Actualizado el 24 de mayo de 2014

Café con sangre

Por: . 22|5|2014

Ilustración de Servando Cabrera MorenoEl hacendado se descruzó la correa del hombro y puso la cartera de cuero sobre la mesa, junto a la chismosa encendida.

—¿Qué es eso? —preguntó el capitán, los ojos prendidos del bello repujado de la bolsa.

Sin decir palabra, el esbelto hacendado empujó hacia adelante la cartera, y dentro de esta se escuchó un tintineo. Los otros tres hombres sentados a la mesa lo miraron intrigados.

Los diversos embalajes de mercancía apenas dejaban espacio para la mesa y cuatro taburetes. El hacendado tenía a la espalda una pila de sacos, tras el capitán había un barril de manteca, y el ayudante rubio se recostaba a un horcón de la pared. El guajiro viejo tenía detrás la puerta a la habitación delantera del bohío de yagua y embarrado.

—Considéreme el primer contribuyente de la demarcación —el hacendado apoyó sus palabras con un gesto amable—. La cartera es un regalo personal para usted, así como los víveres que traje, para su tropa.

—¿Impuestos?

—Así es. Me imagino que su Gobierno, no por estar en Armas dejará de cobrarlos.

El hacendado vestía un elegante traje de caza y botas altas, el guajiro llevaba pantalón y camisa de lona y yute, y los dos militares ropas que habían sido de calidad antes de las manchas, rasgaduras y costurones.

—Usted verá, Monsieur Olivier, no estaba previsto cobrar impuestos —carraspeó el oficial, un hombre de cuarenta años, enjuto y entrecano—. Mis órdenes eran cerrar todos los cafetales de la zona….

—¡Imposible! —se sorprendió el francés—. Destruirá usted la economía local. ¿Qué patria esperan ganar así?

—Mi patria no es asunto suyo, Monsieur…

Se hizo un silencio incómodo.

—No se ponga farruco, capitán Robredo —dijo el guajiro viejo—. Mosiú Olivié no lo dijo por mal.

El hacendado alzó una mano.

—Gracias, compadre Atanasio. En efecto, me dejé llevar por la sorpresa… no deseo cuestionar sus métodos, capitán. ¿Sería tan amable de perdonarme la expresión?

—No se hable más —dijo el oficial—. Esto lo afecta de grave manera, así que entiendo su desconcierto. Aunque, me extraña que no hubiera tenido conocimiento del bando de cierre dictado por mi finado general Mármol.

—He leído proclamas locales de su gobierno, capitán —Olivier pellizcó la correa de la bolsa—. El oro que sale de Cuba es una sangría, quienes pagan impuestos a España lo hacen con sangre esclava —el hacendado observó el rostro del joven ayudante—, las venas abiertas de Cuba, etcétera… interesantes metáforas, vívidas.

El capitán sonrió satisfecho.

—Mi general siempre tuvo una veta poética.

—Así lo veo. Entonces, ¿su República en Armas prefiere ahogar la zona a fiscalizarla? Pensé que tendrían una postura más avenida… por eso pedí a Atanasio concertar la entrevista, porque no quería que mi cafetal terminara como La Candelaria.

—No nos tome por irracionales —intervino el ayudante. Su acento era más extraño al castellano que el del hacendado—. ¿Usted paga impuesto de timbre al gobierno español, no es cierto?

Olivier asintió.

—Mientras pague impuestos a España, lo cual es inevitable si quiere exportar —continuó el ayudante—, España enviará soldados a la zona. Si usted cierra el cafetal y deja de pagar impuestos, el enemigo se desentenderá de la zona, que nosotros reclamaremos. Demarcación por demarcación, departamento por departamento ganaremos este país, dándole a Madrid donde más duele, en la bolsa.

—Excelente plan —aplaudió el hacendado—, Clausewitz lo hubiera felicitado, joven. ¿Fue idea suya acaso, ya que tan bien lo expone?

