Actualizado el 20 de febrero de 2015

Un puñado de trigo *

Por: . 19|2|2015

I

Había en una aldea un campesino de baja casta llamado Shanker. Era un hombre sencillo y pobre, tan absorto en su propio trabajo que no intervenía en los asuntos de sus vecinos. No se guardaba nada; no conocía la astucia y el engaño. No pensaba que podían engañarlo y él nunca engañaba a nadie. Comía cuando podía. Cuando no podía, se contentaba con un poco de garbanzos. Si ni siquiera tenía garbanzos, bebía un poco de agua y se iba a la cama. Pero cuando llegaba un huésped a sus puertas, debía abandonar estos hábitos de renuncia. Especialmente cuando llegaba algún sadhu o algún mahatma, era inevitable que hiciera gala de algún acto mundano. Él podía dormir con el estómago vacío, pero no podía pedirle al sadhu que hiciese lo mismo, puesto que los sadhus eran devotos de Dios.

Una noche, llegó un mahatma a pasar la noche en su casa. Se veía impresionante con su vestidura amarilla, sus largos cabellos, un recipiente de cobre en las manos, sandalias y gafas. Su aspecto general era el de los mahatmas que practican la renunciación en las mansiones de los ricos, visitan los lugares sagrados en lujosos carruajes y consumen suculentos manjares con el fin de alcanzar singulares poderes del cuerpo y el espíritu. Shanker solo tenía en su casa harina de cebada. ¿Cómo ofrecerle esto a un mahatma? En tiempos antiguos tal vez se creyera a la cebada poseedora de grandes méritos, pero en la era moderna resultaba indigerible a las personas que poseen grandes y misteriosos poderes. A Shanker le preocupaba grandemente qué ofrecerle de alimento al mahatma. En ninguna de las casas de la aldea encontró harina. En la aldea solo vivían hombres. No había entre ellos ni un solo dios. ¿Cómo encontrar entonces, en la aldea, alimentos que solo prueban los dioses? Por fortuna, encontró un poco de trigo en la casa del sacerdote.

Le pidió prestado un seer  y cuarto de trigo e hizo que su mujer lo moliera. El mahatma comió bien y luego durmió bien. Por la mañana, le ofreció a Shanker la bendición y siguió su camino.

Era costumbre hacer al sacerdote dos ofrecimientos de grano al año. Shanker pensó que era innecesario devolver una cantidad tan pequeña de trigo como un seer y cuarto, por lo que lo sumaría a la ofrenda usual de cinco seers. Ambos lo sabrían y comprenderían. Cuando en el momento de la cosecha el sacerdote vino por su ofrenda, Shanker le ofreció la cantidad usual y otra más. Pensaba haber saldado la deuda, pero no habló de esto al sacerdote. El sacerdote tampoco se lo recordó a Shanker. ¿Cómo habría el pobre Shanker de pensar que su vida entera no bastaría para saldar la deuda?

Transcurrieron siete años. El sacerdote se convirtió poco a poco en prestamista. Shanker, de agricultor, pasó a peón.

Su hermano menor, Mangal, se separó de él. Mientras vivieron juntos fueron agricultores; cuando se separaron, devinieron peones. Shanker intentó calmar su amargura cuanto le fue posible, pero las circunstancias pudieron más que él. Cuando los fuegos del hogar ardieron por separado, Shanker lloró de tristeza. Los dos hermanos vivirían ahora en la hostilidad. Si uno lloraba, el otro reiría; si uno guardaba luto, el otro festejaría. Ese día se rompían los vínculos de la sangre, los vínculos del amor. Con enorme trabajo, había sembrado el árbol del buen nombre de la familia, con su sudor y su sangre lo había alimentado. Le dolía en el corazón encontrarlo desarraigado. Durante una semana entera no comió ni bebió. Todo el día trabajaba bajo el terrible sol del verano y por la noche yacía en cama con el alma consumida de soledad y dolor. Su cuerpo se extinguía de pena y arduo trabajo y se había reducido a un mero esqueleto. Enfermó y pasó meses sin moverse de la cama. ¿Cómo vivirían ahora? Solo le quedaban la mitad de los campos, unas cinco bighas,  y un solo buey. ¿Qué cultivar con esos recursos? Al fin la situación llegó a un extremo tal que el cultivo se convirtió en mera ficción para mantener la tradición familiar. En cuanto a su sustento, debía ganarlo con su trabajo.

