Actualizado el 26 de julio de 2017

El olor a sal

Por: . 24|7|2017

El arañero extendió una mano y la ballena le acercó los labios. Sólo después fueron pasando los hombres y las mujeres en silencio y apoyando las manos en el cuerpo, para oír las vibraciones y los mensajes de aquel habitante que había recorrido los ríos y los mares del mundo hasta acercarse a ellos, entre infinitos continentes habitados por pueblos infinitos, tan breves y profundos como un instante desconocido y eterno.

Ilustración de Amilkar Feria

Josefina observó a su marido, roncaba con la boca abierta y una pierna fuera de la cama, la barriga subía y bajaba como si algo estuviera a punto de nacer, y se preguntó por qué el amor se encaprichaba y conseguía transformar a los hombres en aquello. Fue a la cocina, abrió la ventana y arrojó un puñado de maíz para dispersar a los pollos que desde antes de la luz se amontonaban arañando la puerta. Sólo después salió al patio. El olor a sal en medio de la selva le hizo arrugar la nariz y miró al cielo en busca de pájaros.

Cada verano, desde el océano, un grupo de pelícanos atravesaba el continente infinito para suicidarse dentro del volcán Ilimani situado al borde de la ciudad de La Paz, y en su recorrido dejaba caer una estela de sal. Pero en lugar de aves, Josefina observó las mariposas del amanecer en descenso desde el aire, atravesaban el árbol morado en ciruelas y se iban a pique hacia el pasto para lamer el rocío.

Persuadida por su inclinación a la humedad se tocó las mejillas para comprobar si había llorado durante la noche y palpó las arrugas. Estaban secas. Entonces sentenció que si la mujer del comisario pretendía despejarle el camino a las flores al regar con sal gruesa las malas hierbas de la plaza del pueblo, sólo conseguiría secar la lengua de las mariposas matándolas de sed, antes de que la noche terminara con ellas. No sería la primera vez que esa mujerzuela cometiera un genocidio. Tiempo atrás, bajo intención de acabar con los ratones que moraban en los alrededores de su casa, había arrojado maíz envenenado sobre el pasto, y al clarear encontró un cementerio de pájaros por enterrar y cuyo velorio le consumió el espíritu además de la tarde. Por eso fue hasta el patio del comisario y apoyó la lengua en el piso, buscando saborear la confirmación de su prejuicio, pero otra vez se equivocó.

El rencor por el comisario y más aún la belleza de su esposa le revolvía los intestinos tanto como la deshonra, y ya vendría alguna noche con dos lunas para purgarse de aquel veneno de autoridad instalada en su pueblo sin consulta de nadie. Demasiado trabajo en el tiempo y predicación habían invertido ella y su esposo para instalar en las personas el sentimiento de autogobierno, como para tener que soportar que alguien así de pronto, se proclamara comisario y arbitrara caprichosamente de autoridad. Es urgente, además, se dijo a sí misma en este momento, identificar el origen del olor a sal, pues sería dramático el virus de la tristeza se adueñe del pueblo restándole fuerza para una batalla que parece inminente. Ya las casas se habían pasado del gris de la piedra al verde de la selva no tanto para tapar cualquier asomo de nostalgia, sino con el objetivo de volverse invisibles en la frondosidad húmeda del paisaje, único recurso para evitar el asedio de los aviones del ejército liberal del norte, con el daño colateral de que los caballos y las cabras se comían las paredes.

Las trampas del ejército eran sorpresivas como el cólera e impredecibles como la misma muerte, y no fuera a suceder que ahora hubiesen inclinado la tierra y el mar estuviese trepando por la selva hasta alcanzar aquel pueblo escondido, situado en un continente al que sus habitantes llamaban infinito por ser resultado del sueño compartido de sus habitantes, y en cuya entrada habían colocado el cartel “Sólo es finito lo que se puede ver, tocar u oler, con excepción de las mujeres.”

