Actualizado el 2 de enero de 2018

Multicine

Por: . 28|12|2017

...ella extrajo su rodilla derecha, con un poco de rubor en la nuca, cubrí dicha invitación con mí rodilla izquierda. Después comencé a sentir cierto interés de devolverle el gesto.Mis planes eran simples, ver un documental sobre el arquitecto Niemeyer y luego un helado; no me hacía falta Roberto. Me caía bien, era buena persona, no pasaba de mirarte la portañuela o de un brillo en los ojos, o de un comentario picante si te quitabas la camisa. No había problema en eso, el problema era el siguiente: se estaba muriendo y te necesitaba todo el tiempo a su lado. Caminaba, reía, hacía chistes pero había algo a punto de estallar ahí dentro; tenía la piel ceniza de los tipos que están a punto y nosotros éramos un par de tipos llenos de vida y sentíamos a veces, porque Mary también, que le debíamos eso, un trozo, un girón de vida.

Mary vivía por aquellos días con él mientras encontraba algo barato; es decir, le huíamos y a la vez le chupábamos la sangre o ese trozo o girón de vida que era su miedo. ¿Éramos unos hijos de puta? Tal vez. No se cómo reaccionaría otra persona en nuestro lugar, seguramente igual, pero, cómo decirlo, éramos demasiado inteligentes para jugar a la lástima. Y él no la necesitaba, te lo hacía saber cada media hora.

 

Oye —gritó Roberto con la respiración entrecortada haciendo el último esfuerzo y camuflándolo con un aparente buen humor—, me sales hasta en la sopa.

Así, sofocado, era el ingenio de Roberto.

Me hablaba desde la otra acera y no pude hacer otra cosa que detenerme y esperarlo. Cruzó la calle con dificultad, cojeaba, intentaba hacerlo bien, mejor de lo que podía y enmendar su torpeza. Era triste verlo así, esquivé la mirada y miré el reloj, quedaban solo diez minutos para mi película. Caminamos un tramo, perdió el equilibrio, le ayudé a pararse —tenía la pierna tiesa— y antes que le diera tiempo a disculparse, inventé algo sobre una muchacha trigueña que caminaba por la acera del frente.

—A esa muchacha siempre me la topo por ah —le dije.

—¿Te gusta? —preguntó Roberto.

—Bueno, es bonita.

—¿Y nunca le has tirado? Mary no tiene por qué enterarse.

—Sólo la he visto por ahí.

Miré el reloj. Quedaban tres minutos y cinco cuadras para el Multicine.

—Yo voy al cine, ¿y tú?

Roberto no contestó, e hizo como si mirara el tráfico.

—¿Vas al cine?

—Voy al cine, ¿y tú? —quise ser amable.

Roberto quedó pensativo un momento y dijo:

—Yo voy a ver a mi hermano.

—¿Vive lejos? —pregunté.

—No.

Fingí preocuparme por los autos antes de cruzar la calle.

—Vive allá, al final de Infanta.

—¿Por qué no coges una guagua?

—No, mejor voy poco a poco.

Le tendí la mano para despedirme y Roberto la retuvo, apretaba siempre su mano derecha, estaba llena de vida su mano derecha. No pude evitarle la mirada.

—Mira, ¿sabes qué es lo que llevo en este bolso? —Me mostró el bolso.

Pude ver perfectamente. La tela mostraba un revólver.

—No —contesté sin mostrar interés y ablandé mi mano dentro de la suya.

—¿Y no te interesa?

Me encogí de hombros. En verdad no me interesaba nada de lo que Roberto solía darnos.

—Bueno, mejor no te lo digo, ¿vas apurado, no?

—Más o menos, es que pueden cerrar la sala.

Nos dimos un abrazo. No miré hacia atrás. Pero lo sentía, sentía a Roberto detrás.

En el lobby del Multicine encontré a la trigueña, que hablaba con alguien. Me dio tiempo a pagar la entrada y ella todavía hablaba con ese alguien, pude oír que le habían cerrado su sala y estaba allí sin saber qué hacer, qué ver. Retrocedí cuando estuve a su altura y le recomendé que viera el documental de Niemeyer. Me dijo que sabía quién era Niemeyer y entramos juntos. “Los multicines no me gustan —le dije—. Me gusta el proyector de 35 milímetros”. Esto fue lo que se me ocurrió. Ella sonrió. Me senté a su lado.

