Actualizado el 18 de agosto de 2014

Izokumi*

Por: . 15|8|2014

Víctima del holocausto de Hiroshima y Nagasaki es consolada por su madre

A las víctimas de Hiroshima y Nagasaki.

 A los que sobrevivieron, los hibakushas.

 Comenzó con un destello. Una luz muy blanca que de pronto llenó cada rincón del pequeño cuarto de hospital y traspasó los parpados cerrados de la niña. Las pesadillas que la habían acosado desde la noche anterior se desvanecieron y despertó. Sin embargo no pudo abrir los ojos con tanta luz a su alrededor. Había murmullos en el cuarto y la niña supo que allí estaba su familia velando por ella, aunque no pudiera verlos.

La voz de su padre era como el golpeteo constante de un pistón, una máquina de muchas revoluciones por segundo. La madre, casi en un susurro, le mandaba a hablar más bajo y él obedecía, pero luego el tono iba subiendo hasta que ella lo volvía a reprender una y otra vez. “Despertarás a Izokumi”, le advertía a cada rato. Nunca se enojaba con él porque siempre fue igual. Antes de la guerra. Antes de llegar a Nagasaki con la familia a cuestas, buscando un trabajo en la fábrica. El abuelo Shintaro cuando quería molestar a su yerno decía: “A Ichiro le fue tan bien en la fábrica porque él es una máquina”, y se ponía a caminar con movimientos rígidos y veloces, imitando la forma de hablar de Ichiro. Entonces el pequeño Takeshi se reía hasta caer de espaldas y también Izokumi. Ichiro se ponía muy serio y lo llamaba Loco Shin y después ambos rodaban por el suelo halándose los cabellos hasta que la madre de Izokumi llegaba repartiendo escobazos al marido, al viejo, a los niños, a todos por igual.

—Mineko, —habló de pronto el abuelo con su voz cascada y grave— parece que tu hija despertó.

Algunas sombras aparecían difusas por el cuarto. Los contornos se iban delineando. Vio el rostro de su madre muy cerca del suyo y una mano que subió hasta posarse en su frente.

—Ya no tiene fiebre. —dijo la madre.

— ¿Está despierta?—preguntó el padre.

—Sí. —respondió Mineko y se volvió hacia Izokumi— ¿Te sientes mejor?

La niña asintió y se estiró bajo las sábanas.

A un lado de la cama estaba el pequeño Takeshi mirándola fijo. Tenía las manos a la espalda y la mirada traviesa.

— ¿Qué escondes ahí?—preguntó Izokumi.

Takeshi dejó escapar una risita. Aún no hablaba mucho.

—Vamos. —insistió Izokumi. —Enséñamelo.

El niño alargó sus manitas y dijo:

—Sembatsuru.

En el nido formado por sus manos, una cigüeña de papel extendía las alas.

“Aprende rápido”, pensó Izokumi. “Ya no solo sabe decir sembatsuru, también puede hacer uno”. Cierto que las formas eran toscas, el cuello demasiado largo, el pico demasiado corto, las alas disparejas… Pero a Izokumi le pareció hermoso.

—Es muy lindo, gracias. —dijo mientras lo tomaba con la punta de los dedos. Luego miró a su padre y a los bultos y maletas que estaban a su lado, en un rincón de la estancia. — ¿Qué hora es?—le preguntó.

Ichiro miró su muñeca pero no traía reloj. Izokumi recordó entonces que su padre lo había vendido, junto con tantas otras cosas, para tener una reserva en aquel viaje. Un reloj no les pareció tan importante, las bombas caían sobre Nagasaki a cualquier hora del día y por eso debían salir de allí. Ir a las montañas con el tío Daisuke, ese era el plan hasta que Izokumi enfermó.

—Poco más de las once. —respondió Ichiro luego de consultar con alguien en el pasillo y volver a cerrar la puerta.

—Ya estoy bien. —dijo Izokumi.—¿Podemos irnos?

—Es mejor esperar a que te mejores por completo. —dijo la madre.

—No quiero seguir siendo un peso muerto.

— ¡No digas eso!—le gritó la madre con el rostro congestionado. Izokumi se sintió avergonzada y quiso responder algo pero Mineko volvió a hablar: —Nunca vuelvas a decir algo como eso.

—Disculpa, mamá. —dijo Izokumi y los ojos se le humedecieron—. Pensé que no iba a despertar.

— ¡Tonterías!—dijo el abuelo— Tú eres una sobreviviente, siempre lo he dicho.

