Actualizado el 29 de noviembre de 2017

El cumpleaños de Cosme

Por: . 27|11|2017

No soy una máquina sexual, me digo, pero basta con que te concentres en sacar su energía, en absorberla sin pausa y sin cesar, para que todo fluya con soltura.

Fotografía Racso Morejón

Mis dos amantes me saludan temprano en la mañana, por teléfono. Es día de cumpleaños para mí y sus voces intentan transmitir un fondo de sincera alegría. Ana Yipsi es pícara, erótica hasta el mismísimo delirio. Me despierta qué ansías, qué maromas, qué jugadas y cruces y arrebatos. Oliana es parca y sensual, aunque brota su esfuerzo por hacer que mi erotismo vibre y se preanuncie intenso. Escucho sus voces y propongo. Hablan el tiempo necesario, el justo que pueden tomarse antes de salir a su faenas respectivas.

También me ha llamado mi esposa, quien anda en un viaje de trabajo en provincias, en compañía de su amante. Su voz es afable, risueña, cariñosa; nada se trasluce de sus verdaderos lances, aunque sí aclara, como lamentándose, que no ha sido posible adelantar su regreso. Tiempo atrás no se hubiera permitido ausentarse este día, pero las cosas han cambiado tanto que prefiere alejarse y evitar cualquier roce, cualquier evento que desbarate la efímera alegría del cumpleaños y lance el día a la ruina. Es noble, a fin de cuentas, su decisión de pasar con su amante mi día de cumpleaños y permitir que fluya sin obstáculos mi comunión con esas dos amantes que se le han adelantado en sus llamadas, para felicitarme temprano en la mañana.

Sin dudas mi esposa se ha dormido tarde y aprovechado hasta el último minuto el calor de su amante debajo de la manta. El amante además es su jefe, y a su vez tiene esposa y conserva en perfecta dignidad su matrimonio. Soy, por mi parte, amante de mis dos amantes: ambas tienen esposos y llevan eso que mal se califica como doble vida. La doble vida debía ser, después de todo, la vida natural del ser humano; así quitábamos la carga moral que obliga a declarar la monogamia como buena, aunque sabemos que jamás lograremos sostenerla. No obstante, hay un vacío en nuestras vidas, aun cuando no existe el más mínimo arrepentimiento ni, para nada, la idea de suspender la práctica.

El esposo de Oliana es un militar retirado que alega intermitentes disfunciones eréctiles, aunque se sabe que con amantes más jóvenes no suele ocurrirle nada de eso. A veces, cuando hablamos por teléfono si ella está sola en su oficina, me cuenta eventos cotidianos en los que él es una parte difícil de sustituir. Llevan una vida de tedio y colaboración que parece perfecta, modelo de felicidad para revistas de consejos didácticos y asuntos de familia. Los años compartidos le otorgan un aval difícil de romper. Cuando está sola y consigue descolgarse un poco del trabajo, habla largo y pregunta. Le cuento, desde luego, segmentos de mi vida destinados a ella en los que tampoco faltan cotidianos eventos con mi esposa.

Ana Yipsi vive con su suegra en tanto su esposo se ha radicado en Costa Rica, donde parece haber hallado una pareja estable. Como la mayoría de las mujeres, no soporta a su suegra, pero su esposo ha designado a su fidelísima madre como amanuense –y puesto de mando informativo– de las remesas y envíos que les permiten una vida más o menos holgada. Ella, además, lo ama y lo desea, no es que siga con él solo por dádivas y enseres. Pero no puede atenerse a celibatos o abstinencias. De ahí que perciba cuánto goza cuando logra escaparse y nos damos a un sexo desmedido y pleno.

Le he dicho a Oliana que mi esposa va a regresar en la tarde de su viaje; en tanto Ana Yipsi supone que tendré un día ocupado de labor, con varias reuniones que le he enumerado con detalles. Estaré, ciertamente, ocupado, aunque la ocupación consistirá en escapar con Oliana a una reservación que ha conseguido para celebrar después de tantos días sin poder encontrarnos. Me tomó por sorpresa, pero me agradó sobremanera cuando lo anunció.

