Actualizado el 22 de noviembre de 2017

La tentación de Spinoza

Por: . 20|11|2017

Lorenzo Silva junto a Rafael Grillo

Fotografía de Ariel Montenegro

El creador de la famosa saga del sargento Bevilacqua y la guardia Chamorro, estuvo en Cuba de visita por primera vez y ofreció un conversatorio con el novelista cubano Leonardo Padura. Si bien es un autor inédito en la isla, Lorenzo Silva recibió la agradable sorpresa de que en un artículo de Rafael Grillo publicado en la edición impresa del Caimán Barbudo de enero-febrero de 2017 (“Se buscan detectives para el policial cubano”) se citaba su obra. Los detalles de ese momento fueron divulgados en la página de facebook de la revista. En compensación, Silva nos regala la posibilidad de que publiquemos el que, según su buen amigo Mariano Lanau, es “un cuento magnífico”.

 

LA TENTACIÓN DE SPINOZA

 

“Ninguna cosa puede ser mala por lo que tiene de común con nuestra naturaleza, sino que es mala para nosotros en la medida que nos es contraria”.

Spinoza, Ética.

Aquella tarde, el portugués se había acordado, por alguna malicia del azar, del día en que su precursor Uriel da Costa había interrumpido, disparándose un tiro en la cabeza, el curso impío de sus especulaciones sobre la trascendencia. Todavía ignoraba, aunque por poco tiempo, que las más conspicuas mentes del ghetto maniobraban para arrojarle a la misma soledad pestilente que había persuadido a da Costa de alzar su propia mano contra sí. Desconocía, también, la estratagema ominosa que algunas de esas mentes, las más iluminadas y caritativas, habían urdido para salvarle.

El portugués caminaba deprisa y absorto, como habrían de representarle después en los lienzos. Sólo se paraba a mirar el mundo, aquel trozo tenebroso de él que formaban las calles de Amsterdam al anochecer, cuando discurría por los puentes encima de los canales. Como a todos los hombres meditadores, le fascinaban el agua y las barcas. Fue en mitad de uno de aquellos puentes donde le abordaron dos jayanes corpulentos, a quienes supo en seguida hebreos, como él.

—Disculpadnos, maestro —se le dirigieron.

El portugués era demasiado joven, y le constaba demasiado el mucho atrevimiento de sus teorías, para no recelar ante aquel tratamiento reverente. Tras el primer sobresalto, volvió la cabeza. Al otro lado del puente, cubriendo su posible retroceso, había otras dos oscuras siluetas judaicas. Sus manos habían aprendido el arte de labrar el vidrio para que aumentara la apariencia de los seres, pero no habían sido ejercitadas en ninguna de las disciplinas marciales. Por ello, y por la abrumadora superioridad del oponente, debía avenirse a que aquellos individuos hicieran de él a su antojo.

—¿Quiénes sois y qué me queréis? —indagó, por averiguar si había ocasión de prestarse de grado a lo que pretendieran.

—No importa quiénes somos —habló el que antes se había excusado, un mozo de afilada barba—. Nos envían personas principales de nuestra comunidad, que desean favoreceros.

—Si desean favorecerme —osó deducir—, no precisan enviarme a los mensajeros de cuatro en cuatro, ni los mensajeros han de cerrarme el paso a mitad de un puente. Pueden invitarme, y dejarme considerar si rehúso o acepto.

—He de invitaros, precisamente, a que me acompañéis.

—Si venís, como decís, a invitarme —porfió en aquella audacia de construir silogismos—, podré negarme a acompañaros. Precisamente ahora debo atender algunos asuntos que me son de gran interés, y que acaso habrán de darme también algún provecho.

—Os ruego que me disculpéis otra vez —repuso el de la barba—. No he sido instruido para regresar sino en vuestra compañía.

El portugués era amante de la verdad y también de enseñarla, aun con riesgo, pero repudiaba el valor inútil. Aclaró a quien le prendía:

—No dificultaré que cumpláis con vuestras instrucciones, ni aumentaré insensatamente mis propias dificultades. Os sigo, aunque forzado.

