Actualizado el 19 de febrero de 2016

Una hora de eternidad

Por: . 3|2|2016

Pez, obra del artista uruguayo Joaquin Torres García

Cuando cortejas a una bella muchacha,

una hora parece un segundo.

Pero si te sientas sobre carbón al rojo vivo,

un segundo parecerá una hora.

Eso es relatividad.

 Albert Einstein

 

MINUTO 1

—¿Desea algo más, caballero? —repitió el mozo, al igual que en las noches anteriores.

—Así está bien —contesté con austeridad y esperé la cuenta. Volví a la noche dentro del café, allí, inmerso en esa negrura me sentía cómodo. Seguramente el interior del líquido frío, guardaba una estrecha relación con la sustancia cobijada bajo mi espesa calvicie.

Cuántas incógnitas palpitarán en el consciente del mozo, cada vez que me siento delante suyo a mirar cómo se enfría el café. Sin dudas, su curiosidad deber tener dimensiones extraordinarias.

Doy fe de que se referirá a mí con un apodo ingenioso y a esta altura tenga un sinfín de conjeturas incapaces de desnudar lo que habitaba en mi cabeza, aunque yo tampoco soy idóneo para decodificar con precisión el sentimiento que hace tiempo me embarga.

Lo único inobjetable es la bondadosa propina que siempre le dejo.

 

MINUTO 2

Pobre tipo, algo jodido debe haberle pasado, pensé. Algún día voy a sentarme a su lado y le preguntaré qué lo trae aquí noche a noche a ver cómo se le enfría el café.

Apagué las luces del boliche, cerré y caminé hasta la parada del ómnibus

—Aunque el local esté desierto, nunca lo cierres antes de la una. ¿Me entendiste? —me dijo el dueño cuando me dejó de encargado.

—Usted es el jefe —respondí sin darle mayor importancia.

No tenía necesidad alguna de llegar temprano, pero tampoco me seducía quedarme dentro de esa pocilga. Me reí al recordar a uno de los personajes de Hemingway, cuando le decía a su compañero, si no temía llegar a su casa antes de lo previsto.

Se me ocurrió que luego de la resignación solo queda transcurrir. Se acercó el ómnibus y titubeé en hacerle seña o no. Finalmente me decidí, extendí el brazo y encomendé mi suerte a todos los santos para encontrarla profundamente dormida al llegar.

 

MINUTO 3

Es imposible verse al espejo y encontrar algo limpio cuando la mentira se abre paso a trompadas. Incluso proteger esa pizca de dignidad, que te grita diciendo: Sí, tenés razón. Todo es mentira y nada cambia en lo más mínimo.

Una masa grasosa con olor a cerveza, que mea fuera del wáter; con el grito desaforado de gol los domingos por la tarde, como única sensación genuina. Al menos así empecé a verlo poco tiempo después de habernos casado.

En adelante, preferí abrirme de piernas, para que la sangre de la juventud haga revivir los placenteros años de otrora y experimentar los orgasmos que en veinte años, cara de morsa, con su pija mal oliente jamás me hizo sentir. Soporté esa cadena de mentiras para protegerme bajo su techo de la intemperie y de la chusma cuando un pendejo le devuelve la vida a mi desflecada vagina. Es más fácil aferrarse al amoldado prototipo que data de tiempos inmemorables, que comenzar una vida como la gente.

 

MINUTO 4

No es la primera vez que veo al gordo cara de morsa, a menos de una cuadra de la casa. Cada vez que lo cruzo queda mirándome mal. Estoy seguro de que sospecha lo de su mujer conmigo. Mejor no vuelvo más.

—Andá, Santiago, antes que llegue el gordo —me dio un beso y metió unos billetes en mi bolsillo—. Mañana pasá un ratito antes y convídame con lo que consigas.

—Dale, Beatriz —saludé y me fui. Aunque comprendo que con el gordo está mal, me jode el papel que me hace jugar. Agradezco que dos por tres me mata el hambre y me de algunas chapas para mis cositas, pero creo que no vale la pena arriesgarse tanto.

Entré a casa en silencio, no anda bien mamá y le cuesta descansar. Le dejé plata sobre la mesita de luz, le di un beso en la frente y salí. Hace días no hablamos con la vieja, cuando llega yo estoy durmiendo y viceversa. Para peor papá tuvo que embarcarse nuevamente. Su cabeza debe volar por mi culpa. Como si ya no tuviera suficiente.

