Actualizado el 22 de febrero de 2016

Píldoras contra el insomnio hechas en Cuba

Por: . 15|2|2016

Portada de la antología del microcuento del caribe hispano

Recientemente vio la luz L@s Nuev@s Caníbales Volumen 3. Antología del microcuento del Caribe hispano (antes la colección tuvo ediciones dedicadas a poesía y narrativa), gracias al esfuerzo de la editorial Isla Negra de Puerto Rico, con el apoyo de la cubana Ediciones Unión y Editora Búho de República Dominicana. Tres expertos (Emilio del Carril, Rafael Grillo y Pedro Antonio Valdez) se hicieron cargo de la selección de los autores (12 por cada una de esas naciones caribeñas), los textos (3 por escritor) y los prólogos respectivos. El resultado colectivo de este libro es una importante contribución al descubrimiento mutuo de las literaturas de países geográfica y culturalmente cercanos.

Ahora El Caimán Barbudo les ofrece el prólogo que introduce la sección cubana y una muestra de los microcuentos que la integran.

Sería muy difícil intentar unas palabras de presentación sobre el minicuento (o minificción, microcuento, microficción, elija usted la manera de nombrarla que quiera) en Cuba y no acudir al famoso “En el insomnio”, escrito en 1946 por Virgilio Piñera (Cárdenas, Matanzas, 4 de agosto de 1912 – La Habana, 18 de octubre de 1979). Lean esto, lo componen apenas 153 palabras:

“El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto. No logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.”1

Esta filigrana sucinta de la narrativa del absurdo cumple cabalmente con las “cuatro condiciones básicas: brevedad, singularidad, tensión e intensidad” y el deber de representar “la existencia de una situación narrativa única formulada en un espacio imaginario y un decurso temporal, aunque algunos elementos de esta tríada (acción, espacio, tiempo) estén simplemente sugeridos”, que son los requisitos exigidos para la ficción breve por el teórico chileno Juan Armando Epple.2

Aunque el propio autor no lo divulgó hasta 1956, recogido en el volumen Cuentos fríos que saliera por la porteña Editorial Losada, “En el insomnio” había recibido ya el espaldarazo del ilustre Jorge Luis Borges, quien, primero, lo publicó en una edición de 1946 de la revista Anales de Buenos Aires —por entonces Piñera hacía estancia en Argentina— y después lo incluyó en Cuentos breves y extraordinarios, que compiló junto a Adolfo Bioy Casares en 1955.

Con precedentes tales no es ilógico que muchas personas crean hoy que este “insomnio de Virgilio”, además de “muy persistente” en la memoria de lectores y especialistas, es la obra germinal de la narración sintética y capsular en la más grande isla del Caribe. Sin embargo, una reciente y acuciosa indagación del joven narrador y crítico Ihoeldis Rodríguez para una antología del “Mini, micro y nano cuento cubano”, aparecida en Papeles de la Mancuspia (revista literaria de Monterrey, México),3 arroja luces acerca de otros precursores. Por ejemplo, en la misma data de 1946, Eliseo Diego (1920-1994) había sacado de la imprenta sus Divertimentos, colección de viñetas cortas dentro de las cuales cabe citar a “Del perro”. Y todavía más antiguo es “El miedo” del natural de Santiago de Cuba José Manuel Poveda (1888-1926), que salió en la revista Oriente, No. 61, de 1917.

Pero hay que reconocer, de todos modos, la presencia sólo intermitente del género en la literatura nacional del siglo XX; y cómo todavía a la altura de 1987, cuando la Editorial Letras Cubanas publicó el estrecho tomo titulado Un fogonazo, con sólo algunos Cuentos Fríos de Piñera, esta forma literaria era recibida con sorpresa por lectores mayormente habituados a la novela y el cuento de extensión convencional.

