Actualizado el 25 de abril de 2013

Escribir con luz

Por: . 25|4|2013

There is a vital story that needs to be told.
James Nachtwey

Foto: Julio Larramendi (de “Paisaje después del huracán”)Era uno de esos días densos de inicios de junio, cuando la humedad y el calor presagian ya los torrenciales aguaceros del verano y el polvo se agita en remolinos molestos, pegándose a la ropa y la piel, metiéndose en los ojos de los transeúntes. Era el primer lunes de junio, un lunes despejado y ardiente, demasiado tranquilo en realidad tras las últimas semanas de disturbios. La mañana avanzaba lenta, sin motines ni reyertas, sin la interminable sucesión de escaramuzas que llenó los días previos. Las hostilidades comenzaban a disminuir finalmente y una extraña calma invadía la ciudad desde la madrugada. Pero a pesar de ese aparente sosiego, la inquietud continuaba y en los pechos se empozaba la angustia mientras el sol ascendía sobre los edificios, multiplicado en los cristales, sacando sin pudor a la luz los excesos cometidos durante la noche.

Cualquier otro lunes, a esas horas, Beijing herviría llena de gente. Pero aquel lunes de 1989, a fines de la primavera, las calles eran poco transitadas y quienes se aventuraban a salir iban con el miedo grabado en el rostro, tensos aún por los sucesos de los últimos días y evitando en lo posible acercarse a las desoladas Puertas de la Paz Celestial. No había paz en Beijing, la ley marcial imperaba todavía, y aunque ya casi no se escuchaban disparos después de que la revuelta fuera derrotada, quedaban muchos cuerpos sin recoger y el eco de los gritos resonaba aquí y allá, casi apagado en el rumor de la urbe. Pero en el aire, disuelto entre el vapor y el polvo, persistían como una amenaza ubicua los olores corrosivos de la pólvora y el petróleo quemado.

Todos se preguntaban cómo habían llegado a ese extremo las cosas, y en todos, a pesar del miedo y el dolor, pesaba la sensación de que un límite inviolable se había cruzado. Por mucho que cambiaran las circunstancias, por mucho que el tiempo pudiera borrar o recomponer en el futuro, dándole a la gente un rumbo nuevo, una nueva ilusión, lo cierto es que aquellas semanas agitadas de mayo y junio no se borrarían sin más de la memoria. Algo se había roto definitivamente, y como a través de un velo desgarrado, la cara salvaje del poder se exhibía aquel lunes en su total crueldad, mientras las horas pasaban sin prisa y la luz desnudaba el horrendo espectáculo de la masacre. Pronto las brigadas de limpieza vendrían a lavar las huellas y, bajo afanosas capas de cemento y pintura, desaparecerían de los muros restaurados los orificios de las balas, los subversivos graffiti, los minúsculos coágulos adheridos a la rugosidad del hormigón. Pero el recuerdo de la sangre era indeleble: ningún chorro de agua, ningún himno de lealtad patriótica, ninguna diversión devolvería ya a los muertos o atenuaría el desconsuelo por su ausencia. Después de aquello, nada podía volver a ser como antes, al menos no para quienes vivieron de cerca la experiencia.

Los tanques recorrían despacio la avenida: una larga columna de acero y humo quebrando con sus esteras el asfalto y dejando atrás, en la plaza recién tomada, entre pancartas y bicicletas destrozadas, los cadáveres fríos de los estudiantes. Nadie sabía con exactitud cuántos murieron, pero sin duda habían sido demasiados, y la arrogante marcha de los carros blindados por el espacio público venía a confirmar esta certeza. “Ya nada volverá a ser como antes”, pensaban los transeúntes al verlos y apuraban cabizbajos el paso mientras, desde los balcones del Hotel Beijing, los periodistas extranjeros observaban con atención la escena, preguntándose qué inesperados acontecimientos podrían todavía suceder, qué sorpresa vendría a sacudirlos tras la frenética embestida del ejército.

De pronto, como salido de la nada, un joven caminó hasta el centro de la avenida y, ante la confusión general, interrumpió el avance de la caravana. Todo ocurrió en pocos minutos: los tanques intentaron evadirlo varias veces, pero en cada oportunidad el muchacho volvió a cerrarles el camino hasta que, muy cerca ya, se detuvieron. Entonces el joven trepó al primer vehículo, le dijo algo al conductor y regresó abajo, pero cuando la columna trató de reanudar su marcha, él volvió a apostarse frente a ella y se estuvo así, sin moverse, hasta que dos personas lo agarraron por los brazos y se lo llevaron.

