Actualizado el 3 de diciembre de 2014

Sífone

Por: . 20|11|2014

A Nogueras, por su “Eternorretornógrafo”.

A mi Sífone, que tiene nombre y apellidos.

GV

 A menudo confundo el amor que aún le siento con la pena de pensarla condenada para la eternidad, usurpando obras a escritores del futuro y dictándoselas a los del presente.Todos los escritores conocen alguna vez en su vida a Sífone, pero el orgullo les impide que la nombren, quizá por eso prefieran dedicar sus obras a seres más corpóreos, queridos y tangibles; ninguno se aventura a pecar de categórico y narrarla de cabellos lisos, labios atrevidos, mujer al fin, porque a veces se les muestra como hombre, como niño, o como prefieran llamar al milagro de la epifanía. Eso sí, ni el más ignorante de todos —si existe alguno— le falta a sus caprichos de diosa copista. Cada escritor la descubre con el tiempo, pero sólo los más diestros en un arte que desconozco logran mantenerla a su lado.

Yo no entendía la importancia de tenerla cerca, hasta la noche del caos de mi vida, bajo el frío de noviembre, cuando decidí entrar por vez primera en un bar de misericordia. Entonces contaba solo con un par de billetes en el bolsillo y las ganas suficientes para quedarme sin futuro. Lo había perdido todo esa mañana: un matrimonio irresoluto, un empleo de doce horas que me carcomía las ideas y que a fin de mes me reservaba un espacio entre la fauna comunal; una inspiración de narrador sin causa, y un último cuento escrito en papel de servilleta. Por esos días deseaba construir un personaje de la casta de Aquiles, aderezado con la lucidez de la locura quijotesca, y empleado en un fin social determinante, como Gregorio Samsa. ¡Iluso! Meses después no habría de quedarme otra que la de aceptarme un idealista, a la salida de aquella editorial.

El bar no era sino un lugar común para todas mis desgracias. Me fui derecho a la barra —la vía más rápida de perderme en un ámbito colmado de gente de mi propia estirpe—. En media hora tomé a sorbos de tragante la mitad de una botella de ginebra, y descargué mis desvaríos en el fondo de un vaso de dos líneas. Por azaroso que parezca, los ebrios viven pendientes a un pasado sin remedio. Recordé los desastres de mi día y me sorprendí llorando más por el extravío del papel de servilleta, que por la mujer que compartió conmigo sus años mejores. Todavía hoy no entiendo mi relación de prioridades. Me enjugué los ojos, tomé en mis dedos el vaso repleto con el trago final para mi conciencia, repasé a los más descalabrados esparcidos en vómitos y griteríos, y brindé por ellos y por la mala fortuna; y en el instante que siguió a mi trago, la descubrí sentada al fondo del salón, a ella, a Sífone, con la mirada fija en mis pupilas, con su copa levantada devolviéndome el brindis y una sonrisa perturbadora…

En ese momento recordé la voz de un mal colega: “Si alguna vez puedes verle, haz lo posible para que no se marche nunca”. Pero yo no hice nada. Fue ella quien se acercó para sentarse a mi lado en la barra del bar. Entonces no tuve dudas, su nombre era Sífone, o al menos habría de serlo para mí. Esgrimió un cigarrillo provocativo al tacto de sus labios. La supe puta imaginada de cama en cama, de escritor en escritor. Si había algo de importante en aquella mujer lo ocultaba tras la vanidad de sentirse deseada.

 —¿Tienes dónde llevarme? —me preguntó con voz diáfana, sin levantar los ojos de su copa.

Mi primer instinto fue hurgarme los bolsillos. Sin un centavo no podría responderle. Ella me detuvo.

—No te preocupes, me da igual la calle. Todos los que conozco como tú me han llevado a sitios peores.

—Tengo un cuarto, pero creí que merecías algo mejor.

Sífone sonrió divertida. Debió creerme ingenuo. Bebió sin recatos, con un placer inusitado para ella.

—¿Crees que puedes hacerlo en la calle? —me preguntó.

—¿Hacer qué?

—Lo que estás deseando.

—¿Y tú? ¿Te alcanza el valor?

—Para ti no soy sino una puta…

Desinhibido por la ginebra no demoré en desafiarla.

—Eres menos que eso.

