Actualizado el 30 de octubre de 2017

Miradas

Por: . 27|10|2017

El baño del Museo siempre está vacío y huele a ambientador caro, parece que a los artistas les avergüenza mear, mejor para mí. La mujer me observa con una mirada inconfundiblemente morbosa. Tendrá unos cincuenta años, lleva un vestido rojo de encajes y, excepto sus ojos, todo su rostro irradia seriedad. A su lado otra señora parece hablarle. Ella solo me mira.

-Vieja puta- pienso y sonrío. En mi entrepierna una erección para nada involuntaria lucha contra la mezclilla. Me agarro el bulto sin disimular demasiado. Puedo ver como se sonroja, pero no aparta la mirada, le gusta.

Siempre he tenido suerte con las ¨maduritas¨, sobre todo las intelectuales con pinta de recatadas. Mi desenfado las atrapa, las hace sentirse deseadas. Es por eso que cada día vengo al Museo de Bellas Artes, hay cientos de ellas aquí. Me siento en el banco y las observo pasar con sus carpetas y sus libros. Paso horas escogiendo mi objetivo, buscando el brillo exacto tras los espejuelos que revele el lívido reprimido.

Después, generalmente, me voy al baño y me masturbo unas tres veces. El baño del Museo siempre está vacío y huele a ambientador caro, parece que a los artistas les avergüenza mear, mejor para mí. Todavía recuerdo mis días por la Terminal de Trenes. La peste era insoportable y en ocasiones tenía que esperar a que otro terminara de hacer lo mismo. Pero aquí no. Este lugar es ideal, perfume, mujeres hermosas y hasta jabón, sí porque yo no soy ningún cochino de esos que andan por ahí embarrados de semen y quien sabe que otras cosas.

Aunque debo confesar que no siempre puedo aguantar los deseos. Un par de veces, cuando están a punto de cerrar y pasa la Señorita Martínez, creo que es la directora o algo así, me excito tanto que me la saco ahí mismo y me la agito lo más rápido posible para poder acabar antes que lleguen los de seguridad.

Después me tengo que perder unos días, me voy al malecón o a otro sitio en busca de mujeres a las que ¨disparar¨ un par de veces. Pero no es igual, no hay morbo, desde que descubrí a las cincuentonas, ninguna otra mujer me complace. Por suerte los guardias del museo cambian constantemente, creo que porque no les pagan bien, y en menos de una semana puedo volver.

Pero hoy ha sido diferente. Me había afeitado bien y perfumado. Llevaba una camisa a rayas que me habían regalado por destacado en el trabajo, estaba impecable. Iba buscando a la señorita Martínez, que no veo desde hace como un mes. Cuando pregunté por ella me dijeron que estaba en un evento en Madrid pero que regresaba el día cuatro, o sea ayer,  para inaugurar no sé qué exposición de los Maestros Renacentistas españoles. Al principio me asusté. En este país eso de que ¨vuelve tal día¨ nunca se sabe con certeza, pero luego recordé que no es la primera vez que viaja y hasta ahora siempre ha vuelto. Así que continué con mi rutina normal en el baño del Museo en espera de su retorno.

Pero al entrar vi a la otra. Era imponente, rodeada por un halo de seducción que todos parecían ignorar. Estaba parada conversando con una amiga. Lo primero que me llamó la atención fue el vestido, demasiado antiguo, y sin embargo se veía tan normal que nadie reparaba en ello. Me acerqué un poco y descubrí que me miraba. Tenía unos ojos verdes provocadores, anhelantes. Me le acerqué más y empecé a tocarme por encima del pantalón. Esa piel, esos senos que se agolpan tras el corsé, el descaro de mirarme sobarme el pene sin apartar la vista, no pude más, me lo saqué y comencé a masturbarme frenéticamente, como nunca.

Tras de mí podía oír los gritos, la risa de un grupo de jóvenes. Vi a la señorita Martínez, como una demente, llamando a seguridad. Nada de esto me importaba. La mujer seguía mirándome con aquellos ojos lascivos, su amiga no parecía enterarse de lo que ocurría y yo estaba a un par de sacudidas de acabar.

Un golpe contundente en la parte de atrás de la cabeza me hizo desmayar, pero ya no importaba. El torrente seminal de tres días, que había estado guardando para la Directora del Museo, golpeó de lleno el retrato de Su Majestad Isabel I de España, La Católica, y salpicó un poco a la Duquesa Ana de Castellón, su  amiga y confidente, ninguna se inmutó. Antes de la oscuridad, lo juro, pude ver una sonrisa de satisfacción en su rostro.

Categoría: Narrativa | Tags: | | | | |

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