Habría que esperar hasta los años finiseculares y, más consistentemente aún, al arranque del siglo XXI para ver extendido el minicuento en su producción a cuenta de los escritores y en la aceptación natural por parte de los lectores. A esta nueva circunstancia contribuyó de manera cardinal el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, porque estimuló su creación entre los jóvenes que concurrían a ese espacio para adiestrarse en técnicas narrativas, y encima fundó desde 2002 el Concurso Nacional de Minicuentos El Dinosaurio (se hizo internacional a partir de 2006), que sigue convocándose anualmente hasta el día de hoy.

Muchas ficciones breves con premios y menciones saldrían de ahí, con calidad avalada por los jurados de las distintas ediciones de El Dinosaurio, como para armar varias antologías del minicuento cubano contemporáneo. Sin embargo, estas han sido recopilados ya año tras año en volúmenes compuestos por lo mejor de estos concursos y, además, a la hora de conformar una nueva “reunión antológica”, los tres editores del presente libro, uno por cada isla mayor del Caribe, llegamos al acuerdo de concentrar no textos aislados sino a cultores del género, en número de doce por país —la cifra trae reminiscencias de una última cena, con 12 escritores-apóstoles y Jesús, el Antologador.

Por otro lado, y a tenor de las explicaciones ofrecidas en los párrafos anteriores, la otra condición pactada entre los responsables de este volumen, o sea: que todos los autores fueran nacidos a partir de 1950, se aviene perfectamente al caso de Cuba; pues si el propósito es difundir la creación dentro de un género como el minicuento, se hace obvio que el mayor esplendor, cuantitativo y en diversidad temática y estilística, habría que buscarlo en la producción literaria de las últimas décadas.

Le urgía a este antologador hallar un modo de distinguir a escritores con una presencia específica y destacada dentro del género. Y optó por decidir que fueran aquellos que han publicado al menos un libro dotado íntegramente (o casi) de minicuentos. Finalmente, de los doce escogidos, sólo en uno no se verifica esa condicionante: Ahmel Echevarría. En cambio, a este autor se le reconoce por obras que desde un criterio editorial suelen presentarse como novelas o noveletas, más un análisis del corpus de esos libros, que desmonte “la estructura” y repare en sus distintos “segmentos”, en la “cualidad fragmentaria” de esa escritura, permite descubrir piezas identificables como minicuentos en el interior de esas totalidades. No por gusto uno de los libros de este autor lleva el nombre de Esquirlas.

Si desglosamos de manera descriptiva y analítica esta representación cubana, encontraremos que el de mayor edad nació justo en la fecha de 1950, Pedro Juan Gutiérrez (nativo de la ciudad de Matanzas, casualmente, como Virgilio Piñera), y el (la) más joven es Liany Vento, alumbrada en 1982. Hay un autor nacido en las postrimerías de los cincuenta (Lorenzo Lunar), pero la mayor parte se concentra en quienes vieron la luz durante las décadas del 60 y el 70. En el contexto literario general (y no sólo del minicuento), esta proporción es atinada porque son los nacidos en esas épocas quienes se van consolidando hoy en el núcleo de mayor madurez y visibilidad dentro de lo que pudiera considerarse como la hornada de esa “literatura cubana contemporánea” o “actual” que no llega aún al estamento de “lo canonizado”.4 Vale consignar también que fue mediante los representantes de ese grupo etario que el minicuento atravesó las fases de despegue y establecimiento en el panorama cubano.

Otra cualidad que los lectores agradecen de cualquier antología es la variedad. En la “dodecalogía” cubana que aquí se ofrece, encontrarán al autor etiquetado de “Bukowski tropical” por su célebre Trilogía sucia de la Habana, Pedro Juan Gutiérrez, mostrando su faceta de buscador de lo erótico y de observador escéptico (o cínico) de las relaciones de pareja. Y también a Lorenzo Lunar, quien usa la ficción más breve, similar a como en sus novelas policiales, para acercarse desde una óptica comprensiva a las actitudes humanas en contextos marginales y de dura sobrevivencia.

