un instante, el antebrazo se estalló en una sangrienta luz amarilla.

Quizás ahogando el grito en un ronquido irracional, triste y húmedo, le haría entender al detective su honestidad. Si mostraba entereza, fuerza, pensó, lograría comunicarse mejor con su torturador. Intentó buscar la mirada del alemán, entre lágrimas.

—Esto es totalmente innecesario —dijo el alemán—, totalmente innecesario. Si me convierte usted en un verdugo, si quiere reducir mi humanidad a la de un desgraciado y un bárbaro, se lo dejo a su conciencia. Que le quede claro que no deseo que sea de esta forma. Que me gustaría poder hablar como dos personas civilizadas.

—¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiere que le diga?

—¿Dónde almacenan los explosivos que piensan utilizar para el atentado del próximo 8 de marzo?

—Hauptsturmführer Barbie, no hay ningún atentado para esa fecha. Al menos, no uno del que yo esté al tanto.

—¿Es usted miembro del CNR?

—No. He ido a alguna reunión, pero no soy miembro.

—¿Tiene sed?

—No, Hauptsturmführer Barbie.

—Llámeme Klaus. ¿Dónde puedo encontrar a Leny?

—¿Perdón?

—¿Tiene sed?

—No.

—¿Dónde puedo encontrar a Leny?

—¿Quién es Leny?

El nuevo golpe no fracturó por completo el húmero, pero sí lastimó el hueso severamente. El francés sintió cómo un chorro de agua helada le nacía desde el esternón y lo llenaba de tranquilidad y frescor. La sensación de caricia en la nuca se tornó en un calambre insoportable. Intentó explicarse el dolor de la nuca para no tener que lidiar con su brazo. Esta vez el francés no pudo ahogar el grito a tiempo. Su vista y la del alemán se cruzaron.

—Adivine a cuántas personas he interrogado hoy.

Se asomó a la ventana un segundo y volvió a encarar a su víctima.

—Adivine —dijo, sin ánimo de sorna.

—Dos, tres.

—Tres, sí. Usted es la cuarta persona.

—¿Por qué me pega? Yo quiero cooperar.

—¿Es usted judío?

—¿Qué?

—Disculpe, esa no es mi pregunta. Mi pregunta es: ¿dónde almacenan los explosivos para el atentado del próximo 8 de marzo?

—Ya le dije que no sé de qué habla, Barbie. Se lo juro.

—Llámeme Klaus.

—Se lo juro, Klaus. No sé cuál es ese atentado del que habla.

El tablón se hundió rápidamente en el estómago del francés, quien tuvo que doblar el peso del cuerpo y replegarse sobre sí mismo.

—¡Qué aburrimiento! —dijo el hombre, mientras salía de la cela.

Verhaftungen

El 21 de junio de 1943, ya entrada la noche, nueve miembros de la Gestapo irrumpieron en la residencia que alquilaba el Dr. Frédéric Dugoujon, en la comuna de Caluire et Cuire, justo al norte de Lyon. Cinco de los agentes alemanes enarbolaban sus Walther PP de reglamento, pero dos llevaban rifles K98K, y los otros dos, subfusiles automáticos MP40.

Esa noche fueron arrestados, además del anfitrión, el ingeniero Raymond Aubrac, el profesor André Lassagne, el licenciado Bruno Larat, el Jefe de Gabinete Henri Aubry, los coroneles Albert Lacaze y Emile Schwarzfeld, Jean Moulin y el anticomunista René Hardy. La Gestapo era un organismo áspero; aquella noche estival se condujeron con una delicadeza inusual, especialmente con Hardy.

Esa noche Barbie cometió el dramatismo de no acompañar a sus hombres. El 6 de abril del año siguiente, sin embargo, el Carnicero condujo a sus mastines de la Gestapo y la Wehrmacht a una casa de la comuna de Izieu. En vez de héroes de la resistencia francesa, ese día había 44 niños judíos provenientes de Lodève, junto con sus siete guardianes. Ante la presencia de Barbie, los alemanes no guardaron el decoro de la noche del 21 de junio.

