Actualizado el 13 de febrero de 2017

El puente de los enamorados

Por: . 11|2|2017

“El amor no existe. ¿Lo oyes? No existe”, así arranca esta antología dedicada a historias de amor y sus desdichas…

Para Julie Cuyaubere

 

Si quieren saber del amor, eso, les advierto, que no podrán encontrarlo por aquí. Solo les hablaré de lo que me sucedió hace mucho tiempo en París. No piensen que tengo algo en contra del amor, el problema es que no soporto ni hablar de él. De verdad, ni me lo nombren. Debe ser por eso que llevo tantos años tratando de olvidar lo ocurrido aquel día en París, cuando caminaba hacia el Louvre para ver de cerca La Venus de Milo—una obra que, según los críticos, es la representación más imperecedera de la belleza y el amor.

Bueno, pues sucedió que, mientras iba hacia el Louvre, a punto de cruzar el Puente de las Artes, veo a un grupo de mujeres, todas vestidas iguales, que me observaban fijamente, como si esperaran algo de mí. En el medio del grupo estaba una de esas muchachas por las que a veces me entran ganas de golpearme con un martillo en la cabeza, o de pararme en el centro de una avenida y gritar: ¡Nunca me atraparás vivo! Al verla, por supuesto, sentí una cosa en el pecho y me derrumbé. Debo aclarar que para mí es normal sentir cosas en el pecho y derrumbarme cuando veo a una mujer que me gusta, pero para la gente no. Supongo que es muy raro ver a una persona derrumbarse en plena calle, así, de pronto. Siempre alguien trata de ayudarme y habla de ir al hospital y eso. Yo me niego, claro está —no hay nada peor que una persona tratando de llevarte a donde no quieres ir—. Además, nunca creen que estoy acostumbrado a derrumbarme, por lo que ni siquiera pierdo el tiempo explicándoles. Esta vez, apenas resbalé al suelo, la muchacha avanzó hacia mí para ayudarme. Era, no voy a mentir, idéntica a la mujer que siempre he soñado amar. Y escribo amar por escribir cualquier cosa, pues no soporto al amor. Ni me lo nombren. La muchacha me tomó por un brazo, me ayudó a incorporarme y preguntó no sé qué cosa en francés. De haber sido uno de esos viejos o tipos gordos con cara de buena gente que siempre me ayudan a incorporarme hubiera asentido y ya, pero delante de mí tenía a aquella muchacha idéntica a… Bueno, a decir verdad, los ojos, la nariz, la boca, el cuerpo, eran diferentes a los de la mujer que siempre he soñado amar, sin embargo ella me hacía recordarla. A lo mejor no era para tanto. No sé. Da igual. Con el tiempo he comprobado que la mayoría de las mujeres me recuerdan a la mujer que deseo amar. Estoy bien, fue solo una caída, le dije en español, y ella, automáticamente, dejó de hablar en francés, me acarició el rostro y preguntó en mi idioma si deseaba hacer el Tour del Amor. Yo dije que sí. Tal vez porque no hay nada mejor que una persona tratando de llevarte a donde quieres ir. Tal vez porque a la mayoría de las mujeres les digo que sí, o porque, simplemente, mencionó algo del amor. Ella entonces agarró mi brazo derecho, colocó la cabeza sobre mi hombro y empezamos a caminar como una de esas parejas asquerosas y ridículas que se besan, sonríen, y viajan a París para hablar todo el tiempo de amor.

Al principio, mientras caminábamos casi abrazados y ella me hablaba en un castellano perfecto, no fui capaz de reaccionar adecuadamente. O sea, preguntarle de qué se trataba todo eso del Tour y por qué me abrazaba, me sonreía y hasta acariciaba de vez en cuando. Solo después, al cabo de unas cuadras, me puse fuerte, dejé a un lado mi fascinación inicial, respiré hondo y le pregunté si se había enamorado alguna vez. No sé por qué siempre le estoy preguntando eso a la gente. No es por todo ese rollo que tienen los seres humanos con el amor ni nada de eso, pues no soporto al amor, ni me lo nombren. Solo pregunto por… qué sé yo, vaya, curiosidad. Comprendo que la gente no va por ahí preguntándole a los demás si se han enamorado ni nada por el estilo, pero la muchacha tenía muy buena onda, de modo que empezó a hablar al respecto. Claro que me he enamorado, cada enamoramiento es diferente, pero el rito es siempre el mismo. Es como —señaló hacia el Sena— esa reflexión de Heráclito, en donde nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, pues ni el río ni nosotros volvemos a ser los mismos, aunque insistamos en el rito una y otra vez. En fin, la muchacha se había enamorado como doscientas veces y planeaba seguir haciéndolo. La juventud está perdida, en serio. En mi tiempo también se decía lo mismo, pero ahora sí está perdida. Yo, por ejemplo, solo me he enamorado como doscientas veces, pero planeo seguir haciéndolo.