No soy una máquina sexual, pero basta con que te concentres para que todo fluya con soltura. Basta con que tus manos y tu piel se enfoquen en los puntos exactos y vayan desplegándose, para que el acto se nutra de sí mismo y regenere. Mi energía crece si crece su energía. Cuando estoy con Oliana aparto todas las cargas y siento que me debo a ella sola. Es tan devota, esforzada y llana, que inspira solo deseos de alimentarla en espíritu. Nada como el sexo continuo para que crezca el espíritu, es obvio.

Nuestro mediodía es magnífico, no solo porque ella se esmera especialmente y yo le correspondo a cada paso, sino además por cuánto pesa esa estela de días sin poder escaparnos ni poder acoplar nuestros escaños de liberación. ¿Se esmera además, en un secreto morbo, para que no me queden fuerzas en el momento que mi esposa regrese de provincias, o para que sea su cuerpo el que venga a interponerse cuando, según supone, con esos mismos bríos hacemos el amor? Ignora, desde luego, no solo que ella no vendrá, sino que volverá un día después, cansada, quejándose de su migraña, poco dispuesta a dedicarme siquiera un sucedáneo de sexo que siga destruyendo la memoria de los buenos tiempos. Ni por asomo, Oliana imagina la existencia y el rol de Ana Yipsi, mi desborde erótico perfecto.

Al despedirse, Oliana me colma con su abrazo; enumera por enésima vez las precauciones con que debo cumplir y me deja feliz, lleno de vida. ¿Sería igual si viviésemos juntos? Me he hecho la pregunta alguna que otra vez, pero no quiero responderla, no quiero arriesgar lo que llevamos por esa posibilidad de cualquier modo imposible. Sé que es esposa ideal y que es arduo cargarla con reproches, que su entrega la asiste a cada paso y es difícil llevarla hasta el cansancio, ni en el empleo, en lo doméstico o el sexo. Pero me aterra la idea de pensar que en un futuro podamos vivir juntos, convertidos por fin en aburrido matrimonio que acaso se sostenga a partir de lo que lleve oculto.

No puedo hablar de Oliana aunque quisiera; es un secreto que guardamos con estricto rigor. Somos los únicos que hablamos de nosotros. Por el momento nos bastamos, acumulamos las ganas y nunca nos alcanza el tiempo del que disponemos. A saber si es lo mismo cuando por fin hallemos confidentes y entren opiniones diversas en el ruedo. Mientras se aleja, mi mente la retiene húmeda y flexible, al borde de las lágrimas, dúctil al giro de mis manos y explosiva a los usos de mi lengua. Lanza, como todas, alguna que otra frase gorda en los momentos cumbre y apenas recuerda haberlas dicho al terminar. Así queda en mi mente y en mi vida, ocupando una casilla justa.

Me marcho al fin del sitio, enfundado en mi gorra, mis gafas de sol y mi camisa oscura, como si nada extraordinario me pasara, como si a nadie le fuera permitido detectar mi auto. Oliana se ha alejado y debo reponerme para el próximo evento de festejo.

Ana Yipsi, hábil y socarrona como la mejor, se las ha arreglado para buscar un pretexto plausible que le permita escaparse de casa y pasar toda la noche conmigo. La noche de Ana Yipsi es de recuerdo, de no dejarla pasar aunque los riesgos se agranden. Las perspectivas se ensanchan si hacemos el amor y hacer el amor se repite hasta enviciar. No sé qué tiene en sí, pero lo cierto es que en ella se conjugan las sombras del deseo con los relámpagos que tensan el placer. Sería mi amante ideal si los encuentros se hicieran más frecuentes, si demorara menos tiempo entre una y otra de esas noches espléndidas.

Sin embargo, yo no sería su amante ideal si no mediara ese lapso hasta el encuentro, si no dolieran sus huesos de falta de realización, si no la abrumaran las sombras del deseo y no temiera de golpe estar dejando escapar los relámpagos que tensan el placer. Si no estuviera segura de que no soy la persona a la que acudirá para templar su vida en matrimonio, en el caso impensable de que dejara a su pareja o, en el más latente, de que su pareja decidiera desprenderse de ella. Buscaría a otro, cómo no, y seguiría conmigo como amante, como el amigo que soy a fin de cuentas.

