Actualizado el 7 de septiembre de 2015

Échale la culpa a betty boop

Por: . 2|9|2015

Reflejos 70 x 100cm colagrafia 2014“Luego sonó el teléfono

estaba hablando,

se hizo un silencio, un silencio, un silencio”.

Marcelo Morales Cintero

 

Estaba en casa, viendo la televisión, cuando el teléfono comenzó a sonar.

—¿Qué vas a hacer en la noche? —era ella.

—Nada.

—¿Quieres salir?

—No.

Ella permaneció en silencio, yo no tenía ganas de hablar.

—Bueno —le dije.

—Espérate, ¿tú no piensas venir hoy  por aquí?

—No.

—¿Qué estás haciendo?

—Viendo la televisión.

—Y bebiendo.

—También.

—Estoy harta de tus tomaderas. Yo no sé cuando vas a dejar eso.

—Nunca.

—Ya me lo ha dicho mamá, que no me conviene estar contigo.

Se me escapó un bostezo.

—Pero no, siempre insisto porque te quiero, y sé que tú también me quieres.

—¿Estás segura?

—¿De que te quiero? Por supuesto.

—No, ¿Que si estás segura de que yo te quiero?

—Eres un idiota.

—¿Sabes? Deberías hacerle caso a tu madre. Después de todo la bruja tiene razón.

—No te permito que hables así de mamá….

—Después te llamo —le dije y colgué.

Recogí del piso las latas vacías y fui por otra cerveza.

Cuando regresé ponían animados. Cambié de canal un par de veces pero no encontré nada que me interesara.

Una tanda de caricaturas le sucedió al Pájaro Loco. Me levanté por otra cerveza y volví al sofá. No podía dejar de ver aquellos animados en blanco y negro, esa muñeca imbécil que no paraba de mover su inmensa cabeza, diciendo y cantando tonterías.

Pensé que en algún momento tendría que ir a la tienda de la esquina por cerveza, cosa que no quería. Por más que me pareciera raro estaba disfrutando de aquellos animados que torturaron parte de mi niñez.

 

 

El teléfono comenzó a sonar. Después de unos minutos lo levanté; era ella, otra vez.

—¿Por qué no contestabas?

—Estaba ocupado.

—Respecto a lo de ahorita…

—Ven a vivir conmigo —solté de pronto.

—¿Qué bicho te picó?

—Luego, si quieres, podremos casarnos.

—¿Qué estabas haciendo realmente?

—Viendo la televisión.

—Y bebiendo.

—Sí, pero no le eches la culpa a la cerveza.

—¿Y de quién es?

—No te preocupes por eso. Empaca en la noche y mañana mismo te vienes.

—¿Seguro que quieres hacer esto?

—Nunca he estado más seguro en toda mi vida.

Colgué y seguí viendo la televisión.

La muñeca reía y me miraba; ya no me era tan imbécil.

Fui por otra cerveza para acabar nuevamente en el sofá; ya los animados habían terminado.

 

 

Levanté el teléfono y llamé a Edgar.

—¿Qué hay de bueno?

—Nada.

—¿Y eso tú llamando?

—Necesito que me consigas unos animados de Betty Boop.

—¿Es en serio?

—¿Te parece que bromeo?

—No, pero…

—¿Me ayudarás?

—¿Y eso para quién?

—Para mí.

—¿No me digas que tú estás en eso?

—¿Y qué si estoy?

—¿Estás borracho?

—No.

—¿Pero tomaste?

—Unas cervecitas.

—¿De cuantas estamos hablando? ¿Veinte? ¿Treinta?

—Dime si me vas a ayudar.

—¿Y eso a qué viene?

—Sólo dime.

—Está bien mi hermano, pero dame un tiempo, ¿sí?

—Luego te llamo.

—En serio viejo, no me dirás a qué se debe el interés.

—¿Prometes no reírte?

—Claro, compadre.

—Tuve una novia que se le parecía, y mucho.

—Deja de tomar; la cerveza te está haciendo daño.

—Por eso no quería decirte.

—¿Cómo se llamaba?

—Helen.

—¿Estaba buena?

—Era linda.

—¿No se han vuelto a ver?

—Se murió en un accidente automovilístico.

—¿La quisiste?

—Mucho.

—No sé qué decirte.

—No digas nada. Sólo quiero que me ayudes.

—No hay problema. En cuanto consiga algo te aviso.

 

 

En mi mano se calentaba la última cerveza.