—No, pero dio cerca —saltó Robredo—, fue un compatriota de Ignacio quien aconsejó…

—Es una idea simple —dijo el rubio—, apenas fue necesario sugerirla para que las autoridades de la República vieran el mérito del plan.

El capitán miró molesto al joven.

—A veces eres un poco confianzudo, Ignacio. ¿Allá en la Austria los niños acostumbran quitar la palabra a los mayores?

Apenado, el rubio bajó los ojos. Atanasio tomó el momento para excusarse e ir a la habitación vecina.

—Cerrar la cosecha de café entera… —la mirada del hacendado volvió al joven ayudante—. Quizás les sea difícil, con solo veintidós hombres.

—¿De dónde saca esa cifra? —Robredo frunció el ceño.

—Cuando mi criado Tobías distribuyó víveres, todos y cada uno de sus hombres acudieron… ninguno quiso quedarse atrás. Mi cocinera hace un boniatillo con canela cuyo aroma levanta a un muerto.

Ignacio soltó una risita, y el capitán lo miró con ira.

La puerta a la otra habitación quedaba en línea recta con la principal. Todos podían ver desde sus asientos el firme ante el bohío, donde a la luz de la luna una desarrapada tropa comía tasajo, bacanes y boniatillo en jícaras o yaguas.

—Maldita sea la gracia —bufó Robredo—, la indisciplina no da risa alguna, Ignacio. Ya los haré soldados —dio un puñetazo en la mesa—. Pero de todas maneras, Monsieur Olivier, seremos más. De hecho, empezamos con diez, y reclutamos más en la campaña. De cada veinte negros que liberábamos, diez se quedaban en el cafetal, cinco se apalencaban y cinco se unían.

—Entonces su expedición tiene más de reclutamiento que de conquista —dijo el francés—. Usted va a cafetales que por una razón u otra están desguarnecidos, y se lleva los negros.

—Yo respondo a la división del general Gómez y le aseguro que tiene mucho más de veinte negros. Muchos hombres que nacieron libres están con él, y muchos que no tuvieron esa suerte están ansiosos de ganarse la condición a puro machete.

—No espere lo mismo de mis negros —Olivier unió las manos enguantadas sobre el puño de su bastón de ácana—, son muy fieles, porque los trato bien.

Sonriendo, el capitán se torció el bigote.

—Eso pensaban los otros propietarios. No se fíe tanto usted de sus negros… una cosa le dicen, y otra cosa piensan.

El hacendado frunció los labios.

—Para quien se presenta como un liberador, tiene usted muy mala opinión de los negros.

—Es la esclavitud. Los negros comenzarán a perder todas las mañas y resabios en cuanto sean libres.

—Ya veo que no puede esperar la hora. ¿Pero tiene que ser a costa de la única riqueza del departamento?

—Es una guerra —el capitán alzó las manos—, una causa sagrada, y amerita algo de sacrificio. Además, no se preocupe, en libertad habrá más prosperidad…

—Hablando de prosperidad —terció Atanasio mientras ponía en la mesa dos botellas de barro y un porrón—, de la mía puedo brindar, de corazón, a los caballeros —y retornó a la habitación delantera.

Visiblemente alegre, Robredo descorchó ambas botellas.

—Miel jíbara y ron de monte, la alegría del insurrecto. ¿Y eso que huelo es café?

—Ya va, capitán, ya va el café —el guajiro reapareció con un jarro humeante en una mano y en la otra cuatro jícaras con los correspondientes palitos de caña brava—. A gusto, sírvanse ustedes —distribuyó los cubiertos.

El capitán, su ayudante y el guajiro, cada uno mezcló en su jícara una proporción de bebida y miel con agua o café. Olivier, en cambio, esperó que todos se hubieran servido miel y procedió a echar en su recipiente cuanta cabía, más una pizca de ron y agua. Robredo y Atanasio no ocultaron su asombro; Ignacio bebió sin mostrar interés.

—La miel es un gran alimento, da vigor, energías —explicó el francés, y se deleitó con un sorbo.

—Por eso sus negros no me venden miel —dijo Atanasio, sonriente—, usted se toma toda la que sacan. ¿Quiere más?

