Actualizado el 4 de octubre de 2016

Los amigos no existen

Por: . 29|9|2016

Ilustración: Bautizo con testigos (2001), de Alfredo Rosales

El día que conocí a Jeringa salí de la casa para el Parque del Periodista. Cuando llegué los muchachos estaban afuera del bar, cada uno con su botella, sus cigarrillos, sentados en fila y separados por medio metro. A Aguapanelo la falta de amigos parecía que lo había enloquecido, por eso lo miré primero y, en un ataque de amistad, quise saludarlo, acercármele e invitarlo a la reconciliación, a la amistad, pero no lo hice y me pasé varias horas, mientras me tomaba mi litro personal de aguardiente, oyéndole sus disputas a alto volumen con él mismo. Se decía que los amigos no existen, que se acabaron, que la soledad es muy hijueputa, y él mismo se respondía que sí, que existen, que son una bendición de Dios. Se decía que odiaba ser bipolar, que era una sensación maravillosa. Brindaba con él, lloraba y el otro él le decía que no fuera nenita, que dejara de chillar. Yo seguía tomando muy seguido, cogiendo fuerzas para aguantar los golpes que me darían los muchachos cuando me parara frente a ellos y les dijera lo que se merecían, lo patéticos que se veían cada uno con su mundo, que me veía, lo peligroso de andar solo en esta ciudad sin amigos, lo aburrido… Tampoco tuve agallas.

A medida que llegaba la noche éramos menos. Los que se iban sacaban de la billetera algún billete para el ladrón de turno o de diez mil para el taxi, plata que de andar juntos significaría entre todos unas cuantas botellas más y una pasaíta a saludar a Fernandito, que nos había cambiado por las peladas del estriptis. Cuando estaba a punto de acabar el litro y vi solo a Alelí, que había terminado su trago, me fui para el estanquillo y compré, con la plata destinada para el ladrón, mediecita para compartirla con él, darle la mano y decirle que dejáramos de bobiar, que amigos por siempre, que nos pusiéramos en la tarea de reconciliarlos a todos…, pero cuando llegué ya no estaba, tampoco lo que quedaba de mi caja de aguardiente. Lo maldije. A todos los maldije y estuve de acuerdo con el yo de Aguapanelo, que aseguraba que los amigos no existen. Me sentí más solo que nunca. A los pocos minutos conocí a Jeringa.

Subiendo para la casa me agarraron los nervios porque no tener plata para los ladrones era como estar muerto. Así que decidí burlarme de la vida, retarla por maluca, injusta y peligrosa, por quitarme con quien charlar. Como antes, subí gritando, cantando canciones a todo volumen, mirando de frente y amenazante a los ojos de los que me encontraba en la calle, sintiéndome muchos… De un momento a otro escuché sonar las ramas del palo de mangos que acababa de pasar y se me fue el valor, me entró un escalofrío tremendo, un miedo de esos que presienten la muerte. Solo me faltaban tres cuadras para llegar a la casa y pensé en correr, pero las piernas me temblaban, así que saqué la media que me venía tomando en el camino y me mandé un trago largo. Me di la bendición disimuladamente para que el ladrón no advirtiera el miedo y, antes de que se me acercara por detrás con una navaja o pistola y me dijera: “Esto es un atraco, no mire para atrás, no me mire y deme lo que tenga”, me puse el buzo, que cargaba en los hombros, para restarle potencia al impacto de la bala o de la navaja.

El ladrón seguía detrás de mí, caminando muy muy lento, y yo seguía tomando y fumando como si nada, pero repitiendo por dentro, muy por dentro para que no fuera a escuchar: “No tengo miedo, no tengo miedo, ni cinco, ni cinco de miedo”. Unos pasos más adelante se me acercó y me cogió del cuello abrazándome fuerte.

—Hey, chino, no se mueva que le clavo esta pistola —me dijo, muy asustado, mientras yo, confundido, pensaba con qué me iba a matar—. Haga de cuenta que somos amigos y no dé visaje. Abráceme también.

—Tranquilo, señor ladrón, fresco —y lo abracé también, como a un amigo, y me sentí pleno. Hace años que no abrazaba a nadie.

Seguimos caminando lentamente y me pidió plata o anillos o el reloj o algo de valor, pero yo le dije la verdad. Ahí fue cuando sentí que me empezaba a clavar la navaja o la pistola o el dedo, no sé, pero en todo caso algo me punzaba en la espalda.

—Que me des plata, güevón, que no estoy charlando.

—Don ladrón, se lo juro, no tengo nada, estoy pelao. Si quiere tómese un trago —le dije, y me volteé a mirarlo, luego le aclaré, dándole palmaditas en el hombro—. Eso sí, no tengo copas, le toca a pico de botella.

Se tomó el sorbo sin dejar de abrazarme y seguimos caminando. Le ofrecí cigarrillos. En el camino le dije que me daba mucha pena pero que en realidad estaba sin un peso, sin fondos, que la plata que tenía me la había gastado en la media, que en otra oportunidad con mucho gusto, que qué días atracaba por acá y a qué horas para yo pasar… Hablando y hablando se olvidó de que yo era su víctima, y yo de que iba para mi casa. Me había alejado treinta minutos a pie abrazado y bebiendo con el ladrón.