Busqué en el cuarto la foto de Helen. Era linda la condenada, muy linda.

Me pareció que bailaba y decía cosas tontas, yo la miraba mover su cabeza con singular gracia. Volví a guardar la foto y bajé a la tienda de la esquina. Tenía que tomar otra cerveza.

 

 

La felicidad

 

A Sergito Cevedo

 

Se sentaron frente a la cañada.

—¡¿Es lindo?! —dijo ella.

—Sí, mira los peces —siguió él.

A sus espaldas, la ciudad: atrás el ruido, el smog…la civilización; lejos y cerca, muy cerca.

Ella le propuso fumar; él sacó una cajetilla llena de cabos.

—Toma —le extendió uno.

—No, fumo del tuyo.

Él sacó la caja de fósforos y encendió. Dieron chupaditas al cabo.

—¿Será esto la felicidad? —preguntó Tina. Tendría cerca de 40 años pero parecía tener más. Evelio era ya muy viejo.

Una lata vacía de refresco pasó flotando frente a ellos.

—Sí —se respondió ella misma—, tiene que ser.

El sol era muy fuerte, pero no les molestaba.

—¿Y Jesús? —preguntó él.

—¿Qué pasa con Jesús?

Evelio le miraba a la cara, pero Tina no levantó la cabeza.

—¡Mira! —gritó ella—. Eso es una foto.

Se levantó y recogió una fotografía muy carcomida.

—¡Qué muchacha más linda!

—A ver.

Ella extendió la foto.

—Coño, sí.

Evelio se quedó un rato mirando la foto y relamiéndose.

—¿Más linda que yo?

—¿Qué?

—¿Qué si ESA es más linda que yo?

—No chica —él se acercó y ella rechazó el beso—. No seas así, yo te quiero.

Ella buscó los labios de él y sus bocas se unieron en un beso brusco y torpe, muy torpe.

—A ver, dame acá —Tina le quitó la fotografía—. Pero, no viejo, es una muchacha muy linda. Parece una princesa.

Evelio volvió a besarla y mientras, le acariciaba el rostro.

—Yo siempre soñé con casarme vestida de novia —sus ojos brillaron—. Un día tuve un vestido.

—¿Sí?

—Sí, lo encontré por allá, dónde yo vivía. Pero mamá lo quemó. Dijo que era malo ponerse ropa de otros.

—¿Cómo era?

Tina describió la pureza de la tela, los encajes y las perlas; pero él no le creyó, de ninguna manera, cómo creerle, si nunca había visto uno.

—Te comparé uno.

—¿Con qué dinero?

—No sé, pero te lo compraré.

—¿Sabes? Deberíamos venir más.

Escucharon unas pisadas en la hierba.

—¡Qué bonito! —también la voz de Jesús, que les era inconfundible.

—¿Qué tú haces aquí? —preguntó Evelio, volviéndose.

—Lo que me dé la gana. ¿Ahora eres dueño de esto? Hola, Tina.

—Mira Jesús, es mejor que te vayas —le dijo Evelio.

—¿En serio? ¿Y si no quiero irme?

—Tendrás que irte aunque no quieras.

—¿Y tú preciosa?: ¿quieres que me vaya?

—(…)

—¿Qué? ¿Las rana-toros te comieron la lengua?

—¡No te hagas el gracioso! —retó Evelio—. Por tu bien, es mejor que te vayas.

—No me voy a ir ná. Oblígame.

Evelio se levantó y fue a su encuentro.

Tina los observaba.

Jesús dejó que Evelio le diera unos cuantos puñetazos sin hacer el más mínimo intento por defenderse; sólo reía, cosa que al otro le irritó más.

—¡Defiéndete! —le gritaba Evelio.

—Sería abusar.

Evelio sacó una navaja.

—Así que quieres jugar sucio.

Jesús le arrebató la cuchilla y comenzó a golpearlo.

Evelio cayó al suelo; Jesús lo pateaba. Después de unos minutos se aburrió y dejó que el otro se levantara.

—Ahora desaparece.

Evelio intentó correr, pero apenas podía caminar.

—¡Corre! ¡Corre, maricón!

—Eres un bruto —le dijo ella.

—Sí, chica, lo soy, si quieres vete, anda, vete detrás de él, ¡perra!

Jesús se sentó al lado de Tina.

—Vamos a fumar —propuso ella.

Él sacó una cajetilla nueva.