Mientras los niños estaban tomando chocolate caliente, dos camiones y un auto se estacionaron frente a la casa. Los soldados golpearon a los adultos de la casa y comenzaron a arrojar a los niños dentro de los camiones. Un miembro de la Gestapo andaba con una libreta y contabilizaba judíos. Faltaba un adulto y varios niños.

Prosiguió un tedioso juego al escondite en el cual los soldados revolvían la casa hasta encontrar los niños. No tardaron mucho, ya que el llanto de las víctimas las delataba rápidamente. Algunos de los niños, especialmente los mayores, resultaron heridos de culatazos y patadas, pero la mayoría no derramó sangre ese día.

De camino a Drancy, en donde estarían un tiempo antes de llegar a Polonia, un joven llamado Max-Marcel parecía querer destruir los huesos de la mano de su hermanito Jean-Paul, embalsamándolo de infinita esperanza y de amor.

Besatzungszone

En un café de la ciudad de Munich, ocho años después, dos amigos uniformados bebían cerveza. Hablaban inglés; tanto el uniforme como el acento de uno de los amigos lucían incómodos.

—No sé de qué te quejas. Aquí tratamos con delicadeza a nuestros invitados de honor.

—Como, por ejemplo, escoria nazi, torturadores, terroristas.

—Este grupo no ha cometido actos violentos. Es una resistencia pasiva. Funcionan como recopiladores de inteligencia.

—De inteligencia francesa, Dave.

—Inteligencia sobre todo el mundo. Los rusos han infiltrado la parte británica y la nuestra. Y sí, han infiltrado la francesa también. Y no solamente en el Eurocom.

—Si te estás refiriendo a las decisiones de París, te aseguro que…

—Ahórratelo. Bueno, pensábamos que tu amigo estaba en Marburgo, pero lo encontramos en Memmingen. Un agente mío lo entrevistó allí. Los de Región I pensaban que andaba por Stuttgart; los de Región III lo hacían en Marburgo. Nadie tenía ni la menor idea de nada. Cuando Central se enteró que lo teníamos, pidió una orden de arresto, pero hemos sabido darle la vuelta.

—Necesito que me lo entregues.

—Imposible. Ese tipo es un demonio. Sabe demasiado de ti, de mí, de lo que yo quiero saber de ti, de lo que jamás sabrás de mí. Y de los rusos.

—Necesito que me lo entregues.

—Ustedes van a acabar ejecutándolo o algo. No reconocen un buen negocio ni aunque lo tuvieran sus narices.

—Ese cerdo torturó a Moulin hasta matarlo.

—Bueno, parece que tenía razón: eres un sentimental. Ese cuento de Moulin, esa fantasía, te daría el beneficio de tener al Mago de Oz de tu parte.

—Sé que vas a cooperar.

—Los nazis ya no están en el poder, Louis. No me interesan. Ahora, los rojos…

—A Barbie le importan menos los comunistas que sus propios intereses.

—¿Crees que lo ignoro? Ahora, sé cómo aprovecharme de eso.

—Necesito que me lo entregues.

Hubo una pausa.

—Si te lo presto por un rato, ¿vas a torturarlo?

— El gobierno francés no incurre en ese tipo de prácticas, ni siquiera con los criminales de Vichy.

—Además de sentimental, te has convertido en todo un patriota.

—Quizás, pero es un buen momento para empezar.

—Puede que tengas razón. Mira lo que vamos a hacer, te voy a permitir que lo interrogues acá. ¿Qué te parece?

—Me parece un buen comienzo.

San Girolamo degli Illirici

El 12 de marzo de 1951 llegaba Klaus Altmann con su familia a un hotel de Génova, acompañado por dos agentes del Destacamento 430 del CIC, que operaba en Austria bajo las Fuerzas Armadas estadounidenses. En la estación del tren los esperaba un sonriente sacerdote croata vestido con el hábito franciscano. Draganovic saludó efusivamente a la familia alemana, pero el siempre receloso Altmann se mantuvo un tanto comedido. Se despidió de los agentes estrechándoles las manos.

—Denle las gracias al tío azúcar.