En cambio, Vladimir Bermúdez evita cualquier costumbrismo o realismo y opta por inventar alegorías universales, desterritorializadas, atravesadas por el desencanto y la ironía. Por su parte, Amilkar Feria imbrica humor y mensaje ecologista en viñetas que revisitan la tradición del Bestiario a lo Juan José Arreola.

Daneris Fernández Fonseca es experto en trasmitir con pocas palabras el paroxismo al que sus personajes arriban en medio de una situación o ambiente extremo. Por el contrario, Daniel Díaz Mantilla es amante del ritmo reposado y del tono cerebral de las historias con mensaje moralista o filosófico.

Flashazos de la realidad, instantes desgajados del continuum de la vida, descritos con un estilo hipnotizante, son la especialidad de Ahmel Echevarría. Mientras que Jorge Enrique Lage se revela como el más auténtico discípulo de la irreverencia y la sinrazón piñeriana, llegando incluso a versionar el “cuento frío” más conocido del maestro Virgilio, con 168 palabras (15 de más) y bajo el título “En la pesadilla”.

Organizada esta muestra del minicuento cubano en sentido cronológico, quedan para el final los más jóvenes. En la serie “El Tirano de Siracusa”, Antonio Enrique González Rojas mezcla referentes históricos y fantasía para desnudar los aberrantes mecanismos del poder. Aram Vidal Alejandro desafía al lector con su juego de palabras en “Revés al leer”, pero los rasgos más recurrentes en su creación de textos breves son el gusto por el retrato de personajes y el mensaje lúcido al estilo de las fábulas.

Las chicas cierran la lista. Esporádica en los períodos anteriores, la literatura escrita por mujeres causó boom en Cuba a partir de la última década del pasado siglo. Nacidas ambas a comienzos de los 80, Marvelys Marrero y Liany Vento encarnan a esa tropa de narradoras noveles cuyo interés por copar todos los géneros se extiende también al minicuento.

La primera, representa en sus relatos a una generación que lo mismo se deja influenciar por “los clásicos” que por la cultura pop y los productos de la pantalla televisiva. Mas su sello identificativo reside en la persistencia por convertir en materia literaria la anécdotas de la vida cotidiana. Mientras, la segunda apunta con finura al corazón y despliega su mirada sobre el vasto territorio de los sentimientos humanos.

Para el antologador de estas páginas, consideradas por él como de inspiraciones fugaces pero subterráneas profundidades, la aspiración máxima al ofrecerlas no es tanto orientar al lector a través de la cartografía específica del minicuento de Cuba, como la de sumergirlo en las aguas del Caribe total, y en la memoria se le confundan con las aportaciones narrativas de los vecinos de Puerto Rico y República Dominicana.

Porque a la postre, lo que importa de cualquier obra literaria, en este caso del minicuento (o minificción, microcuento, microficción, elija usted la manera de nombrarla que quiera), es que una vez termine el lector de leerlo no comience a olvidarlo. Sino que se le convierta en algo muy persistente. Como el insomnio.

NOTAS

1. Tomado de Cuentos completos, Virgilio Piñera, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2011, pág. 72.

2. Citado por Mempo Giardinelli: “Estructura y morfología del cuento”, en Los desafíos de la ficción (Técnicas Narrativas), Casa Editora Abril-Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, La Habana, 2001, pp 277 y 278.

3. Número 49, Noviembre 2012.

4. Téngase en cuenta que los Premios Nacionales de Literatura de Cuba (otorgados por la obra de toda la vida) ya en 2012 alcanzaron a los nacidos en la década del 50, con Leonardo Padura, el más joven, que vio la luz en 1955.

