Actualizado el 12 de febrero de 2018

El mono blanco

Por: . 8|2|2018

La hija del rey dragón portadaEn el año 545, durante la dinastía Liang, el emperador envió al general Lin Qin con una expedición al sur. En Guilín aniquiló las fuerzas rebeldes de Li Shigu y Chen Che. Al mismo tiempo, su lugarteniente Ouyang Ge, en el combate, se abrió paso hasta Changle, venció a todos sus enemigos y condujo su ejército hacia un territorio difícil.

La esposa de Ouyang era muy hermosa y delicada, y poseía un cutis muy blanco.

—No debiste haber traído a esta mujer tan bella —dijeron sus hombres—. Por estos contornos anda un dios que rapta a las mujeres jóvenes, especialmente a las bien parecidas. Convendría que la cuidaras como es debido.

Ouyang se asustó. Al anochecer situó guardias en torno a la casa, y ocultó a su esposa en una cámara interior muy bien custodiada por una decena de criados vigilantes. Durante la noche se presentó un fuerte viento y se ensombreció el cielo, pero, aparentemente, no pasó nada adverso; poco antes del alba, los exhaustos guardianes pudieron conciliar el sueño. Mas, de repente, despertaron alarmados y descubrieron que la esposa de Ouyang había desaparecido. La puerta seguía con llave, y nadie sabía cómo pudo abandonar la pieza. Se pusieron a buscar por la empinada ladera, pero una espesa niebla borraba todo a una gran distancia, lo que hacía imposible continuar la búsqueda. Al amanecer seguían sin encontrar el menor rastro de la muchacha.

Lleno de cólera y pesar, Ouyang juró que no regresaría solo. Pretextando una enfermedad, se detuvo allí con sus tropas, y todos los días ordenaba registrar valles y lomas, en todas direcciones. Pasado un mes, después de haber recorrido unas treinta millas, encontraron uno de los zapatos bordados de la joven, empapado por la lluvia pero reconocible.

Loco de dolor, Ouyang intensificó la búsqueda. Con treinta hombres escogidos, muy bien armados y con alimento suficiente, se dirigió hacia el lomerío. Transcurridos diez días más llegaron a un lugar situado a unas setenta millas del campamento, desde donde acertaron a distinguir, hacia el sur, una montaña verde, cubierta de árboles que sobresalían. Emprendieron el ascenso y ya en la cima notaron que estaba rodeada por una profunda corriente de agua. Para cruzar tuvieron que construir un pequeño puente. Más adelante, entre los precipicios y la esmeralda de los bambúes, vislumbraron trajes de colores y oyeron conversación y risas de mujeres. Cuando subieron por los riscos con ayuda de enredaderas y cuerdas, encontraron avenidas plantadas de árboles, raras flores y un verde pra-do, fresco y blando como una alfombra. Era un retiro campestre apacible, sobrenatural. Hacia el este había una puerta, incrustada en la roca, y a través de ella podía verse a varias docenas de mujeres, ataviadas con trajes de vivos colores, que cantaban y reían mientras paseaban. Al ver a los extraños, se detuvieron a mirarlos. Cuando los hombres se acercaron, ellas preguntaron qué los había llevado hasta allí.

Después que Ouyang contó su historia, las mujeres se miraron y suspiraron.

—Tu esposa está aquí desde hace más de un mes —le informaron—. Ahora precisamente se halla enferma. Puedes entrar a verla.

Después de pasar por una puerta de madera empotrada en la piedra, Ouyang advirtió tres espaciosos recintos donde se veían unos canapés adornados con cojines de seda, que estaban pegados a las paredes. Su esposa yacía en un lecho cubierto de esteras y mantas, con ricos manjares colocados ante ella. Al acercarse Ouyang, se volvió y lo miró, pero con señales le indicó que se marchara.

—Algunas de nosotras hace ya diez años que estamos en este lugar —dijeron las otras mujeres— mientras que tu esposa acaba de llegar. Aquí es donde vive el monstruo. Es un homicida que puede enfrentarse a cien guerreros. Es mejor que te vayas con cautela antes de que regrese. Si nos consigues cuarenta galones de vino fuerte, diez perros para que se los coma, y varias docenas de catis de cáñamo, podremos eliminarlo. Ven al mediodía, no más temprano, de hoy en diez días. —Así lo instaron a que se marchara rápidamente.

Ouyang regresó el día fijado, con el licor fuerte, el cáñamo y los perros.

—El monstruo es un gran bebedor —dijeron las mujeres—, y le gusta tomar hasta quedarse atolondrado; después desea siempre probar su fuerza, y nos ordena que le atemos brazos y piernas con cuerdas de seda mientras yace tendido en el lecho. De inmediato se suelta de un solo tirón. No obstante, en cierta oportunidad lo amarra­mos con tres cuerdas juntas y no pudo romperlas. Por eso, si ahora torcemos cáñamo con la seda, estamos seguras de que no podrá cortar las cuerdas. Todo su cuerpo es como el hierro, pero se protege, invariablemente, unas pocas pulgadas de vientre debajo del ombligo; debe ser su punto vulnerable. —Luego, señalando para un precipicio cercano, añadieron—: En ese sitio es donde guarda su alimento. Pueden ocultarse ahí. Manténganse en silencio y esperen. Coloquen el vino junto a las flores y los perros en el bosque. Si nuestro plan triunfa, los llamaremos.

