Actualizado el 21 de mayo de 2015

El cadillac negro

Por: . 15|5|2015

El suyo era lo que se dice “un maquinón”, un imponente cadillac negro mediante el cual su padre había intentado cortarle los impulsos revolucionarios. Pero Carlos era un tipo raro.

Daba la impresión de haberse dilatado. El presente era perpetuo y no quedaba espacio para nada más. La gente se comportaba eufórica y en plena calle recibías la sorpresa. Un beso. Un saludo.  Sentí turbación en medio de tanto entusiasmo y ese estado fue definitivo. El Jefe hablaba a la mar de gente reunida en la plaza cuando un golpe de entusiasmo me llevó a preguntarle a Carlos: ¿Qué tal si me llevas mañana? Estaba recostado al jeep en el que habíamos llegado desde Oriente y de inmediato tuve su sonrisa de buenazo.

¿Algún problema con que salgamos al amanecer?, pregunté. Había algunos problemas, claro. Marta no me lo iba a perdonar, así que recapacité, y pensándolo mejor, diciendo: Cierto lo que dices, mi hermano, opté por la cordura.

Me quedé unos días quieto al lado de la muchacha más hermosa que tenía el Vedado. Disfruté la victoria junto a ella. Pero como no había que ser científico para concluir que cuando fuera pasando la euforia se complicaría uno con una nueva encomienda, y porque alguien me avisó que tenían en cuenta mi nombre para cierta responsabilidad a la cual debería entregarme por completo, tuve que repetírselo.

Marta coincidía conmigo. Era un viaje fundamental. La verdad debía llegar a mis padres de una vez. Y porque iba a ser de ahora para ahorita le pedí esperarme en La Habana, algo que comprendió y hasta aceptaba con tal de que, como le juré habría de suceder, extremaría los cuidados en la carretera. Habían pasado pocos días desde el triunfo y andaba suelta mucha gente demasiado comprometida con el régimen derrocado como para pasearse ingenuamente.

Por supuesto que Carlos llegó al amanecer. Sonó el claxon cuatro veces y enseguida tocó a la puerta. Había subido hasta el apartamento solo para saludarla. Bebió una taza de café, hablamos de su familia y luego nos marchamos.

Desde el balcón Marta nos volvió a desear buena suerte, y me gritó que me quería, y hasta lanzaba un beso que dejé de ver porque estaba sentado a la derecha del timón, con un brazo sobre la ventanilla y mirando la calle a través del parabrisas.

El suyo era lo que se dice “un maquinón”, un imponente cadillac negro mediante el cual su padre había intentado cortarle los impulsos revolucionarios. Pero Carlos era un tipo raro. Ni con millones en el banco y la posibilidad de hacer lo que le diera la gana con su linaje aceptó quedarse. Se trataba de una buena persona, un tipo honrado que odiaba el abuso como forma de ascender. No se dejó seducir e hizo lo que quería en la vida. Manejando llegó a la Sierra Maestra. Y manejando uno de los jeep en aquella caravana de rebeldes habíamos vuelto a la capital.

Ahora al fin estrenaba el malogrado regalo. Hay que aprovechar lo que nos da la vida, me había dicho con cinismo. El cadillac era una capsula imponente y me dejaba pensativo. Escrutaba su intachable tapicería, sus cristales, los detalles de la pizarra y terminé dudando. A fin de cuentas había luchado para acabar con los tipos que se paseaban en automóviles de lujo. Pasearme en uno podría debilitar mi reputación. Pero, ¡qué bobadas! Ambos estábamos absueltos. Él era un inocente propietario. Yo, un pasajero de ocasión.

Con aquel capó inmenso tuve la impresión de que arrasaríamos con cuanto se apareciera en la vía. Y aún desde afuera algo parecido se debía imaginar. No pocos transeúntes se detenían para vernos. Los choferes examinaban de reojo los espejos, las llantas o los listones plateados con los que se remataban los bordes hasta las bulbosas aletas. Luego reparaban en nosotros, dos tipos todavía jóvenes. Me observaban a mí, porque aunque íbamos de uniforme los dos era el de la barba, y una barba dentro de semejante auto debía darme la apariencia de tipo importante. Yo no era importante. Solo un capitán. En ese punto tuve en cuentas la preocupación de Marta y le pregunté a Carlos cuánto podríamos demorar.

Si mantengo el ritmo llegamos en unas diez horas, me dijo aferrado al volante, un hermoso aro crema con el centro niquelado.