Llego al trabajo y me reciben con un cake de vainilla, algunos dulces finos y refrescos. Los cumpleaños, he dicho, no son celebraciones de borrachos, sino sorpresas de niños. Mi secretaria, a la vez Secretaria de la Sección Sindical, saca una caja forrada con papel de regalo. Se desarrolla enseguida el rito insulso de pedir que la abra y de augurar sorpresas de rampante morbo. Aparecen por fin una gorra y un pulóver, fruto de la colecta en que todos mis subordinados se enfrascaron. La vela que colocan en el cake ha sido toscamente tallada para semejar un falo. A su vera las bromas gruesas se suceden y pasamos el rato como en el Carnaval, donde a nadie le preocupa el rango del de al lado ni, muchos menos, el rango de sí mismo. Por último, saco de mi despacho una botella de ron Havana Club Reserva y sirvo un trago a cada uno. Obvio, en consonancia, las palabras formales y de reconocimiento laboral, debidamente escritas, que me han dedicado en calidad del compañero Cosme en la primera parte de la actividad.

–Espero que te dediquen una buena noche –me dice por lo bajo y al final mi secretaria, quien fuera mi esposa por un corto tiempo hasta que decidió dejarme por su amante.

Conozco su tono de complicidad y sé que lo ha sacado de nuestros viejos tiempos, aunque sería incapaz de sostenerlo unos segundos más allá de este instante. Solo pretende darme algo valioso para mi cumpleaños, trascender con un detalle a su alcance los regalos formales y la actividad que le exige su cargo sindical.

Cuando consulto el móvil, que he dejado en vibración en mi gaveta, hay dos llamadas perdidas de Ana Yipsi. Son señales que cruzamos a diario, de apenas un timbrazo. Hay códigos si la necesidad va más allá de marcar nuestra presencia en la viscosa distancia. La insistencia inmediata en la llamada es uno de ellos, segundos solo entre una y otra. Hoy nos veremos, y debo responder con una nueva señal. Marco dos veces seguidas a su móvil y espero por el timbre del directo. Lo tomo y respondo con formalidad, aunque sé que es ella quien está al otro lado de la línea. Tantea y cuando le digo que no hay nadie más en mi oficina se deshace en detalles de a qué hora saldrá para esperar que la recoja y en qué sitio exacto. Ha cambiado de idea respecto al lugar que me anunciara en la mañana. El carácter de amantes nos obliga a reordenar los planes con frecuencia, nos empuja a sentirnos espías de nuestros propios actos. Ella suelta una larga explicación de los motivos del cambio que no escucho. Confío en su decisión y solo necesito retener la hora y el lugar de recogida, para que no permanezca ni un minuto en espera ni yo detenga el auto demasiado tiempo. La precisión en los pases es clave en el trabajo de espías.

La noche de Ana Yipsi resulta especialmente espléndida, digna de una celebración de cumpleaños. No sé cómo lo logra, pero las ganas se van multiplicando, la capacidad se renueva y las fuerzas no fallan aunque venga el cansancio y haga falta un alto para tomar algo. Abro una Red Bull, que bebo lento, mientras ella finge acusarme de hacer trampas. No toma cervezas ni bebidas alcohólicas, así que le he guardado un pote de Kermato, del que le sirvo una copa casi helada. Lo paladea y se me acerca, para besarme con el sabor de la almeja entre los labios. Se encaja sobre mí, aunque espera que en breve la levante, la suba a la meseta, con la piernas abiertas como templos de gloria, y me beba sus jugos transidos por los líquidos. Si tardo un poco más lo insinuará, lo hará ella misma tirando de mis manos. Esta vez prescindo de ese juego; complazco su deseo, correspondo a su gesto de hacer capaz y feliz mi cumpleaños. Ana Yipsi es un géiser en su orgasmo; mi garganta reconoce el sabor y lo retiene, más agudo que la almeja escondida en el Kermato. Y así desciende y se encaja sobre mí, una vez más.

