Actualizado el 7 de julio de 2016

Evaluación de los daños

Por: . 5|10|2015

El ingeniero Beelz apenas se lo podía creer...

El ingeniero Beelz apenas se lo podía creer.

Pensó que el mensaje de alarma del Complejo Este era tan insignificante como un área sin fluido eléctrico, pero las ruinas calcinadas que observaba lo tenían estupefacto. No había una pared en pie, ni siquiera el armazón de vigas. Sobre su cabeza, el cielo estrellado estaba oculto por una turbulencia de nubes rojas; amenazaba con desatar una tormenta en cualquier momento. Bendijo su suerte por no encontrarse en el edificio en el momento de la catástrofe, sino en Andaro, la colonia más cercana, a trescientas cincuenta millas de allí. Sin perder un segundo, había contactado con una brigada de Evaluadores para que lo ayudasen a extinguir el fuego y descifrar el motivo de la destrucción. Por suerte, tenían aerodeslizadores en buenas condiciones y acudieron al instante.

Esperaba que al menos las cámaras subterráneas estuviesen intactas. No por gusto se había ideado un sistema de seguridad hermético para mantenerlas a salvo. En ese instante, los Evaluadores despejaban las puertas, mientras él recorría el cementerio de planchas de metal, fragmentos de ladrillos y equipos aplastados. No se había topado con ningún cuerpo y eso lo inquietaba. O el incendio había sido eficiente en su propagación para no dejar rastro de carnes, o todos estaban enterrados bajo los escombros. Era lo más probable. Beelz se detuvo para patear con debilidad un pedazo de plancha fina. O quizás, el Complejo fue evacuado. Si era así… ¿por qué no habían regresado a apagar el incendio, o se habían presentado en Andaro para reportarse?

—¡Daonai…! ¡Daonai ingeniero!

Beelz se volteó para detectar a un Evaluador alto y delgado, vestido con un desgastado mono azul platino. Llevaba una mascarilla vieja anti-tóxica. Su andar nervioso, como el de una tarántula que recién abandona su cueva y entra en territorio de otros depredadores, lo puso en alerta. Nadie se mostraba intranquilo si no existían malas noticias.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó—. ¿Encontraron a algún superviviente?

—No va a gustar, Daonai, ni a sus jefes ni a ti. Mejor es que venga acá, a donde lo bandada ha parado —dijo el Evaluador con la voz afectada por la mascarilla. Su respiración se escuchaba extraña, como si expulsase el aire por algún tubo de polietileno reforzado—. Hay mucha arena en esto… arena sucia…Vamó con lo bandada, allí la jefe lo dice…

Beelz tragó en seco y siguió al hombre. Cerca de donde debía estar una puerta escondida a las instalaciones subterráneas, estaban reunidos el resto de losEvaluadores. Se veían lo bastante temerosos para que se pusiese en alerta. El jefe de la bandada, de igual mono azul platino y con una máscara relativamente nueva, dejó de discutir con sus subordinados al ver a Beelz.

—Daonai, no esperan noticias buenas —inició con mejor lenguaje que el mostrado por su gente—. Lo explosión fue abajo, arriba fue reacción en cadena por sobrecarga.

—¿Cómo saben? —preguntó Beelz. Comenzaba a sudar a pesar de lo fresco de la noche—. Pudo producirse en un generador de la superficie y…

—Comprobamos, daonai —lo cortó el Evaluador. Señaló a un boquete despejado, donde no se veía ni siquiera una escalera que descendiese—. Mis tipos bajaron y vieron cosa fea. Cables que explotaron, peceras grandes rotas que tenían dioses-bestias adentro, niños con lo tripa afuera, sin existir, lo techo se echó abajo con lo fuego. La generadores de arriba están hecho pedazos por parede y techo, la de abajo… se derritieron, Daonai.

Beelz se secó el sudor de la frente, pálido a la luz de las lámparas fotovoltaicas. Todo había desaparecido. El Complejo Este, el más importante, el principal, ya no estaba. Beelz tuvo escalofríos y se preguntó qué tipo de sobrecarga ocurrió para que todo volase de esa forma en sólo minutos.Y más inquietante; ¿por qué las cámaras subterráneas, con su sistema hermético, fueron las primeras en ceder? Pero más le preocupaba que no existiesen sobrevivientes abajo. Peceras grandes rotas que tenían dioses-bestias adentro, niños con lo tripa afuera…Todos tenían razón, ¡eran nefastas noticias!