—No, gracias…

—Tengo más, porrones enteros.

—De verdad no, compadre Atanasio —el hacendado dio un trago largo y se relamió—. Sé que tiene mucha —guiñó un ojo—, mucha prosperidad. ¿En qué trata usted además de miel?

—Aperos, víveres, remedios… denante la guerra. Ahora es la jamaiquina —el guajiro hizo la mímica de fumar—, tengo plantío y secadero. La bajo al poblado y los quintos la compran por mazos, para quitarse la matunguera y trancar la cagalera.

—Vea, capitán —dijo Olivier—. Sin ánimo de perjudicar a Atanasio, eso sí beneficia a España. Pone a los soldados en pie de guerra… el café no se compara.

El rubio ayudante sonrió torvamente.

—¿Paga usted impuestos, compadre Atanasio?

—Ni muerto —el viejo se persignó—, a España ni la sombra.

—Además, monsieur —intervino Robredo—, no crea que los intoxicados con cáñamo son buenos soldados… ojala todos, de Don Blas al último quinto, lo fumaran. Mire, no le demos más vueltas —empujó la cartera de vuelta al francés—, use esto para retirarse a la Luisiana por un tiempo, y vuelva cuando Cuba sea libre… su título de propiedad será respetado.

Olivier rechazó la bolsa.

—Para retirarme tranquilamente a la Luisiana —dijo en tono calmo—, necesitaría vender la cosecha recogida. Tome mis impuestos y permítame bajar la cosecha al puerto. Evitaré pagar impuestos a España, si eso lo hace feliz, pero necesito vender mi café.

—No podemos permitirlo —dijo Ignacio—, por órdenes superiores. Lo quemaremos.

El hacendado clavó los ojos en el ayudante.

—¿No querría bebérselo al menos? ¿Tanto prefiere destruir?

—Es café con sangre. Sangre esclava…

Robredo miró la cartera, luego a su ayudante, y con la mirada sobre este último puso una cara de fastidio que solo el francés pudo ver.

—No hay más que decir —y se dirigió a Atanasio—. Compadre, un aparte… tengo unos recados familiares que darle.

—Para servirle, mi capitán —el guajiro se puso en pie—. Venga conmigo; los caballeros quedan en casa —tras sopesar las botellas y el porrón las dejó en el centro de la mesa—. Esto alcanza. ¿Más café?

—No, gracias —Olivier sonrió—, es café con sangre, ¿no escuchó al joven?

Una mueca sardónica asomó por un instante al rostro del rubio.

—Pues a mí me sabe normal, mi capitán —aseguró amablemente el viejo mientras ponía una mano sobre el hombro del oficial—, usted me dirá cómo estaba.

—Exquisito, Atanasio —el capitán se dejó guiar por el guajiro—, no haga caso a la juventud, siempre de teatro —dijo desde la puerta del bohío, suficientemente alto como para ser escuchado en el fondo.

En cuanto Atanasio y Robredo salieron del bohío, el rostro del hacendado se volvió por completo frío, inexpresivo. Se tornó hacia el joven ayudante y le dijo algo en alemán.

—Soy húngaro —respondió el rubio—, no hablo alemán.

—Decía, no creo en la casualidad —dijo Olivier—. ¿Un aventurero europeo viene a esta guerra, y se enrola en la poco gloriosa misión de merodear cafetales desguarnecidos y requisar esclavos?

—Si le molesta mi presencia, debió haber sobornado a algún coronel español para que le situara una sección de soldados. O quizás, alquilar una pandilla de facinerosos armados.

—Mis razones para evitarme la presencia de soldadesca, mercenarios o cualquier clase de extraños —el francés golpeó la mesa con el curvo puño del bastón—, le son de sobra conocidas.

Ignacio puso su jícara junto a las botellas y se llevó ambas manos a los muslos.

—No sé a qué se refiere.

—Tampoco creo que sea casual que unos consejeros europeos, compatriotas suyos, los llama el capitán Robredo, sugieran a los insurrectos acabar con el café en la zona.