En la mañana, cuando la más adelantada alarma denuncia que es ya tarde, la falta de sueño se revela y las ojeras se muestran sin pudor. Hay algo de robótico en el modo de marchar a la ducha y esperar porque el agua nos reviva. Sabemos, aunque no lo digamos, que esta, como todas, puede ser la última vez que nos quedemos juntos. Nada asegura que pueda repetirse; nada, tampoco, lo corta de una vez.

Salimos del baño, aun sin nada de ropa en nuestros cuerpos, para tomar un café doble, fuerte y casi huérfano de azúcar. Ella se bebe un jugo en menos de un minuto y yo me sirvo leche tibia, que despacho enseguida. No mordisqueamos siquiera una galleta de las tantas que esperan en la cesta de mimbre. Nos vestimos aprisa, pues el tiempo ha pasado y apenas le quedan rendijas de respiro. Hábil y precisa, se maquilla y se alista. Al salir del garaje se inclina en el asiento, para que no haya curiosos que la vean. Cuando sale del auto, apenas a una cuadra de su empresa, mi cumpleaños termina. No sé, en ese instante, mientras espero que la luz verde del semáforo me deje continuar el día, si algo se ha perdido en mi vida o si he ganado brazadas de energía para seguir, como supongo. Hay un vacío que confunde las definiciones y tengo que centrar mi pensamiento en la tensa reunión de trabajo que me espera.

La señal de que Ana Yipsi ha llegado sin ningún contratiempo se dibuja en la furtiva pantalla de mi móvil. Tiene pinta de cierre, aunque no pueda adjudicarlo a nada. La pequeña pantalla se ilumina de nuevo y es de Oliana la señal que reclama. Devuelvo la llamada y la saludo. En muy breves palabras le explico que he dormido solo porque mi esposa se ha visto en la fatal necesidad de posponer su regreso. Si se deshacen sus ideas de que trasunte su cuerpo en el cuerpo de mi esposa mientras viene a celebrar mi cumpleaños no lo sé, aunque un breve silencio propone la sospecha. Le digo además que tendré un día cargado, lo que es cierto, y abrimos el adiós con muchos besos de envío certificado.

Del día cargado regreso sin ánimos de nada, añorando bañarme y dormir hasta que suene la alarma, en la mañana. Mi esposa me recibe con un rostro hosco, de amenaza. Ha hallado pertenencias de Ana Yipsi en el cuarto. Es un error difícil de explicar, que nunca antes había sucedido y que aún me parece una invención. Nada menos que el vibrador de tres velocidades se halla entre las pertenencias olvidadas. No encuentro qué decir y le parezco indefenso, sorprendido en falta, culpable de no sé cuáles cargos. Me gustaría responderle que sé perfectamente de su amante, que reconozco el vacío donde se ubica mientras ella describe detalles de sus viajes, o de sus días supuestamente entregados al trabajo, pero prefiero callar, dejarla hablar y rezongar hasta el odio.

–Yo que venía a celebrar tu cumpleaños –me increpa.

No menciona migrañas ni cansancio; no se queja de nada que la obligue a acostarse sin que siquiera sus senos se electricen cuando pego mi cuerpo sus caderas desnudas. Solo reprocha e insiste en sus presuntos planes de celebración. Jura, de paso, que no quiere saber quién ha estado en su cama y en su casa (pierdo todas y cada una de las propiedades desde su repentina perspectiva) y de inmediato pregunta quién ha sido. La dejo hablar y gritar y desbarrar. Me concentro en contener los impulsos de gritarle que sé de sus deslices, que tengo todo elemento para revelarlo. Me contengo a la fuerza, dispuesto a sostener a toda costa que la monogamia es un mito de dominación y que la fidelidad prometida en matrimonio es una hipocresía involuntaria y forzosa.