¿Y tú, cuántas veces te has enamorado? Demoré en responder, pues no me gusta que me hagan ese tipo de preguntas estúpidas. La gente es insoportable, siempre están haciendo preguntas estúpidas y eso. ¿A quién se le ocurre preguntarle a otra persona si se ha enamorado alguna vez? De todas formas le respondí. Le hablé al detalle de esas ocasiones en que he resbalado al suelo y de otras aún peores. Debo añadir que cuando me pongo a hablar del amor y esas cosas no tengo para cuándo acabar. Soy de los que hablan y hablan. Puedo estar haciéndolo durante días. Por si fuera poco, la muchacha me prestaba mucha atención, y cuando eso pasa ya no hay salida para mí. Le hablé de los cientos de veces que me he enamorado y de la mujer que veo siempre en mis sueños. Es muy parecida a ti, los mismos ojos, la misma nariz, la misma boca, el mismo cuerpo, idéntica, le dije. Las mujeres, en realidad, no saben que todas son idénticas. No saben que cuando un hombre mira a una mujer que le gusta, no la está viendo realmente a ella sino a su propia creación de ella. Eso no se lo dije, estuve a punto de hacerlo, pero en ese momento ella paró un taxi, con un letrero en el parabrisas que decía: Tour de l’amour. El chofer era un tipo gordo con cara de buena gente. Pocas cosas me caen peor que un tipo gordo con cara de buena gente. Se meten en todo, de verdad, y siempre tratan de llevarte al hospital. Además, nunca dicen nada interesante, solo saben hablar de comida y eso. La muchacha mencionó una dirección, en español, y el tipo gordo aceleró. Yo iba a seguir hablando con ella, pero entonces el chofer nos miró desde el retrovisor y nos preguntó, también en español: ¿Ustedes creen que el propósito de la vida es tener, al final, un diálogo con Dios? Nos quedamos atascados. No era el tipo de cosas que uno espera escuchar de un chofer gordito con cara de buena gente. En realidad, no es el tipo de cosas que uno conversa por ahí con la gente. Lo del amor puede que hasta sea aceptable, pero eso, vaya, no sé. Voy a explicarles, dijo, y empezó a hablar de un supuesto encuentro con Dios después de la muerte, cuando uno está vagando y vagando por el espacio, sin saber adónde ir. Según el chofer, Dios aparece para hacer un par de preguntas relacionadas con el bien que hicimos en la vida (que es, sin duda, una manera de encontrarnos con el amor), de modo que él estaba preocupado, pues había hecho algo muy malo. Resulta que, días atrás, encontró un pichón de paloma en el patio de su casa, sin plumas, totalmente inofensivo. Al parecer había caído de un nido que estaba en la parte más alta de un árbol, por lo que decidió cuidarlo hasta que pudiera devolvérselo a su madre. Lo llevó hasta su cuarto, le hizo hasta una especie de nido para que se sintiera cómodo y todo, le dio de comer mientras hacía un sonido ridículo con la garganta, tratando de imitar a su madre. Un amigo que no veía desde hace mucho, lo llamó de pronto y lo invitó a unos tragos. Estuvo en casa del amigo, bebiendo cerveza y ron, hasta que recordó la ventana abierta de su cuarto y a la gata que constantemente merodeaba por allí. Salió corriendo, pero al llegar a su cuarto el nido estaba vacío. El chofer, después de contar su historia, estuvo unas cuadras sin hablar. Luego dijo: ¿Ustedes creen que Dios podrá perdonarme alguna vez? La muchacha se rascó la cabeza y respondió sin prisa: Bueno, yo creo que en realidad deberías preguntarte si entendiste la ayuda que le has ofrecido a Dios. ¿Ayuda, pero qué tipo de ayuda le pude haber ofrecido YO a Dios? La muchacha negó con la cabeza por unos segundos y le dijo: Recuerda que Dios necesita de nosotros para hacer que las cosas funcionen en el mundo. El chófer se volteó completamente para mirar a la muchacha, era evidente que no entendía nada de lo que le acababan de decir. ¿Pero… cómo pude haber ayudado a Dios? La muchacha asintió, con los ojos cerrados y todo. Desde mi lugar en el asiento se veía muy sabia. ¿No te has puesto a pensar que tal vez la gata tenía a cinco o seis gaticos hambrientos y Dios necesitaba que encontrara a aquel pichón en tu cuarto? El chofer cerró la boca, gradualmente. Luego la volvió a abrir y dijo: Hmmmm, ya entiendo… ayudar a la gata y a los gaticos hambrientos fue mi manera de hacer un bien y de… ¿encontrar el amor? Así mismo es, el amor casi nunca llega a nosotros de manera directa, añadió la muchacha con una sonrisa omnisciente, o de burla, quién sabe. Yo no añadí nada, y no por lo del amor ni nada de eso, pues, en definitiva, no lo soporto, ni me lo nombren. El problema es que estaba pensando en las cosas que podría hacer por Dios y en el diálogo que tendríamos cuando me tocara morir y estuviera vagando y vagando por el espacio.