Y busqué su sexo por debajo del vestido. Ella bebió otra vez, calmada. Me tomó de la mano y salimos del bar. Dos calles más abajo, en un zaguán sin luz, me dominó en un amor agitado y sudoroso, descubiertos únicamente por el ladrido de los perros. Yo la tomé con rabia, me limpié las frustraciones en el aroma de sus senos, y ella tembló como una hoja mecida por mi furia, por las veces que me quejé en su vientre. En el jadeo excitante de su cabalgata, a las puertas del letargo, con el pelo negro rozándole las nalgas tremendas y desnudas, se me atragantó una pregunta.

—¿Cómo te llamas?

Ella apenas pudo responderme.

—Sífone… Sífone… Sífone…

Y la sentí desvanecerse entre mis manos en un orgasmo repleto de espasmos, estremecida por dentro y por fuera, estremecido yo, ebrio, solo, apestado de esperma y desnudo en el pórtico de alguien.

Esa fue la iniciación a un ritual que me llevaría de la mano los próximos meses. Sífone se aparecía cada noche cuando menos la esperaba, en cualquier rincón de mi cuarto. Llegaba sin ropas, sin palabras, para arrancarme los sudores de un amor que no sostuvo las patas de mi cama. Se volcaba completa, ígnea, en posiciones ecuestres para libarme el alma y desaparecer sin rastros después de un éxtasis furtivo. Yo comencé a hacerme adicto de su sexo.

Sífone siempre regresaba cada noche, traída muchas veces de otros tiempos. Jamás hablamos de libros, ni de nada importante. No le hice preguntas posesivas; si quería quedarse, se quedaba; si quería marcharse, no pedía permisos y yo no le reclamé su ausencia. Olvidé incluso los caprichos de mi personaje al estilo de Homero, medio dela Manchay con vocación de insecto, para dedicar las tardes a comprarle un lirio a mi dama nocturna. Comencé a esperarla con ansias. Le descargaba mis deseos sin justificaciones, sin remilgos, la amaba por más tiempo del que ella tenía. Para cuando pude convencerme, ya me había enamorado de Sífone.

Me inspiraba, colmaba mi arrebato literario. Una mañana me vertí sin decirle, en mi antigua tozudez de escribano, y en la noche antes de su llegada había acabado un poema de tres cuartillas solo para ella. Coloqué una copa de vino a cada lado de la cama, puse velas y cumplí con cuanto cliché exigía el encuentro. Sífone surgió llenando la habitación con su aroma. Parecía especialmente feliz, pero de súbito su rostro se turbó al descubrir en mis manos el poema.

—¿Qué es eso?

—Es para ti.

—No pregunté si es para mí. Sólo dime qué tiene escrito.

—Un poema, lo terminé hace poco, tal vez te guste…

—¿Escribiste?

Yo no supe qué responder. Parecía diferente.

—Sí.

Con las manos escondió el rostro. No pude comprender nada. Creí que quizá si leía el poema… No lo pensé más y lo hice.

Hace mucho que soy escritor y he leído incontables veces para todo tipo de personas. Pero debo confesar que aquella noche más que leer, desnudé mi alma para regalársela. Jamás volvería a mostrar mis sentimientos de esa forma. Casi puedo jurar que nos llevé lejos de mi cuarto, casi aseguro que viajé con Sífone a una dimensión sólo nuestra. Ella me escuchó tranquila, emocionada. Esperó a que terminara como quien espera al borde del martirio. Después se recostó a mi lado, sobre la cama, y lloró sin consuelo toda la noche. Yo no dormí enjugándole las lágrimas, hasta que el sol la volvió tenue y Sífone desapareció.

Esa tarde no vino. Quedé vigilante toda la madrugada pero no pude sentir ni lo más remoto de su aroma. Así se sucedieron los días en que perdí la cabeza y vagué por las calles en busca de mi Sífone. Frecuenté el bar de misericordia, me senté en la mesa donde la descubrí, me embriagué de ginebra y de mis lágrimas. Gasté lo mucho y lo poco en un montón de lirios, y me los comí para invocarla desde adentro, al modo de Florentino Ariza. Creo que hoy todavía puedo sentir el sabor de la desesperanza en mis labios. No quería reponerme, aún pretendo que no me repondré nunca. Lo peor era desconocer el motivo de su fuga, y las ganas desesperantes de escribir una obra perfecta. ¿Qué hicieron Maupassant, Faulkner y Joyce para lograrlo?