Sé que una ducha ha de ayudarme a no ceder mi puesto en la contienda. Entro al baño, me desnudo y me quedo bajo el chorro mientras ella va y viene, en vueltas y argumentos. Por fin se desnuda y entra en la bañera, a compartir el chorro, a pegarse a mi cuerpo. No es la primera vez que ocurre y sé adónde me lleva: haremos el amor como en los viejos tiempos, aunque habré de añadirle detalles, narraciones, de cómo hice el amor en su cama y en su casa con esa otra que no quiere saber cómo se llama, aunque pregunta quién es cuando se calma. Los detalles, que invento sin misericordia, la excitan, la inflaman, la sacuden, aunque no alcanza el nivel de los primeros tiempos de placer compartido. Hay una rajadura que no puedo soldar.

¿Por qué ese que viene a tu nivel tiene más carga que los otros que han pasado en su vida, con todas las prebendas? Es una construcción de la moral que impone el matrimonio, ese derecho malsano de convertir a la pareja en propiedad, en instrumento personal de uso. Lo sé, pero apenas consigo rebasarlo. Lo olvido solo mientras la intensidad sexual se tensa y combustiona.

Al terminar, no hay dudas de que nada es salvable en nuestras vidas. Debo decírselo así, sin subterfugios. Pero callo. Voy al baño y la dejo terminar de ducharse, limpiar acaso la contaminación que mi cuerpo le transmite. Su egoísmo me enerva y me corroe, aunque tampoco lo diga en sus oídos.

Viene desnuda y dispuesta a continuar, como si de verdad pudiera superar el desborde de sexo que sabe he disfrutado. El sucedáneo que tuvimos no resarce, no nos devuelve al punto en que quisiéramos estar. No habrá otro modo de lograrlo: el pasado se marcha con todas sus prebendas y solo deja la costra acumulada. Más odio que ambición se muestra en lo que hacemos. Es hora de lanzarse a pelear las pertenencias, de enfrentar el divorcio y su violencia, simbólica y legal.

Me despierta el teléfono y es mi exesposa, feliz de ser la primera en poder felicitarme. Es afable su voz, risueña, cariñosa. Me pregunta qué haré y le respondo que nada, sin conciencia de qué le estoy diciendo. Se despide cordial y sentenciosa mientras Oliana, que ha dormido a mi lado, comienza a despertarse. Se estira, perezosa, y pregunta quién llama tan temprano, si es domingo. Le informo que mi ex, para felicitarme, y se estira de nuevo y me rodea con sus brazos, besándome a saltitos, repitiendo “Feliz día, mi querer, feliz día”. No se detiene en eso y con su mano derecha hurga en mi entrepierna, dejando claro qué busca en la mañana. No soy una máquina sexual, aunque basta con concentrarse en la energía que despliega para poder devolverle su energía. Que las manos se expandan a través de su cuerpo y lo calibren. Hacemos el amor como si fuera la última vez en que tendremos la oportunidad, con entrega y desborde, pasión y experimentos.

Al terminar de bañarnos, Oliana mira el reloj involuntariamente. Me recuerda que hoy concluye su evento y que debe regresar a su casa al medio día. Allí la espera su vida cotidiana, de la que no podrá desprenderse aunque lo quiera. Asiento en un perfecto silencio, concediéndole todo, aunque algo baje a mis venas y haga surco en mi estómago. Es el hambre, digo en voz alta, y preparamos desayuno, aún sin ropas ancladas en el cuerpo. Cuando se trata de cumplir encomiendas Oliana es un reloj. No se desvía en nuevos arrumacos y se concentra en terminar el desayuno, ordenar la cocina y dejarme algunas cosas listas. Al concluir, se alistará para emprender su marcha.

A las diez, mi secretaria llama. Su voz consigue el tono zalamero que podrá sostener por poco tiempo. De algún modo, reconoce la breve temporada en que tan bien transcurrió el matrimonio. Su homenaje es completo y no acude a estropicios de vida permanente, indeseables y falsos. Las relaciones de los seres humanos no pueden sostenerse demasiado tiempo, me digo. Acaso no llamara jamás en cumpleaños si no fuese en verdad mi secretaria, si no tuviéramos vínculos de estricto carácter laboral.