El chofer no habló nada más hasta que llegamos a la punta de una colina rodeada con carteles del Tour de l’Amour y desde donde se veía todo París. Entonces me cobró no sé cuántos euros, dijo que yo era un tipo con suerte, mucha suerte, y se alejó a toda velocidad. La muchacha, tomándome de un brazo, me paró en el borde de la colina y empezó a hablar del supuesto momento en que nos conocimos, justo allí. Yo, evidentemente, no recordaba haberla conocido allí ni en ningún lugar, pues la había visto por primera vez en el Puente de las Artes, pero de todas formas decidí seguirle el juego, hacer lo que se supone hacen todos los enamorados en París. Y no por lo que ustedes ya saben y todo eso, sino porque empezaba a gustarme la idea del Tour, estar en la punta de una colina con una mujer idéntica a la que siempre veo en mis sueños. De modo que respiré hondo, me llené de valor y le hice mi segunda pregunta favorita: ¿Por qué unas personas encuentran al amor de su vida y otras no? Ella quedó un poco sorprendida, como si desconociera la respuesta, o como si no le hiciese mucha gracia el mismo juego que había iniciado. La gente es muy rara, a veces inician juegos que no desean o no saben cómo jugar. Algunos hasta piensan que la vida es un juego divertidísimo y eso me asusta bastante, pues nunca logro entender qué clase de persona comienza un juego que no podrá ganar jamás. La muchacha, tras unos segundos de asombro, retornó a su expresión habitual y me dijo: Bueno, algunos encuentran el amor de su vida porque necesitan encontrarlo, el propio acto de buscar condiciona el hallazgo, y si buscas mucho, generalmente acabas hallando. Me mantuve en silencio. Pocas cosas me molestan más que esa gente que conoce todas las respuestas. Son insoportables, uno ni siquiera puede jugar con ellos, ni siquiera puedes decirles que la vida es un juego divertidísimo, pues te salen con una respuesta insuperable. Ella, atenta a mi rostro ahora asombrado, se preparó para rematarme. O sea, se inclinó hacia mí y susurró: ¿Puedo confesarte algo? Por lo general, no soporto a la gente que confiesa cosas. De verdad. Son insoportables. Normalmente, cuando alguien me confiesa algo me pongo serio y presto mucha atención, como si estuviera, vaya, escuchando. Tengo una mirada que le gusta a la gente, por eso creo que me abrazan y me aprietan los hombros y me confiesan cosas. He oído de todo, de verdad. La gente me mira dos veces y en menos de un minuto ya estoy conociendo las intimidades de la persona, que casi siempre suelen ser secretos inconfesables. Así es la gente, rara. Yo, al menos, nunca lo haría. Solo les estoy confesando esto a ustedes porque, vaya, no sé, quizá soy un poco raro. En esta ocasión, no solo quería escuchar la confesión de la muchacha, sino que me interesaba. Claro, puedes confesarme lo que quieras, le dije. Ella miró a los lados, unió las manos y me dijo, con los ojos cerrados: En este lugar, en este justo lugar, cuando nos vimos por primera vez y hablamos y nos conocimos… me enamoré de ti. No piensen mal, pero de haberla tenido cerca, bien cerca, quiero decir, no sé qué hubiese hecho. En ese instante me era muy difícil controlarme. No me refiero a algo sexual, sino a instintos más oscuros y perversos, como a tratar de besarla o alguna de esas asquerosidades que uno hace cuando está enamorado. Intento insinuar que no estaba medio loco por ella ni nada por el estilo, pero confieso que hubiera podido arrodillarme para besarle los pies o restregarme por el suelo para recitar un poema de Mallarmé, no sé. Por suerte, en ese momento llegó de no sé dónde otro de esos taxis raros con el letrero Tour de l’amour en el parabrisas, y fuimos a almorzar a una cafetería, un lugar en donde, según ella, tuvimos nuestra primera cita y nos dimos el primer beso. La cafetería se llamaba, qué casualidad, Tour de l’amour.