Había que dar mucha rueda hasta mi pueblo natal y el amanecer nos iba poniendo chinos. Los rayos caían de frente cegándonos a los dos. A ratos debía él contraerse, pues ninguno de los accesorios impedía aquel brote de luz matutina, incontrolable incluso para el parabrisas ahumado. Esos lapsus eran aprovechados por mí en planear los detalles. Escogía las palabras adecuadas para explicarle a mi padre por qué había ido a la guerra, hecho por el cual debió haber sufrido lo suficiente como para que ahora lo obligara a recordar. Pero tenía que recuperar ciertos momentos para estar en paz conmigo mismo. La guerra era el único modo de impedir lo que se avecinaba.

La primera hora de viaje trascurrió con normalidad. Los pueblos por los cuales íbamos pasando mostraban la quietud de la mañana. La ventaba abierta de una casa de madera, el hombre a caballo con su morral, un ómnibus para viajes interprovinciales con sus ventanas abiertas y mujeres escrupulosamente peinadas. Los campos iban iluminándose lentamente y tomaban el esplendor inusitado de la mañana. O quizá me sintiera demasiado inquieto y soñara ver un colorido inexistente en aquellos potreros donde crecían robustas las palmas reales, los mangos y las ceibas. En mi cabeza repercutían las palabras del Jefe alertando que lo que vendría después sería mucho más difícil que la guerra.

El viaje parecía trascurrir con normalidad hasta que estuvimos sobre las dos horas. Entonces tuve la impresión de que algo no andaba bien. Desde el otro extremo de la carretera vi surgir una fila prolongada de camiones que al acercarse hallé repletos de hombres uniformados. Eran soldados de todas las edades, armados y con el susto marcado en sus rostros. Cada vehículo remolcaba una pieza de artillería que no pude identificar, y porque aquello me pareció preocupante le pedí que parara.

Tomé la gorra y el cinto con el revolver que había puesto en el asiento trasero y salí a la cuneta cercada por la maleza. Atento a la caravana caminé unos pasos hasta situarme a unos dos metros de los faros delanteros y desde ese punto me puse a observar el tránsito. Enseguida salió Carlos y se detuvo junto a mí. Daba la impresión de no estar tan preocupado como yo, pero igual se mantuvo atento a lo que veía. Los camiones dejaban largos espacios entre sí.

Me adelanté un poco con las manos sobre el cinto cuando tuve a uno bien cerca.

¿Qué pasa?, grité a los choferes, pero solo conseguí que los hombres agrupados en la volqueta se pusieran a mirarme, y que seguido se fijaran en el cadillac sobre el cual caía una nube de polvo que no lograba disolverse.

Cuando tuve al siguiente camión encima tomé su mismo sentido. Traté de mantenerme a su lado en una especie de trote.

¿Qué pasa, compadre, algún problema de última hora?, grité a los de la cabina y alguien soltó unas palabras del otro lado del chofer.

El estrépito de los motores y el crujido de las piezas de artillería apenas permitieron que escuchara con claridad. Nada más que tuve certeza del final de la frase.

¿Invasión?, repitió Carlos cuando la caravana se había esfumado y la carretera se quedaba solitaria y menos polvorienta.

Pudiera ser que se enredaran las cosas a la última hora, dije con los dedos metidos en la barba.

¿Tú crees que mejor sea regresar?

Ni lo pienses, respondí: Ya que salimos, ahora llegamos. Lo dijo el Jefe. Lo que tienes que hacer es meterle la pata para ir más de prisa.

Y así ocurrió. Volvía a pisar el pedal de su cadillac y este le respondió con un zumbido amenazador para el asfalto. Devoraba kilómetros y kilómetros en un abrir y cerrar de ojos.

Como no podía quitarme de la cabeza lo de la caravana le propuse detenernos en el primer pueblo, de forma que pudiera establecer comunicación con el puesto de mando, no fuera que las cosas efectivamente se hubieran complicado. ¿Regresar? No iba a regresar, pero debíamos permanecer alertas a los incidentes que surgieran en el camino.

Al poco rato apeamos en un pueblito con abundancia de casas de madera. En un sitio arbolado acordamos dividirnos. Él iría en busca de un café y yo localizaría el teléfono. Ah, pero cuanta no fue mi turbación al juntamos enseguida y constatar que ninguno de los dos había tenido suerte. No hallé un solo teléfono y sí gente poco colaborativa. Los vecinos se quedaban mirándome los galones, la barba crecida y seguían su rumbo sin hablar. Algunos iban sudorosos pese al fresco de aquel enero, aferrados a sombreros y mochas.

