Actualizado el 2 de octubre de 2017

De un lado, del otro

Por: . 29|9|2017

Alguna vez hubo como un tirón en la pelvis, un impulso impreciso, pero son datos que llegan por telégrafo, imágenes, píxel, decibeles. Simple física.  La manía de traernos comenzó desde hace mucho. En un  tiempo una  dogmática  pasión  por  el  orden  me  compulsó a urdir teorías de selección. Pronto me convencí; los del otro lado carecen de imaginación, son anárquicos, visitan al odontólogo, se les  ocurre una razzia y ahí tenemos otro grupo. Uno no es sin el alma y eso lo rompes el día en que llegas. Pones el alma encima de una mesa y la golpeas duro con un tubo de hierro. Presencias el espectáculo con  una frialdad de agua: tu alma, sin el menor atisbo de vida, yace sobre una mesa.  Se  diría que leyeron a Dante, que persiguiendo  a  alguna Beatriz fabricaron esto. El infierno fue dividido atendiendo a delitos, pecados, secciones, cubículos, Dante era un tipo organizado, metódico, obsesivo en el mínimo detalle, tramó, sin saberlo, un sistema primario de bases de datos, un algoritmo perfecto. Ellos, es cierto, no han osado dividir nada. Esto es la extensión, el espacio, y en él somos hacinados. Me he preguntado si resulta lo suficientemente vasto para contenernos de una buena vez a todos si a los del otro lado se les ocurriese. Nos acumulan como trigo en un granero, desconozco cuántos quedaran aún afuera, qué tiempo tardarán en traernos a todos. El Conde aprovechó la muerte del Abate para huir del Castillo de If. Aquí no se muere, se transcurre y ese transcurrir quizá sea la muerte  o su antípoda y además; no hay Abates. Teóricamente es fácil salir, no existen muros electrificados, ni barreras de púas. Tampoco casamatas con luces o vigilantes atentos. Hay un límite, eso sí, trazado muy bien dentro del instinto de cada uno de nosotros, un punto que no admite intrusos y se le respeta. De hecho cualquiera pudiese salir, abandonar el espacio, mas no lo hacen. Aquí estamos, nos han traído y no osamos volver al  otro  lado.  El recuerdo es lo peor, cuando desde allá, no desde la parte física, sino  desde el recodo  espiritual, comienzan a llegar imágenes,  voces,  fechas,  temes que comience  a desgarrarte la nostalgia, al  fin  comprendes  que  recibes  sólo  datos, cifras, eres el telégrafo receptor de un emisor perdido en ti mismo. Antes, cuando circulaba el rumor de la existencia de los lados, me encogía de hombros y tarareaba alguna melodía. Hoy todos lo saben y quedamos brazos abajo, mirada de espécimen caprino. No puede negarse que hemos desarrollado habilidades innatas para la simulación, excluyo la cobardía, algunos, versados en medicina, han vaticinado se  trata  de  alguna variedad de catatonia. De este lado se pierde la capacidad de elegir, importa lo mismo Marilyn Monroe que el virus Ébola. El sexo es  sólo  un  bulto del cuerpo.  No hay coquetería, virilidad, cosquilleos en el abdomen o necesidad imperiosa de masturbarse. Si te matas el alma no hay que arremeter contra el sexo; queda también él sobre la mesa, así como pierdes el brillo en los ojos pierdes el ansia del complemento, el lujo del cuerpo. Los  lujos, y el sexo lo es, pierden de este lado su leitmotiv. No existen conceptos como forma, belleza, fealdad, deseo. En la cárcel todo es grotesco porque los extremos siempre lo son, hay onanismo, sadismo anal. De este lado no se nos sorprendería en semejantes ternezas. Alguna vez hubo como un tirón en la pelvis, un impulso impreciso, pero son datos que llegan por telégrafo, imágenes, píxel, decibeles. Simple física.  He tratado de  hallar  qué nos ha tornado diferentes. Lo paradójico está, sin embargo, en nuestras semejanzas, somos idénticos, más aún, somos los  mismos. Los  que  un  día  toman  a un grupo para traerles acá, serán a su vez tomados días, semanas o meses más tarde por otros que también serán traídos. Cada uno de  nosotros  jugó  ese papel,  pero se olvida, es zona de silencio, de vacío absoluto. Eso nos exime de  responsabilidades, nos coloca limpios de la complicidad o el cohecho. Tal vez, incluso,  alguno de este lado haya resultado mucho tiempo atrás  el demiurgo, el hacedor del mecanismo. Puede que permanezca fuera,  más lo traen, un día lo traen, también a él, eso es seguro. No se alude a jerarquías, órdenes o directivas de niveles superiores, un solo nivel  funciona: traer y ser traído, una democracia  absoluta, sin urnas, parlamentos o golpes de estado que la pierdan. No debe pensarse en intervención divina; engañarse  con el cuento de los dioses sería esquivar el protagonismo. Nada hay de dramático o  aterrador en el procedimiento. La vida, dentro o fuera, carece de esos matices; es la inexperiencia o el masoquismo lo que nos mueve a pensar así.  Somos seres dados a lo trágico, lo teñimos todo de esos colores, padecemos lo trágico o lo hacemos padecer. Esa es nuestra vanidad, pero aquí todas las vanidades desaparecieron desde el inicio, el orgullo, el sentido de pertenencia a castas de ambos lados. Uno acaba abandonando explicaciones demasiado arduas, un humanista podría juzgar actos atendiendo a ética, disciplina, sentido del deber, ideologías; un psicólogo alegaría temperamento, personalidad, elementos adquiridos en la infancia. Nada de eso. Pura coyuntura, la ética o la psicología no determinan que estés de un lado o del otro. Es un juego. Lo hemos comprendido de una vez. Jugar el rol que tú mismo te adjudicas, hacerlo, no por deber, coerción o el mero placer de jugar; jugar porque en realidad no hay otra salida. De un lado todo sería demasiado unidimensional, burdo, por muchos goces que acumulara esa parte nadie  pudiese arrancarte el hedor del aburrimiento. Cuando todos deambulemos aquí dentro, el último que haga entrar a su prójimo se sentará, lo pensará un poco,  pronto sabrá que jugar es posible únicamente entre semejantes, tomará a varios, los llevará al otro lado, esos a su vez tomarán a otros, con el tiempo estaremos otra vez todos fuera  para  recomenzar  el  ciclo.

Cuando todos deambulemos aquí dentro, el último que haga entrar a su prójimo se sentará, lo pensará un poco,  pronto sabrá que jugar es posible únicamente entre semejantes...Cada ocasión te rompes o te reparas el alma; ora la dejas sobre una mesa, ora la introduces dentro del cuerpo. No hay víctimas ni victimarios, todo es el simple rol que te confieras. Hemos acabado comprendiendo que enfrentarnos a esta verdad no nos destruye la magia lúdica, no vamos a dejarnos caer aburridos al rincón, y no vamos a hacerlo porque a cada uno de nosotros, de un lado o del otro, con alma o sin ella, este rol le gusta.

* Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, 2017, en su XVI edición, por Viento del Neva

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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