Ouyang y sus hombres hicieron lo que se les dijo, y aguardaron con el aliento entrecortado. Ya bien entrada la tarde, algo así como una larga pieza de seda blanca cayó como si volara de lo alto de una loma distante al fondo de la cueva; poco después, salía de ella un hombre de seis pies con una magnífica barba. Vestido de blanco y con un bastón en la mano, iba atendido por dos mujeres. Dio un suspiro al ver a los perros y enseguida saltó hacia ellos, los agarró y comenzó a devorar miembro por miembro, de modo increíble, hasta quedar satisfecho. Las mujeres le ofrecieron el vino en copas de jade, y juntos bromeaban y reían alegremente. Después de beber varios azumbres de vino, lo ayudaron a entrar. Desde afuera se escuchaba el alborozo.

Transcurrido un largo tiempo, las mujeres salieron para llamar a Ouyang y sus hombres, quienes entraron portando sus armas. Dentro estaba un gigantesco mono blanco amarrado al lecho por sus cuatro extremidades. Cuando vio a los hombres se retorció, pugnó inútilmente por desatarse, y sus ojos furiosos despedían destellos como relámpagos. Ouyang y su gente cayeron sobre él solo para encontrarse con que su cuerpo era como de hierro o piedra. Pero cuando lo apuñalaron en el vientre por debajo del ombligo, sus espadas se hundieron en la carne y brotó sangre. El mono blanco exhaló un largo suspiro y le dijo a Ouyang:

—Esta debe ser la voluntad del cielo, porque de otra suerte no habrías podido matarme. Tu esposa ha concebido. No des muerte a la criatura que nazca de ella, porque crecerá para servir a un gran monarca y tu familia prosperará. —Y con estas palabras expiró.

Registraron sus posesiones, y hallaron gran cantidad de piezas preciosas así como abundancia de sabrosos manjares sobre las mesas. Estaban todos los tesoros conocidos del mundo, incluyendo varios galones de raras esencias y un par de espadas, finamente labradas. Las mujeres, más o menos en número de treinta, eran todas bellezas exquisitas; algunas ya llevaban diez años en ese lugar. Ellas explicaron que cuando envejecían eran sacadas de allí, y no se sabía la suerte que les estaba reservada. El mono blanco era su dueño único, pues no tenía secuaces.

Todas las mañanas, tanto en invierno como en verano, el mono se lavaba, se ponía un sombrero y un traje de seda blanca. Tenía una pelambre también blanca, de varias pulgadas de largo. Cuando se quedaba en casa leía unas tablillas de madera inscriptas con jeroglíficos que nadie más sabía descifrar; al concluir las colocaba debajo de un escalón de piedra. Cuando hacía buen tiempo, solía practicar el juego de las dos espadas que lo envolvían como destellos de relámpagos, formando un halo semejante a la luna en derredor suyo. Comía y bebía los alimentos más diversos, particularmente nueces, y gustaba también mucho de los perros, cuya sangre le agradaba beber. Al mediodía se iba volando a recorrer millas y millas, y retornaba por la noche. Tenía la costumbre de volver a casa todas las noches.

Cada vez que se antojaba de algo no descansaba hasta conseguirlo. De noche se privaba del sueño para retozar por todas las camas, aprovechándose de las mujeres. Sabía conversar elocuentemente, a pesar de su forma simiesca.

Un día, a principios de otoño de ese año, cuando comenzaban a caer las hojas, el mono blanco pareció abatido y dijo:

—Las deidades de las montañas me han acusado y con­denado a muerte. Pero si solicito la ayuda de otros espíri­tus, puede que logre escapar.

Inmediatamente, después de la luna llena, se produjo un fuego bajo el escalón de piedra, que consumió sus tablillas.

—He vivido mil años —comentó desalentado—. Ahora esta mujer está encinta, y ello significa que mi muerte se acerca. —Recorrió con la vista a todas las mujeres y lloró un rato.

—A esta montaña apartada y empinada ningún hombre ha podido llegar hasta ahora. —Y prosiguió—: Desde las cimas he visto manadas de lobos, tigres y otras bestias feroces al pie de la montaña, y ni siquiera un leñador ha aparecido aquí en las alturas. Si no fuera la voluntad del cielo, ¿cómo podrían los hombres venir hasta aquí?

Ouyang regresó a su campamento y se llevó el jade, las piedras preciosas y los bellos tesoros, así como las mujeres, incluso algunas de ellas lograron volver a sus hogares.

Antes del año, la esposa de Ouyang tuvo un hijo idéntico al mono. Más tarde Ouyang fue condenado por el emperador Wu de la dinastía Chen. Pero un viejo amigo suyo, Jiang Zong, se aficionó al hijo de Ouyang a causa de su sobresaliente inteligencia y se lo llevó a su casa. Así escapó el muchacho a la muerte. Y creció para ser un buen escritor y calígrafo y una conocidísima figura de su época.

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