Es la cosa más normal, dijo al escucharme: La gente anda como loca. No sabe qué hacer con tanta alegría.

Pensé que tenía razón, tal como andaban las cosas debía tomarme la vida con paciencia.

Unos kilómetros después aparecieron extensos sembrados de caña colmados de una muchedumbre. Hombres y mujeres contra la gramínea. Una máquina amarilla soltaba chorros, pero rápidamente quedó atrás y me fue inútil reparar en detalles. Luego se extinguieron los sembrados y en su lugar encontré ganados compuestos por ovejas y chivas y luego platanales y otra vez ovejas y otra vez chivas y al fin unas pocas vacas flacas que daban grima. Teníamos delante unos edificios cuya construcción no recordaba haber visto nunca, sin embargo debido a su estado parecían construidos desde hacía tanto tiempo que el deterioro en sus paredes lucía indetenible.

Lo que precipitó mi desconcierto fue descubrir que las edificaciones se mostraban más desiguales en el avance. Los  bohíos frecuentes de por allí alternaban ahora con chalets de ladrillo, cemento y placa que, pese a su aparente modernidad, lucía inacabados. Y que en lugar de la publicidad que uno solía hallarse a la entrada de los pueblos hubiera un tipo de propaganda a la que no estaba acostumbrado, por los vocablos, por las imágenes, por las representaciones, me dejó claro que algo respecto a lo cual era un ignorante estaba sucediendo.

En una pieza metálica de unos cinco o seis metros encontré dibujado el rostro de tres comandantes del ejército rebelde. Debajo podía leerse una frase que hasta el momento no se la había escuchado decir al Jefe. 

Mira eso, tú, me quejé, señalando la valla, a la cual como esperaba dio poca importancia Carlos. Prefería seguir atento a la carretera y apenas giró la cabeza. Aunque fuera una frase que de seguro produciría tremendo revuelo entre los compañeros nada más que musitó un simple y elemental: ¡Vaya! Admiraba su sangre fría desde la guerra.

Una propaganda así me parecía inaudita. No tanto por la frase en sí. Incluso dos de los retratos estaba bien… pero, el tercero… El del Jefe había sido dibujado de una forma que supuse insultante. ¿Cómo es posible que lo hayan podido imaginar de esa manera? ¿Qué pretenden?

¡Seguro es cosa de la contrarrevolución!, protesté iracundo poniendo una mano encima de la capota y el viento raspó mi piel como si quisiera desgastarla. Me vinieron a la cabeza todas las farsas que los burgueses eran capaces de inventar con tal de confundir a la gente humilde. ¿Qué ganaban poniéndolo como un  anciano si éramos todos jóvenes y vitales? Una amenaza.

Propuse detenernos para pedir explicaciones al responsable del Movimiento en la región, pero el tino de Carlos logró que recuperara la calma.

Nadie va a sabotear el triunfo, gruñó: Olvídate o de lo contrario demoraremos una eternidad.

Al final tenía razón. Nada podía lograr que el triunfo se disolviera ante nuestros ojos por una simple pintura mal hecha. El pueblo estaba de nuestro lado y gracias a él había sido real la victoria. Lo mío debía ser cosa de las emociones. Me esperaba un encuentro tenso y su cercanía terminaba trastocándome las ideas. Por eso aquella sensación al aproximarnos a algunos sitios. Me resultaban ajenos, nuevos y viejos a la vez

Mas, no solo fue cuestión de espacios. También lo relativo al comportamiento avivaba mi trastorno. Pasaron en bicicletas jóvenes semidesnudos; en carretones, mujeres oscuras por el sol y niños enclenques con una especie de uniforme rojo y blanco. Más tarde junto a la vía encontré muchachas con billetes que revolvieron al vernos pasar. Parecían atornillados a la cuneta pese a que el sol de nuestro pobre invierno se había calentado lo suficiente como para refugiarse en una buena sombra.

Me percaté de que además de ciertas actitudes relativas a las personas, incluso la circulación de vehículos se había tornado disparatada. Camiones, guaguas y pequeños autos empezaron a darse cruce. Sonaban el claxon y ya los teníamos delante, alejándose como zepelines a una velocidad asombrosa.