Con dos hombres detrás y los otros dos precediéndole, el portugués recorrió un itinerario silencioso bajo la noche sin estrellas. Sólo algunas luces exiguas despertaban, aquí y allá, el reflejo metálico de los canales. Al cabo se internaron en las callejas angostas de la judería, por las que fue guiado hasta una casa de severo aspecto. Uno de sus captores llamó a la puerta, que una sirviente acudió a abrir con prontitud. Se le indicó que entrara y después subiera una escalera que trepaba, con la empinadura usual en las construcciones del lugar, al piso superior.

Arriba, luego de pasar junto a una pequeña pieza a su derecha, desembocó en una estancia despejada. Al otro extremo había una mesa más larga que extensa, y tras ella, tres hombres sumidos en la penumbra. Pudo no obstante, por la indumentaria y por el continente, distinguir que se trataba de un rabino y dos mercaderes acomodados. Se había dispuesto una silla para él, frente a los tres hombres, y el que le había llevado hasta allí le ofreció sentarse.

—Prefiero quedarme en pie, mientras obedezco la voluntad de otro —declinó el portugués, acaso con un punto indebido de orgullo.

—No seáis tan áspero, maestro —aconsejó uno de los mercaderes—. No queremos imponeros voluntad alguna, sino conciliar la de todos en la forma más justa y satisfactoria.

El portugués reiteró su negativa:

—No os ofendáis porque rechace la comodidad que me ofrecéis. Tampoco me llaméis maestro. Ved que quizá no alcance la mitad de vuestra edad, y no recuerdo, ni mi soberbia basta a hacerme creer, que nunca os haya mostrado nada.

—Es cierto que no contáis muchos años —terció el rabino—, pero es de sobra reputado, y no sólo en Amsterdam, el alto conocimiento que habéis alcanzado en muchas materias filosóficas, sin hacer ascos a la Geometría o la Cábala. Esa ciencia os releva de cualquier deber de modestia.

—No hay en todo el mundo, ni en toda la historia del saber, conocimientos bastantes para que un hombre se sienta autorizado a dejar de ser humilde —objetó el portugués—. Uno sólo vale lo que se esfuerza, y la vanidad es morada de indolentes.

—Os resistís a recibir el título de maestro, pero sólo habláis como filósofo —intervino el segundo mercader, que tenía una voz casi mujeril—. No os hemos hecho venir para discutir vuestras tesis. Creo que puedo hablar en nombre de los tres si digo que vuestras aventuradas pesquisas sobre la disposición del ser y las leyes de la Naturaleza, y aun sobre el sentido de las Escrituras, despiertan nuestra simpatía, aunque no podamos compartir vuestras conclusiones y menos desear que se difundan entre el vulgo.

El portugués, que aún no había llegado a la insolencia que le permitiría desechar la religión y dar por irrefutable su metafísica, invocando para ello la misma certeza con que puede pronosticarse la suma de los ángulos de un triángulo, se sintió obligado a precisar:

—Apenas he comenzado a elaborar alguna conclusión, señor.

—Debéis comprender —tomó la palabra el primer mercader—, que vuestras ideas nos causan perjuicio. Dudáis de que a Moisés le fueran realmente separadas las aguas del mar e imagináis a Dios sometido a los avatares de sus criaturas. No diremos que os lancéis a semejante empresa sin auxilio de la razón, pero acaso eso agrave y no atenúe el daño.

Guardó silencio el portugués ante la inexacta transcripción de su pensamiento, sin imaginar que todavía trescientos años después, poetas ansiosos de celebrarle incurrirían en idénticos errores, haciendo coincidir a su Dios con la suma de todas las estrellas. En este punto habló el rabino:

—Y a ello añádase vuestra conducta. No tenéis reparo en dejaros ver con esos herejes españoles, como el que se hace llamar doctor Prado, que con el solo fin de escapar a la persecución de la Inquisición y de su rey, y bajo el pretexto de una conversión insincera, se han refugiado últimamente entre nosotros. Junto a ellos, negáis que el alma sea inmortal e insistís en que no hay Dios sino filosofalmente.

