Actualizado el 2 de mayo de 2016

Madrigal

Por: . 29|4|2016

Portada del libro COMO MIENTEN  los boleros, editado por Ediciones Ancora, 2014 y presentado en la FILH en El pabellón Cuba

I

Esta tarde Rosa debe terminar la blusa de la vecina. Con el dinero le comprará el mentol a su madre. Ya no entra luz por la ventana. Se levanta de la silla, arrastra con cuidado la máquina de coser hacia la mesita de noche y enciende el quinqué. En unas horas no soportará el humo y su vista confundirá el tejido amarillo con la luz que se proyecta a través del cristal. Le resulta inevitable cada vez que cose recordar a Consuelo, quien la guió en sus primeras costuras. Aquella máquina prácticamente cosía sola. Nuevecita la recibió Consuelo, y los vecinos, curiosos, pasaron a verla. “No se me va a olvidar que Marta Fernández me la mandó”, repetía cuando cambiaba el carretel de hilo. Ni siquiera había sido ella la que escribió la carta al presidente Batista para reclamar por la vacuna vencida,aquella que le provocara la invalidez de las piernas. Fue tu hermano mayor, ¿verdad, Rosa? El único que sabía garabatear algo más que el nombre. ¿Era cierto lo que comentaban de ellos? Tan unidos siempre y luego,en la desgracia, se acabaron las visitas. Después de escribir la carta aprovechó el dinero de la zafra para irse y no volver más. Él no pudo ver la cara de Consuelo cuando dos años después recibió la máquina de coser.Aquello fue noticia por varios días. Cada lección llegaba acompañada de los recuerdos de la máquina, lo más importante que sucediera en la vida de Consuelo.

Rosa escucha a su madre toser. Detiene el pedaleo y aguza el oído. Algunos grillos y el tintineo molesto de la lluvia sobre el zinc¿Será que tu madre intenta que te detengas? Ese ruido mecánico, al cual te has acostumbrado, por el que sientes cierto placer entre tanto silencio debe ser un martirio para su insomnio. Mejor terminar por hoy. Con esta lluvia mañana el patio estará enfangado, hasta que el sol no seque un poco la tierra no podrás recoger los huevos para el desayuno; eso, si escampa pronto. Si llueve con fuerza podría abrirse otro hueco en el techo del gallinero. Rosa se levanta con un poco de dolor en las rodillas por la posición seminmóvil, y camina hacia la cocina, en busca del buchito de café en el jarro tapado con un trapo. Más amargo de lo que te gustaría, ¿no? Esinevitable que hasta el café sea idéntico alo que se ha convertido tu vida: coser, cocinar, bañar a tu madre, y nuevamente coser.

II

Tere, la más pequeña de los hijos de los vecinos, fue a ayudarla con los pollos. Rosa se sorprendió al verla despierta tan temprano, todavía más cuando del otro lado de la cerca correteaban sus hermanas, y de vez en vez, la llamaban. ¿Se ha encariñado contigo? No lo crees, ya desconfías de todos, incluso de los niños, especialmente de ellos. Pero aun así, después de mirarla por un rato, le das un puñado de maíz que se le desborda entre las manos. Sin hablar, Rosa le indica cómo debe regarlo para que no caiga en un solo lado. Tere lo intenta, luego corre detrás de los pollos que picotean los granos cerca de sus pies. Tu madre llama desde el cuarto. Te limpias las manos en el delantal y entras.

Al otro día no estaba la pequeña Tere para dar de comer a los pollos. Miraste hacia la casa, esperabas encontrar allí, en el patio, a alguna de las niñas, pero todo estaba cerrado. Regaste el maíz a desgana y fuiste a la cocina. Con la edad de Teresita esperabas ansiosa los sábados. Debías preguntarle a tus hermanos mayores qué tiempo faltaba para…, pero ellos no te dejaban terminar la frase: “Mañana, ¿cuándo aprenderás, chiquita?” Y dabas brincos, hasta marearte. Los sábados, casi todos, tu madre cocinaba pollo, tú ayudabas a atrapar a alguno de los que criaban en el patio. “Cuando les tire el maíz, ustedes agarran uno. No vayan a agarrar a los rebijío, que dispué no alcanza.” Miguel y tú peleaban por estar más cerca del círculo que se iba haciendo alrededor de la lluvia de granos. Al final, otro terminaba atrapando la cena y se llevaba también la mano cálida del padre en la cabeza. “¡Mi cazador!”. Tú nunca pudiste serlo, era mucha competencia entre tus hermanos varones; ni siquiera a Miguelito pudiste ganarle,a pesar de ser el más pequeño. En el fondo lo agradecías; las plumas de aquellas aves no eran de tu agrado. Como tampoco ahora lo son, cada vez que levantas algún pollo del suelo cuentas los pasos para echarlo al fuego. A Rosa le gustaría enseñar a la vecinita Tere, que no le tema al suave tacto de las plumas, así no se quemará la yema de los dedos, como le sucede a ellacuando despluma la carne humeante,esa que después será sopa en la boca de la madre.