—Disculpe, si no se explica…

—Y por último, usted hiede a ajo. ¿Acaso lo toma en desayuno, almuerzo y comida?

Las espesas cejas del joven, casi blancas, oscurecieron por efecto del extremo fruncimiento.

—Un precio pequeño por librarme de ser su desayuno, almuerzo o comida.

Olivier bajó los ojos hacia su jícara.

—En una década no he tocado a una persona —se pasó el bastón a la mano izquierda y con la derecha removió la miel—. Sobrevivo con sangre de jutía, repostería local, miel y guarapo. ¿Ha probado usted el guarapo? Al anochecer, cuando me levanto, hago que me lo sirvan en una jarra que ha pasado el día dentro de un pozo… es un placer que no esclaviza tanto como ese al que he renunciado.

Bajo la mesa se escuchó un sonido metálico.

—Tiene las municiones adecuadas —susurró el joven.

Impávido, el francés alzó la vista.

—¿Intentará matarme aquí mismo?

—No soy un cazador sino un mero batidor —Ignacio negó con la cabeza—, mi trabajo es sacarlos de sus guaridas en la jungla… otros se encargarán de ustedes en las ciudades. No, el arma es solo para mi protección.

—¿Jungla? ¿Llama usted a este monte, jungla? ¿Usted no ha viajado mucho, verdad?

—Oh, estoy seguro que usted ha asesinado en los más exóticos parajes…

El hacendado tomó un sorbo de miel, que paladeó calmado.

—Sin hablar de ese plural, «sacarlos»… ¿recorrerá todo Guantánamo en busca de ese plural?

—No es algo que le diría a usted, ¿no cree?

—Si yo quisiera —Olivier depositó la jícara y se inclinó hacia adelante—, le extraería cuanta información deseara… es usted, claramente, un novato. No haga alardes. Pregúntese, más bien, por qué enviaron a un imberbe de batidor… ¿es así como se ve usted, un batidor? Qué cinegético. Ah, el capitán Robredo lo dijo… la juventud es teatral.

El joven enrojeció, pero al instante su expresión volvió a ser suficiente, desfachatada, sarcástica.

—Sabe usted —continuó Olivier, reclinándose—, si aún pudiera sentir esas emociones físicas, estaría furioso con ustedes por haberme acorralado —y llevó la derecha al puño del bastón, que descansaba sobre el muslo izquierdo—, mas por cuestión de principios, seré rápido, misericordioso, y sobre todo, limpio…

De pronto el joven dio un respingo, cambió la sonrisa por una mueca de dolor, y siguió con ojos atónitos el arqueado brazo derecho del francés: hombro, codo, mano, estoque, punta de acero goteando sangre a un metro de su cara. Perplejo, el rubio se llevó la izquierda al cuello y se palpó un tajo burbujeante a milímetros de la tráquea.

Merde de chambre —musitó el hacendado.

La crispación del hombro derecho de Ignacio fue seguida por un disparo.

Varios chorros de sangre alcanzaron la jícara del joven, removiéndola, y algunos llegaron a la pechera de Olivier, quien ahora estaba de pie, a la derecha del taburete, inclinado sobre la mesa, sosteniendo el estoque. La hoja atravesaba el cuello de Ignacio y los estertores de este la hacían estremecer, pero la mano del hacendado mantenía la empuñadura tan firme como la punta del arma, enterrada en el horcón de la pared, tras el agonizante.

Detrás y a la derecha del francés un saco se vaciaba de frijoles.

El hacendado no vio el último aliento del joven, absorto como estaba en la jícara llena con sangre y café, en las voluptuosas espiras de vapor que la mezcla indiscernible de líquidos liberaba contra el aire fresco de la noche. Entonces se escuchó otro disparo, y el hacendado se contrajo hacia delante, como huyendo del redondel carmesí aparecido de repente en su espalda.