Transcurrieron siete años. Una noche que Shanker regresaba a su casa después del trabajo, el sacerdote lo detuvo en el camino y le dijo:

—Shanker, ven mañana a saldar tu deuda. Me debes cinco maunds  y medio de trigo, pero no pareces recordarlo. ¿Acaso desconoces tu deuda?

Sorprendido, Shanker repuso:

—¿Cuándo te he pedido trigo para que ahora te deba cinco maunds y medio? Cometes un error. No le debo a nadie ni una onza de grano, ni siquiera un pice.

—Es esa actitud la que te hace morir de hambre —respondió el sacerdote.

Dicho esto, el sacerdote habló del seer y cuarto de trigo que le había prestado a Shanker siete años atrás. Shanker quedó anonadado. ¡Santo Dios! Con cuánta frecuencia le había ofrendado granos y, ¿qué le había dado a cambio el sacerdote? Siempre que había ido a calcular un momento auspicioso o a observar su horóscopo, había recibido una ofrenda a cambio. ¡Qué egoísmo! Había hecho anidar su seer y cuarto de trigo y ahora alzaba un monstruo que lo engulliría. De haberlo mencionado siquiera una vez, él le hubiera entregado el grano. ¿Habría guardado silencio precisamente para esto? Shanker dijo:

—Es cierto que nunca dije nada, pero con mucha frecuencia añadí uno o dos seers más en mis ofrendas anuales. Y ahora me pides que te entregue cinco y medio maunds. ¿De dónde voy a sacarlos?

El sacerdote:

—Las cuentas son una cosa y los regalos otra. Lo que me diste fueron regalos. Las ofrendas no saldan cuentas, aunque en lugar de cinco seers me hayas dado veinte. En mi libro aparecen cinco y medio maunds a tu nombre. Pídele a cualquiera que te lo calcule. Si me los devuelves, te borro; de no ser así, la cuenta seguirá creciendo.

Shanker:

—¿Por qué atormentas a un hombre pobre? No tengo para comer, ¿de dónde voy a sacar tanto trigo?

El sacerdote:

—De dónde lo saques no es cuenta mía. No rebajaré un grano de la cuenta. Si no me pagas en este mundo, lo harás en el otro.

Shanker tembló de miedo. De haber sido una persona educada, hubiera dicho: «Muy bien, te pagaré en el otro mundo. La cuenta no será allí peor que aquí. Al menos no tenemos pruebas de que lo sea. ¿Por qué preocuparnos, pues?». Pero Shanker no era tan lógico ni práctico. Una deuda… ¡y además, con un brahmán! Si no la saldaba, iría derecho al infierno. Temblaba de solo pensar en ello y exclamó:

—Maharaj, te pagaré en este mundo lo que te debo. ¿Por qué esperar a pagártelo en el otro mundo? Aquí sufro tormentos. ¿Por qué estropear también mi otro mundo? Pero en esto no hay justicia. Has hecho una montaña de un hormiguero. No debías hacerlo: ¡eres un brahmán! Debías habérmelo pedido antes. Así no habría sido para mí una carga tan pesada. Te pagaré, pero tendrás que responder a Dios por esto.

—No lo temo: así sea. Allí estaré rodeado de primos y amigos. Los sabios y santos son todos brahmanes. Ellos cuidarán mis intereses si algo ocurre. Bueno, ¿cuándo saldarás tu deuda?

Shanker:

—No tengo nada conmigo. Tendré que mendigar o que pedírselo a alguien. Solo así podré pagarte.

El sacerdote:

—No lo aceptaré. Ya han transcurrido siete años. No te daré un día más. Si no me puedes reponer el trigo, debes firmar una escritura en que aceptas la deuda.

Shanker:

—Tengo que pagarte. Poco importa que sea trigo o una escritura. Escribamos. ¿Qué tasa impones?

Sacerdote:

—En el mercado la tasa es de cinco seers. Puedo imponerte una tasa de cinco y cuarto.

Shanker:

—Si te pago, que sea a tasa de mercado. ¿Por qué sentirme culpable por un cuarto de seer?

Se calculó la deuda y alcanzó sesenta rupias. Se firmó una escritura por sesenta rupias con un tres por ciento de interés. Si en un año no saldaba la deuda, la tasa de interés aumentaría a tres y medio por ciento. Shanker debió pagar ocho annas  por el sello y una rupia por la firma.

Toda la aldea maldijo al sacerdote, pero no en su cara. Todos tratan de llevarse bien con el prestamista. ¿Quién va a ser el valiente de desafiarlo?