Recreación de la portada del volumen Los nuevos caníblaes, imagen basada en una obra de Estabán Machado

L@s Nuev@s Caníbales cubanos

MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD (Pedro Juan Gutiérrez)

Una vez encontré a la mujer de mi vida. Lo sabemos desde el primer momento porque nos sentimos muy felices. Demasiado felices. Presentimos que mientras estemos juntos no moriremos jamás y seremos inmortales. Vamos a su apartamento. Me siento en la sala mientras ella hace café. Desde la cocina me grita que juegue con el doberman y una pelota de goma. “Trátalo con cariño, es como si fuera mi hijo”, me dice.  Lanzo la pelota dos veces y él me la trae de vuelta, con mucha gracia. Es un perrazo simpático. Se derrumba de bruces sobre el sofá y parece un chiquillo alegre. La tercera vez regresa corriendo muy rápido, y al saltar vuela sin control sobre el sofá, se estrella contra la persiana de cristales y se precipita en el vacío. Estamos en el piso veintiuno. Bajo, traigo el cadáver de regreso, todo se mancha de sangre, y me voy.

A SANGRE FRÍA (Lorenzo Lunar)

También escaseaba el agua.

El de la chaqueta beige preparó una carretilla con un tanque plástico. Cargaba el agua de un pozo cercano y la repartía por las casas. A diez pesos el viaje.

Las viejas le hacían cola.

La culpa quizás la tuvo El Moro, que quiso hacerle competencia. “Búscate otra zona”, le advirtió el de la chaqueta beige.

La culpa pudo ser de una que el de la chaqueta beige se había echado de mujer, y que esa mañana había metido en su casa a un tipo que le daba veinte pesos por acostarse.

Tal vez la culpa fue del calor. Era agosto.

Es posible que la culpa fuera del de la chaqueta beige que tuvo la imprudencia de entrar a su casa, justo a tiempo para ver a su mujer revolcándose con el otro en la cama.

En casos así casi siempre la puñalada la recibe el tipo equivocado.

Ahora el de la chaqueta beige está en la cárcel, El Moro en el cementerio y las viejas del barrio no tienen quién les lleve el agua a casa.

LA IRREVERENCIA (Vladimir Bermúdez García)

Una mosca pasea sobre la desnuda carne de un héroe pero a nadie se le ocurre matarla. No en ese instante en que su irreverencia es notoria. ¿Acaso quien primero descubre que los héroes apestan no merece una disculpa? ¿La del héroe o la nuestra?

La mosca cree que pensamos que el héroe lo sabe y se afana una y otra vez en su irreverencia, a sabiendas de que nadie osará levantar la mano en su contra. Se equivoca. El héroe, como personaje literario, tiene licencia para espantarla. Pero si rompe las amarras de su estoica muerte dejaría de ser un héroe. La mosca lo sabe. Y se aprovecha.

Un lector, conmovido ante la escena, cierra el libro de golpe. La mosca queda atrapada. Vencido el impulso de venganza, vuelve a la página, comprueba la inmovilidad de la mosca, pasea, con total irreverencia, un dedo sobre la carne de la heroína. Pero a nadie se le ocurre matarlo. No en ese instante en que su irreverencia es notoria. ¿Acaso quién primero descubre que fabricar un héroe es tan fácil, no merece una disculpa?

El lector cree que pensamos que la mosca lo sabe y se afana en su irreverencia, a sabiendas de que nadie osará levantar la mano en su contra. Se equivoca. La mosca, como personaje literario, tiene licencia para levantar el vuelo. Pero si rompe las amarras de su estoica muerte dejaría de ser una heroína. El lector lo sabe. Y se aprovecha.

Quien escribe, conmovido por la escena, interrumpe el relato y cierra el libro de golpe. El lector queda atrapado. El escritor, vencido el impulso de venganza, vuelve la página, comprueba la inmovilidad del lector y pasea, con total irreverencia, su dedo sobre la carne del nuevo héroe.

La escena se repite. Sobre la hoja se amontonan los cadáveres.

HERÁLDICA (Amilkar Feria)

Con una cabeza, el águila bicéfala escudriña a un joven cordero (descarriado) que arranca retoños al laurel. Con la otra, adivina las orejas de una liebre que se oculta tras una rama de olivo. Aunque piensa con cada cabeza, eventualmente coincide con su estómago en que debe tomar una sola decisión. Pero a cada cabeza le sigue resultando tentadora su propia oferta.