Cuando Oliana desciende de mi auto, para abordar uno de alquiler que la lleve a su hogar, la pantalla del móvil se ilumina. Pulsa mi línea personal, no la corporativa. No reconozco el número, de procedencia extranjera. Lo tomo, si a fin de cuentas no pago al recibirla. Es Ana Yipsi que llama desde Costa Rica, deseándome suerte y total felicidad en este día singular de mi cumple. No parece apurada, a pesar de que la larga distancia ha de costarle. Tiempo hace que no hablamos, ciertamente, aunque ha habido mensajes, correos electrónicos y cruces por el chat. Solo esta vía le permite decirme que es feliz con su vida, con el hombre que quiere y que desea, y que aún así, en ocasiones me extraña y quisiera colocarse a mi alcance. Algo queda, es verdad, de lo vivido, aunque fuera portándonos de espías, de clandestinos o prófugos.

Vuelvo a casa, porque mi exesposa me ha dicho que va a pasar a verme, que me ha hecho una torta con el horno que por fin se llevó cuando forcejeamos por él. Es especial, ha añadido, mejor que aquellas. Trae intenciones de acostarse conmigo, de que le haga el amor como en el tiempo en que las tortas “aquellas” nos unían. Desde hace meses vive con quien fuera su amante y sigue siendo su jefe, luego de que su esposa se enterara de todo y lo dejara en la calle. Llevan un matrimonio tedioso y solidario, que cada vez distancia más los días de sexo. Lo sé porque lo cuenta y descubro en su tono que no es falso, que no usa la anécdota en pos de manipulación de mi conciencia. Es día de cumpleaños para mi y podría permitirme esa licencia, me digo y de inmediato le pregunto si se mantiene igual de firme en su cuerpo desnudo. No pierde tiempo y queda en ropa interior, para que vea cómo sigue. Modela y se da vuelta, esperando que diga siquiera un disparate.

Gana así su batalla, porque un golpe desgaja mi interior y un temblor me sacude hasta el estómago. Años atrás, cuando estuvo desnuda ante mis ojos por primera vez, ese temblor y ese golpe me asistieron. Mi brazo izquierdo le rodea la cintura y el derecho la atrae hacia mi cuerpo. Busco sus labios con los míos y responde a los gestos de inmediato, solícita y activa. No soy una máquina sexual, pero basta que logre concentrarme para que todo fluya con soltura. Basta con que mis manos y mi piel se enfoquen en los puntos exactos y vayan desplegándose, para que el acto se nutra de sí mismo y regenere. Mi energía crece si crece su energía. Cuando estoy con mi exesposa me es imposible apartar todas las cargas, sentir que a ella me debo. Pero es devota, esforzada y llana, y puede inspirar deseos de alimentar su espíritu. Nada como el sexo continuo para que crezca el espíritu, es obvio.

Hacemos el amor como si fuésemos amantes, afanosos, entregándonos a la idea de buscar lo más alto del momento vivido. Al terminar no hablamos de ello; nos aseamos con calma, compartimos un trozo de la torta, y ella cuenta algo nimio acerca de su vida en pareja. Su examante, actual jefe y marido, tiene celos de mi y de otro amigo suyo, confiesa. Le digo que ha de darle confianza, que debe entender que es normal seguir de amigos, sin otros intereses. No es fácil, se lamenta, aunque lo va consiguiendo poco a poco.

Al ponerse de pie, presta a marcharse, insiste en desearme un feliz cumpleaños. Es tarde y me espera una noche en solitario. Me digo que la vida es presente y que el futuro es presente que se patentiza. Vivo a la par de los días, sin esperar que esa persona que habrá de acompañarme hasta el final, día por día en la existencia, se aparezca a la vuelta de la esquina. La monogamia es como Dios: se sabe que existe, pero nadie la ha visto. En el registro del móvil, a través de mi línea personal, hay una nueva señal del teléfono costarricense de Ana Yipsi y dos señales continuas del de Oliana. No soy una máquina sexual, me digo, pero basta con que te concentres en sacar su energía, en absorberla sin pausa y sin cesar, para que todo fluya con soltura. A veces, no puedo negarlo, duermo en solitario, por noches, semanas y hasta meses, esperando que el tiempo me depare un momento de aliviar el espíritu.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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