¿Has visto eso?, le pregunté a Carlos porque uno pequeño y aerodinámico nos dejaba solo en la ancha vía.

Claro que lo vi, dijo resignado a mis comentarios.

¿Y qué tipo de auto es?

Ninguno será como este, respondió seco.

Pero era moderno, no sé, raro…

Entonces me guiñó un ojo, sonrió y tuvo una frase definitiva.

Es la revolución, mi hermano. Tranquilízate.

A Carlos nunca le había escuchado una verdad tan simple. Cuanto estaba sucediendo era producido por la revolución, y quien vive un cambio social del cual se desprende tanta energía tiene que saber que el mundo se disloca sin que te des cuenta; la gente, los sitos y las cosas se transfiguran de una manera inverosímil. Yo mismo terminé siendo otro, tal cual había advertido Marta al verme regresar con esta barba. Quise mantenerla porque era un símbolo, una prueba de mi esfuerzo, una esperanza.

La hora empezaba a hacer estragos en mi estómago, pero faltaba aún para la parada prevista, así que pensando en nosotros, en el pueblo, en mi familia y en mí me quedé dormido.

Y cuando desperté sí que la revolución había dislocado mi cabeza al punto de que nadie mencionaba la palabra revolución para nada. Al menos eso fue lo que sucedió en aquel sitio donde paramos a almorzar, una vivienda convertida en restaurante. Y digo que nadie la mencionaba porque cuando fui a pagar por el almuerzo, un pollo frito y un plato de congrís y ensalada de tomate, viendo la exorbitante suma que nos exigía un tipo gordo y vestido de manera prosaica, dije: “Para eso hemos peleado, para acabar con esos precios a los que no tiene acceso la gente humilde”.

El tipo nos miró con prepotencia. Se detuvo en mis galones de capitán y aunque parecía admirado por el uniforme de campaña, el más nuevo que tenía entre mis dos uniformes, hizo una mueca ante la cual estuve a punto de ponerme de pie y darle un puñetazo o al menos decirle: “Te voy a enseñar cómo serán las cosas a partir de ahora”. Pero Carlos, otra vez precavido, me sujetó una rodilla, se encargó de consumar la cuenta y dijo: “Vámonos”.

Creo que por el incidente el almuerzo terminó cayéndome mal. A partir de ahí se me pegó una punzada en la sien que acabó por ponerme de mal humor. Lo único que quería era llegar a la casa de los viejos, hablar con mi padre y regresar, pero la carretera se dilataba y una vez más en torno a ella el mundo parecía empecinado en acabar con mi sensatez.

La propaganda que antes había entendido insultante no fue nada al lado de la que estaba a punto de ver. Surgió otra valla inmensa junto a la vía y en ella formábamos parte de una época que pasó. Quiero decir, la revolución seguía siendo, pero el Jefe había sido y el sueño de los barbudos tenía que ser. Y después en otro cartel aún más grande una persona desconocida vistiendo guayabera blanca nos llamaba a la nueva lucha. ¿Nueva lucha? De verdad que no entendía nada.

El brillo de los autos y las viviendas cobraron relevancia. Oscureció y vinieron momentos de tiniebla y otros de destellos milagrosos. Carlos activó un pequeño botón y el interior del cadillac se llenó de una luz fluorescente que nos volvía medio irreales. Al fin activó la radio y la noche tuvo su melodía, una música desconocida y estridente.

Cuando la irradiación de alguna luminaria diminuta en la lejanía se acercaba para acabar convertida en ciudad, por el parabrisas se alzaban imponentes edificios y residencias amplias y cristalinas que nos rodeaban como en espiral. Chocábamos contra nombres casi siempre desconocidos escritos sobre anuncios lumínicos donde mujeres y hombres tan jóvenes como nosotros sonreían casi desnudos. ¿Revolución? ¿Barbudos? ¿Alguno de los jefes? Ni una sola vaya nos mencionó en ese tramo. No existíamos. Los cuerpos tensos y brillantes ocupaban nuestro lugar.

¿Qué pueblo era? Santiago de Cuba, por lo menos, porque en Oriente no existía una ciudad tan ciudad como Santiago. ¿Dónde estaba el Ayuntamiento? ¿Hacía qué punto las montañas donde recién habíamos luchado? Saqué la cabeza por la ventanilla y el viento fresco de la noche me acarició el rostro. Respiré el aire suave y recordé lo que había sido mi vida, valoré el efecto de meses a la espera de una nueva campaña, atento al enemigo, al delator, al jefe inmediato.