Ningún miembro del parlamento imagina el milenario dilema de la rapaz, cuando la reverencian frente al blasón de la Sala Plenaria. Más confiados, el cordero y la liebre sospechan que la resolución del águila puede tomar otros mil años.

ESTAMPIDA (Daneris Fernández Fonseca)

Cada vez que me estoy haciendo eso termino pensando en los caballos. La nube de polvo, el cerco de gritos llevándolos hacia el abismo, y la caída. Siempre me detengo a contemplarla. Es apenas una insinuación en el borde, unos segundos y otro terror despeñándolos, otro empujón, y el vacío. Luego todo se llena de olor a hongos y humedad, de ese vaho que no es más que otra variante de la sangre. De noche, si duermo, nunca escucho los relinchos ni  los gritos. Todo se estremece, veo la manada irrumpiendo por sorpresa saltando sin polvo ni caída, solo los cascos golpeando el aire hasta el horizonte, hasta que me despierta la humedad. Entonces camino medio tieso con las piernas abiertas hasta el baño, lleno de una rabia bárbara, con asco, porque es como si me lo hubiera hecho otro, como si otro me embarrara. Una o dos veces hago correr el dedo presionando desde atrás hasta hacer salir la última gota que se aferra, que no quiere caer. Luego con un papel seco el borde. Manipulo  el descargue y contemplo con envidia el agua que se pierde y regresa después de unos segundos, limpia, como si no hubiera pasado nada. Como si ella no estuviera del otro lado empujando su voz y su miedo a través de la puerta, preguntando qué me pasó, qué me pasa.

RABAÑOS (Daniel Díaz Mantilla)

Aquel día, parado sobre una piedra, el pastor alzó su cayado y golpeó con él a las ovejas hasta hacerlas huir despavoridas. Luego quebró su vara y la dejó tirada en el valle.

“¿Qué es un pastor sin su rebaño?”, preguntaron los pobladores al verlo y lo conminaron a abandonar para siempre el pueblo.

Hoy, mucho después, han regresado las ovejas al lugar, multiplicadas, y balan agradecidas en un trueno amable.

“¿Qué es un rebaño sin pastor?”, preguntan las otras al escucharlas y las obligan a abandonar para siempre el valle.

GUERREROS (Ahmel Echevarría)

No es un simple juego cargar una escopeta con cartuchos de tinta aunque estés en un parque de diversiones, aunque el blanco sea un negro de casi sesenta años. No importa que ese viejo sonría y tenga unos ojos mansos. No importa que ese negro espere los disparos dentro de una armadura de caballero medieval. No es un simple juego aunque se sienta una música de fondo, a pesar de que en los alrededores del tenderete del tiro al blanco haya un centenar de niños devorando grandes pompas de algodón de azúcar. No permitas que tu mujer te mire mientras cargas la escopeta, aunque sonrías, aunque tengan un litro de Vodka Absolut y naranjas, tú y tu novia, hirviendo en las venas. Porque apuntas al negro. Cartuchos de tinta contra la armadura. Y disparas, a matar. El dueño de este negocio lo sabe. Ese negro de ojos mansos también lo sabe.

Luego de revolcarnos como perros y beber dos litros de vodka y naranjas, invité a Janela da Alma al parque de diversiones. Sin dar ningún rodeo fuimos al tenderete del tiro al blanco. Ella prestaba demasiada atención a sus uñas. Sus largas uñas pintadas de rojo. Y por eso fallaba. Justo cuando se olvidó de ellas —ese momento en que se quebró la uña del índice al meterlo por quinta vez en el gatillo—, hizo diana, dos veces, en la cabeza y en el pecho del viejo.

Janela quiso celebrar los disparos y propuso irnos al muelle —comprar algo antes, buscar la puerta de salida que da al litoral, y caminar solo unos pocos metros—. Un estuche de seis Beck’s, rositas de maíz pagadas y una cajita de caramelos de menta plus pagadas con su dinero. Brindis, tragos, besos. Un largo abrazo mentolado de cara al mar.