Hasta ese momento, no le había dado un beso ni nada, solo abracitos mierderos y acercamientos más o menos cómplices, pero ya mi alma comenzaba a transformarse en fuego y sentía el crepitar de mis huesos y mi piel. De todas formas, había hecho alguna cosa. En el taxi, me le había acercado para olerle el cabello. En la cafetería, logré rozarle una mano. Incluso, hasta robé su servilleta durante unos segundos para lamerla y sobarla. Fuera de esas cercanías, seguíamos siendo dos extraños, pero ella continuaba actuando como si en verdad yo fuese el amor de su vida. ¿Recuerdas cuando me comparabas con La Maga, el personaje de la novela de Cortázar, e íbamos por todo París, visitando los mismos sitios de los personajes? Yo no recordaba nada, aquello ya empezaba a volverme loco. ¿Recuerdas cuando leíamos en voz alta los libros de Marguerite Duras, Colette, Céline, Proust, Sartre, Camus? Yo no recordaba nada, pero asentía con la cabeza. Le decía que sí. La gente es muy rara, es mejor decirles que sí. ¿Recuerdas cuando nos juramos amor para siempre? En ese momento paré de asentir. No por lo del amor ni nada de eso, pues debo decirles que no lo soporto. Ni me lo nombren. Fue por curiosidad, de verdad. ¿Amor para siempre?, pregunté. Ella levantó las cejas, como asombrada de que yo no supiera de qué estaba hablando. Fue entonces que me dijo: La mayoría de las personas no imaginan que pueden tener el control de sus sentimientos, pues tienen relaciones que nacen a partir del miedo a la soledad y no de la certeza del amor. Por suerte, nosotros conocemos bien esa certeza, ¿no es así? Fue entonces que, sin poder soportar más, comencé a besarla. Tiré los platos al suelo, la puse encima de la mesa y empecé a desnudarla. La gente en la cafetería hizo lo que hacen todos en París cuando presencian un acto de amor. O sea, se situaron a nuestro alrededor para asentir y aplaudir mientras alguien entonaba una canción y aparecían de pronto miles de pájaros y corazoncitos y fuegos artificiales y…

Debo explicar que a veces escribo más de la cuenta, que cuando recuerdo aquel día en París, mi mente imagina más de la cuenta. Bueno, lo que quiero decir es que al salir de la cafetería, estaba ya completamente loco por ella. De verdad. Ustedes dirán que ninguna mujer satisface del todo la imaginación de un hombre, que ninguna desborda la altura de sus expectativas, pero juro que ella era exactamente lo que quería para mí. Ya sé que van a decir que estoy sublimando una emoción, pero ¿acaso el amor no es pura sublimación? Caminando, sin tomarnos de la mano ni abrazarnos ni nada de esas cosas, solo hablando y hablando de nuestro supuesto “amor insuperable”, regresamos al Puente de las Artes. Y allí, justo en el lugar en donde nos habíamos encontrado, la muchacha sacó un candado del bolsillo y propuso hacer el rito del Puente de los Enamorados. El rito consistía en escribir nuestros nombres en un candado, colgarlo de la barandilla del puente y lanzar la llave al río como símbolo de amor eterno. La muchacha, tras cerrar el candado en la baranda del puente y arrojar la llave al río, me apretó fuerte las manos y me dijo: Promete que nunca olvidarás nuestro amor. Yo ya sabía que la gente es muy rara y siempre quieren que le prometan cosas, de modo que le dije sí. Ella no quería eso. Quería una promesa. Quiero que prometas que nunca me olvidarás. Está bien, lo prometo. Luego, sin darme un beso ni abrazarme ni nada, estiró una mano y me dijo: Hasta aquí es el Tour de l’amour, son dos mil euros.