—Encontramo cuerpos —la voz del Evaluador lo sacó de su ensimismamiento. Lo vio sacudir la mano, y la masa que formaba sus subordinados se desagregó—. Estaba en bandada, con arma en lo manos…

Beelz se acercó, atontado. Sobre las planchas chamuscadas, se tendían al menos una docena de gentiums. Estaban calcinados hasta los huesos, así que era imposible decir si eran experimentadores o guardianes. Todos estaban armados, pero sólo con pistolas aturdidoras y dardos adormecedores. Al menos eso se había resistido al fuego. Descubrió a varios Evaluadores que cargaban más cuerpos destrozados. Los iban a reunir allí. Beelz verificó sus alrededores y cerca del boquete que una vez fue una puerta a las cámaras subterráneas, detectó una chapilla ennegrecida, sujeta por una cadenita. La recogió para limpiarla con esmero, sin importar que sus guantes platinados se manchasen de hollín. Después de despejarla un poco, la observó unos instantes y la guardó en un bolsillo de la chaqueta. Al levantar la cabeza, notó la mirada suspicaz del Evaluador.

—Ya hicimos la nuestro, daonai —dijo el hombre con voz sibilante—. Mejor que pague la que dijo, o no dejaremo en paz su cuerpo. Entregue en lo bazar Taliya de lo colonia Andaro la que debe a nosotros lo Evaluadores.

—Denme unos minutos para contactar a mis daonais —dijo Beelz. Presionó un intercomunicador en su oído derecho y se activó con una luz azulada. Un micrófono se desplegó hasta llegar a su boca.Se alejó de la bandada, caminando con cuidado por encima de las planchas y los escombros. La conexión se estableció al instante y varias voces metálicas exigieron a la vez:

Informe.

—El Complejo está destruido por completo. La explosión se inició desde las cámaras subterráneas. Algo provocó que los generadores provocasen una reacción en cadena y se derritiesen. Como supondrán, se afectó el sistema de invisibilidad. Las ruinas están a la vista —dijo Beelz en voz muy baja. Se detuvo al llegar a la arena y volvió a secarse el sudor de la frente—. Según la teoría de los Evaluadores, algo escapó de las cámaras subterráneas. Encontré gentiums armados con aturdidores en la entrada oculta, parecían contener algo de lo que no se hallaron restos, así que podría suponerse que tienen razón. Pero también, es probable que si algo escapó, haya perecido en el desierto, por eso no pienso que deban tener…

Le recordamos que las suposiciones no nos valen, ingeniero —dijeron las voces y Beelz se estremeció a causa de lo afilado del tono—. Su deber es comunicarnos hechos ciertos, no especulaciones de lo que usted o los Evaluadores crean que ha sucedido. ¿Escapó algo del Complejo? Limítese a una respuesta directa. 

Beelz se relamió los labios, sopesando su respuesta. Optó por la sinceridad:

—No estoy seguro, mis daonais. Necesitaría más pruebas. En cuanto las consiga, podré entregarles un informe completo.

Entonces, si no es capaz de ofrecernos un informe completo, no debió contactarnos, ingeniero —sisearon las voces metálicas, lo cual le causó un cosquilleo desagradable en el oído. Beelz se obligó a mantenerse sereno. La conversación comenzaba a tambalearse y eso no era bueno para él—. Pero ya que obtuvo nuestro tiempo y atención, prosigamos… ¿En las cámaras subterráneas funcionó el sistema hermético?¿Los gentium que ha contratado, vieron a los sujetos?

—Las cámaras subterráneas ya no existen, no funcionó el sistema hermético. Se ha perdido —explicó sin evitar un temblor en la voz—. Los Evaluadores lo vieron todo… un momento, mis daonais…

Beelz estrechó los ojos y los lentes infrarrojos que poseía se activaron. Examinó la arena, con matices azulados debido a la frialdad de la noche y de inmediato, resaltaron las marcas: huellas humanas. Estaban bien impresas, como si quien las hubiese provocado, cargara algo. Hipnotizado, las siguió igual a un sabueso. No muy lejos desaparecían junto a una hondonada grande, provocada sin dudas, por un aerodeslizador en reposo que ya no se encontraba allí. Los doseles del vehículo, la capa protectora sobre los motores, la impresión que dejó al arrancar, todo se había quedado sobre la arena. Al menos hasta que ocurriese la tormenta y borrase el rastro. Al entrecerrar los ojos por cinco segundos, los lentes desactivaron la modalidad infrarroja.

Pocos minutos después, Beelz regresó con los Evaluadores.

—Mis daonais dicen que pagarán con intereses por su buen servicio —indicó con una sonrisa y dejó en manos del jefe, cuatro chapillas metálicas. Eran abultadas, como un huevo pequeño de lagarto del desierto. Tenían la inscripción Nb—. Son chips de rastreo. Llévenlos con ustedes, no querrán que nuestros mensajeros se equivoquen y otros se lleven la paga. También cuento con vuestro silencio acerca de lo que han visto esta noche.

—Generoso, mi daonai ingeniero —dijo el jefe Evaluador con una sonrisa de dientes amarillentos—. Compra bien que no digamo palabra. Estamo a lo disposición.