Al poco tiempo me sentí incómodo. No podía acomodarme en diagonal. Las rodillas me topaban delante. En las salas grandes de la calle 23 lo solucionaba levantando los pies sobre el espaldar de la luneta del frente. En este cine los espaldares eran demasiado altos. La trigueña estaba a mi izquierda, no podría abrir las piernas. Fue ahí, o unos minutos después, cuando percibí lo siguiente: ella extrajo su rodilla derecha, con un poco de rubor en la nuca, cubrí dicha invitación con mí rodilla izquierda. Después comencé a sentir cierto interés de devolverle el gesto. Esperé con prudencia. Quería justificar un estado de incomodidad física. Me incorporé hacia la postura inicial y aparté mi rodilla izquierda. La respuesta fue la que esperaba. Ella recuperó el espacio con su rodilla derecha.

Otro momento interesante fue cuando mi codo distraído, juro que fue distraído, empujó el suyo y vino la cuestión de compartir el brazo de la luneta, que siempre es un conflicto en todos los cines del mundo. Aparté mi brazo y susurré unas disculpas, ella apartó su codo, y yo coloqué el mío.

Y bueno, en ocasiones lo hice a propósito, solo para probar. Entrar la rodilla en el espacio izquierdo correspondía a utilizar el brazo derecho de la luneta y viceversa. Niemeyer decía cosas cómicas, la gente en el cine reía y la muchacha bostezaba. Yo me preguntaba por qué sigue en el cine, una fórmula que disfrazaba esta otra pregunta: ¿por qué continúa a mi lado? Y de vez en cuando la miré con disimulo, quería asegurarme de que era hermosa. En otra ocasión, hasta me olvidé de ella y pensé que era un síntoma saludable olvidarla. Hay que aprender a alejar la pasión, me dije; si después de la tanda tomábamos unos helados juntos en el Coppelia, compartiría esta idea con ella. ¿Había estado enamorada? ¿Había sentido pasión alguna vez? ¿Había perdido el apetito frente a una persona porque esa persona la llenaba hasta ese punto?

Cuando comenzaron los créditos, ambos nos quedamos sentados. Hacía falta una iniciativa, me levanté y esperé en la esquina de la fila de butacas. Estuve así unos segundos, tal vez un par de minutos, luego salí del cine. Me puedo visualizar así, saliendo del cine, sin más compañía. Ella debió seguirme pero se quedó sentada allí para siempre, tal vez fue al baño y allí se demoró un tanto y yo ya no tuve valor para mirar hacia atrás. Pero la sentía detrás.

Al salir no quise volverme. Alguien abrió una puerta y el cristal devolvió ese pasado del que huía: una fila de autos, el multicine, un grupo de personas entre las que quizás estuviera ella. Vi un teléfono público y llamé a casa de Roberto. Contestó Mary. Le pregunté qué hacia allí a esa hora. Me dijo que se había sentido indispuesta.

—Acabo de ver a Roberto hace una hora, o hace una hora y media —le dije.

—¿Sí? Hoy por la mañana lo acompañé a la quimioterapia. No lo van atender hasta la semana que viene. Discutió con los médicos, y discutió conmigo también.

Yo recordé que en verdad era casi imposible que en un par de horas Roberto estuviera de vuelta en su casa y dije:

—Lo vi por la calle, caminamos un tramo, lo levanté del piso un par de veces y al final me quiso mostrar la pistola.

—Es una fosforera.

—Sí, ya me habías contado… Oye Mary ¿puedo ir a comerte?

—¿Comerme?

—Sí, comerte eso. Y que tú me comas lo mío con amor.

—Estoy un poco indispuesta, ya te dije…

—Y yo un poco triste.

—¿Qué te pasa?

Me encogí de hombros, esa fue mi respuesta, y Mary al parecer pudo verla.

—Está bien, ven a darme un beso.

Categoría: Narrativa | Tags: | | |

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