Eran las siete de la noche cuando apareció el negro. Buscó un sitio en el muelle. Cerca de nosotros tragaba su hamburguesa y bebía una Corona —una pequeña toalla para borrar las trazas de tinte secas ya en el pellejo.

Aquel negro de ojos mansos bebió dos cervezas claras. Un par de Coronas a la caída de la noche, frente al mar.

EN LA PESADILLA (Jorge Enrique Lage)

Me levanto temprano. No puedo librarme del sueño. Enciendo las luces. Doy vueltas por la casa. Del cuarto al baño y del baño a la cocina. Desayuno. De la cocina al patio y del patio a la sala. Enciendo el televisor. Leo un poco. Vuelvo a caminar por la sala. Pero no logro despertarme. Decido salir a la calle. Me encuentro con un amigo y le confío que no logro despertar. Le pido consejo. Él me aconseja que haga un poco de ejercicio a fin de desperezarme. Que enseguida tome una taza de café bien fuerte y que escuche música bien alta. Hago todo esto pero no consigo despertar. Salgo de nuevo. Esta vez acudo al médico. Como suele suceder, el médico habla mucho pero yo no me despierto. A las seis de la tarde cargo un revólver y me levanto la tapa de los sesos. Doy un brinco en la cama y abro los ojos, pero aún no logro despertarme. El sueño es una cosa muy persistente.

EL TIRANO DE SIRACUSA X (Antonio Enrique González Rojas)

Cuando todos en Siracusa estuvieron registrados como sospechosos, ordenó la apertura de su propio expediente. Luego ejecutó al jefe de la Policía Secreta, por cuestionar su integridad.

 

REVÉS AL LEER (Aram Vidal Alejandro)

Desagrado o ilusión con, explora ahora usted que la como mérito ningún o igual de pero, apariencia en distinta, ficción una tras engañándolo, esplendor único su en transformado ha se revés al leer de hábito ese tiempo el con que desconoce aunque, sabios hombres los todos como, callado y solitario hombre un es. Fin al inicio de la historia una conforma se que en dramático modo el por cegado quedar sin, contarle de tratan historia qué mejor entender en concentra se y final el descubrir por pasión la elimina así que dice, palabra primera la a última la de, revés al lee que hombre un este.

SECTOR PRIVADO (Marvelys Marrero Fuentes)

Quería que se curara, se lo juro. La infección se la estaba comiendo, por eso le puse la penicilina. La bañé con hielo y la fiebre no le bajó. Entonces le inyecté una duralgina con gravinol porque ya había empezado a vomitar. Los vómitos se le calmaron, pero la fiebre no. Con más de cuarenta iba a convulsionar y yo tenía miedo. Su madre me la había encargado. Su madre confió en mí. No podía llegar y encontrársela así, hecha una brasa de candela. Le puse otra duralgina y fue cuando le salieron las ronchas y empezó a ahogarse. Corrí y le puse una jeringuilla de prednisona, pero nada. Dejó de respirar y le di boca a boca, le masajeé el pecho, pero no reaccionó. Entonces tuve que traerla. Dígame que va a ponerse bien, por favor. Su madre no puede regresar y encontrársela así. Yo le dije que iba a cuidarla. Yo le dije que era buena cuidando niños.

SOMETIMIENTO (Liany Vento García)

La niña canta. Lo hace tan mal que todos se tapan con las manos los oídos: su madre, su padre y la otra niña que es su hermana. La niña no los ve: al cantar cierra los ojos, se emociona.

La canción casi termina. Los oyentes lo saben, por eso torturan sus oídos unos segundos, para que la niña no se dé cuenta de nada, cuando abra los ojos.

Es el turno de la otra hija. Ella también cierra los ojos. No quiere someter a sus padres, ni a su hermana. Sin embargo, esta niña sí canta bien y nunca lo sabrá.

 

Categoría: Narrativa | Tags: |

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