III

Solo debías tres de los ocho plazos de la radio, aun así, cuando vino el cobrador, tuviste que entregarlo. Quién sabe por qué razón aquel cobrador se te pareció a tu abuelo paterno. Incluso ahora podías recordar con claridad los domingos que debías ir a la iglesia junto a tus hermanos, para, según decía él, evitar que se “convirtieran en demonios”, Los domingos tu madre los levantaba antes de las cuatro de la madrugada para emprender solos el extenso camino que separaba tu casa de la iglesia.¡Tan católico, Rosa, y ni agua les ofrecía en su casa, aquella a un costado de la iglesia! “Si quieren agua, pues a tomar al río, ¡carajo!”. Y otra vez el camino de regreso, más largo, más pesados los pies, el sol siguiéndolos todo el recorrido. Fue a ti a quién dejaron sola el día en que murió el abuelo. Ninguna de las hijas, tan abatidas y ocupadas en vaciar cajones y armarios, tuvieron valor para vestir al difunto. Hoy tuviste que devolver la radio a aquel cobrador, cuando también le hubieras dado con gusto, los recuerdos que sus gestos evocaban. Cuando tu madre despierte mejor no estés cerca,evita el momento en que, a gritos, pida escuchar su programa.

IV

Con razón no había regresado Teresita: ¡le había robado los maníes! Tal vez fueron sus hermanas mientras ella distraía a Rosa con el maíz y los pollos. Las plantas intactas, pero al desenterrarlas no tienen ningún grano. Rosa prefiere sonreír. Ella también robó alguna vez, siempre con esa ingenuidad que tienen los niños, que después olvidan los adultos. Así fue como pudo hacerse de aquella locomotora de madera. Una de sus tías traía juguetes en las navidades y días de reyes; ¿fue cuando cumpliste los doce que descubriste se los regalaban en la casa donde limpiaba? No recuerdas en cuál de esas navidadestu tía le regaló aquella locomotora al hijo, tu primo Roberto. Estuvo mostrándosela a los muchachos de la calle, esa tarde, y la siguiente, y tu muñeca, tan parecida a la del año anterior, tirada encima de la cama.

―Déjame verla de cerca, Robe, anda ―le rogabas.

―Esto es cosa de hombres; juega con tu muñeca ―respondía cada vez, y  corría con la locomotora entre las manos, o arrastraba el juguete al que había atado una pequeña rama,que simulabauna hilera de vagones.

Sabías que no era cosa de hombres. Solo querías acariciar aquella superficie pulida, llena de colores, y escapar junto a tus hermanos a las vías que pasaban cerca de la casa, para hacer rodar el juguete por los raíles que no conocías aún. En tiempo de zafra por allí cruzaban los vagones cargados y el aire se colmaba de un olor dulce y pesado. Tus hermanos se escapaban por las tardes, para regresar con trozos de cañas entre los brazos; algunos mordidos por las puntas. Se peleaban por el puesto de mejor machetero y terminaban chocando como espadas los trozos más largos. A ti no te dejaban acercarte a los rieles. Las niñas no andan jugando en lugares peligrosos, decía papá. Por eso odiaste a Robe ese día en que no quiso prestarte la locomotora; al menos así verías una de cerca. No conocías más que el pitazo grave de los meses de zafra y el leve chirriar de metales a los lejos. Por eso la robaste. El día que Roberto regresaba a su casa la cambiaste por tu muñeca y le diste el abrazo más fuerte que has dado en tu vida, y sonreíste, sin que te viera.

V

Antes era tu madre quien te enseñaba cómo atarte los zapatos, a hacer la puntada de un botón o te respondía cuando le preguntabas si alcanzaba el dinero para un dulce: hay que esperar que termine la zafra. Ahora eres tú quien debe vestirla, esperar que te paguen las costuras de la semana a ver si alcanza para el dulce de guayaba, que es su favorito.

Rosa sirve el café en el jarro de la madre. Ella está con la cabeza hundida entre los brazos, apoyados en la mesa los brazos, como negándose a la luz, al aire. Sabe que te acercas, pero no hace el intento por mirarte.

―Pruebe, esta vez le eché más azúcar.

No se inmuta. Espantas una mosca que se acerca al borde del jarro, atraída por el olor.

―Aquí lo dejo. Estoy en la cocina ―tratas de ignorarla,ella lo hace contigo.

―Nunca pensé que te fueras a quedar sola ―dice la madre y alza la cabeza―. La única hembra, carajo… ―agarra el jarro y bebe un sorbo.

― ¿Por qué usted me dice eso ahora?

― ¿Nunca quisiste una familia? Mira a tus hermanos, cada uno con dos hijos.

―Usted sabe que no me gusta hablar de eso…

― ¡Pero hay que hablar! ―hace el intento por levantarse de la silla, pierde el equilibrio y se desploma.

Indefensa ahora entre tus manos llora como aquella vez en que te pegó por una tontería, luego estuvo toda la tarde llorando, disculpándose, prometiendo no hacerlo otra vez.

― ¡Te odio! Estás seca por dentro, por eso no me diste un nieto, por eso Manuel te dejó… por eso ya no soporto verte. ¡Déjame, yo puedo sola! ―te aparta, con fuerza, intenta levantarse del suelo, las fuerzas no le alcanzan y cae otra vez―. No me levantes, prefiero quedarme todo el día aquí.

Aunque quiere ayudarla Rosa sabe cuán obstinada puede ser su madre. La deja en el suelo y se aleja. Te alejas y lloras, de impotencia, de dolor. Sales al patio, buscas algo que no sabes. El patio de los vecinos vacío, lo mismo que la casa. Si al menos Teresita estuviera aquí, piensas y te limpias las manos, húmedas, en el delantal. Tu madre te llama. Otra vez ha comenzado a toser.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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