Beelz no se movió mientras la bandada se retiraba a sus aerodeslizadores. El ingeniero sacó un puñado de chapillas-huevos de un bolsillo de su chaqueta platinada y los examinó. Mientras los Evaluadores se preparaban para partir, él lanzó los dispositivos por todo el Complejo Este. Por último, dejó caer cinco al interior del boquete que una vez fue una entrada oculta a las cámaras subterráneas, y se retiró a su moderno aerodeslizador, en reposoa una distancia prudente de las ruinas.

Cuando estaba junto a su vehículo, a su espalda se escuchó el rugido atronador de múltiples explosiones. Se volteó a contemplar el espectáculo; los aerodeslizadores de los Evaluadores habían estallado y sus piezas volaban por los aires. Los cuerpos por un instante, fueron manchas iluminadas contra el cielo nocturno antes de caer como muñecos desmadejados. Segundos después, todo temblaba y una explosión mayor erosionó el terreno donde estaba asentado el complejo Este, y se abría un boquete que llevó las ruinas a las entrañas de la tierra.

Beelz miró unos segundos el reflejo de su rostro rubicundo y cabello magenta en el fuselaje del aerodeslizador. Sus ojos parecían iridiscentes a causa de los lentes infrarrojos.Esbozó una sonrisa divertida al ver cómo algunos Evaluadores chillaban envueltos en llamas antes de derrumbarse en la arena, calcinados. Las chapas de napalm expansivo, siempre funcionaban.

Cuando el retumbar de las explosiones se aquietó, Beelz se acercó con parsimonia donde estaban los gentiumssobrevivientes. Algunos todavía rodaban entre alaridos para intentar apagarse, otros ya se habían entregado a la inconsciencia, para no padecer el dolor de sentir sus carnes derretirse bajo la acción despiadada del napalm. Un infeliz detuvo sus movimientos frenéticos y alzó las manos negras hacia el ingeniero.

—¡Dao… ai… sal… va… sal… va! —le rogó.

Beelz extrajo una pistola del interior de su chaqueta y le disparó en el centro de la frente. El gentium se desplomó con la misma expresión desesperada que tenía segundos antes de perder la existencia.

—No es misericordia —aclaró el ingeniero al cuerpo a sus pies.

Disparó a otro gentium agonizante a pocos pasos para dejarlo quieto, a uno a su izquierda, al frente, dos a su derecha, y a un par que se revolcaban junto a una pieza carbonizada de aerodeslizador. Apuntó a otro que corría lejos, vuelto una brasa ardiente.

—Simplemente, odio a los testigos —le confesó al cadáver, cuya cabeza estaba deforme, en un estado avanzado de putrefacción. Esa era la particularidad de los proyectiles químicos que usaba—. Algunos gentiums me gustan más cuando no tienen existencia. Sobre todo cuando ya no son útiles.

Su disparo alcanzó en la cabeza al gentium que corría. Se arqueó de forma cómica, como si tomase un tropezón y cayó de bruces en la arena. No volvió a moverse. Beelz se guardó la pistola en el interior de la chaqueta y miró al cielo. La conglomeración de nubes rojizas se apretaba sobre él, rugiente de relámpagos, cargada de lluvia nocturna. El aire comenzaba a soplar enrarecido. Sin dudas, era el producto de los tóxicos que escaparon del Complejo cuando estalló. No tardarían en descargarse sobre el área. Beelz sonrió de buen humor. En otras circunstancias no le hubiese hecho gracia la tormenta, pero en ese momento, la agradecía de buen grado. Se encargaría de sepultar los restos de su trabajo.

Regresó aprisa al aerodeslizador para subir a él con agilidad. Se adentró en el casco protector hasta llegar al panel de control y lo encendió con sus huellas dactilares. Configuró la ruta a la colonia Andaro y la confirmó. El vehículo se elevó con un zumbido y avanzó lejos de la tormenta. En cuestión de segundos, alcanzó las mil cuatrocientos veinte millas por hora y se perdió en el horizonte. Desaparecer pruebas, no era el único trabajo que hacía para sus daonais.

Malena Salazar Maciá. (La Habana, Cuba, 2008) Graduada de Técnico Bachiller de Informática. Actualmente estudia en la Universidad de la Habana Licenciatura en Derecho. Es egresada del Taller de formación literaria Onelio Jorge Cardoso, obtuvo el Gran premio en la categoría cuento para adultos en los 4tos Juegos Florales, La Habana, Cuba, 2012 y el este año le fue otorgado el Premio David en Novela de Ciencia-Ficción  2015, con la obra “Nade”. Ha colaborado con la revista digital Mancuspia, México, 2014;  Space Western de la revista digital MiNatura, España, 2015; en la revista digital Cosmocápsula, No. 12. Enero – Marzo, Colombia, 2015 y fue seleccionada para integrar el e-book «Varios visitantes inesperados», organizado por el portal digital Cubaliteraria, presentado en formato CD en la Feria Internacional del Libro, La Habana, Cuba, 2015.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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