Actualizado el 6 de diciembre de 2017

Indómito

Por: . 4|12|2017

El corazón de Durán se encabritó, la adrenalina entró rugiendo en sus venas. Un temblor incontrolable se apoderó de su cuerpo. Luchó contra el shock y el sentimiento opresivoPRÓLOGO

El dolor movió los hilos y tiró de Durán.

Abrió los ojos: tinieblas y opresión; un peso abrumador lo empujaba bocabajo contra la tierra como si llevara el mundo cargado sobre la espalda; un dolor ardiente le atenazó el costado izquierdo. No recordaba nada. Hizo un esfuerzo por moverse, por intentar incorporarse, y le falló el impulso. Inspiró profundo dentro de la salvadora burbuja de aire. Algo de consistencia arenosa se le escurrió entre los hombros, le entró en los oídos. Era consciente del cuerpo humano, inmóvil, tendido sobre el suyo, y también del líquido viscoso que le bajaba por el cabello y la frente y se le metía en los ojos: sangre.

Entonces lo comprendió.

Estaba bajo tierra. Sepultado vivo.

El corazón de Durán se encabritó, la adrenalina entró rugiendo en sus venas. Un temblor incontrolable se apoderó de su cuerpo. Luchó contra el shock y el sentimiento opresivo, tratando de sobreponerse al pánico que le llegaba en oleadas. Buscó a tientas y tropezó con algo sólido, quizás un saliente de roca soterrada. La tierra húmeda y pedregosa se le metía bajo la ropa y pronto, cuando cambiara de posición, entraría por sus fosas nasales y lo sofocaría.

No, no iba a morir, se dijo. No iba a renunciar ahora.

Se centró en la urgencia, en el vigoroso instinto de supervivencia que latía en su interior. Tomó aliento y sirviéndose del saliente giró a duras penas hasta encontrar cierta verticalidad, lo que redujo la presión sobre él. Tuvo mucha suerte de que la tierra no estuviera apelmazada. Afincó los pies al saliente y comenzó a abrirse paso hacia arriba con las manos desnudas, cavando su camino hacia el oxígeno y la vida, viendo relámpagos bajo sus párpados cerrados, la mandíbula apretada con fuerza, los pulmones a punto de colapsar.

El terreno cedió y su mano extendida halló el vacío. Tanteó a ciegas, buscando asidero. Encontró algo sólido y alargado: una rama o una raíz. Serviría. Su otra mano sintió el tacto de la piel de un antebrazo bajo él y lo aferró por acto reflejo. Dio un último empuje, se alzó a sí mismo y emergió a un suelo de tierra removida, lombrices, guijarros y hojarasca. Con el cuerpo aún medio enterrado, abrió la boca y se llenó los pulmones de aire vivificante.

La noche tropical había perdido su calidez. Una brisa fría soplaba desde el norte y arrancaba quejidos de las ramas de los árboles. Tosió y expulsó hierbajos y tierra fangosa.

La sangre en su cabeza era de otra persona.

Rubén. La sangre era de Rubén.

El recuerdo lo estremeció. Su mano enterrada seguía aferrando el antebrazo de Rubén. Maniobró para salir del todo y luego sacó el cuerpo muerto de su amigo; había recibido un impacto de bala en el pecho, y otro disparo le había arrancado la mitad del rostro.

Aquel cadáver le había salvado la vida.

El dolor lacerante regresó y lo hizo jadear. Se tocó el costado y los dedos se le mancharon de sangre, esta vez suya. Rendido por el esfuerzo, se tendió sobre la hojarasca y contempló el cielo nocturno sobre el Bosque de La Habana. La luna llena era enorme en el firmamento sin estrellas. Un mundo de grises y negros. Escuchó el murmullo del Almendares, el roce del agua contra los cantos en la ribera del río; se concentró en el olor de la humedad y en las siluetas de los algarrobos, los almendros y las lianas que colgaban de los falsos laureles. Sus temblores remitieron progresivamente.

Mientras pensaba en lo ocurrido, la luna siguió su curso entre los árboles y las sombras del bosque reptaron hacia él.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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