Actualizado el 21 de agosto de 2017

Pescado crudo

Por: . 16|8|2017

Farallón erótico

Fotografías Racso Morejón

Algo cambió en mí el día en que llegaron a nuestra casa. Vasili (al que todos llaman Vasia) es un viejo amigo de mi suegro, de la época de estudiantes en la URSS. Llevaban más de veinte años sin verse cuando restablecieron el contacto a través de Facebook, y casi enseguida Vasili decidió tomarse unas vacaciones con su familia en esta Isla. Como es de esperar, mi suegro ofreció su casa, y así fue que conocimos a Vasia y a Marina, que es su mujer. Ellos viven en Kiev, pero Marina es rusa (son tan grandes las diferencias entre rusos y ucranianos…). La habitación que se les asignó fue la mía y de Tony, por ser la más cómoda; de modo que él y yo tuvimos que trasladarnos al cuartico de pintar, donde hay una estrecha cama personal. Por nosotros estaba bien, de todas formas los visitantes estarían en el país solo 20 días, de los cuales 7, o más, permanecerían en Varadero.

Desde el inicio se comportaron muy cordiales, como si fueran amigos nuestros de toda la vida. También desde el inicio cogí a Vasia mirándome el culo, en un momento en que los dos nos quedamos sin compañía en la sala. Nosotros en la casa igualmente procuramos todo el tiempo que los nuevos inquilinos se sintieran a gusto, sin presiones de formalidades ni nada parecido. Así pues, Vasia y Marina, en muchas ocasiones, andaban por el apartamento en short y chancletas, ella con una blusita que dejaba ver el dorado piercing de su ombligo. Él, a pesar de su edad, tenía una silueta esbelta y fornida. Alto como un ucraniano, de espaldas anchas, brazos y piernas fuertes y bien proporcionados, y abdomen con un leve exceso de grasa. Ella también era dueña de una figura harto agradecida para sus casi 50 años. No tan alta, caderas anchas, brazos y piernas fuertes y bien proporcionados, abdomen apenas prominente, y tetas bastante poco caídas. Los dos eran rubios de ojos claros, con cara de rusos, y tenían la piel bronceada y tersa. Un par de cuerpos obtenidos gracias a una dieta rica en proteínas y papa, saunas frecuentes, baños de sol sin ropa en la nieve (esta imagen me fascina), y casi ningún estrés.

Era un vacilón tenerlos en la casa, ni siquiera la comunicación fue un problema. Mi suegro hablaba ruso y los traducía, Vasia sabía algo de inglés y podía hablar conmigo sin mediación de nadie, o bien tomarme como traductora. Marina solo dominaba el ruso y mi suegra el español pero a pesar de ello lograron de alguna manera entenderse y cocinaban a dueto como quienes llevan años haciéndolo.

Ver al ucraniano ir y venir sin camisa era mi placer secreto. Con mi mejor cara de póquer lo vacilaba entero. Creo que él lo sabía, porque siempre se aseguraba de pasarme por delante varias veces. Ella también era bonita de ver, cuánto me gustaría llegar a esa edad con esa figura. Recuerdo incluso que, dos meses tras su partida, me hice una perforación en el ombligo; aunque nunca se lo dije a nadie, fue el piercing de Marina el que me inspiró.

Tomé una silla y me senté de frente al espaldar, de modo que mis piernas quedaban abiertas. Un día de mucho calor me dirigí a tomar agua a la cocina y allí estaba Vasia, preparando un pescado. Tenía el torso desnudo. Ya le había quitado las espinas al animal muerto y ahora lo picaba en filetes. Manejaba el cuchillo con una destreza de especialista; con la mano derecha daba cortes suaves pero certeros, mientras con la izquierda, deleitado, sujetaba y acariciaba la carne e iba poniendo los trozos en un plato aparte. De repente tomó uno de esos pedazos, le cortó un cacho, le echó sal y se lo llevó a la boca.  Me sorprendí pero no sentí asco, no obstante pensé estos rusos son tremendos cochinos. Vasia me dijo paprovoipaprovoi extendiendo el pescado hacia mi cara y yo nienie I don´tlikeitthatway y él try it, try it, it´sgood y yo tímida e indecisa, no me interesaba meterme esa mierda cruda en la boca pero estuve a punto de hacerlo, al ver su mano toda embarrada de pescado, con aquellos dedos largos y fuertes ofreciéndole a mi boca un banquete para mí extraño. Pensé en el sabor del pescado sin cocinar, luego en Tony, y aparté mi rostro. ¿Tú sabes algo de cocina?, me preguntó divertido en su inglés macarrónico. No, pero sí sé que eso no se come así. Él, tú no sabes nada, esto es delicioso, y lentamente se introdujo en la boca el último pedazo, que degustó con los ojos cerrados como si aquello fuera lo más grande del mundo, qué clase de puerco, salvaje, pero qué fácil disfruta de la vida, pensaba yo.