Le conté mis penas y él me contó las suyas. Le conté que antes los muchachos y yo íbamos y veníamos por la ciudad juntos, felices, haciendo locuras, conociendo el mundo, pero que a la vida se le había dado por separarnos de a poquito. Le conté que cuando empecé a trabajar en el periódico y salía mi nombre en Google era el ídolo de todos, que me admiraban, chicaniaban conmigo, pero que luego me les convertí en una amenaza y me mandaron a la mierda. Le conté que con el paso de los días todos se fueron quedando solos, que cada uno andaba con cada uno, que se había desbaratado el grupo. Me contó que los amigos que tenía también lo habían sacado a patadas por pobre, luego otros por ladrón, otros por no compartir la plata de los robos y, al final, se quedó sin nadie para charlar. Le conté que a Andresito le había pasado algo parecido, que también lo habían echado del combo porque era el más lindo, el más papi, el tumbalocas, y las peladas solo lo querían y perseguían a él y a los demás no les dejaba ni un piquito ni una tocaíta. Me contó que llevaba dos años robando en el barrio, que antes era muy difícil pero que de un tiempo para acá era sencillísimo, que ya no se veían galladas, que las personas andaban solas, sin amigos, y no había peligro, que con un dedo hacía para comer, compraba ropa, pagaba la pieza, iba a toros y mucho más… En una ocasión, me dijo, yo iba a ser su víctima pero otro ladrón se le adelantó.

—Y vos le diste, pillao, y a mí te me estás haciendo el loco —me dijo, sonriendo, y se tomó el último trago—, pero te la perdono y te agradezco la conversada y el guaro, sos un bacán.

Entonces se soltó del abrazo y arrancó para abajo otra vez. Lo vi alejándose y me agarró la nostalgia, la melancolía, me acordé de la soledad, de la falta de compañía, me puse a pensar cosas, a extrañar el abrazo y no me aguanté y me fui corriendo detrás de él para alcanzarlo, persiguiéndolo como un ladrón.

—¿Otra media o qué, viejo man? —le pregunté— ¿O una botella? A propósito, ¿cómo te llamás?, si se puede saber.

—Jeringa, un amigo más —me dijo, y me estiró la mano—. ¿Y la plata? —me preguntó.

Le dije mi nombre, le conté el plan y nos volvimos a abrazar como al principio. En el camino de regreso a casa nos la pasamos de lo mejor hablando mal de la gente, burlándonos de los solos, contando chistes, hablando de fútbol… Me esperó en la sala de la casa mientras yo sacaba plata, luego preparé dos sándwiches de atún y salimos de nuevo. Compramos el trago, nos sentamos en un parque, hasta el amanecer, a beber y conversar.

Entre guaro y guaro le dije que en esta vida andar sin amigos es muy verraco. Que antes los muchachos y yo hacíamos todo juntos, éramos inseparables, pero que con el tiempo nos fuimos dejando, traicionando, evitando, yéndonos de distintas maneras. Le confesé que desde la echada me sentaba en los parques solo, iba a fiestas solo, a cine, a los conciertos de Los perros mojados solo, al centro a ver gente, a discotecas, a bares y pedía una botella y dos o tres copas… Que hablaba y brindaba conmigo, que me daba ánimos, me elogiaba, me hacía reír, que en ocasiones me coqueteaba, me burlaba, me ponía zancadillas y me empujaba para que dejara de charlar pesado conmigo, que me daba consejos, palmaditas en la espalda… Jeringa, llorando de la rasca, conmovido con mi relato, me dijo que sí, que los amigos no existen, que cuando medio se asoma uno siempre conspira algo para que la cague…

—Me voy ya, estoy que me vomito —dijo, mirando el azul culposo del cielo.

—Pues cómo, Jerin, no te podés ir así todo borracho, te atracan —le dije, y puse su brazo en mi hombro para cargarlo—. Venga amanezca en la casa.

Hasta ahí todo iba bien. Nos veíamos los sábados, nos emborrachábamos, hablábamos de todo, él amanecía en la casa, mamá al otro día nos llevaba los Alka-Seltzer, el desayuno y el almuerzo a la pieza, nos hidrataba durante todo el día. En la noche, luego de ver los partidos por televisión, Jeringa se iba para su casa.

Con los días nos hicimos inseparables, íntimos, los mejores amigos del mundo. Íbamos juntos al Parque Bolívar a chupar paleta, a ver artistas, ladrones correr, a los recitales de poesía a dormir, al estadio a ver perder al Medellín, a cine, a teatro, a caminar por el centro, al Parque del Periodista a disfrutar de la envidia de los muchachos que cada vez estaban más solos; parecían tirados por ahí. Pero las cosas entre los dos no podían durar, no hay excepción a la regla.