Fluido, en un solo movimiento, el francés extrajo el estoque, apartó la mesa, se dio vuelta, y antes de que las jícaras, chismosa y demás tocaran el suelo, llegó hasta la salida del bohío, donde Robredo apenas apretaba el gatillo para el segundo disparo, inocuo, que solo salió del revólver cuando el acero ya estaba entre sus pasmados ojos.

Los cuerpos del ayudante y el capitán cayeron al unísono.

Fuera del bohío se escuchaban gritos de dolor, mezclados con el sordo machacar de hierro contra hueso. El hacendado aguzó el oído mientras limpiaba el estoque contra unos atados de tabaco seco en rama, y tras unos segundos más de atención, envainó el arma y salió.

En el firme, doce recién llegados macheteaban a los hombres del capitán Robredo. A excepción de las fajas amarillas y negras cruzadas sobre los torsos, se diferenciaban poco en aspecto o vestimenta de sus víctimas. Estos últimos, marcadamente aletargados, no hacían sino arrastrarse como lombrices para intentar rehuir en vano los golpes.

Olivier caminó hacia el centro de la explanada, observando a su paso cuerpos tajados, chorreantes, vivos aun. El suelo del firme, compacto, pedregoso, absorbía mal la sangre, y esta corría, hacía charcos, se empozaba, reluciente a la luz de la luna. El francés puso cuidado en evitarla. Caminaba impertérrito, pero sus labios y las aletas de su nariz tenían leves estremecimientos.

Uno de los doce, un hombre maduro cargado de amuletos, se acercó al hacendado. Llevaba, además del machete, un hachón encendido.

—Nenguno se libró, su mercé —informó a la vez que hacía un arco amplio con la antorcha—, el mejunje en la comida los endurmió fuerte, fuerte.

—¿Atanasio? —preguntó el hacendado.

—El viejo tiene pata de vejigo, su mercé. Cogió monte como el venado de la Virgen.

Olivier aspiró fuerte, y echó a andar hacia la espesura, pendiente arriba. El esclavo lo acompañó sin decir palabra; fueron seguidos por once miradas de miedo reverente, fijas sobre todo en la herida en la espalda del hacendado.

—Llevaremos el café a Guantánamo —dijo Olivier en cuanto entraron al monte—, y allá les daré papeles de libertad.

El negro caviló por unos segundos.

—Muy viejo para meterme a poblano, su mercé.

—Pueden volver todos al cafetal, y me lo cuidan —el francés se detuvo y venteó la noche—. Te haré un poder para que no te molesten. No te aconsejo cultivar café… —y señaló con una mano.

El esclavo se adelantó para cortar el ramaje con su machete. De la hoja, blandida una y otra vez, se desprendieron varias gotas de sangre mezclada con savia, que cayeron en el rostro de Olivier.

—Su mercé recuerda la promesa —dijo el esclavo sin dejar de abrir paso—, mi nieto Joaquín.

—Si hago eso él tendrá que marcharse conmigo, Tobías —el hacendado se pasó una mano por la cara, con gran cuidado—, y quizás no lo veas más.

—Mejor así, su mercé, si se me muere es peor, y mis hierbas no lo salvan.

Llegaron a un claro de pocos metros de diámetro, cerrado por un farallón en el lado opuesto al de su entrada. El suelo estaba cubierto de hojarasca revuelta, ramas podridas dispersas, y bajo todo eso, varias yaguas secas. Alzando la vista, el francés descubrió copas de algarrobos y un ceibo. Avanzó entonces, cautamente, y tanteó con la contera el lecho vegetal: varias yaguas cedieron. Tobías se acercó, tomó un extremo, tiró hasta que quedaron expuestas las lajas de un brocal a ras de tierra.

La luna, a plomo sobre el pozo, puso brillo en el cañón de un rifle.

—¡Viva Cuba libre! —retumbó por todo el claro, como en una caverna.

El hacendado colgó el puño del bastón en el antebrazo de Tobías.

—No mezcle las cosas —dijo asomándose a la boca del pozo—, compadre Atanasio —y se lanzó.

Tobías apartó la vista y el hachón.

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