Mientras caminaban hacia el sur, Draganovic le aseguró a Altmann que, luego de que se instalara en el hotel y se refrescara del viaje, le informaría sobre los pormenores de los procedimientos que deberían seguir.

—Ya me han explicado, —dijo el alemán.

Cuatro días más tarde, Draganovic le entregó a Altmann una visa de inmigrante para entrar a Bolivia y un permiso de viaje emitido por la Cruz Roja. Su certificado de nacimiento lo hacía exactamente dos años más viejo.

—¿Y no pudo ser dos años más joven? —bromeó Altmann, quien ya estaba convencido de la calidad humana del franciscano.

—Es el precio de nacer de nuevo, Klaus.

Más festivos que sus pares bolivianos, los miembros del consulado argentino recibieron a Altmann con gritos de júbilo, unos días después.

—Está bien —decían en alemán—, Bolivia está bien. Pero dese usted la vuelta por Argentina en algún momento.

—De seguro será la parada de tránsito más hermosa que haya hecho en mi vida.

La noche antes de su partida hacia Buenos Aires, en la nave Corrientes, Klaus Altman le hizo el amor a su esposa. Era abril y las noches genovesas aún no comenzaban a adquirir los visos primaverales que templan el viento ligúrico.

Klaus siempre procuró ser un buen amante y, al haber desaparecido las noches de aprensión, su esposa Regina Margaretta se entregaba a él sin reparos ni compostura. Despedía a gritos la tierra europea que había conocido.

—Mi amor, los niños se van a despertar.

Regina Margaretta se enredó en sus sábanas y ahogo sus gemidos blancos entre sus manos y sus lágrimas. Unos minutos más tarde, tapaba su pecho mojado con la almohada del hotel. Klaus estiraba los músculos de sus brazos y se aprestaba para asearse, antes de dormir.

—Buenas noches, señor Altmann. ¿Cómo está usted? Envíele saludos a su esposa —dijo Regina Margaretta, en español.

—Se oye bien. Pareces una señora boliviana.

—Klaus, he estado pensando. Debemos ser muy cuidadosos. No creo que deberíamos tener otro hijo por el momento. Al menos hasta saber bien cómo son las condiciones de vida allá.

—Sí, mi vida. Claro.

Luego de una pausa larga, en la que los esposos miraron las paredes de la habitación, Regina Margaretta preguntó:

—¿Vas a dormir, mi amor?

—Creo que voy a leer un rato.

A poca distancia de ahí, Giancarlo Braschi, un yesero empleado en la remodelación del Palazzo Bianco, terminaba de trabajar, sucio y blanquecino.

On the road

A raíz de una derrota militar en el siglo XIX, Bolivia perdió la provincia de Antofagasta, su único acceso al mar. Hubo muchos esfuerzos por subsanar este golpe, entre los cuales está la creación de Transmaritima Boliviana en 1967, por el entonces presidente René Barrientos, que contó con una flota de un solo barco. Barbie estuvo a la cabeza de la compañía durante su corta vida ­­­­­­—duró solo cuatro años— y probó que no albergaba resentimientos antijudíos al facilitarle armas a Israel (que por aquel entonces cargaba con un embargo). También abasteció a grupos neonazis del continente americano.

Una tarde de enero, mientras atravesaba la Ruta Nacional 3, Barbie le preguntaba a su amigo y chofer, más versado en asuntos de lavado de dinero, algunos detalles sobre paraísos fiscales. Desde hacía unos años, el alemán se había servido de bancos bahameños para enmascarar el movimiento de sus entradas económicas.

Pegada a la pared de la montaña y apuntando hacia Coroico, sin baranda, la carretera parecía la torcedura de un tornillo. Abajo, el abismo, las cruces.

—Pues en algún momento deberíamos pasar por Las Bahamas. Me gusta mirar a los ojos a quienes guardan mi dinero, ¿no crees?

—Sí, Klaus —bromeó el otro.

—Además, que no sería mala idea llevar a mi señora a unas vacaciones playeras.

Subiendo por el empinado camino, recordaba Barbie su primer trabajo en un aserradero no lejos de ahí. La necesidad de vestir y alimentar a Regina Margaretta y los niños lo espoleaba diariamente a desempeñarse en un menester que desconocía y comunicarse en una lengua extraña. Los años lo vieron dueño de su propio bosquecito de cinchonas, y amasó una pequeña fortuna a la vez que estrechaba lazos con los militares bolivianos.

—¿Y qué tal Puerto Rico?

—Pues es distinto, Klaus. El tema de los bancos no nos conviene. Los incentivos funcionan si usted es estadounidense, pero para usted la mejor opción siguen siendo Las Bahamas.

—Veo.

—Y el licenciado, ¿sigue igual de enamorado?

—Claro —dijo Barbie, sonriendo—. Es un romántico alemán como su padre.

Una meada de agua se desparramaba, creyéndose cascada, de la piedra, y se convertía en humo, una mancha blanca que desaparecía frente a los parchos de verdor y roca. El día anterior habían llovido piedras.

El trino final

Exactamente un año después de que Anastasio Somoza iniciara sus cortas vacaciones paraguayas, el 17 de julio de 1980, una coalición de tropas militares y mercenarias (entre las que se contaba Los Novios de la Muerte, de Barbie, pero también varios combatientes argentinos) volcaron La Paz. Las fuerzas se concentraron en el edificio de la Central Obrera Boliviana, en donde irrumpieron y ametrallaron. Los sobrevivientes fueron torturados y violados y Luis García Meza Tejada juramentó como presidente de la nación.

A lo largo de los días siguientes, Los Novios de la Muerte fusilaron a cientos de opositores, líderes obreros, sacerdotes y transeúntes malhadados. Cuando su hibris le agenció una renuncia forzosa, un año después, García Meza Tejada dejó el poder enriquecido por el tráfico de cocaína.

El silencio de La Paz, más alejado del mar que nunca, les heló los labios a todos.

Unos días antes del golpe, Barbie había sostenido esta conversación con Stefano delle Chiaie, quien también residía en Bolivia para aquellos días:

—Estoy viejo, Stefano. Viejo y sin fuerzas. A veces pienso en mis días pasados y me siento como si entrara a una de esas iglesias tristes que visité en el sur de Francia.

—Este mundo está hecho para nosotros, ¿qué dices? Está hecho para que lo engalanemos. Yo digo que la vida nos ha permitido empezar en un ámbito desconocido e inesperado precisamente porque somos igual de jóvenes que ella.

—Las piedras con las que construyen su pasado estas pobres almas pesan más que sus brazos. Ellos no pesan.

—Mira, en este continente los asuntos toman un rumbo alentador. ¿No hemos descubierto a nuestros hermanos aquí? ¿Consentiremos que los americanos tutelen esto a su manera?

—De ninguna manera.

—Klaus, te voy a hacer un chiste que vi en una película. Es una película vieja y de seguro la conoces. Entra un señor y dice: “Esta madrugada maté a un elefante en mis pijamas. Cómo se habrá metido en mis pijamas es una cosa que ignoro”. Se trata obviamente de un juego de palabras, pero hay algo más en este chiste marxista. El hombre del fusil ha disparado contra un ser que inadmisiblemente se ha apropiado de su ropa. El hecho de dispararle al elefante es una rectificación. Pero además, se ha disparado a sí mismo. Recordarás la última gran batalla de La Ilíada, cuando Aquiles lucha contra Héctor, quien está vestido de Aquiles. Esto último quizás no te convenza. Realmente ha disparado contra un animal que se ha apropiado de su vestimenta. De la vestimenta con la cual, metafóricamente, Klaus, metafóricamente, construía sus sueños. Al elefante no le puede servir su pijama.

*Alejandro Carpio (San Juan, Puerto Rico, 1980. Profesor universitario, teatrista, narrador y autor de reseñas y artículos para publicaciones periódicas. Con El papel de lija obtuvo el Accésit del Premio Latinoamericano de Novela Alba 2011. “Zarpar hacia el Sur” es un cuento inédito que el autor cede para su publicación en El Caimán Barbudo.

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