Los padres de Izokumi hicieron un gesto afirmativo que tenía algo de solemnidad. Takeshi los miró y también movió su cabecita. “Esa tonta historia otra vez”, pensó Izokumi y temió que le fuesen a contar sobre lo que pasó el día de su nacimiento. De nuevo aquella historia de cómo la pequeña Izokumi nació sin vida en una salita de hospital no muy diferente de aquel cuarto. Mineko siempre lloraba al evocar el recuerdo de la enfermera llevándose el cuerpecito inmóvil y ella gritando hasta caer desmayada y entonces, al despertar, Mineko encontraba el bebé entre sus brazos, un bebé que respiraba y dormía plácidamente. Nadie, juraba Mineko, recordaba haber sido testigo de la resurrección, ni haberle devuelto el bebé mientras ella dormía. “Ya estoy grande para estos cuentos”, se decía Izokumi. No creía una sola palabra de aquella leyenda familiar, pero escuchaba las historias con respetuosa resignación.

Pero nadie contó la historia de Izokumi. Ni esa ni las demás. El rugido de unos motores se acercaba por encima de la ciudad. En los pasillos se oyeron carreras y algún que otro grito. El sonido se fue apagando lentamente y todo el hospital quedó en calma.

—No creo que vuelvan a bombardear cerca del hospital. —dijo el abuelo.

— ¿Cómo puedes saberlo?—rezongó Ichiro— Cada día estás más loco. Tenemos que irnos. Mineko, ayúdala a vestirse. Vamos.

—Pero Izokumi…

—Nada, mujer. Ella dice que está bien… ¿Cierto, hija?… Ya ves, está bien.

Ichiro no paraba de hablar al mismo tiempo que revisaba en los equipajes los bultos de ropa y los pocos objetos imprescindibles. Lo demás se había quedado en la casa. El primer impulso de Izokumi fue preguntar por sus muñecas. Luego pensó que estaba siendo infantil. Su madre le decía que pronto se convertiría en una mujer y ella también lo pensaba. Se acabarían los tiempos de jugar con las muñecas o subirse a los árboles o perseguir a pedradas a los niños que le gritaban Loco Shin a su abuelo.

—Hay demasiada calma y la gente anda por ahí como si nada. —dijo Shintaro— Esta calma no es buena.

—Ahora estás preocupado. No hay quien te entienda. —gruñó Ichiro.

Izokumi sintió hambre pero no dijo nada. Le pareció que aquello de estarse quejando todo el tiempo y pidiendo comida también era una forma de ser infantil. Con disimulo se llevó una mano a la barriga. Sonaba raro allí dentro. Mineko la miró con el rostro serio, que luego se fue transformando en una sonrisa. Salió del cuarto y regresó con un vaso en las manos.

—Toma, un poco de agua con azúcar. —le dijo—. Cuando lleguemos a la casa del tío Daisuke, seguro tendrá dulces.

Izokumi apuró el vaso y terminó de vestirse.

Después, todos salieron a la calle. Izokumi se sentía feliz, aunque no era un día particularmente hermoso. Tampoco podía decirse que las cosas hubieran cambiado desde su entrada al hospital. Las huellas de los bombardeos recientes seguían allí. La gente se movía con prisa, mirando unas veces al suelo y otras mirando hacia arriba con algo de inquietud, pero continuaban su camino.

—Puede que tengan razón. —decía Shintaro, que llevaba a Takeshi sobre su espalda—. A lo mejor ya no hay de qué preocuparse. Yo creo que la guerra terminará pronto.

Ichiro soltó un resoplido  y se secó las gotas de sudor que perlaban su frente. El calor era intenso y el aire no circulaba por las calles estrechas, flanqueadas por tantos edificios de madera que se amontonaban unos sobre otros. Se detuvo, volvió a acomodarse la improvisada mochila y le dijo:

—Viejo, tú no eres político y hace tiempo que dejaste de ser soldado. Ahora solo eres el Loco Shin. Vamos. Camina más y habla menos.

Y echó a andar. Izokumi observó al abuelo, que permaneció silencioso por un buen tramo del camino y luego comenzó a contarle a Takeshi una de sus historias sobre samuráis. Mineko le decía algo a su esposo en voz muy baja y el otro asentía como apenado. Izokumi se alejó de ellos y caminó junto a su abuelo para escucharlo mejor, pensando que las historias de samuráis no eran infantiles porque a todos les gustaba oírlas. Takeshi dormía con la cabeza apoyada en el hombro del anciano y aún despierto era muy pequeño para comprender tantas palabras juntas, pero el abuelo seguía hablando sin parar.

Decía Shintaro que su abuelo había sido un samurái, de los rebeldes de Satsuma, pero la gente no le creía muchas cosas al Loco Shin. Izokumi sí había visto la fotografía antigua y borrosa de aquel hombre muy serio, imponente con su armadura puesta y la mano sobre la katana, que parecía mirarla fijo.

—Se llamaba Gonsuke Azukawa y era tu tatarabuelo. ¿Y sabes que se decía de él? ¿Eh, Takeshi? Pues que era inmortal.

Takeshi seguía profundamente dormido.