II

Portada del libro: La obra de Prem Chand es más actual que nunca en la India de hoy, donde se dirime el combate contra las antiguas estructuras y las secuelas del colonialismo: la casta, la deuda secular y hereditaria del campesino, la discriminación de la mujer, la superstición como instrumento de explotación, el latifundio y el minifundio, la asimilación cultural...; en fin, su obra nos es imprescindible para comprender la dualidad de la vaca sagrada y la computadora.Un puñado de trigo: Con este libro Prem Chand, en suma, nos introduce en ese mundo que se nos antoja exótico de su India eterna, revelándonos sus más íntimas pasiones: el amor y el odio, la generosidad y la mezquindad, la piedad y la crueldad, el patriotismo y la indiferencia culpable.Shanker trabajó duramente un año entero. Había jurado pagar el dinero en la fecha de vencimiento. Incluso antes de que todo aquello ocurriera, no cocinaban nada por la mañana; solo comían un poco de garbanzos. Ahora renunciaron también a ellos. De la comida nocturna guardaban algo de pan para el hijo. Shanker fumaba un pice de tabaco; este había sido el único lujo que no había abandonado. Ahora, ante la terrible situación que encaraba, sacrificó también esta afición. Arrojó su chilum,  rompió su narguilé  e hizo astillas el recipiente donde guardaba el tabaco. Ya su ropa había alcanzado tiempo atrás los límites extremos del sacrificio; ahora asumió las líneas más ralas posibles. Encaraba los severos rigores del invierno con ayuda del fuego. Los frutos de esta tétrica decisión excedieron todas las esperanzas. Al terminar el año había reunido sesenta rupias. Pensó darle el dinero al panditji y decirle: «Maharaj, pronto te daré el resto del dinero». Solo le faltaban quince rupias. El sacerdote sería tolerante. Shanker tomó el dinero y lo colocó a los pies del panditji. Sorprendido, este le preguntó:

—¿Se lo pediste a alguien?

Shanker:

—No, señor. Este año, gracias a tus bendiciones, obtuve buenos salarios.

Sacerdote:

—¡Pero son solo sesenta rupias!

Shanker:

—Sí, Maharaj. Ten la amabilidad de aceptarlas ahora. Te pagaré el resto dentro de dos o tres meses. Por favor, libérame de la deuda.

Sacerdote:

—Solo te liberarás cuando me pagues el último pice. Por favor, tráeme otras quince rupias.

Shanker:

—Compadécete de mí, señor. Ni siquiera sé qué voy a comer esta noche. Vivo en la aldea: te pagaré el resto.

Sacerdote:

—No. No me gusta hablar mucho ni me agrada ese tipo de transacciones. Si no recibo la suma completa, tendrás que pagarme intereses a una tasa de tres y medio por ciento. Puedes llevarte el dinero o dejarlo aquí, como prefieras.

Shanker:

—Bien. Por favor, guarda lo que te he traído. Trataré de obtener el resto de algún modo.

Shanker recorrió toda la aldea, pero nadie le dio el dinero, no porque desconfiaran de él o porque no lo tuvieran, sino porque nadie se atrevía a intervenir entre el panditji y su víctima.

III

Es ley eterna que a la acción sigue una reacción. Cuando Shanker no pudo lograr su salvación tras un año de severo laborar, su disciplina se rindió ante la desesperanza. Comprendió que si era incapaz de recaudar más de sesenta rupias tras tantas privaciones, ¿cómo habría de reunir el doble de esa suma? Si sería aplastado bajo el peso de la deuda, ¿qué más le daba que fuera un maund o un maund y cuarto? Perdió el ánimo y comenzó a odiar el trabajo. La esperanza es la madre del placer; en la esperanza están la vida, la fuerza y la gloria. La esperanza es la fuerza motora de la vida. Shanker perdió la esperanza y se tornó indiferente. Las necesidades que se había estado negando todo un año aparecieron a sus puertas no ya como mendigos, sino como monstruos que asían su garganta y no lo liberaban sin recibir la ofrenda a que eran acreedores. Hay un límite más allá del cual es imposible remendar las ropas. Cuando Shanker recibía ahora su salario, ya no lo atesoraba, sino que compraba ropa y comida. Aunque antes fumaba solo tabaco, ahora se aficionó también a las drogas intoxicantes. Ya no le preocupaba reponer la deuda; actuaba como si no debiera ni un solo pice. Antes iba a trabajar incluso si tenía fiebre. Ahora buscaba excusas para no ir.

Así pasaron tres años. El sacerdote no le hizo un solo recordatorio en todo este tiempo. Como cazador astuto, deseaba asestar un golpe brutal. Iba contra su naturaleza sorprender a la víctima prematuramente.