Para tú tranquilidad parece que llegamos, avisó Carlos después, con un brazo fuera del auto, también dejándose llevar por el viento.

Mi pueblo no era aquel pueblito raso y mediocre, sino un telón estrellado lleno de edificios, hermosas residencias y calles anchas e iluminadas por los colores de los semáforos. Me costó trabajo ubicarme. De hecho solo me ubiqué cuando estuve frente a la iglesia junto al parque y al busto del apóstol. Hasta esos dos espacios, puntos de referencia para cualquier viajero, resultaban remotos para mí entre tantas luces, cristales y anuncios.

Parqueamos donde la primera señalización y salté a la vía para ubicarme. Sentí ambas piernas acalambradas y debí sostenerme del auto cuando mis botas pisaron un asfalto oscuro. Respiré el aroma ignoto de algún alimento.

Divisé a un grupo de personas sentadas bajo una sombrilla y fui directamente hasta ellas. Carlos esperaba junto al vehículo, dando pasitos y estirando sus músculos. También estaba  loco por llegar.

No fue necesario que estuviera junto a la mesa para llamar la atención de toda esa gente. Atrapé su curiosidad no más cruzar la calle. Era normal. Nos pasaba siempre. Desde la guerra aprendimos a vivir con el aura. Éramos la novedad y los héroes.

Los de la mesa  y quienes se encontraban después de los cristales siguieron mis pasos hasta que me detuve. La victoria me había trastocado la cabeza pero no había perdido el sentido del humor. Iba a decirles: “Disculpen, ¿pueden decirme si esto sigue siendo la tierra del Guaso? Iba a decirles, pero no llegué a abrir los labios, no porque sobre mis zapatos empezaron a llover las monedas, una, dos, muchas. Monedas y billetes y enseguida tuve un corro de gente con pequeños dispositivos que soltaban rayos y lograban cegarme. Y uno de ellos, con descaro, pasándome el brazo por sobre los hombros, juntó su cabeza a la mía, puso delante una placa como un espejo y por ella nos vimos los dos. Él sonreía. Yo estaba perplejo. Él lampiño, blanco, oloroso. Sería de mi edad, pero su piel era limpia y cuidada. Yo barbudo, con gorra, aún con el sol de la guerra marcado.

Otro tipo quiso hacer lo mismo, pero lo impedí con una gesto violento. Me di la vuelta y encontré que se formaba similar muchedumbre alrededor del cadillac. Disparaban rayos blancos sobre la carrocería, mientras los más viejos observaban admirados.

Entonces alguien puso una mano sobre mi hombro y cuando me volteé vi que era el cantante ese llamado Elvis Presley que a Marta traía desquiciada, y eso sí que me resultó asombroso. ¿Acaso había llegado por la Base Naval? ¿Qué hacía un cantante americano queriéndome abrazar?

Pero Elvis era guantanamero como yo, y me dijo con nuestro acento: “Te pásate.” “¿Cómo?”, pregunté. “Que te pasaste”, repitió: “Ninguno ha usado ese disfraz desde hace mucho tiempo. Mucho, mucho.”

Pensé que solo era una manera de decirlo. Nunca habría podido imaginar que fuese una frase literal. Solo después, y porque las señalaba a ellas, me percaté de la hilera de estatuas que hasta el momento habían pasado desapercibidas para mí. Las estatuas yacían sobre la amplia acera, dispuestas desde la pared de vidrio, a través de la cual se veía el interior de lo que parecía un café, hasta una luminaria naranja bastante alejada. Algunas de las estatuas comenzaron a moverse para acercarse hasta mí. Me percaté de que dos de ellas, ubicadas cerquita, escrutaban mi cuerpo con tanta atención como el resto de los curiosos.

Era fabuloso pensar que supuestos objetos inanimados cobraran vida ante uno.

“Debe ser por eso”, dijo Elvis señalando al sitio del cual había acabado de salir yo y volví a toparme con la muchedumbre entorno al Cadillac brillante, pese al polvo que había conseguido durante el trayecto. Acosado por los otros logré ver a Carlos. Quizá estuviera tan sorprendido como me sentía en ese instante, o quizá siguiera imperturbable como lo había estado antes. Se trataba de un brote de felicidad turbulenta para él, y eso era suficiente para desordenar las ideas hasta lo incomprensible.

Categoría: Narrativa | Tags: |

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