Cuando fuimos donde las mujeres esas empecé a sospechar de Jeringa. Primero, antes de entrar, le conté que los muchachos y yo cuando teníamos plata íbamos a ver mujeres en pelota, que les poníamos billetes en las tangas, entre las nalgas, que se nos sentaban en las piernas, que se dejaban tocar hasta el alma. Le conté que Fernandito se envició a ellas y que ahorraba la plata de los pasajes y la merienda que le daban los papás para la universidad y que se iba solo todos los fines de semana para allá, que nos cambió a sus amigos por ellas. Luego, le dije a Jeringa que lo invitaba, que yo le pagaba el rato, que escogiera la que más le gustara del catálogo. Yo me enamoré de una pelinegra blanquita y me la llevé para la pieza, pero él no quiso, se negó a entrar y me esperó en la recepción.

Cuando salí me puse a detallarlo y caí en la cuenta de que la mayoría de las veces Jeringa vestía la camiseta rosada y le sentí, por primera vez, la voz afeminada, mimada. Cuando lo conocí lo había visto descuidado, como todo un hombre, pero desde que andaba conmigo se había motilado, afeitado, comprado ropa, se echaba loción, se miraba recurrentemente en el espejo… No salía de mi casa y eso me parecía sospechoso. Cuando llegaba del trabajo él estaba ahí, esperándome y hablando con mamá. Ella siempre se la llevó muy bien con mis amigos, pero con Jeringa se la llevaba de lo mejor. En la semana, todos los días, nos poníamos a jugar videojuegos en mi pieza y, desde mis sospechas, me pareció que me miraba mucho, que me preguntaba de todo. Mamá no faltaba con el mecato. Se quedaba mirándonos jugar y Jeringa se portaba muy amable con ella, como si fuera la suegra, intentando ganársela. Hablaban de ropa, de peinados, de olores, de viajes, de la separación de papá, del futuro, de maquillaje, de telenovelas, de moralismos, de libertad, de maricadas… mientras yo masacraba gente, pajaritos, tiraba bombas, mataba al dragón y rescataba a la reina. A los pocos días pasó lo que pasó. Por eso digo que a la vida no le gusta que uno tenga amigos.

El sábado nos emborrachamos en el Parque Obrero y no me aguanté. No sin pensarlo dos veces le pregunté que si yo le gustaba, que si era marica o qué, que si andaba conmigo por amistad o por algo más. Le dije que yo era todo un varón, que ojo, que mosca, que conmigo de lejitos los del otro equipo, que out. Jeringa se puso rojo, agachó la cabeza, luego se levantó y fue a orinar en un árbol. Yo no podía de la piedra, de la decepción, de la tristeza, me preguntaba por qué a Jeringa que era tan buena gente, mi mejor amigo, le tenían que gustar los hombres y precisamente yo. Que le gustaran no era el problema, lo malo era que estuviera enamorado de mí, porque Jeringa solo me servía para amigo, para nada más. En un momento pensé en ir a abrazarlo y decirle que no me importaba su condición, que tranquilo, que siguiéramos de amigos pero que conmigo no, nunca, pero me pudieron la rabia, el desengaño, los prejuicios…

—¿Cuál es tu secreto conmigo, güevón? —le pregunté cuando llegó de orinar, esperando la respuesta para darle un puño—. Te camuflaste de amigo pero no sos más que una loca. Andate antes de que te dé en la cara, marica.

Se fue cabizbajo. Me acabé la botella solo, ahí sentado, pensando que la amistad está llena de intereses, siempre se desvía, no va por donde tiene que ir, es imperfecta, defectuosa, la cagada. Antes de irme a dormir estallé la botella en el piso.

Al otro día me llené de ira cuando leí la carta de Jeringa y me enteré de que en la noche, antes de que yo llegara, se había robado lo que yo más quería, que me había utilizado para su fin. ¿Cómo no lo había sospechado si todo era tan claro? La carta terminaba diciendo que lo había hecho sin querer queriendo, que así es el amor, que estaban hechos el uno para el otro… Terminé de leerla llorando, decepcionado. Luego quebré todo lo que se me interpuso en el camino, corrí como loco por la casa, sintiéndome huérfano, maldiciéndolo y a mamá también.

*David Betancourt (Medellín, 1982): Cuentista, periodista y filólogo hispanista. En 2011 Editorial Universidad de Antioquia publicó su libro Buenos muchachos. Con Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos ganó el Concurso Internacional de Escritura Creativa de Caracas, y fue publicado en 2013 por la editorial venezolana Equinoccio; y en 2014, por Ediciones Escritura Creativa, de Colombia. Pulso y Letra Editores publicó en 2014 Una codorniz para la quinceañera y otros absurdos,  finalista en el Premio Nacional de Libro de Cuentos Universidad Central, Bogotá. En 2015, la Universidad Industrial de Santander publicó Ataques de Risa (ganador de la X edición del Concurso Nacional de Libro de Cuentos UIS y del XVII Concurso Nacional de Libro de Cuentos Jorge Gaitán Durán).

 

 

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