—¡Eh! ¿De dónde la sacaste?

—Sorpresa.

Ella hizo una mueca, Evelio de seguro le hubiera dicho.

—Dame uno —pidió ella.

—No, fuma del mío.

Jesús encendió un cigarro, dio chupaditas y se lo brindó a Tina.

—No, deja, no quiero.

Otra lata vacía pasaba frente a los ojos de ella.

—¡Qué bien se está aquí! ¿Verdad? —preguntó él.

—Siempre soñé con casarme vestida de novia.

—(…)

—Un día tuve un vestido…

—Ay vieja, no inventes.

—(…)

—Cualquiera diría que esto es la felicidad —dijo él mirando al cielo.

Tina no quería mirarle a la cara; todavía en sus manos la “muchacha-princesa” parecía guiñarle un ojo mientras reía.

—Maldita —masculló Tina—. ¿Te estás riendo?

—¿Ahora qué pasa, vieja?

—No pasa nada.

Tina rompió la foto.

—Vamos para allá atrás —le dijo Jesús.

Ella se levantó y lo acompaño hasta los arbustos.

Jesús se desabrochó el pantalón y a la luz quedó el pene: negro y demacrado.

—Dale, chupa.

Ella negó con la cabeza.

—¿Cómo que no?

—Jesús, yo no…

—¡Dale puta! —le dio un golpe en la cabeza—. ¡Ahora abre y chúpamela rico! ¿Oíste?

De mala gana se metió el pene en la boca. Un sabor a cebollas amargas le bajó por la garganta.

—Yo no sé cómo se te ocurre desobedecerme —gimió Jesús acariciándole el pelo a Tina—. A mí. ¡Qué sea la última vez!

La agarró por la cabeza, hundiendo su pene con brusquedad.

—Así chica —Jesús cerró los ojos mientras se mordía los labios—. Si esto no es la felicidad, pues que venga Dios y me lo diga.

Ella torcía los ojos y con la boca movía el prepucio.

Después de un rato levantó la vista buscando los ojos de él, entonces apretó los dientes con violencia para luego halar usando toda la fuerza e impotencia que tenía por dentro.

Jesús dio un salto para atrás, aguantándose la entrepierna.

—¡¿Qué coño hiciste, puta?!

—¿Yo? —se disculpó ella después de escupir en el suelo el trozo de carne cubierto de sangre—. No mi amor, yo no he hecho nada. Fueron las rana-toros.

Jesús se retorcía en el suelo. Se desmayó.

Tina se arregló el pelo mientras se alejaba en dirección a la cañada.

—Sí, mi amor. Claro que esto tiene que ser la felicidad.

Otra lata pasó flotando frente a sus ojos, y un par de guajacones nadaban como persiguiendo la lata vacía.

Algo la hizo volverse y regresar junto a Jesús.

Buscó en los bolsillos del pantalón la caja de cigarros y la fosforera, y fue a sentarse frente a la cañada.

Encendió un cigarro y lo chupó con desespero.

—Coño, qué ganas tenía de fumar.

 

 

 

 

 

 

 

Que no pare de llover

 

“La ilusión de la vida fue una vez bella (…) por favor, olvida el amor”.

Ingrid Jonker

 

El ruido de la lluvia en la ventana sorprendió a la mujer.

A su lado dormía el hombre.

—Jose.

El hombre intentaba no despertar.

—Jose.

—¿Qué pasa?

—Tengo frío.

—Tápate con la colcha.

 

 

El hombre trataba de quedarse dormido cuando ella volvió a llamarlo.

—¿Ahora qué pasa?

—¿Te acuerdas del viaje en julio a casa de papá?

—No quiero hablar; quiero dormir.

—Conocí a alguien.

—Te dije que no quiero hablar. Déjame dormir.

—Tuvimos algo.

—¿Tenemos que hablarlo ahora? Dime, ¿realmente tiene que ser ahora?

—Te juro que no lo busqué, simplemente sucedió.

—Ya me había imaginaba que te habías inventado lo de tu papá.

—Papá se me muere.

—Eres una puta.

—Presiento que no le queda mucho tiempo.

—¿Por qué esperaste hasta ahora para contármelo?

—Entre nosotros no había mentiras; nos lo decíamos todo.

—Hasta julio, cuando inventabas lo de tu papá para verte con ese hombre.

—¡Te dije que papá no está bien!

—Como tú digas, si dices que tu papá no está bien es porque no lo está. Ahora, por favor, déjame dormir.