—Lo primero no se opone a la Ley de nuestro pueblo —se defendió el portugués—. Lo segundo nunca lo he sostenido, con la simplicidad con que lo reseñáis. Y en cuanto a los españoles, provenimos de la misma península, y por ello hablo su lengua con más soltura que la de Holanda. Eso, y ninguna herejía, es lo que nos une.

El segundo mercader, el de la voz femenina, susurró algo al oído del rabino. A continuación, dijo en tono conciliador:

—No estamos aquí para censuraros. Pero debéis entender que nos ponéis en situación difícil ante las gentes de este país. Los cristianos de esta tierra tienen demasiado reciente la sangre de sus guerras de religión como para disculpar que nosotros, los judíos a quienes han asilado, desprestigiemos por medio de nuestras mejores inteligencias la autoridad de dogmas que profesan con tanto o más fervor que la Iglesia de Roma. Por eso, pero también porque respetamos vuestros méritos, queremos ofreceros un compromiso.

—A los tres aquí presentes nos une una antigua amistad con vuestro padre —prosiguió el otro mercader—. Hemos comerciado juntos y también juntos nos hemos sentado en el Consejo. Debéis saber, si no lo sospechabais, que está tomada la resolución de expulsaros. Para impedir el dolor de vuestro padre, y contra la oposición de los furibundos, venimos a proponeros una alternativa más benévola, y creemos que más eficaz, pues contaría con vuestro consentimiento. Ésta es la oferta: os abstendréis de propagar vuestras doctrinas y abandonaréis las compañías que os deshonran, y a cambio percibiréis una renta anual de mil florines, con la que podréis subvenir a vuestros gastos. Podréis trabajar cuanto gustéis, sin preocupaciones materiales, pero guardaréis para vos el resultado de vuestro trabajo.

El portugués simuló un titubeo, pero en realidad estaba afilando las palabras con que repeler aquella ingenuidad. Años más tarde le escatimaría a un rey la dedicatoria de un libro, perdiendo otra renta vitalicia, y desdeñaría la cátedra de Heidelberg que pondría a su disposición el Príncipe Palatino, por haberle exigido someter a límites la soberanía de su intelecto. En aquel instante, mientras el rabino y los dos mercaderes aguardaban su respuesta, evocó la única tentación que acaso pudo algún día apartarle de su camino: el amor imposible de la hija de su maestro Van den Ende, cuya indiferencia le había condenado a estudiar con furia el latín y a los Escolásticos. Si aquella muchacha se le hubiera brindado, dándole a elegir entre ella y la libertad de pensar, habría debido renunciar a esa libertad, porque a su naturaleza y a su felicidad convenía también, y más fuertemente, el amor de la hija de Van den Ende. Pero lo que ahora le ofrecían, con ascender a una bonita suma, no era más que un puñado de monedas, y las monedas sólo servían para adquirir lo que distaba mucho de precisar.

—Nunca me he afanado por la fama —habló al fin—, porque quien espera el reconocimiento de los hombres se desvía de su propio ser y se expone a decepciones. Debéis considerar, por ello, que no me repugna que se me inste a permanecer secreto, sino que se me exija, a mí que busco honradamente la esencia de las cosas, lo que no se exige a quienes trafican a la ligera con patrañas. Lo que me dáis, es nada. Lo que pedís, lo es todo para mí. El mal con el que me amenazáis, sólo lo es para vosotros. Agradezco vuestra bondad y protesto por el pobre concepto en que tenéis mis principios. Si vuestra embajada era la que habéis dicho, agotada queda. Os pido licencia para irme.

Los mercaderes guardaron un grave mutismo. El rabino observó:

—Merecéis el castigo, desde que os jactáis de no temerlo. Mucha fe tenéis en vuestra razón. Que no os abandone cuando nada y nadie más os ampare.