La imagen de aquel estudiante solo, desafiando a los militares, tomada por Jeff Widener y otros fotógrafos desde los balcones del hotel, hizo la portada de los principales periódicos del mundo y se convirtió en un símbolo más de la resistencia ciudadana. Lo llamaron “el rebelde desconocido”, o simplemente “el hombre del tanque”, porque nadie supo nunca cuál era su identidad, y diez años después el semanario Time lo incluyó entre las personas más importantes del siglo XX.

Pero no fue hasta mucho más tarde que Camila vio la foto por primera vez. La encontró a fines de 2003, en una selección hecha por la revista Life bajo el sugerente título 100 Photographs that Changed the World. Y aunque otras muchas imágenes de ese libro la conmovieron, aquel muchacho anónimo parado frente a los tanques, indefenso pero firme, como si el peligro de morir no le importara, cambió algo en su interior.

Camila había visto incontables fotos en su vida y, sin embargo, ninguna había despertado tanto su interés. Por eso la recortó con cuidado del libro, la guardó en una carpeta y se propuso encontrar otras similares: imágenes que la impactaran, imágenes donde se revelara algo esencial y a través de las cuales pudiera comprender mejor el mundo, ese mundo turbulento que se abría más allá de su burbuja feliz. Tenía apenas un año cuando los tanques arrollaron Tiananmen, pero solo ahora, a los quince, empezaba a descubrir que allende el confort que la rodeaba había un vasto espacio de sufrimiento y privaciones, un espacio que tal vez, algún día, vendría a exigirle cuentas por su indiferencia y su acaso inmerecida felicidad.

Poco a poco, en los años posteriores, Camila fue acumulando fotos y descubriendo la historia que se escondía en cada una. Su carpeta inicial creció hasta convertirse en un verdadero archivo, y con ella, fue creciendo también su entusiasmo por el periodismo fotográfico. Momentos congelados, retratos de lo terrible y lo sublime, mosaicos aislados en el inmenso río del devenir humano: guerras, reencuentros, tragedias privadas o masivas, proezas de la ciencia y el deporte, instantes donde la belleza y el amor se hacen visibles en la adversidad o en la monotonía de la existencia; eventos que transformaron para siempre el rumbo de los pueblos y también, junto a ellos, escenas donde las más arcaicas tradiciones sobreviven casi ocultas, veladas por el brillo, por la urgencia de lo actual; y todo eso, captado por el lente avizor de los fotógrafos y reunido como un inmenso collage, como un enorme ojo caleidoscópico y omnipresente, le iba dando a Camila una perspectiva nueva de la vida, una visión del frágil equilibrio entre la bondad y la vileza, entre la barbarie y la virtud que anima el corazón de los hombres. Ahí estaban, fijadas para siempre en el celuloide, aquellas brutales escenas tomadas por Nick Ut y Eddie Adams en Viet Nam ―el napalm sobre el cuerpo desnudo de una niña, el disparo a quemarropa contra la sien de los prisioneros―, junto a la delicada armonía detenida en instantes de sutil plenitud por Werner Bischof, Cornell Capa y Bruno Barbey; ahí estaban el odio, la desesperación, el miedo, pero estaba también la ternura, el júbilo, la entrega de sí y el constante empeño de la humanidad por superarse. Todo fundido, superpuesto, dejando ver en su dinámica y su contraste infinitos, la complejidad de un mundo que hasta hacía poco tiempo jamás imaginó.

Pero de entre todas esas fotos, Camila admiraba en especial aquellas donde lo más noble del espíritu resplandecía ―en su aparente fragilidad― frente a las atroces circunstancias que lo cercaban. Una de esas fotos era la del monje Thich Quang Duc, fotografiado por Malcolm Browne en 1963, todavía en posición de loto, inquebrantable mientras las llamas quemaban su cuerpo en una populosa calle de Saigón. Al verla, Camila no podía evitar sacudirse ante aquel monje que, escudado en su fe, afrontó el suplicio y el fin para proteger a su comunidad de la persecución a que estaba siendo sometida. Quang Duc ardió hasta carbonizarse, y se contaba que su corazón resistió ileso el fuego para convertirse en símbolo de la piedad de Buda. Todavía hoy, muchos años después, su fe y su entrega seguían inspirando al pueblo, y aunque sin dudas era un hombre excepcional, también era cierto que muchas otras personas, en situaciones límite, eran capaces del mismo sacrificio. Ahí estaban, por ejemplo, las tantas imágenes de bomberos, paramédicos, militares y civiles rescatando víctimas de los desastres.