La mañana en que me sorprendió el amanecer dormido en el zaguán donde le hice el amor por vez primera, me fui al cuarto sin más disposición que la de morirme cuando llegara la fortuna. Entonces Sífone apareció sentada al borde de una mesa que tenía olvidada en un rincón. Quise besarla, tocarla, hacerle el amor con la fuerza de los días perdidos, sin embargo ella se mostró fría. No me miró a los ojos cuando me ordenó sentar. Puso delante de mí un juego de lápices y un montón de hojas.

—Escribe —dijo.

—Llevo días vagando tras de ti…

—Los tendrás peores si no haces lo que te digo.

Parecía resuelta. No quise molestarla más y obedecí. Cualquier cosa para tenerla a mi lado. Ella comenzó con una frase de lo que vendría a ser una historia demasiado larga.

—Espera —le dije—. ¿A dónde vamos con esto?

—A que escribas la obra de tu vida.

Pensé un instante.

—No. La obra de mi vida la escribiré yo solo.

—Me perturba tu inocencia. ¿Por qué crees que me conociste? Soy quien puede colocarte en el mapa literario de este mundo.

—Nada de eso me importa si no te tengo. ¿Me abandonas y ahora vienes con que quieres que escriba? ¿Qué te molestó de mi poema?

—Te importará mañana. Tu destino es escribir.

—Responde mi pregunta…

—Alguien me espera. No insistas o te dejaré solo.

—¡Responde o márchate para siempre! —le grité.

Hoy conozco el riesgo que corrí con mi actitud. Ella se tomó el tiempo del mundo. Sé que le dolían las palabras que no dijo.

—No me fui por el poema. Me fui porque lo escribiste —respondió.

—No entiendo.

—Eres un escritor. No debí haberme enamorado. Ese poema me recordó el motivo por el que estamos juntos…

—¿Cuál es?

—Debes escribir lo que voy a dictarte.

—¡Pero sería tu obra! —le dije.

—No. Es la obra de alguien que aún no ha nacido. Toma el lápiz y sorpréndete. Te prometo que después dejaré que preguntes lo que quieras.

No sé cuántas veces más me enamoré de Sífone en el tiempo que duró dictarme toda la obra. Pude comprenderla con cada palabra, con cada metáfora, hasta que en el punto final la conocía como si fuera yo mismo. Me tomó una semana antes que una editorial aceptara los manuscritos. Vendidos a buen precio pude liquidar los débitos de la renta y comer mejor. Sífone permaneció todo ese tiempo conmigo. Me reveló sus secretos y los de otros grandes escritores que conozco. Yo mismo, con el tiempo, quizás me convierta en uno de ellos.

—Te prometo que nunca voy a olvidarte —le dije la madrugada que presentí que habría de marcharse.

—Yo no existo. Ni siquiera tengo forma, o nombre.

—Te llamas Sífone.

Sonrió.

—Me llamo Sífone —dijo y desapareció en una brisa de lirios.

No la esperé nunca más. Sabía que no iba a regresar de nuevo. A menudo confundo el amor que aún le siento con la pena de pensarla condenada para la eternidad, usurpando obras a escritores del futuro y dictándoselas a los del presente. De tal suerte Homero cantó la Ilíada que habría de escribir Cervantes; El Quijote lo iba a imaginar Gustave Flaubert, que se agenció los derechos de Madame Bovary, cuando en verdad le pertenecían a Frank Kafka; si no hubiera nacido Alejo Carpentier, no habría La Metamorfosis; El Siglo de las Luces iba a ser la gran obra de Luis Rogelio Nogueras, y el “Eternorretornógrafo” la de un poeta de mi tiempo llamado Antonio de Jesús. Así, García Márquez escribió mis Cien Años de Soledad, y yo quedé aislado en este presente sin ideas.

Ese es el secreto de los escribanos, su nombre es Sífone, la dama que conocí una noche del frío de noviembre y que me dejó solo tiempo después. Aunque a veces me pregunto si se marchó del todo.

GV Andersen (Pinar del Río, 1983), abogado y escritor. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Cuentos suyos han sido publicados en las revistas “Cauce” y “La Gaveta”. Ha obtenido premios en los Encuentro de Talleres Literarios y concursos provinciales. Obtuvo el Premio David de Cuentos 2014 con el libro “Etzamián”. Sífone pertenece a esa colección de relatos. 

 

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