Y fue a los pies del cartel, siguiendo el olor a sal una mañana supuestamente mortal para las mariposas, que Josefina observó la muchedumbre apretada. Acostumbrada a buscar leña, a la mujer se le antojó ver un puñado de ramas ceñido por la cintura. Era un grupo de cuarenta y tres familias que habían atravesado la frontera de Colombia huyendo del avance de los soldados sobre la tierra. Sus gobernantes habían entregado el poder al ejército liberal del norte a cambio de un saco de oro, depositado en uno de los tantos bancos escondidos en una de las islas con nombre de cocodrilo que asomaban del mar como dientes. Erguida bajo el cartel vestido por enredaderas, Josefina gritó quién era el comandante de esa pequeña milicia de parientes. De entre la multitud andrajosa, se asomó un niño. Josefina no pudo evitar el cuero se le pusiera como el del pollo recién pelado que se había olvidado en el caldero. Era el que más cara de hombre tenía del grupo, aunque con un timbre en la voz que se acercaba al de la mujer, y de su mirada saltaba un brillo urgente, mezcla de negro con indio melancólico, de alegría postergada. Vestía una camisa roja y pantalón verde. El chico sonrió con los ojos achinados, y la piel tostada de haber andado por los infinitos pueblos del continente infinito, se le sonrosó al ver a Josefina sacar un seno y arrodillarse, pero no se inmutó. Sólo atinó a mirar la cabeza del hombre creciendo detrás del cuerpo de la mujer.

–Por Dios Josefina, ¡qué haces! –soltó el esposo con la voz temerosa porque lo envíen otra vez a dormir. Josefina lo desapareció con la mirada.

–Comprobando si es huérfano–dijo la mujer, y de inmediato su tono mudó en decepción al ver que el niño no se acercaba. Deseaba que viniese de una tierra llamada Belén, enrojecida ahora por el dolor, Josefina había viajado por sus arenas al leer uno de los tantos libros forrados en cuero de camello traídos por unos reyes barbudos que andaban de paso. No sabía que el tiempo, como a toda mujer, le daría el gusto.

–¿Usted qué se llama? –preguntó al niño.

–Arañero, me dicen el arañero–respondió el chico bajando la cabeza.

Josefina guardó el seno y se acercó de rodillas.

–¿Y por qué?

–De más pequeño todavía, vendía dulces con forma de araña después de la escuela, y también porque por las noches tejía con mi madre mientras ella me contaba historias.

–¿Su madre está ahí? –Josefina señaló con la cabeza al grupo apretado. Formaban una masa compacta de tierra y pelos con un montón de ojos.

–Bueno, una parte sí, mi madre son ellos, también los que se quedaron allá.

Josefina le pidió que dé vueltas las manos para observarle las palmas y extrajo del bolsillo la lupa que utilizaban en el pueblo para agrandar la comida. Acercó el cristal a las manos pequeñas, y el arañero la observó abrir y cerrar los ojos como si un colibrí le hubiera cruzado la mirada. La línea de la vida era breve pero profunda y eso la hacía más larga. El arañero la interpretó.

–Ahondando en el instante–dijo misterioso, antes de que la mujer pudiera tejer su argumento.

Josefina no se demoró en poner a prueba sus poderes delante del Consejo de Niños y Ancianos que sesionaba ese día en la plaza del pueblo. Quería que vieran lo que ella escuchaba: el modo sencillo, casi infantil, a la hora de hablar de las cosas serias y necesarias para que sean entendidas por todos los hombres y las mujeres.  La aparición de aquella figura a quien se le acercaron los niños y los perros corriendo, paralizó la discusión sobre si se les permitía o no a las mujeres bañarse desnudas en el rio, de si eso purificaba el agua o no la purificaba. Los que estaban a favor decían que la bendecía, y los que estaban en contra juraban que el agua corría grave peligro de incendiarse, o saber por siempre a pescado. Josefina levantó la mano y esperó su turno para hablar. Llegado el momento, tomó al arañero del brazo con mano de madre, y lo condujo hasta el centro del consejo, donde habló de la fantasía y sus poderes supuestos, de los principios juramentados por el pueblo de no creer en nada que no sea fantástico, y el consejo otorgó a la mujer la puesta a prueba del niño, sin esperar jamás semejante pedido de parte de Josefina:

–A ver, arañero, desaparézcame el comisario ese de aquí, si es usted tan fantástico-dijo Josefina señalando la única casa que no había acatado la orden de pintar las paredes de verde.

El arañero consultó el motivo.

-En este pueblo no existe el delito, y policía sin delito, sólo hará que aparezca. El delito es un fantasma que se alimenta de la mala ley–fundamentó la mujer. Desde el público, alguien acotó que el delito es como la leche para los gatos.

–Puedo convertirlo, mas no hacerlo desaparecer–repuso el arañero entrecerrando los ojos chinos hasta el punto de parecer dormido.

–¿Convertirlo?

–Acariciándolo.

Josefina calló con una mirada el murmullo levantado alrededor, y el silencio le dio la respuesta del consejo. Sigiloso, el pueblo entero se arrastró detrás del arañero hasta la casa del comisario.