 

Durante muchos años estuve sin volver a París. Cuando lo hice, mi primera visita fue al Puente de las Artes. Un hombre, con cara de pocos amigos, vestido de policía o de guardia de seguridad o algo, alejaba a las parejas que intentaban poner algún candado en el puente. El tipo estaba muy molesto con todos esos enamorados de mierda que solo sabían joder con sus mierditas del amor y eso. De verdad estaba muy fastidiado con todas esas asquerosidades del amor y eso. Igual me acerqué al puente, pues quería ver si el candado con el nombre de la muchacha y el mío continuaba allí. El tipo no me dejó. Señaló un cartel que prohibía poner candados en el puente. Nos ponts ne résisteront pas à votre amour, libérez-lez en déclarant votre flamme avec. Por suerte, ya yo había aprendido francés y pude entender todo. Al parecer, el peso de los candados había provocado que cediera parte de la baranda del puente, de modo que, hasta nuevo aviso, estaba clausurado al público. El Ayuntamiento de París, preocupado por la seguridad de los ciudadanos, había propuesto algunas alternativas, pero la gente seguía intentando colgar sus candados. La culpa es de la gente, me dijo el hombre, esa gente esclerótica que no tienen nada que hacer y vienen hasta aquí para colgar sus mierditas me sacan de quicio. Merde! Hablaba como si fuese el dueño de todo aquello, como si hubiese sido él y no Napoleón quien mandó a construir el puente. De verdad a uno le daba la impresión de que en cualquier momento explotaría o mordería a alguien. ¿Y sabes dónde empezó todo? Merde! ¡Dónde va a ser!, en Roma, en el puente Milvio, allá esa gente cuelgan candados en las farolas, ¿puedes creerlo? Merde! Toda esa locura estaría bien si la costumbre mierdera esa no hubiera llegado hasta aquí. Merde! El hombre estaba muy mal con lo que le estaba ocurriendo al puente. El odio contra todos esos enamorados se le salía por los ojos. La gente ha convertido toda esa mierda del amor en un negocio, me dijo, no me lo vas a creer, no solo es la cosa de los candados y las foticos y las bodas, a veces viene un poeta de esos y declama por allá, a uno le entran hasta ganas de vomitar, es inaceptable; te digo que aquí se ha visto lo impensable, desde payasos con flores hasta animales amaestrados, merde!, hubo un tiempo que aparecieron por aquí un grupo de muchachas que le ofrecían un servicio extrañísimo a los turistas llamado Tour de l’amour, ¿te imaginas una cosa así?, oye cómo suena: Tour de l’amour

El tipo siguió hablando y hablando, pero ya no podía escucharlo. Y no por lo del Tour del amor ni nada de eso, pues debo decirles que no soporto al amor. Ni me lo nombren. Era más bien porque había comenzado a pensar en la muchacha, en mi único día con ella. En un momento de silencio del hombre, cuando paró de hablar y se acomodó para coger un aire, levanté la cabeza y le pregunté si se había enamorado alguna vez. ¿Qué? ¿Enamorarse, usted se ha enamorado alguna vez? ¿Quién se ha enamorado alguna vez? Usted… le pregunté si usted se ha enamorado alguna vez… El hombre me observó con una mirada completamente fuera de sí. Era evidente que no creía lo que le estaba preguntando. ¿Pero qué clase de pregunta mierdera es esa… qué imbecilidad es esa, a ver? No se ponga así, no es para tanto… es una pregunta que le hago a todo el mundo. El hombre se puso las manos en la cintura y se preparó para decir algo, pero tuvo que apartarse para interceptar a una pareja que se dirigía hacia la baranda del puente. Mientras el tipo hablaba con la pareja, decidí que ya era hora de irme. Metí las manos en los bolsillos, hice una media vuelta y empecé a alejarme. No había dado siquiera diez pasos cuando el hombre terminó con la pareja, corrió hacia mí y me dijo: La pregunta correcta sería: ¿quién no se ha enamorado alguna vez? Pero yo lo que quiero saber es… ¡A quién le importa lo que tú quieres saber! No se ponga así. ¡Yo no me pongo nada, solo te digo que la pregunta correcta es esa, y lo demás son puras mierdas! Pero yo… Shhhhh, ¡puras mierdas! Me quedé en silencio por unos segundos, pues el hombre se tomaba las cosas muy a pecho. Luego, cuando me llené de valor para hacerle mi segunda pregunta favorita, dio media vuelta y regresó al puente para interceptar a otra pareja.

Por un rato permanecí allí, observando cómo el hombre “conversaba” con las parejas, deseando preguntarle si sabía algo de la muchacha del Tour de l’amour, pero al final me desanimé y volví a mi hotel. Durante los siguientes días que estuve en París conocí a dos mujeres de diferente edad y diferentes gustos. Durante los siguientes meses también conocí a otras mujeres; pero, a decir verdad, a ninguna amé tanto como a la muchacha de aquel día en París. Todas me dijeron “recuérdame siempre”, pero solo a ella nunca la olvidé.

 

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