— ¿Inmortal?—dijo Izokumi tratando de seguirle la corriente a su abuelo.

—Así es, inmortal. Lo vieron caer muerto en muchos combates y hasta más de uno afirmaba haber visto su cadáver  pisoteado bajo los cascos de los caballos.

— ¿Y entonces?—preguntó Izokumi, aunque conocía de memoria la leyenda.

—Entonces aquellos que lo habían visto caer, de pronto volvían a verlo en otro lado del campo de batalla, unas veces a caballo, otras a pie, siempre empuñando la katana y aquella expresión en su cara… Yo lo recuerdo de viejo, y nunca se reía.

A Izokumi la asaltó una duda.

—No entiendo, abuelo. Si dices que era inmortal, ¿por qué no está ahora con nosotros?

Izokumi no logró escuchar la respuesta. En aquel momento sintió que el aire se llenaba de gritos y lamentos. Cerró los ojos tan solo por un segundo y al abrirlos el abuelo ya no estaba a su lado. Tampoco su hermano ni sus padres. Las casitas de madera habían sido arrancadas de a ras del suelo y a lo lejos, tan lejos como la vista alcanzaba, solo se veían ruinas y el aire trasportaba todo el polvo y las cenizas. Una mujer pasó por su lado y la miró con extrañeza, luego siguió su camino. Izokumi vio las terribles quemaduras en la espalda de la mujer y su andar inseguro. A solo unos pasos de ella, un hombre aplastado bajo una pared pedía ayuda. Los gritos llegaban desde todas partes.

—Veo que no me prestas atención. —dijo el abuelo.

Izokumi contuvo las ganas de gritar y miró a su alrededor. Su familia caminaba junto a ella. Las casitas de madera, intactas, iban quedando atrás mientras ellos tomaban el viejo camino hacia las montañas.

—Lo siento, abuelo, creo que estaba soñando despierta. ¿Me puedes repetir…?

—Te decía que mi abuelo no era realmente inmortal, solo un sobreviviente. Igual que tú.

Izokumi no dijo nada. Para su sorpresa, Shintaro también dejó de hablar. Los padres hacía rato que caminaban en silencio y Takeshi estaba despierto, pero no hacía otra cosa que mirar las copas de los árboles y los pájaros que pasaban. El frescor bajo la sombra de los cerezos  y el canto de las aves inspiraban calma.

Recordó cuando aún vivían en el campo. Había un viejo cerezo a la orilla del río y en primavera la corriente del río era muy fuerte. A los niños del lugar les gustaba subirse a aquel árbol pero su madre le prohibió terminantemente aquel tipo de juegos. Un día los niños llegaron corriendo a contarle a Mineko que su hija se había caído del viejo cerezo y las aguas furiosas se la habían llevado. La buscaron siguiendo el curso del río hasta que se hizo de noche, sin resultado. Al regresar a casa, allí estaba Izokumi. Ella solo recordaba haber estado buscando caracoles a poca distancia de allí, río arriba. Nadie le creyó y ella nunca pudo entender por qué sus amigos mentían, ni por qué aquel pescador afirmó haber visto su cuerpo flotando en la corriente. “Supongo que hay personas a las que les gusta mentir”, pensó. Por eso decidió nunca contar lo que había visto en el río. No les dijo que, mientras recogía caracoles, alzó los ojos y vio en la otra orilla un anciano que vestía un hakama blanco y llevaba sus dos espadas al cinto. Un hombre de rostro inexpresivo y cabellos blancos que la miraba fijamente. Lo extraño era que en aquella época el abuelo Shintaro aún no le había mostrado la fotografía del samurái, pero Izokumi estaba convencida de que se trataba del mismo hombre, solo que más viejo.

—No deberías estar aquí. —le dijo uno de los hombres a su izquierda. Izokumi los miró desconcertada. Una vez más, todo era ruinas, polvo y cenizas.

— ¿Qué pasó?—fue lo único que atinó a decir.

—Una bomba. —dijo otro. Eran tres y juntos trataban de levantar el tabique para liberar a aquel hombre que ya había perdido las fuerzas, incluso para gritar.

—No, era algo peor que una bomba. —dijo el tercero. Izokumi vio con repulsión su cara chamuscada a medias. —Pero tú…—continuó—Tú no tienes una sola marca. Es raro.

—Tienes que salir de aquí. —repetía el primer hombre.

Izokumi cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir. Vio las copas de los árboles y también el camino que serpenteaba frente a ella. A poca distancia, sentado sobre una roca y apoyando la espalda en el tronco de un árbol, estaba el viejo samurái vestido de blanco. Tuvo la sensación de que todo aquello se iba haciendo menos real. Se secó el sudor frío que le bañaba el rostro y miró hacia atrás. Nadie. Estaba sola con aquel hombre, pero no sintió miedo de él. Temía por su familia.