El portugués sopesó con compasión la advertencia de aquel hombre. No se percataban de que su acto no era heroico, sino necesario. Para él, que gozaba del formidable recurso de cuestionar el libre albedrío, no existía en ninguna circunstancia una opción verdadera, sino el inexorable dictado del instinto y la tiranía inapelable del deseo.

Sin embargo, el día en que se vio solo en mitad de la Sinagoga, el portugués sintió como un escalofrío la posibilidad de haber equivocado aquel juicio categórico. Las luces del templo, deslumbrantes al principio, se iban apagando en el transcurso de la ceremonia por la que se le ponía en anatema, simbolizando la extinción de su alma. De cuando en cuando sonaba el gemido de un horrible cuerno. Mientras, alguien recitaba la fórmula atroz:

—Anatematizamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza, con el asentimiento de toda la comunidad sagrada, en presencia de los libros con sus seiscientos trece preceptos, y con todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche, maldito al acostarse y maldito al levantarse, maldito cuando salga y maldito cuando entre. Que el Señor no lo perdone ni lo reconozca jamás…

No era vana su aprensión, aunque hubiera de acabar venciéndola. A partir de aquel rito, fue aborrecido de su pueblo y de su familia, y se sintió durante algún tiempo desgraciado y solo. Se rehízo para responder a su excomunión con un alegato vertido en lengua hispana, que es propicia para proclamar orgullos. Allí aseveró, congruente con sus filosofías, no verse tras la expulsión obligado a nada que no hubiera hecho en todo caso. Pero cuando un energúmeno quiso hincarle un puñal en plena calle, se vio forzado a marcharse de Amsterdam y refugiarse en sitio recóndito.

Desmintiendo el agüero del rabino, la razón protegió al portugués del abismo en que se ahogara el impetuoso Uriel da Costa. Mientras se procuraba sustento con las destrezas de óptico que había adquirido cuando estudiante (pues los sabios de Israel habían estipulado que todo hombre instruido que no conociera un oficio pararía en bribón), ahondó en su idea de Dios y de la dicha, a la que puso por seguro cimiento de la moral. Pero nunca olvidó al suicida que le había precedido en la ira de los ortodoxos. Existe una astuta pintura que representa a da Costa y a Spinoza, el primero como un hombre de frente arrugada, el segundo como un arrapiezo de improbables guedejas rubias, leyendo juntos un enorme libro. Da Costa muestra la mirada obsesionada que le conduciría a la perdición; el niño, aun discípulo, el escepticismo curioso que le preservaría.

Al final de su vida, cuando los honores le asediaban y los magistrados reclamaban su mediación para afrontar trances decisivos de la república, el portugués pudo rememorar con un sabor diferente, el de la certidumbre, la noche en que había despreciado la tentación de someterse al salario de los guardianes de una Ley corrompida. Confiado al axioma de que no hay dos cosas diferentes que sean la voluntad y la inteligencia, murió creyendo que sus actos habían sido el solo resultado de leyes que se concatenaban, sin haber añadido por su parte otra virtud que la de interpretar y no aspirar a estorbar su recto curso.

Así partió, sin queja, acatando el destino terrible de disolverse en la potencia del Dios que había concebido, tan íntimo a los mecanismos de sus criaturas, que carecía por igual de la facultad de amarlas y de la de redimirlas.

 

Madrid y Getafe, 11 y 12 de julio de 1996

 

Lorenzo Silva nació el 7 de junio de 1966 en Madrid. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense, es autor de una extensa obra traducida a numerosos idiomas en la que destacan las novelas La flaqueza del bolchevique, finalista del Premio Nadal 1997, El lejano país de los estanques, Premio Ojo Crítico 1998, El alquimista impaciente, por la que obtuvo el Premio Nadal 2000 yLa marca del meridiano, Premio Planeta 2012.

Categoría: Narrativa | Tags: | | |

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