 

 

—Me propuso irme con él.

—(…)

—Allá estaré cerca de papá.

—(…)

—Quedamos en vernos en la estación.

—(…)

—¡Jose!

—¡¿Qué vieja?!

—¿Cómo puedes ser tan frío?

—¿Qué quieres?, ¿qué llore?, ¿qué te ruegue? ¿Es eso, verdad? Estás esperando que te ruegue.

—No, pero…

—Además, si esperaste todo este tiempo para contármelo es porque lo tenías bien pensado; no quieras que me comporte patéticamente como si…

—¿Como si te importara, verdad? Te importa un carajo que me vaya o me quede.

 

 

—¿Es bueno en la cama?

—No voy a responder eso.

—¿Eso es un no?

—Piensa lo que te dé la gana.

—Quiero tratar de entender.

—Él me regala flores.

—¿Tú me estás jodiendo, verdad?, ¿flores?

—Sí, flores.

—Me mato trabajando para que lo tengas todo, y de contra te quejas porque quieres flores.

—El que me lo des todo no suple lo sola que me he sentido todos estos años.

—¿Y unas flores sí? No seas comemierda.

—No te rías.

—O sea, que básicamente te fuiste a la cama con un hombre por unas flores.

—Eso no es tan así.

—¿No? ¿y cómo es?

—Tú ya no me dices te quiero.

—¿Qué somos, un par de tontos? Te quiero, eso ya lo sabes.

—Yo a veces necesito que alguien me lo diga.

—Y te quiero, ya lo dije.

—Si me quisieras no te cansarías de decirlo. No me cansaría que me dijeran te quiero. Nunca.

—Entonces si en la mañana te vas…

—No sé si quiero irme.

—Si te vas, asegúrate de llevártelo todo. No quiero volver a verte.

—Te dije que no sé si quiero irme. Ya no estoy segura de nada.

 

 

—Parece que la lluvia apretó.

—Sí, tal parece que no va escampar.

—No seas exagerado, siempre que llueve, escampa.

—Pero no hoy. Hoy no escampará.

—Porque no quieres.

—¿Ya quisieras?

—No seas infantil. Admítelo.

—Está bien, como quieras. En realidad no quiero que escampe. ¿Contenta?

Ella se incorporó.

—Voy a preparar café. ¿Quieres?

—¿Café? Tú odias el café.

—No lo odio, simplemente no lo tomo.

—No, lo odias, hasta te niegas a preparármelo.

—No digas eso.

—¿No? ¿Y qué digo?

—¿Quieres o no?

—¿Por qué no? Ahora mismo me vendría muy bien un poco de café.

Ella se alejó en dirección a la cocina.

Él descolgó el teléfono, y marcó.

—Soy yo.

—Me tenías preocupada. Quedamos en que llamarías…

—En cuanto pudiera. Apenas amanece.

—No pude ni dormir esperando tu llamada.

—No seas exagerada.

—Sí, pero habías dicho que…

—No importa lo que dije.

—Tú como siempre. ¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Qué dijo ella?

—(…)

—¿Tú le hablaste de lo nuestro, verdad?

—No pude; surgió algo a última hora.

—Sí, pero tú dijiste que…

—Ya sé lo que dije, pero no pude.

—Me prometiste que lo harías; tú mismo me dijiste que ya no soportabas ni mirarle la cara.

—No te preocupes que yo lo resuelvo.

—¿Cuándo será eso?

—No sé, en cuanto se pueda.

—Está bien, tú sabrás. ¿A qué hora vienes?

—No voy a salir de casa hoy.

—¿Y eso ahora?

—¿No ves cómo está el tiempo?

—Ay muchacho, ¿qué?, ¿te vas a refriar?

—Te llamo luego.

—Ahora no me vayas a dejar esperando.

—No vieja.

—Un beso, mejor: muchos. Te quiero, amor.

—Yo también.

 

Ella regresó de la cocina con el café.

—Ño, qué rico te queda —dijo él al sorber el café—. Si llego a saberlo te obligo a preparármelo todas las mañanas.

Ella se sentó en la cama a su lado.

—¿Volverás a preparar café para mí?

—Claro, cuando quieras. Sólo tienes que pedirlo.

Ambos intercambiaron una sonrisa.

—Es verdad lo que dices —dijo ella.

—¿Qué?

—Qué no escampará; no hoy. Hoy no va a escampar.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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