Se acercó al samurái. Parecía dormido.

—Hola, Izokumi. —dijo él sin molestarse en abrir los ojos.

—Mi familia. ¿Adónde se fueron?— preguntó Izokumi angustiada.

El samurái no respondió. Tenía una expresión meditabunda.

—El camino está a punto de colapsar, Izokumi. —dijo el samurái.

Izokumi no entendió. Aquel hombre le recordaba mucho al abuelo Shintaro.

—No. Yo no estoy loco, Izokumi. —el samurái había respondido a sus pensamientos.

—Disculpe, señor.

—Puedes decirme Gonsuke. —dijo él.

Gonsuke-sama. ¿Qué está pasando?

El viento había dejado de soplar y las hojas de los cerezos no se movían. El canto de los pájaros fue amainando hasta hacerse un silencio total. El paisaje ya no inspiraba calma, solo conseguía agobiarla. Izokumi seguía esperando una respuesta.

—Imagina que viajas por un camino a través del bosque. —comenzó a decir Gonsuke.

“Más acertijos”, pensó Izokumi.

—Ya lo entenderás. —dijo el samurái pacientemente y continuó —: De pronto, llegas a un precipicio. Debería haber un puente, pero el puente se ha roto. ¿Qué harías?

Izokumi lo escuchaba en silencio. Asustaba tanta quietud en el paisaje. Con las manos sobre los ojos miraba a lo lejos, a un extremo u otro del camino. Ni rastro de los suyos.

—Lo más lógico sería desviarse del camino, —prosiguió Gonsuke— buscar una bifurcación y cruzar el precipicio en algún punto donde no ofrezca peligro. Pero eventualmente tendrás que regresar al camino original. —y la miró a los ojos por primera vez en toda la conversación— La vida es también como un camino, solo que muy pocas personas encuentran las bifurcaciones.

—Personas como nosotros —murmuró Izokumi, que iba encontrando lentamente el sentido en las palabras del samurái.

Gonsuke asintió.

—Algo terrible ha ocurrido en el camino original y es lo que está haciendo tu regreso tan difícil —dijo luego de unos segundos—. Las transiciones son violentas, impredecibles. Por eso te voy a dar un consejo: corre hacia las montañas antes de que sea tarde. Tienes que alejarte del valle.

La advertencia de aquel otro hombre, en las ruinas, volvió a golpear la mente de Izokumi. Recordó con horror toda aquella destrucción que había presenciado.

—No quiero regresar. —dijo— Voy a quedarme aquí y buscar a mi familia.

—Imposible. Cuando una bifurcación colapsa no queda más opción que regresar. Si eres joven y fuerte regresarás con vida. Si no, entonces terminas como yo.

—¿Los encontraré allá? —preguntó Izokumi pero en ese momento el anciano samurái se desvaneció y una débil brisa arrastró sus últimas palabras: Corre, Izokumi.

Montaña arriba, sin cuidarse de los arbustos y zarzas, sin mirar atrás, Izokumi corrió hasta perder la noción del tiempo. El valle oscurecía y el viento le traía un extraño olor, el olor de la muerte. Más y más alto. El aliento le faltaba. Perdió el apoyo en una de las rocas y se sintió caer, pero alguien la sujetó por el brazo y la levantó con cuidado. Alzó los ojos y vio al tío Daisuke, que palideció al reconocer a su sobrina.

Con la ayuda de su tío, Izokumi llegó hasta la cabaña. Nunca imaginó que la encontraría tan llena. Todos eran gente de Nagasaki, algunos conocidos. Daisuke buscó un lugar para ella y también algo de comida.

—Se parece a la hija de Ichiro Tanaka. —dijo uno de los heridos a Daisuke.

—Es ella misma, mi sobrina. —respondió él.

—No puede ser. Yoshida mismo me dijo que vio los cuerpos bajo los escombros.

Daisuke se volvió a su interlocutor con cierta hosquedad:

—Pues parece que no los vio a todos. Y habla más bajo, que puede oírnos.

— ¿Aún no lo sabe?

—No estoy seguro… Será mejor que te recuestes y duermas un poco.

Izokumi los había escuchado, pero no dijo nada. Cuando terminó de comer registró sus bolsillos y notó algo. Con cuidado fue sacando una diminuta avecilla de papel y la puso en la palma de su mano. Los demás no paraban de hablar, parecían nerviosos y asustados. No notaron cuando Izokumi hundió la cabeza entre sus rodillas y empezó a llorar. Todos hablaban de la terrible explosión, el calor intenso, de los que murieron con la bomba. Para algunos fue el sonido de los motores e incluso vieron al avión acercarse. Para otros, comenzó con un destello. Una luz muy blanca.

 

*Texto ganador de la edición de 2014 del Concurso Mabuya de cuento fantástico.

Categoría: Narrativa | Tags: | | |

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