El viaje a Varadero lo hicimos como a los seis días de su llegada. Fuimos todos. Vasia, Marina, mis suegros, Tony, y yo. El mismo día que arribamos caí con la menstruación y la rusa me dio un paquete de tampones para poder bañarme en la playa. Como eran de los chiquitos me los tenía que meter de dos en dos. Nunca antes los había usado y contrario a lo que mucha gente dice, no son nada incómodos.

La casa donde nos quedamos estaba a ciento cincuenta metros del agua. Apenas media hora después de llegar y haber colocado cada cual los bultos en su habitación, ya nos zambullíamos en un mar calmado y lleno de sol. Mis suegros estuvieron unos minutos, el resto duramos hasta bien entrada la noche. Eran cerca de las 21:30 cuando, tras conversar con nosotros un rato sentados en la arena, Marina y Vasia se pusieron en pie de repente, se despojaron de sus respectivos trajes de baño, y corrieron al agua gritando como dos niños. Además de nosotros cuatro, en la playa solo se veían dos o tres figuras lejanas. Tony y yo los miramos extrañados primero, luego partidos de la risa.

Zarcillo en el labio -Qué clase arrebato tienen estos rusos. – Tony los veía encantado.

-Lucen felices ¿verdad?- Le dije.

-Nos están provocando.

-¿Y qué? ¿Te cuadra? – Le pregunté en tono de broma, pero tanteando el terreno.

-Tú sabes muy bien lo que yo pienso sobre meter terceros en la relación. – Se puso un poco serio.

-Claro mi amor, estoy jodiendo. -Tony y yo somos de los que piensan que darle entrada a otra gente en lo nuestro es como ultrajar una criatura maravillosa a la que solo nosotros tenemos el privilegio del acceso: nuestra intimidad. No obstante, por aquellos días me sentía compartidora y se me antojaba exhibir un poco la criatura. A pesar de ello no me atrevía a proponerle nada a Tony; mucho menos a materializar mis deseos a espaldas suyas.

Eva y AdanNos levantamos y nos dirigimos a la casa, estábamos hambrientos. Los rusos ni cuenta se dieron. Sus siluetas desnudas se movían de un lado a otro, retozando alegres.

Mis suegros, mi novio y yo permanecimos en Varadero de viernes a domingo, los eslavos se quedaron unos días más. Luego, al regreso, nos mostraron las fotos que se hicieron. La mayoría eran en la playa, se fotografiaban entre sí, juntos, o bien con un montón de sujetos para mí cotidianos y para ellos súper interesantes. Todos eran negros (tal parecía que se retrataban con cada uno de los que encontraban en su camino), pero esto no me sorprendió. Conozco el atractivo de lo exótico y en Kiev no abunda el color del Caribe. Lo que me resultó más curioso fue lo siguiente: todos eran hombres. Un grupo grande de las fotos mostraba a Marina y a un negro de cuerpo apolíneo, masajista, cubierto solo por un ligerísimo traje de baño. Marina bocabajo, Marina bocarriba, el negro, a veces posando solo a la cámara, mostrando su cuerpo brillante, sus carnes esculturales, pero casi siempre masajeando vaporosamente a la rusa, muy concentrado en su labor. Una de esas fotos (acaso la más pregnante) era un escorzo, tomada desde los pies de ella y apuntando a sus nalgas, justo en el momento en que el negro se las apretaba como panadero enardecido. Incluso hicieron un video, al final de la sesión de masaje, donde se veía a Marina con tremenda cara de anormal,  como quien acaba de tener un orgasmo múltiple. Lo que más me gustó de esas imágenes fue saber que era Vasia quien las había tomado, que era él quien había estado, todo el tiempo, detrás de la cámara…

Los miré en silencio, se veían hermosos. Al día siguiente de su retorno a La Habana, cuando llegué de la facultad, en la casa no estaban ni Tony ni mis suegros. Luego de entrar oí un sonido extraño; me acerqué a la puerta de su cuarto, que era la de mi cuarto y estaba entreabierta, y noté que estaban singando. Me quedé viendo por la rendija, Vasia se percató de mi presencia y, sin dejar de chupar la teta derecha de su mujer, sostuvo la mirada en mis ojos unos segundos. Me sonrió. Marina no se había dado cuenta. Estaban en la cama, él sentado en el borde, ella de espaldas a la puerta y brincando encima de él, que con una mano le metía dos dedos en el culo y con la otra le amasaba y cacheteaba alternativamente la nalga más cercana, ya muy roja. Entré. La rusa se sobresaltó un instante y con la misma siguió en lo suyo. Los miré en silencio, se veían hermosos. Cualquiera pensaría que una pareja como esa, de eslavos cuarentones casados hace dieciocho años, nunca se vería así de bella teniendo sexo; pero sus movimientos eran tan armónicos como una coreografía perfecta y espontánea, y su química era transparente y pura, como si hubieran nacido juntos.

