Actualizado el 1 de octubre de 2013

La hembra alfa

Por: . 27|9|2013

(Del libro La hembra alfa, Premio Pinos Nuevos de Narrativa 2013)

 A Ray Bradbury, por El hombre ilustrado.

A Elena y mami.

A Yoss, siempre.

 El besoCuando era niña, tenía un sueño recurrente. Un algo que se repartía debajo de mis colchas, de mis ropas, de las cuatro patas de la cama. Un algo que se colaba dentro mi blúmer rojo de pompones y rozaba las puntas de mis teticas incipientes. Cuando era niña, tenía ese sueño con las praderas, olorosas a tierra, a libertad, a la mierda seca de las bestias. Era una pradera africana, uno de esos paisajes que salen en los cuadros y los tapices viejos, y en los libros de texto y en las multimedias, y a veces también en los sueños recurrentes.

En medio de la pradera, bajo la sombra de un árbol, estaban sentados los leones y las leonas en un círculo perfecto. Movían las colas con aire moderato, luego presto, prestíssimo. Todas las colas se meneaban a la vez como péndulos.

Las leonas tenían siempre las tetas hinchadas por amamantar a los cachorros, y unas lenguas que sacaban como un paño de la noche.

Los leones tenían siempre el olor de los machos, y olían a pradera, a lluvia, a tierra mojada, a mierda, a sangre de antílope.

Era de verdad un sueño recurrente.

Cada noche, soñaba con aquella manada portentosa.

Las leonas me tenían sin cuidado. Podían gruñirme, jadear, desear a los machos y mostrarme las tetas y las panzas: no me importaba.

Los leones sí. Su olor era fascinante.

Yo era una niña precocísima.

Yo era una niña que quería ser leona, oler y cazar como ellas, y parir cachorritos envueltos en una membrana de carne.

Pero mi sueño siempre se acababa, y yo volvía cada día a la realidad.

La realidad de tener dos piernas, no cuatro. Palabras, no rugidos. Olor de hembra humana.

Entonces me mordía la frustración. Odiaba mi sueño recurrente, y luego me imaginaba corriendo por la pradera con mis zarpas bellísimas. Era la bestia más hermosa de la manada, y los leones machos corrían a mi lado. Mi olor los volvía locos. Todos ellos querían cogerme, morder mi cogote y hacerme cachorritos. Yo era la hembra alfa y los leones lo sabían. Su sueño era subirse encima de mi panza, olerme las tetas y traerme trozos de antílopes hechos briznas de carne y sangre.

Pero el problema de los sueños es que son solo eso.

Cuando cumplí catorce años dejé de soñar con las praderas y los leones.

Fue, ciertamente, un alivio.

A veces extrañaba —cómo no— aquellos viajes nocturnos por encima de las hierbas, sintiendo el sabor de la caza en el hocico. Pero casi siempre era un alivio tener sueños blancos, sin imágenes.

Durante casi veinte años, no volví a las praderas.

Ni una sola vez en casi veinte años. Qué fácil se dice, pero la verdad no es tan simple: dos hijos, un trabajo tras el buró, tres matrimonios, tres divorcios, cuarenta y ocho cuartillas escritas a mano, diez intentos de cuentos, una abuela senil, un sobrinito bizco, un gato comemierda que nunca encuentra el pozuelo de la comida. Veinte años de sueños apacibles… y de repente, esto.

Ayer soñé de nuevo con la pradera.

Bajo la sombra de un árbol estaban escondidos los leones. Las hembras movían las colas a un aire moderato. Babeaban sobre la hierba. Tenían las tetas colmadas de leche. Los machos tenían los hocicos cubiertos de polvo. Uno de ellos movía las patas insistentemente; otro se lamía la piel; un tercero era viejo, el más viejo de la manada, y trotaba muy lentamente hacia mí.

Aquel león tenía ganas de cogerme. De hacerme el último cachorro de su vida.

En realidad, todos aquellos leones estaban locos por montarme. Yo seguía siendo la hembra alfa de la manada, aún después de veinte años, y ellos me deseaban. Querían hacerme mil cachorros, correr conmigo por la pradera, cagar junto a mí a la orilla del río, y luego seguir corriendo hasta cazar a un antílope rezagado para morderle entonces hasta la vida misma.

Todos aquellos leones olfateaban el aire de la pradera. Mi olor a hembra los ponía alertas.

El más viejo trotaba, y trotaba, y trotaba.

Ayer soñé con la pradera luego de veinte años de sueños pacíficos.

Y la verdad es que hoy me desperté con hambre.

El gato lucía delicioso. Fui en cuatro patas hasta la cocina y lo agarré desprevenido. Le mordí la cola, luego la panza, y el muy hijo de puta me gruñó, maulló aterrado: tenía los ojos que parecían dos canicas de miedo. Luego, el muy hijo de puta me arañó la cara, y yo le tiré un zarpazo que lo partió en dos trozos de carne y tripas.

En cuatro patas salí a la calle.

El asfalto estaba caliente y demasiado duro para mis patas. El muy hijo de puta me quemó, y yo le gruñí, y quise morderlo, pero el asfalto no era el gato y no se dejó coger tan fácil. Este maldito lugar no es la pradera. A dónde coño se habrán ido los machos. Por qué no me huelen. Ya tengo las patas cansadas, y el hocico cansado, me he aburrido de trotar entre la gente que grita y vuelve a gritar cuando me ven correr en cuatro patas, con las zarpas y los dientes llenos de la sangre del gato. Este lugar no es la pradera. Todos aquí tienen ganas de aullar, aturden, me muero por morderles las panzas y picarlos en dos como al gato, pero nunca me dan tiempo porque corren demasiado.

Yo todavía no encuentro a los machos. Dónde estarán.

La sangre en el hocico se me ha secado.

Este lugar no es la pradera, no lo es, no. No se huele el fango, ni la mierda seca de los antílopes y mucho menos la libertad. Pero igual corro, corro, corro entre el sonido de los cláxones.

Categoría: Narrativa | Tags: | | | | | | | | | | | |

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