El arañero golpeó la puerta y no le dio tiempo al hombre de resistirse, estiró la mano y le rozó la frente. El hombre agachó la cabeza, y el arañero lo intimó con caricias. El comisario se encorvó hasta ponerse en cuatro patas, y algunos corrieron asustados por miedo a que fuera a convertirse en una enorme tortuga. Pero el arañero insistió con más caricias hasta poner al hombre con la barriga, las piernas y los brazos al cielo. Los perros lo imitaron, la gente aplaudió. Pero una mujer no se conforma así de fácil.

 

–A una mujer no se la seduce con circo–dijo Josefina cruzada de brazos.

Durante ese tiempo Josefina se olvidó del olor de la sal, y fueron varias las semanas que le llevó comprender las fantasías y el poder del arañero para transformar lo real, mediante el ejercicio de producir lo primero para organizarlo después. El que no sueña se muere, decía el arañero, pero si los sueños no se organizan se pisan unos con otros, se caen, y se los traga el tigre del ejército liberal. Se había criado en el campo y en su sangre se cruzaba la adelantada curiosidad del potrillo con la rebeldía del caballo. La imaginación del arañero y su olfato para dar con los sueños lo conducía al futuro, y así había guiado al grupo hasta aquel pueblo, conversando con las familias sobre la existencia de un lugar que no conocía pero inventó en el camino mientras andaba, pues así aseguraba se hace el mundo, por lo que al llegar a la entrada y leer el cartel de bienvenida, a cada uno le pareció que había llegado a su casa.

El arañero fue alojado en una vivienda lo más cercana a su pedido. Una cama de una plaza junto a una biblioteca, una mesa y cuatro sillas, le bastaban junto con un árbol para volver a habitar la casa donde había nacido. Se incorporó a los trabajos del pueblo y un mediodía, de regreso de la siembra por la mañana y antes del trabajo de construcción de casas hasta la hora de la luna, sintió la puerta. Era Josefina. Le habían ido con el cuento de que el arañero era capaz de hacer brotar un millón de casas de abajo de la tierra. Tenía los brazos cruzados, como la última vez que la había visto. La mujer le dio los buenos días con una sonrisa. La dureza de las mujeres cansadas de quemarse con la traición habitaba en el pasado, y detrás de su espalda se oían las voces del pueblo preguntando por las casas.

Primero lo primero, dijo Josefina mientras se alisaba el delantal. Algunos brazos se extendieron por lo bajo y colocaron velas a los pies del arañero, el rostro mate encerado ahora por las luces.

-Arañero, venimos a pedirle una sola cosa. Téjanos un telar, ya que es tan arañero, para evitar la entrada del ejército liberal del norte. –Nadie esperaba un pedido del arañero.

–Si es entre todos, sí. Y sólo si me permiten entrar al pueblo mi ballena-.

–¿Una ballena? –preguntó una voz desde el conjunto de niños y ancianos. La única y última ballena que habían visto era blanca, pintada en la tapa de un libro que una avioneta perdida había arrojado desde el cielo. El recuerdo del mar le hizo a Josefina arrugar la nariz y comprendió, sin confesarlo, de dónde venía el olor a sal. Su esposo le había traído de regalo una vez un trozo de mar dentro de un caracol, momentos románticos con su hombre que el tiempo se había encargado de fosilizar, y ella se empecinaba en rescatarlos igual a un perro hambriento.

Esta vez vieron al arañero acercarse hasta la pared de selva que apretaba el pueblo, apoyar una mano en el verde y acariciar. Los árboles y las hojas se retorcieron como si el sol las hubiera tocado, y ese sonido se extendió por unos segundos. Caminó unos metros para despejar miedos y regresó enseguida, dando paso al pueblo en dirección a la claridad del mismo cielo pero más lejano, hasta que pisaron la esponjosa orilla de un rio. El arañero silbó, y primero el cuerno azul, seguido de la cabeza, emergió entre el confuso curso del agua. Después les pidió que se descalzaran, ya que eso blando que sentían debajo de los pies era el cuero del animal. Los hombres y las mujeres saltaron, y en el apuro algunos  cayeron al agua. El arañero extendió una mano y la ballena le acercó los labios. Sólo después fueron pasando los hombres y las mujeres en silencio y apoyando las manos en el cuerpo, para oír las vibraciones y los mensajes de aquel habitante que había recorrido los ríos y los mares del mundo hasta acercarse a ellos, entre infinitos continentes habitados por pueblos infinitos, tan breves y profundos como un instante desconocido y eterno.

Categoría: Narrativa | Tags: |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón y Darío Alejandro Escobar

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados