Actualizado el 16 de octubre de 2017

Ojos caleidoscópicos

Por: . 13|10|2017

Ojos caleidoscópicos, congelados en el tiempo de la muchacha, que pestañea por última vez y ladea la cabeza. ¿Estará durmiendo? ¿Estará soñando? ¿Soñando conmigo?

Fotografía Racso Morejón

Él dijo que no deseaba contaminarse de su rostro. Aquella era la conversación más larga de la historia. No importaba si la muchacha lucía bien o no, era agradable conversar con ella. Prefería imaginarla, al otro lado del mundo, moviendo sus dedos sobre un teclado, sonriendo. Fascinante eso de ser y no ser desconocidos, mover las teclas para espantar el aburrimiento, formando conversaciones suspicaces. Pero el mensaje está ahí, en el correo electrónico, con archivo adjunto, una imagen digital. Muy joven, muy seria, una mirada que puede encontrarlo desde cualquier sitio, ojos que taladran, sin pestañear desde la pantalla del monitor. No es fea la muchacha, tampoco obscena. Podría pasar desapercibida si llevara anteojos oscuros y velos para esconder los labios entreabiertos del otro lado del mundo, donde juegan a las palabras, labios para esconder la lengua suspicaz de la muchacha, labios callados desde la pantalla del monitor de este lado del mundo, donde el hombre mira a la muchacha, detenida en medio de una frase, en algún lugar desconocido, con esos ojos que no dejan de mirarlo con seriedad, con simpatía, con erotismo. Ojos caleidoscópicos que observan al hombre recostado en la silla del cuarto vacío, doblada la espalda del hombre, tensos los músculos del hombre, cerrados los ojos, abierta la boca, congelado en el tiempo, detenido en la boca entreabierta de la muchacha recorriéndole el cuerpo, hablándole con una voz desconocida, voz muda, voz sin sonidos, solo un abrir y cerrar de la boca de la muchacha, que pestañea y ladea la cabeza, que le hace cosquillas en los muslos con las puntas del cabello suelto. Una muchacha sin pecho para respirar, sin muslos para envolverlo, sin piernas para correr por la habitación. Una muchacha de hombros para arriba que lo mira con picardía, con seriedad, con repugnancia, con odio, que lo taladra con los ojos, aunque apague el monitor donde habita, y extinga las luces, y cierre los ojos. ¿Qué estará haciendo la muchacha en este momento? Cabalgando sobre el cuerpo de un desconocido al otro lado del mundo, quebrada. Los ojos cerrados, dormida la muchacha, la boca entreabierta. ¿Estará dormida? ¿Estará soñando? ¿Soñando conmigo? Pero la muchacha no está soñando, no está dormida, no cabalga sobre un cuerpo al otro lado del mundo. Al otro lado del mundo es de día, la gente trabaja en este momento, no se puede vivir sin trabajar de aquel lado. Todos caminan como locos, apurados, con informes entre las manos, hacia una reunión aburrida, con clientes aburridos que desean un software para gestionar su negocio, su negocio rentable que, gracias al software, dejará de ser rentable y pasará a ser millonario. Poderosos los clientes, no se puede llegar tarde a la reunión o me quedo sin trabajo, piensa la muchacha, escalofriante quedarse sin trabajo. Mira su reloj, tiene solo unos minutos para subir las escaleras, entrar al salón de reuniones, decir buenos días, con ese acento encantador que aprendió durante los años de universidad. Difícil la universidad, nunca pensó que existieran tantas Matemáticas. Matemática Aplicada, Matemática Discreta, Álgebra Lineal, Probabilidad y Estadísticas, Contabilidad y Finanzas, Cálculo. Cálculo siempre era la más difícil. Cálculo I, II, III, IV. Cálculo en orden ascendente, en orden interminable durante toda la carrera. Encantadora la universidad, nunca imaginó que la programación le gustaría tanto. Programación I, II, III, IV. Interminable la programación, fascinante la programación, un acertijo, un reto a la inteligencia. Inteligencia Artificial I y II. Fue buena estudiante, le gustaba lo que estudiaba. Los demás confiaban en ella, siempre debía repasar a algún rezagado que no entendía del todo, que faltó a clase. Le gustaba ayudarlos, a ellos les gustaba que lo hiciera. Eran un buen equipo. Fue buena, no de las mejores, pero buena, nunca tiene sentido ser de los mejores, sino de los buenos, ser mejor no implica ser bueno. Por eso consiguió este trabajo, que no es de los mejores, pero es bueno. Al menos tiene un buen nombre y le pagan todos los meses. Todos los meses el dinero llega a su cuenta bancaria, todas las semanas va al cajero y retira una suma pequeña, lo suficiente para subsistir la semana completa. Los del mercado prefieren cobrar en efectivo. Compra embutidos y verduras, aún no aprende a cocinar, por ahora no interesa. Ya habrá tiempo para cocinar. En la universidad no enseñan a cocinar, enseñan Matemáticas y Programaciones, a cocinar nunca. Para eso están los libros de cocina, los manuales de cocina, los tutoriales. En la universidad aprendió que todo aparece en los libros, en los manuales, en los tutoriales. Basta con abrir un navegador web y mover los dedos. Inteligente la muchacha, sabe de todo esta muchacha. Reía mucho por aquella época, salía con los amigos, faltaba a clases cuando tenía resaca, calzaba tenis, vestía bluyines, leía poemas, fumaba con los amigos, dormía con los amigos. Tenía grandes sueños, sueños ambiciosos, un lenguaje de programación que optimizara el tiempo de respuesta y el tamaño del código, un algoritmo para completar series numéricas, un sistema operativo inteligente. Solía correr por las tardes, cinco kilómetros diarios. Pensaba en el futuro mientras corría, pero nunca lograba alcanzarlo. Cabrón el futuro. Luego terminó la universidad, la carrera. Llegó al futuro, enamorada del futuro. El futuro la colgó de los brazos, le abrió las piernas y la penetró. El futuro abusó de la muchacha y ella se creyó amada. Cabrón el futuro, tu madre, futuro. ¿Cómo escapar de él? Síndrome de Estocolmo ¿Cómo no amarlo? Siente que el futuro la golpea, y no quiere ni puede huir. ¿Huir a dónde? Este trabajo no es de los mejores, pero es bueno, lo importante es que sea bueno. Otros trabajos son peores, casi todos. Muchas empresas de software han quebrado, pero esta sigue en pie, esta es de las buenas. Aquí hacen herramientas de gestión, algoritmos, sistemas operativos. Lo que sea, lo que pida el cliente, porque el cliente siempre tiene la razón, aunque nunca solicite productos novedosos, productos que cambien los paradigmas del software, que inmortalicen a los autores. Trabaja en una buena empresa, de cierto modo puede sentir que hace cosas buenas, que es parte de todo, aunque no trabaje directamente en el desarrollo de software, en el laboratorio, aunque haya estudiado para hacer grandes cosas, para cambiar el mundo. Debe pensar que su trabajo es importante. Aún recuerda el día de la entrevista. Abrió el closet y sacó su único traje, un conjunto gris. El gris le quedaba estupendo, marcaba la cintura y combinaba con los zapatos, altos los zapatos, difícil caminar con ellos. Los tenis miraban desde una esquina del cuarto. El cuarto era un desastre, todo fuera de lugar, no encontraba el libro de poemas, difícil viajar en el metro sin un libro. El espejo devolvió una mujer esbelta de cabello recogido, una extraña que debió apresurarse para no llegar tarde a la entrevista. El jefe de la empresa tomó el currículo y lo hojeó distraído. Eres una muchacha muy joven. El jefe nunca recibió una asignatura llamada Comunicación Profesional. No tienes experiencia. El jefe nunca leyó a Roger S. Pressman ni a Ian Sommerville. La muchacha no era fea, podía trabajar directo con los clientes, tomar nota de los acuerdos con los clientes, llevar el café a los clientes, llenar muchos papeles, interminables papeles del expediente del proyecto, subir las escaleras, empujar la puerta y decir buenos días, con ese acento encantador. Interminables los papeles, cremoso el café, largas las escaleras, repugnantes los clientes, encantador el buenos días. Papeles. Café. Escaleras. Clientes. Informes. Buenos días. Lo importante es que sean buenos, quizás no sean los mejores, pero que sean buenos. Buenos los días, el trabajo, el sueldo. Buenos y aburridos. Sobre todo aburridos. Aquí todos son aburridos, antes todos no eran aburridos, ella no era aburrida, los amigos no eran aburridos, todo era mejor, mejor no implica bueno. ¿Qué ha pasado? Los amigos no aparecen por ninguna parte, se han mudado, se han muerto, se han casado, se han vuelto aburridos, como ella, como todos, como la ciudad, como el país. Tal vez siempre fue aburrida la vida. Una mierda la vida, como el expediente de proyecto, como los papeles que sostiene entre los brazos, como la estación del metro, llena de gente extraña, gente aburrida que tiembla por el frío bajo sus abrigos de pieles o que tiembla de frío acostada sobre periódicos. Personas que esperan algo que nunca ocurre, que esperan solas, aburridas, que hablan sobre el fútbol, que gritan sobre el fútbol, que compran paquetes de galletas. Dulces las galletas. Cuatrocientos gramos de calorías, sacarosa, sales, conservante, grasa sobresaturada que irá directa a la región abdominal. Tendría que correr muchos kilómetros para quemar toda esa grasa, pero no podrá hacerlo porque el metro no ha llegado y es de noche. Cuando llegue a casa estará cansada, comerá embutidos y vegetales. Solo le restará tiempo para un baño caliente, caer sobre las sábanas, dormir hasta la madrugada siguiente. Luego, más de lo mismo. Papeles. Café. Escaleras. Clientes. Informes. Buenos días. Y la estación del metro, siempre la misma estación del metro, llena de personas dobladas sobre teléfonos inteligentes, sonriendo a los teléfonos inteligentes. Gente callada que sonríe frente a sistemas operativos para teléfonos inteligentes, Windows Phone, iOS, Android. Gente con audífonos, escuchando música que los demás no escuchan, música privada, silente, música interior, como la esquizofrenia. Cosa de locos la estación del metro, llena de gente que mueve los labios sin pronunciar sonidos. Las calles desbordadas y la gente sintiéndose sola. Patética la gente de esta ciudad. La muchacha se parece un poco a la ciudad. Las muchachas siempre se parecen a las ciudades, sobre todo cuando es invierno. Sobre todo ahora que nieva y la muchacha recuerda las calles donde creció, unas calles cálidas, al otro lado del mundo, donde nunca sintió frío, donde nunca sintió miedo, donde salía con los amigos, bailaba con los amigos, fumaba con los amigos, dormía con los amigos. Los mismos amigos que ahora están muertos, casados, aburridos, desparramados por el mundo. Los amigos que ya no son los amigos. Extraños. Extranjeros. Da miedo encontrarlos. Da miedo descubrir que han cambiado, que ella también ha cambiado. Congelados los amigos. Congelada la muchacha. Congelada la ciudad, la vida, aunque las redes sociales digan lo contrario. La muchacha abre Facebook y tiene cuatrocientos treinta y siete amigos. Popular la muchacha. No es fea la muchacha. Todos quieren conocerla. Todos le dicen Hola nena. Cómo estás, y agregan De dónde eres. Todos ríen del mismo modo, combinaciones de las letras jota y a, combinaciones de las letras jota y e, ele o ele si ríen a carcajadas. Existen muy pocas variantes. O eme ge es equivalente a oh my god, una expresión de asombro. Es fácil entender los códigos de las redes sociales, lo difícil es entender a la gente. Aburrida la gente de Facebook, toda la gente excepto un hombre que habita al otro lado del mundo, un hombre inteligente. Da gusto conversar con él, es mayor, pero da gusto, por eso se conecta todos los días. La charla virtual más intensa de la historia. Luego la muchacha se desconecta, siempre se desconecta. Él le dice, Por favor, no te vayas, pero ella siempre se tiene que ir. A veces se queda un rato más, pero acaba yéndose. Terrible que se vaya la muchacha. Triste despedirse de ella. Dan ganas de quedarse para siempre delante de la computadora, en la oficina, dormir en la oficina por seguir conversando. Suspicaz la muchacha. De alguna manera siempre evade hablar de sí misma, tal vez sea eso lo que le intriga tanto. Eso y que habla de poesía. Es extraño encontrar una muchacha que hable de poesía, que piense poéticamente, una muchacha que sea capaz de lograr lo que no logró ningún plan de trabajo, retenerlo luego de las cuatro y treinta de la tarde. Melancólica y dulce la muchacha, es difícil no contaminarse de su rostro. Se siente estupendo hablar con una mujer así, por eso le da igual quedarse una hora más en el trabajo, llegar tarde a casa, inventar una excusa a la mujer. El transporte siempre es una buena excusa. La mujer nunca sospecha, la mujer confía en su marido. Encantador el marido. Agradable el marido. Estupendo el marido. Cariñoso el marido. Buen padre el marido. Cada noche ven juntos la novela y duermen frente al televisor. Romántico escucharlos en un coro de ronquidos, sentados en el sofá, frente al televisor, hasta que el hijo les dice Acuéstense, y ellos responden Estamos viendo la novela, Está buenísima la novela, pero la novela siempre se ha terminado y transmiten un documental de animales en santuarios, animales que se reproducen, animales que se extinguen. Siempre se acuestan vencidos por las evidencias de la programación televisiva. A veces tienen sexo, a veces no, luego de veintisiete años el sexo no es lo más importante. Cuando eran jóvenes tenían sexo todas las noches y todos los días. Solían hacerlo en la azotea, no tenían casa, cualquier lugar vacío era un buen sitio. En aquella época eran más delgados y más felices. La mujer nunca fue melancólica, sino alegre. Divertida la mujer, cariñosa. Le llenaba la cara de besos cada vez que llegaba. Luego vino la casa nueva y el hijo, los besos cada vez menos apasionados, sin lenguas, sin grandes intercambios de saliva, sin abrir las bocas, besos como de niños pequeños, labio contra labio. Una familia de verdad. Engordar juntos. Envejecer juntos. Discutir juntos. Reconciliarse juntos. Tener sexo. Tener miedos. Tener sueños. Olvidar los sueños. Olvidar los miedos. Olvidar el sexo. Recordar el sexo. Ir a las reuniones de padres en la escuela del hijo, dar dinero para comprar el regalo del día del maestro. Cambiar de trabajo, quedarse sin trabajo, revender cosas para sobrevivir, para darle lo mejor al hijo. La carne para el hijo, para que creciera fuerte, ellos ya habían crecido todo lo que iban a crecer. El jabón de baño para el niño, para bañar al niño, para que oliera bien, para lavarle detrás de las orejas, para estrujarle la espalda y el cuello. Muy lindo el niño, muy bien educado. Lavándose los dientes con sal porque la sal blanquea. Magnífico el niño. Daba gusto mirarlo. Bien educado. El hombre está orgulloso del hijo, de la mujer, que nunca dejó de ser cariñosa. Su amiga la mujer. Su madre la mujer. Su hermana la mujer. Una parte de su cuerpo la mujer. Pero su mujer no sabe nada de poesía. Tampoco le interesa. El hombre siente que necesita hablar de poesía. Siempre lo ha sentido, ha acallado las ganas, pero las ganas no se van, se callan, pero no se van, algo muy típico de ellas. Él estudió Economía y las ganas no dijeron nada. Aburrido eso de mirar y no abrir la boca. Aburridos los números y las rayas. Aburrido llenar el libro mayor, el libro diario, los libros más aburridos de todos los tiempos, los libros más terroríficos de todos los tiempos si las cuentas no dan a final del mes. Siempre dan a final del mes, siempre se hace algo para que den. Estresantes las cuentas, las nóminas. Prefería los poemas, la literatura. Le hubiera encantado estudiar Filología en la Facultad de Humanidades, pero en aquella época era muy joven, no sabía lo que deseaba. En aquella época los poemas eran cosas de homosexuales. Nada de poemas. Mejor estudiar Economía, vivir rodeado de dinero. A las mujeres les encanta el dinero, no los poemas. Era un tonto en esa época. Lo supo el día de su graduación, cuando se afeitaba frente al espejo, con cara de económico, su cara a partir de ese día y hasta el día de su muerte. Le dieron ganas de no recoger el título de graduado. Mierda de título, que luego fue resguardado en un cuadro y colgado en la pared de la sala para que todos los visitantes pudieran ver que en aquella casa vivía un tipo de éxito, un hombre que luego encontró una mujer y un hijo, pero que sentía unas ganas enormes de hablar de poesía. Al principio imaginaba que el trabajo era provisional, que pronto encontraría algo mejor, pero siempre encontraba lo mismo, libro mayor, libro diario, nóminas. Casi treinta años haciendo lo mismo, acallando las ganas, olvidando las ganas, adaptándose a las circunstancias. Muchas cosas cambian en treinta años. La esposa delgada está gorda y arrugada. El hijo pequeño ahora es un hombre. Todo cambia, incluso él, se ha vuelto hipertenso y tiene problemas en la cervical, ha perdido cabello. Cuando era joven llevaba una melena sobre los hombros, le encantaba su melena, estaba de moda. Tenía el cabello negrísimo. Ahora es un cabello muy corto y gris, escaso. Cada tres semanas lo rasuran con una máquina eléctrica, antes lo pelaban con tijeras amoladas. El barbero era un hombre agradable, siempre tenía un tema de conversación con cada uno de los clientes. Daba gusto pelarse con él. Mucho cambia en treinta años, lo único que no cambia es su cara de económico, frente al espejo, mientras se afeita. Mierda de cara ante el espejo. Aburrida la cara frente al espejo. Últimamente todas las personas son muy aburridas, él no es la excepción. Seca su cara aburrida, desayuna con la familia, el mismo desayuno de todos los días. Sale a la calle, camina hasta la parada. Todas las mujeres se parecen a su mujer, hablan de lo que su mujer suele hablar. Los jóvenes se visten como su hijo, llevan audífonos y escuchan la misma música. Espantosa la música. Escuchar un tema es escucharlos todos. Música arreglada, voces arregladas. Todo falso. El hombre siente asco de las letras. Letras que reproducen la televisión, la radio, los altavoces. Quizás los medios tengan la culpa, incluso los medios de transporte, los bicitaxis, los almendrones, el ómnibus que llega al fin a la parada. Todos dentro del ómnibus saben la canción, todos excepto algunos que tuercen la boca y fruncen el ceño igual que él. Se parecen, es agobiante que todos se parezcan. Aburrida la calle, el trabajo, los compañeros de trabajo. Siempre haciendo lo mismo dentro de la oficina, algo antes del almuerzo, nada luego del almuerzo, salvo aguardar la hora del regreso a la casa donde la familia espera. La familia que nunca sabrá que existe una muchacha al otro lado del mundo. Se siente culpable por no decirlo, pero no puede dejar de pensar en ella, en su rostro dulce y melancólico de labios entreabiertos que juegan a las palabras. Cierra los ojos y la imagina, abre los ojos y enciende el ordenador. Ella suele conectarse a esta hora. A veces tarda un poco, pero se conecta, siempre lo hace. El hombre mira la pantalla. Ansioso el hombre. Es lunes y no conversan desde el viernes. Tiene mucho que contarle, mucho que decirle, tal vez le hable de poemas o de lo que está sintiendo. Esas ganas de conocerla, de salir con ella, de tomar juntos una bebida combinada. De acostarse a su lado, besarla con los ojos cerrados y con los ojos abiertos, besos largos, interminables besos, gran intercambio de saliva. Quiere embarrarle todo el cuerpo de saliva, acariciarse mutuamente. Hace mucho que nadie lo acaricia. El sexo con su mujer se ha vuelto más directo, nada de preámbulos, se conocen demasiado y van directo a los puntos claves. Pero a la muchacha no va a hablarle de la esposa, claro que no. Tampoco de sexo. No quiere espantarla. Las palabras escritas pueden ser mal interpretadas. Mejor decir que la extraña. Mejor apartar la idea del sexo. La quiere, pero es algo más allá del deseo. No va a creerle si lo dice de ese modo, porque es mentira. Claro que la desea, con ternura, con violencia. Es y no es mentira. ¿Se puede uno enamorar de una mujer abstracta? ¿Una mujer de hombros para arriba, del otro lado del mundo, congelada en el tiempo, en medio de una frase? ¿Hasta dónde llegar con ella? ¿Qué sentirá ella? Ha pasado una hora y la muchacha no se ha conectado. El hombre escribe Creo que estoy enamorado de ti, y luego se arrepiente, pero ya ha enviado el mensaje. Mira la pantalla y nada ocurre, ella no se conecta. Extraño que no se conecte. No importa que el hombre se quede allí, mirando la pantalla del monitor. ¿Estará molesta la muchacha? ¿Me habrá borrado de sus contactos la muchacha? ¿Ya no somos amigos? De nada vale que el hombre le diga Discúlpame, que diga Hola, que pregunte ¿Estás? La muchacha no se conecta a Facebook. No sabe de la ansiedad del hombre al otro lado del mundo. Camina apresurada por la calle. Está próxima a su casa. Tiene deseos de llegar a casa, llegar para conversar con él. Contar de su día, de lo tarde que acabó la reunión, de la cena aburridísima a la que tuvo que asistir por cuestiones de negocios. Aburridísimos los negocios. Mejor habría sido cenar con él. Beber un trago, dos tragos, muchos tragos, fumar juntos, reírse como dos tontos. Lo extraña. No lo conoce y lo extraña, es fascinante ser y no ser desconocidos. Algo en él le atrae. Tienen química. ¿Puede la química viajar a través de las redes sociales, por los cables, por el ciberespacio? Encantador el hombre. Podría irse en las vacaciones al otro lado del mundo, solo para conocerlo, aunque sea casado, no le importa que sea casado. Viajar al otro lado del mundo para romper un matrimonio o para ser amigos. De cualquier modo, valdría la pena, porque aquí la vida es aburrida, la ciudad, las calles, la gente. Insoportable la gente. Todos se abrazan, se besan, se casan, tienen hijos. Todos menos ella. No puede esperar a llegar a la casa para contarle. Necesita conectarse ahora, enviarle un mensaje ahora, justo ahora que un auto se aproxima por la calle, la misma calle por donde ella camina distraída. Los dedos moviéndose sobre un teléfono inteligente, la mente en otro sitio, sin sospechar que un auto ha doblado la esquina, un auto veloz, un auto que se acerca. La muchacha avanza sobre la calle, la calle no suele tener mucho tráfico, por eso no mira hacia los lados, por eso no ve el auto. Casi termina de escribir el mensaje cuando siente el ruido, el golpe, el impacto. Da vueltas. Vueltas por el aire, vueltas y más vueltas hasta el césped, donde abre y cierra la boca en un quejido que no escuchará el hombre al otro lado del mundo. Un quejido que se apaga y quedan entreabiertos los labios, detenidos en medio de una frase. Ojos caleidoscópicos, congelados en el tiempo de la muchacha, que pestañea por última vez y ladea la cabeza. ¿Estará durmiendo? ¿Estará soñando? ¿Soñando conmigo? Es de noche y el hombre sigue mirando la pantalla del monitor. Pasarán muchos días y el hombre seguirá mirando la pantalla. Aburrida la pantalla. Pasarán los años y el hombre pensará en ella, en sus conversaciones suspicaces, se preguntará qué habrá sido de ella, qué estará haciendo en ese momento, mirará su foto dulce y melancólica. Muy joven la muchacha. No es fea, tampoco obscena. El hombre la observará, detenida en una foto digital. Una muchacha sin pecho para respirar, sin muslos para envolverlo, sin piernas para correr. Una muchacha de hombros para arriba que lo mirará con seriedad, con simpatía, con repugnancia, aunque apague el monitor donde habita, y extinga las luces, y cierre los ojos.

Categoría: Narrativa | Tags: | | | | |

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