Un día, el panditji llamó a Shanker y le mostró la cuenta. Tras deducir las sesenta rupias que ya le había depositado, Shanker debía aún pagar ciento veinte rupias.

Shanker:

—Solo puedo pagarte ese dinero en la otra vida. En esta me es imposible.

El sacerdote:

—Lo cobraré en esta vida. Si no el capital, al menos los intereses.

Shanker:

—Tengo un buey; llévatelo. Tengo una cabaña; quédate también con ella. ¿Qué otra cosa tengo que puedas llevarte?

El sacerdote:

—No necesito ni tu buey ni tu cabaña. Tienes otra cosa con la cual pagarme.

Shanker:

—¿Qué más poseo?

El sacerdote:

—Aunque no hubiera nada más, estás tú. Vas a trabajar a un lugar u otro; necesito alguien que trabaje mis campos. Trabaja para mí para pagar los intereses; puedes pagarme el capital cuando te sea posible. Lo cierto es que no podrás ir a trabajar ahora a ninguna parte a no ser que saldes tu deuda. No posees prosperidad alguna. ¿Cómo voy a arriesgar la pérdida de una suma tan elevada sin garantía? ¿Quién me garantiza que me pagarás intereses mensuales? Y si no puedes pagarme ni siquiera los intereses con lo que ganas en otras partes, ¿cómo vas a pagarme el capital?

Shanker:

—Trabajar para ti por los intereses, ¿y de qué viviré?

El sacerdote:

—Ahí están tu mujer y tus hijos. ¿Van a estar sentados en la casa como inválidos? En cuanto a mí, te daré de desayuno todos los días medio seer de cebada. Te daré una frazada al año para que te cubras. Puede que te dé también una chaqueta. ¿Qué más quieres? Es cierto que otros pagan seis annas diarias, pero eso no me interesa: debo darte trabajo para cobrar mi interés.

Shanker quedó sumergido en profunda ansiedad durante un momento; luego dijo:

—Maharaj, es la esclavitud para toda la vida.

El sacerdote:

—Llámalo como quieras, trabajo o esclavitud. No te liberaré hasta obtener el pago de mi deuda. Si escapas, atraparé a tu hijo. Si no queda nadie para pagarme, ya será otra cosa.

No era posible apelar en ningún lugar ante esa decisión. ¿Quién sirve de garante a un trabajador? No podía escapar a ninguna parte. ¿Quién le ofrecería refugio? ¡Y comenzó a trabajar para el sacerdote por un puñado de trigo! Si alguna idea podía reconfortar al infeliz era que los frutos de una existencia anterior se cobraban ahora. Su mujer tuvo que realizar trabajos que nunca antes había acometido. Sus hijos casi morían de hambre. Pero Shanker no podía hacer más que mirarlos con impotencia. Aquellos pocos granos de trigo pesaron sobre su espalda como la maldición de un dios.

IV

Shanker abandonó este mundo sin sentido, tras veinte años de servidumbre. Aún gravitaba sobre él una deuda de ciento veinte rupias. Al panditji no le agradaba la idea de molestar al pobre hombre en el otro mundo: no era tan cruel e injusto. Así que tomó por la garganta a su hijo menor. Todavía hoy este trabaja en casa del sacerdote. Solo Dios sabe cuándo alcanzará la salvación, si acaso la alcanza.

Lector, esta no es una historia imaginaria. Es la verdad viviente. En el mundo todavía hay sacerdotes como este y hombres como Shanker.

 

* Un puñado de trigo y otros cuentos, de Prem Chand, se presenta para los lectores cubanos en esta 24 Feria Internacional del libro de La Habana por cortesía de la Editorial Arte y Literatura  y su Colección HURACÁN, con una  Traducción de María Teresa Ortega y la edición y corrección de Mónica Gómez López.

En el prólogo que para esta edición escribió Gabriel Calaforra se puede leer:

 Con este libro Prem Chand, en suma, nos introduce en ese mundo que se nos antoja exótico de su India eterna, revelándonos sus más íntimas pasiones: el amor y el odio, la generosidad y la mezquindad, la piedad y la crueldad, el patriotismo y la indiferencia culpable.

(…)

La obra de Prem Chand es más actual que nunca en la India de hoy, donde se dirime el combate contra las antiguas estructuras y las secuelas del colonialismo: la casta, la deuda secular y hereditaria del campesino, la discriminación de la mujer, la superstición como instrumento de explotación, el latifundio y el minifundio, la asimilación cultural…; en fin, su obra nos es imprescindible para comprender la dualidad de la vaca sagrada y la computadora.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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