 

MINUTO 5

—¡Santi! —grité. El interminable ruido del goteo y los metales chocándose entre sí me aturdían—. Mi amor ¿Estás en casa? —El goteo dentro de mi cabeza se acentuó luego que llamé—. Dónde se habrá metido este chiquilín —bajé los pies al piso y vi algunos billetes doblados sobre la mesita. Siempre me deja algo, pero desconozco el origen del dinero.

—Vení acá, hijo de puta —escuché que alguien decía en la calle—. Te voy a matar, la concha de tu madre —corrí un poco la cortina para ver y escuché un balazo a metros de la puerta.

Volví la cortina al lugar y me dejé caer sobre la cama. El sonido en mi cabeza me enloquecía. Las goteras, los metales y ahora el gemido que provenía del otro lado de la pared.

Dejé pasar algunos segundos y volví a asomarme por la ventana.

 

MINUTO 6

Dónde metí las llaves. La puta madre, dónde carajo dejé las llaves. Es demasiado tarde como para volver a la calle a buscarlas.

—Abrime —susurré, tratando de no llamar mucho la atención en el silencio de la madrugada—. Abrí, que me mandé flor de cagada —parecía que no había nadie adentro—. Soy yo —insistí más fuerte—. Abrí, dale.

Me asomé hasta la vereda para ver si las encontraba. Era inútil buscarlas en la oscuridad.

Qué pelotudo que fui, con qué necesidad disparé, no hacía falta. Eso me pasa por encajarme de más, quedo a mil y termina jugándome en contra. Le hubiese dado un culatazo o una trompada. Si me agarran, después de esto, seguro no salgo por un buen tiempo. De las anteriores pude zafar, pero de esta difícil.

—Abrí —volví a decir pegado a la puerta cuando llegué—. Abrí que se pudrió todo.

 

MINUTO 7

Estaba decidido. Era inadmisible una vuelta atrás. Pase lo que pase, no puedo retornar a esa casa. Toda la noche esa manga de faloperos golpeando la puerta.

Por culpa del delincuente ese, voy a terminar en cana o bajo tierra.

Si el macho de mi vieja no se empedó esta noche, debe estar dormida. Como para no estar metida en algo así, me crié con un alcohólico golpeador, con esos antecedentes no puedo pretender otro panorama. Me arrepiento no haber aceptado la invitación de mi tía de mudarme con ella y haber estudiado una carrera para ganarme la vida.

—Hola, mami —me gritó un tipo desde un auto—. ¿Estás perdida? Subí que te llevo —caminé sin mirarlo—. No tengas miedo, bebé —volvió a decir.

Tantos años cara a cara con la violencia me prepararon para estos momentos. Apagó el motor y bajó. Metí la mano en el bolsillo y de reojo calculé la distancia. Cuando estiró el brazo para alcanzarme giré el cuerpo con la navaja en el aire.

 

MINUTO 8

La herida pudo ser peor si no levantaba el brazo con rapidez. Sin pensar en el dolor, la hice caer al suelo con la mano herida y le di una patada en sus costillas. La escupí con odio y me fui del lugar.

Los chorros de sangre ensuciaron el interior del auto, me detuve un momento, procurando hacer un torniquete con la remera para evitar una mayor pérdida de sangre.

—Quisieron robarme, estaba parado en un semáforo e intentaron bajarme del auto por la ventanilla—empecé a delinear en mi cabeza. Busqué con la mano sana debajo del asiento, ahí estaba. Abrí la botella, tomé un largo trago de whisky. Se me nublaba la vista por el punzante dolor y la cantidad de sangre que había perdido.

—Por acá —me atajó una enfermera, cuando me vio cruzar tambaleante por la puerta de la emergencia—. Tranquilo, hombre —dijo la misma voz que me recibió, pero no alcancé a entender lo que me preguntaba.

 

Matías Mateus quien junto al cubano Osmany Echevarría Velázquez antologó Distancias del agua (2012), de narrativa cubana y uruguaya del siglo XXI.*Matías Mateus nació en Montevideo, 1985. Ha publicado Amores, desencuentros y pasiones (poesía, 2010); Paraíso y después (novela, 2014), Una hora de eternidad (novela, 2015). Participó en diversas antologías en las que se destaca: El manto de mi virtud (de poesía cubana y uruguaya del siglo XXI, 2011) y XIX Encuentro Internacional de Poetas (Michoacán, México, 2015). Junto al cubano Osmany Echevarría Velázquez antologó Distancias del agua (2012), de narrativa cubana y uruguaya del siglo XXI .

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