Tomé una silla y me senté de frente al espaldar, de modo que mis piernas quedaban abiertas. Esa posición me permitía rozar mi clítoris contra el asiento, lo cual hice durante un rato indefinido, con oscilaciones apenas perceptibles; y cada vez que estaba a punto del orgasmo, me detenía. A ellos les divertía mi presencia, a menudo recorrían mi cuerpo con miradas hambrientas, de esas que le arrancan la ropa a uno, y me hablaban cochinadas en ruso que, aunque no conocía el idioma, entendía a la perfección. Sus cálidos contoneos eran una provocación difícil de resistir (se meneaban expertos, mejor que cualquier animal tropical), deseos no me faltaron de sumármeles… Al cabo la mujer de Vasia se vino como por tercera ocasión y esta vez con gran escándalo (el marido tuvo que taparle la boca) y después se agachó frente a él con las fauces abiertas y la lengua fuera, presta a recibir la descarga seminal sobre su cara. Ahí pude ver por primera vez, en toda su magnificencia, la espléndida pinga de Vasia. Él, con su diestra potente, la recorría calmado de arriba abajo y la estaca palpitaba hirviendo. Hasta hoy, es la más linda que he visto en mi vida. Rosada, con la cabeza roja y tersa, inmejorablemente recta, sin ningún tipo de curvatura, llena de venas, grande y gorda que no hace daño… todo un monumento al falocentrismo. Mirando aquel pingón yo solo podía pensar en metérmelo; primero en la boca, saborearlo un rato, y luego en el bollo y después en el culo y ahí recibir toda la leche ucraniana de Vasili PetróvichTimoshenko, que fue abundante, espesa y olorosa a cloro con piña, como pude constatar al acercarme a la cara de Marina, para ver más de cerca. A ella le cayó un lechazo en un ojo y al momento se le enrojeció que parecía conjuntivitis. Por un segundo volví a la realidad y me percaté de mis labios todos babeados y mi expresión de imbécil. Sentí unas ganas tremendas de agarrar la pinga eslava que tenía delante y chupar las gotas de semen que le quedaban hasta dejarla seca, Vasia me miraba con una gran sonrisa y Marina también, como diciéndome adelante, es toda tuya. Con esfuerzo me dirigí a la puerta, dispuesta a retirarme. No tienes que hacerlo, me dijo el tipo en su pésimo inglés. Miré a sus ojos, luego a su quinta extremidad, aún erguida, salí y cerré la puerta tras de mí.

...sus movimientos eran tan armónicos como una coreografía perfecta y espontánea...Esa noche hice que Tony me diera una cabilla espesa. El pobre terminó explotado y seco. Al acabar se dejó caer en la cama como un lechón muerto:

-Ayer cogí al Vasia mirándote las nalgas, se dio cuenta y me miró a mí con el mismo gesto.

-¿Y tú qué hiciste?

-Miré a su mujer, que estaba a su lado, a ver si se había percatado de lo que pasaba pero ella estaba en otra cosa, al parecer. Di media vuelta y me alejé. El descarito ese me está cayendo un poco mal. Hace falta que no se pasen.

-Déjalos que miren todo lo que quieran papito, se mira y no se toca.

Los días transcurrían sin muchos sobresaltos. En esencia cada jornada consistía en lo siguiente: llevar a pasear a los rusos (casi siempre por el día) y más tarde, en la casa, conversar o jugar monopolio o dominó, o hacer cualquier otra cosa irrelevante; la comida nocturna solía correr a cargo de mi suegra y Marina. En las salidas Tony y yo pocas veces participamos, fueron mis suegros los que se la pasaron haciendo de guías turísticos.

Fue entonces cuando ambos cayeron en la cuenta de que yo los observaba.Así, hasta dos días antes del regreso a Kiev. Eran como las once de la mañana cuando llegué de la escuela -solo había tenido un turno de clase-. En casa parecía no haber nadie, salvo por el sonido proveniente del cuarto donde se quedaban los rusos. Sonido que ya se me empezaba a hacer familiar. Solté en medio de la sala la mochila que traía y con discreción me dirigí a la habitación ruidosa. Esta vez la puerta estaba completamente abierta y lo primero que se veía, sin pasar, era a Marina sentada en la silla, desnuda, relajada, mirando en dirección a la cama. Al verme tan solo me saludó con una sonrisa cansada. Me apresuré a entrar al cuarto y ahí estaba Vasia sobre la cama, sodomizando a Tony. Ninguno de los dos advirtió mi presencia, estaban de espaldas a la entrada. Tony en cuatro, con la cara pegada al colchón, masturbándose; Vasia detrás suyo, agazapado, pistoneando con fuerza, metiéndosela hasta el cabo. Los dos gemían. Me quedé casi inmóvil en mi posición viendo aquel cuadro, odiosamente bello. Ahí estaba al fin lo que yo deseaba, sin embargo no me sentía satisfecha, no me sentía bien del todo. De súbito Vasia dejó de darle pinga a Tony y se puso a chuparle el culo y a morderle las nalgas.

Fue entonces cuando ambos cayeron en la cuenta de que yo los observaba. Tony se puso en pie de un salto y se quedó mirándome con los ojos muy abiertos. Vasia sonreía descarado y tranquilo. Marina soltó un par de carcajadas, luego se hizo un silencio tenso. Eché un vistazo a la pinga de mi novio. A la del ucraniano. Ambas se mantenían como un palo.

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