Pero esas imágenes, puestas junto a aquellas otras en que el sadismo y la bestialidad reinaban, adquirían un matiz trágico, como si no bastaran, como si la cuota de bondad humana fuese demasiado pequeña en comparación con su odio y su fiereza; y Camila se preguntaba si había en realidad un equilibrio ético, una justicia que subsanara tanto maltrato y martirio, y dudaba si acaso, en sus determinaciones más profundas, era tan bueno el hombre como solía decirse. A los diecisiete años, Camila temía que quizás no lo fuera y empezaba a creer que todos esos héroes y heroínas abrasados, exhaustos por el esfuerzo, cargando en brazos un cuerpo apenas vivo, sosteniendo una mano temblorosa, dando aliento a los heridos en medio de la calamidad, no bastaban frente al formidable talento que mostraba el ser humano para la destrucción, la codicia y el desprecio por la vida.

Fue en esa época que sus padres le compraron su primera cámara ―una Canon EOS 350D que estaba muy por encima de sus habilidades―, y fue también en esa época que conoció a Gerardo. Ambos se habían inscrito para el mismo curso de fotografía y desde los primeros encuentros, cuando hablaron de sus gustos y de sus fotógrafos favoritos, descubrieron que había mucho en común entre ellos. Gerardo también coleccionaba imágenes; estaba fascinado con el Bang-Bang Club, con Kevin Carter y, sobre todo, con los reportajes de James Nachtwey en los conflictos de Irak, Sudán y el atentado al World Trade Center. Su sueño era convertirse en corresponsal de guerra, algo que su familia veía como una simple quimera adolescente.

Camila, por su parte, prefería no estrechar demasiado sus horizontes. Admiraba a Margaret Bourke-White, la primera mujer periodista que trabajó en zonas de combate, la “indestructible Maggie” que estuvo en Moscú cuando la invasión nazi y que acompañó al ejército de los Estados Unidos durante su avance hacia Italia y Alemania; aquella Maggie que había retratado a Gandhi hilando en su rueca y a Stalin sonriendo. Pero sentía igual admiración por genios del lente como Walker Evans o Steve McCurry, cuyas fotos revelaban, grabados en el rostro de las personas comunes, todos los golpes y las esperanzas de sus vidas, todo el candor y el miedo y la amargura que se acumulaban en una mirada, o en la expresión de unos labios, o en el ademán de un cuerpo detenido a mitad de un movimiento. Si hubiese tenido que elegir, Camila habría querido dedicarse a ese tipo de fotografía. Pensaba que especializarse desde tan temprano era como cerrarse puertas; quería tantear varios caminos, zambullirse en distintos estilos y temas, desarrollar una manera de ver, una sensibilidad que la distinguiera, y luego, si fuese necesario, trataría de definir un rumbo.

Algo sí tenía claro: no le interesaban los paisajes, ni la publicidad, ni el glamour; no quería ser como el resto de los muchachos en el curso, con sus estúpidas poses de artista y sus cabezas huecas. Por eso se alió desde el principio con Gerardo, y por eso empezaron a salir juntos los fines de semana, visitando los barrios marginales, adentrándose poco a poco en el pintoresco espacio de los mendigos, los inmigrantes, los desahuciados. Cada paseo era para ellos una aventura, una excursión hacia un reino desconocido y riesgoso que, no obstante, se les antojaba mucho más genuino, más real que aquel mundo terso donde acontecían sus vidas; cada foto que después mostraban en clases era un golpe, un grito, una crítica mordaz a la belleza almibarada de los paisajes, las flores, los niños, las vistas nocturnas de la ciudad y las modelos desnudas con que, semana tras semana, se ufanaban sus compañeros. Pero el resultado nunca parecía ser suficiente. Sus fotos impactaban, sí, y el profesor siempre reconocía su esfuerzo, aunque estaba más preocupado en hablar de la composición, la nitidez y el procesamiento digital; algo que Camila y Gerardo aborrecían y consideraban fraudulento. Sus fotos eran crudas, sin retoques, y argüían que con la deliberada aspereza de sus imágenes pretendían subrayar la autenticidad del contenido, porque a fin de cuentas, si hacer fotografía era ―como enseñaba la etimología― escribir con luz, no tenía sentido mancillar la luz con frivolidades y artificios, y menos aún desvirtuarla, falsearla para lograr un efecto vano.

―Yo no les pido que falseen las cosas ―explicaba el profesor―, sino que usen todos los medios a su alcance para llegar al público. La excelencia no se alcanza solo con pulsar el obturador en el instante justo. Hay que cuidar los detalles y, para eso, hay que saber usar las herramientas. Usar, no abusar: eso es lo que les pido.

Camila y Gerardo no se dejaban convencer. Se afanaban por que sus fotos salieran perfectas de la cámara, incluso en el azaroso entorno que habían elegido, y buscaban ―sobre todo― que cada imagen dijera algo, que fuese un llamado de atención, una sacudida difícil de olvidar.

Fue tal vez ese afán por estremecer al receptor lo que los llevó al País Vasco. Estaban a mediados de 2006, el curso llegaba a su término y Gerardo quería hacer algo que marcara la diferencia, algo que les abriera el camino hacia la vida profesional. Su obsesión con la fotografía de guerra y el hecho de que, tras largos años de conflictos, los etarras parecían finalmente dispuestos en serio a pactar con el gobierno, lo hizo considerar la posibilidad de ir un fin de semana a Euskadi. A Camila no le gustó mucho la idea, sabía que aunque el ETA había declarado desde marzo un “alto al fuego permanente”, en las calles los disturbios continuaban y con frecuencia había atentados. Trató de disuadirlo pero, cuando vio que era imposible, accedió a acompañarlo.

De entrada, sin embargo, Bilbao les pareció pequeño y tranquilo: una vieja ciudad del norte, anclada en su historia y sus remotas tradiciones, como un reducto de paz a orillas del Nervión, protegido a medias y a medias preso entre los Montes Cantábricos y las gélidas corrientes del océano. Gerardo se sintió decepcionado casi desde el instante en que llegaron, había pensado que encontrarían una revolución en marcha, gente furiosa en las calles, barricadas, tiros y edificios quemados. Pero todo estaba en calma, demasiado en calma para su gusto, y la ilusión de documentar con su propia lente la intensidad de una kale borroka1 se le vino abajo de golpe. Camila, por el contrario, respiró aliviada. Lo menos que quería era verse envuelta en un problema tan lejos de casa. Además, esa atmósfera tranquila era ideal para recorrer los barrios más humildes y las aldeas vecinas. Con seguridad hallarían personas interesantes, llenas de anécdotas que contar y dispuestas a ser fotografiadas.

No le costó mucho convencer a Gerardo. Estaba tan disgustado que habría accedido a cualquier cosa, pero cuando se internaron en los suburbios su ánimo cambió por completo. Tras la aparente armonía del centro, había en los barrios un mundo vibrante, un sentido raigal de identidad herida y un espíritu de lucha que se remontaba en el tiempo hasta hacerse legendario. En una plaza de Otxarkoaga encontraron un monumento a Marx y Lenin; alguien les aseguró que aquella misma escultura había estado antes en Madrid, en la embajada soviética, y recordó que alguna vez, no hacía tanto, ocupaba ese lugar el busto de Txabi Etxebarrieta, el primer etarra muerto por la guardia civil. Pocos en verdad parecían apoyar los métodos violentos del ETA; pero todos coincidían en su amor a Euskal Herria, tanto que la idea de una España unida ―que a Camila y Gerardo les pareció siempre natural― se les antojaba de pronto cuestionable. Sin embargo, a pesar de no ser vascos, la gente los trató amablemente y compartió con ellos sus vivencias más íntimas.

A la tarde, fatigados y satisfechos, regresaron al hostal. Camila hubiese preferido descansar un poco antes del largo trayecto de regreso a casa, pero Gerardo le propuso salir a conocer la ciudad de noche. Comieron pintxos en un bar y, sentados en la ribera, vieron las aguas del río pasar hasta entrada la madrugada. Gerardo no paraba de sonreír, había algo inusual en sus ojos, una especie de ternura, y Camila sospechó que intentaría enamorarla.

―¿Vamos ya? ―le pidió y volvieron a adentrarse en las callecitas del centro, que ahora, inexplicablemente, estaban desiertas.

―¿Qué hora es? ―preguntó Gerardo y miró su reloj.

No eran las tres todavía. El domingo apenas comenzaba y la repentina tranquilidad de la urbe les pareció un mal augurio. Faltaban solo unas cuadras hasta el hostal. Apuraron el paso y casi por instinto se tomaron las manos. De pronto, sin saber cómo, al doblar en una esquina se vieron envueltos por una densa humareda. Camila reculó para protegerse pero Gerardo la detuvo.

―Esto era lo que veníamos buscando ―dijo―, es ahora o nunca.

Camila temblaba cuando agarró su cámara. Sintió una extraña frialdad en el cuerpo, una especie de agujero minúsculo y profundo latiendo desbocado en su pecho, como una ausencia, como un abismo llamándola, un hueco donde caían mudos, de golpe, todos los momentos de su vida. Oía gritos en derredor, sirenas, detonaciones, pero los ruidos le resultaban ajenos y distantes, casi salidos de un sueño.

Cerró los ojos, respiró profundo e intentó controlarse.

―Vamos ―insistió Gerardo y corrió a agacharse detrás de un auto.

Camila dio unos pasos hacia la calle, se llevó el visor a los ojos, ajustó el lente y disparó a ciegas. Creyó distinguir gente corriendo entre el humo, pero todo era vago, confuso. Gerardo le hacía señas para que se resguardara. Ella se adelantó un poco más y siguió haciendo fotos. Sentía que nada de aquello era real y, al propio tiempo, que era demasiado real e irrepetible, una prueba, un punto de giro que sellaría para siempre su existencia: todo cuanto había hecho hasta entonces era para esto, todo cuanto pudiera hacer después sería consecuencia de cómo reaccionara ahora. Cada segundo contaba y no quería desperdiciarlo.

Un cóctel molotov reventó sobre el auto donde Gerardo se escondía. Camila vio a su amigo moverse entre las llamas y corrió a ayudarlo, pero otra bomba le estalló delante. “Este es el fin”, pensó y recordó aquella anécdota de Nachtwey en Irak, cuando una granada cayó en el vehículo en que viajaba y su colega Michael Weisskopf trató de tirarla afuera. La granada le había explotado en la mano, y Nachtwey, también herido, alcanzó a fotografiarlo antes de perder el conocimiento. Gerardo le había contado esa historia y Camila hubiese querido hacer igual que Nachtwey: sabía que a Gerardo le encantaría, así que levantó su Canon y se dispuso a atravesar el fuego, pero algo la detuvo bruscamente.

―¿Estás loca? ―escuchó.

Alguien la sujetaba con fuerza por la espalda. Vio que dos guardias sacaban a Gerardo hacia un lugar seguro, mientras él, aferrado todavía a su cámara, seguía forcejeando. Entonces se calmó y disparó su última foto de Bilbao.

Con el pelo chamuscado y la piel ardiente, pero eufóricos, regresaron al hostal esa mañana. Estaban seguros de haber conseguido algo importante. Sabían que esas fotos ―más allá de lo que su profesor pudiera decirles― marcaban el fin de una etapa y eran apenas el comienzo de una nueva vida, una vida donde quizás acontecimientos como el de esa madrugada serían la norma, y donde tal vez la muerte los sorprendería pronto, pero una vida plena e inexorable.

Años después, cuando los abrumara el rostro terrible de la guerra y del hambre, cuando otros cayeran a su lado, destrozados por las minas o rendidos por la enfermedad, y sintieran que su hora estaba cerca, recordarían aquella noche en Bilbao, y pensaría cada cual en ese instante entre las llamas, cuando se vieron solos, cuando descubrieron que hacer la foto era más importante que salvarse, porque hacer la foto era ya la única manera de salvarse.

NOTA

1. Kale borroka (literalmente, “lucha callejera”): método de protesta violento y vandálico de los nacionalistas radicales vascos que incluye el lanzamiento de piedras y cócteles molotov, la destrucción de autos, el ataque a sedes políticas, etcétera. Suele considerarse una forma de “terrorismo de baja intensidad“, en contraste con otros métodos también empleados por ellos, como el asesinato, el secuestro y los atentados con bombas.

Categoría: Narrativa | Tags: | | | | | |

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