Actualizado el 5 de marzo de 2018

Cuellos azules

Por: . 4|3|2018

Se desabrocha los cordones despacio. Desata el nudo y va halándolos. Contempla como corren fuera del zapato y llora. Termina el último hoyo y llora. Hoy, está más calmado que nunca. Los pone cerca de la cornisa de la ventana, alineados. Dentro coloca la nota y se arroja al vacío. Ya no llora.

Se levanta y va a la ventana. Como todos los días. Mira los restos del amanecer y se aviva un poco. El día parece traer buenos augurios. Inspecciona el lugar. Le parece extraño que la terraza del observatorio del piso 124 esté cerrada, eso no había pasado antes.

Se viste, ata los cordones de los zapatos con prisa y sale a averiguar lo que estaba ocurriendo. Entra al elevador y marca. En unos segundos está frente a un puñado de policías que revolotean por todo el lugar, mientras varias bolsas negras salen de la habitación. La cinta policial le corta el paso. Alguien tiene que explicar qué está pasando.

Cambiar al mundo, diferenciar el bien del mal y hacerlo lo mejor posible, amar a los nuestros y ser felices. Comer, vestirnos, educarnos, vivir en familia. Desear que todo esté perfecto, que no haya problemas. Ser felices, maldita utopía. Como si serlo fuera fácil.

Hace más de dos años que Ahmad no ve a su familia, dos años en los que tiene que conformarse con llamadas telefónicas en los cumpleaños y mensajes de texto en los días de fiesta. No sabe si su bebe ya entró a la escuela o si su esposa se está alimentando bien. Dos años en que pudo haberse muerto alguien, o nacido, y él no estar ahí.

Los primeros seis meses de trabajo fuera de casa fueron los más difíciles. Todas las mañanas, mucho antes de que amaneciera, los “cuellos azules” subían a los andamios y empezaban el trabajo. A nadie le importaba si hacía frío, o si ardían las quemaduras del sol. El edificio tenía una fecha límite, eso era todo.

Lo trajeron a este edificio cuestiones de negocio, sus oficinas quedan relativamente cerca y era este el mejor lugar para vivir. Burj Khalifa, el edificio más alto de la tierra, frecuentado a diario por miles de turistas que desean imperiosamente llegar a la cima del mundo y observar a sus pies la majestuosidad de este. Ahora, mientras ve salir las bolsas, piensa que ojalá el mundo tuviese algo de majestuoso.

Es increíble como en menos de dos horas limpiaron el lugar y la terraza está reluciente y lista para el show, como si nada hubiese pasado, como si en la mañana no estuviesen esparcidos por el suelo los pedazos de su carne mestiza. El gerente del edificio le explica, uno de los obreros saltó desde el 141, lamentamos los inconvenientes.

Regresa a su cuarto y se para en la ventana, teme abrirla, no quiere abrirla. Mira desde la seguridad del cristal hacia abajo y se imagina a sí mismo volando. Cayendo. ¿Que pasará por la mente de alguien que decide acabar con su vida de esa manera? No debe ser nada fácil. Tienes al menos unos cuantos segundos para pensar. Ves tu muerte acercarse, ves el concreto en el que descansarán tus huesos, te ves incluso a ti mismo reflejado en los cristales. Cierra las cortinas.

El día antes escribe la nota, aparte de que no hay luz suficiente en el dormitorio, le tiembla el pulso. Pero cómo evitar no estar nervioso cuando decides que el próximo día será tu último, cómo no pensar en todo lo que vas a dejar atrás. Cómo no llorar.

Lleva días planeándolo, mientras trabaja, almuerza, se baña. Lo piensa todo el tiempo, la idea no sale de su cabeza. Se ha convencido a sí mismo que no es solo por él. En algún momento alguien tiene que hacer algo, pararse y defenderlos. Decir hasta aquí llegamos, no más maltratos, no más discriminación. Y piensa en dar el primer paso, el primer salto.

Saltar, volar como una especie de héroe que es capaz de salvar al mundo, perderse en el azul infinito de esos cielos que muestran las películas, permanecer horas enteras levitando entre las nubes. Desaparecer en la nada y resurgir en unos segundos. Surfear, nadar, galopar en el reflejo del mar, para luego emprender el aterrizaje.

Va al trabajo y no para de pensar en lo de esta mañana, cuando sale al lobby ve la larga cola de turistas que esperan para subir. Ni se imaginan lo que pasó, y los del edificio se encargan de que así sea. Total, es solo un trabajador más.

¿Por qué, por qué, por qué? La idea persiste y se hace acción. Al salir del trabajo va directo al piso 141, vacío. La ventana aún está abierta. Entra y casi logra ver a Ahmad agarrado a una de las esquinas. Logra ver sus dedos separándose uno a uno. Como si le dijera adiós.

Tratar de no llorar en las noches, conformarse con las llamadas, entender que el sacrificio es para mejor, creer que el sacrificio es para mejor. Y mientras tanto vivir como si esto fuera pasajero, como si no se le estuviese yendo la vida en la espera de algo mejor. Como si valiera la pena.

A los ocho meses de llegado, Ahmad pide permiso a la empresa para ir a ver a su familia. El viaje no duraría ni tres días, además contaba como parte de sus vacaciones. Le fue denegado. Así, cinco veces más en el mismo año. Nunca una explicación, nunca un lo siento. “No, no puede ser”.

Se fija en los zapatos y supone que nadie se tomó la molestia de venir hasta aquí. Un hombre corpulento, pensó. Las botas están sucias, llenas de polvo. Se puede sentir al contacto, los días de trabajo y las horas bajo el sol. Los cordones desatados descansan cerca de ellas. Las examina en busca de algo. A lo mejor solo quiere conectar con él. ¿Por qué, por qué, por qué?

Minutos antes piensa en su familia, no tiene tan siquiera una foto reciente a la cual aferrarse, de la cual despedirse. Toma el teléfono en sus manos y trata de marcar el número, pero duda si hacerlo o no. Llenos están ya de malas noticias. Lo guarda en el bolsillo. Llora otra vez.

Coge los cordones y los guarda en el bolsillo, al otro va la nota recién descubierta. Con la manga de la chaqueta se seca las lágrimas que corren dóciles por la mejilla. Mira a sus pies y se percata de sus propios cordones, limpios y relucientes. Podía haber escogido otra manera de morir. Podía haber escogido no morir.

Imagina que quería marcar la diferencia, que el mundo supiera por lo que había pasado. Nunca supuso que nadie sabría, que su historia no sería más que cuatro bolsas de plástico y nueve horas de limpieza.

La nota está en su bolsillo cuando entra al cuarto. Apaga las luces y tarda unos minutos en adaptar sus ojos a la oscuridad. Palpa la hoja arrugada, la saca. Sobre la mesa descansa ahora mientras él toma un baño de agua caliente. Piensa en la familia de Ahmad. Piensa en sus pies descalzos movidos por el viento. Se sumerge, y vuela.

La nota, la nota. ¿Por qué, por qué, por qué? Lo fácil que es viajar, dinero, salud. La familia de Ahmad, andamios, pintura, overoles. La familia y los pies de Ahmad… los pies de los pobres que mendigan por las calles, los pies desnudos y llenos de polvo. Polvo que hay a diario en los albergues de los constructores, el albergue de Ahmad. Ahmad. Volar, saltar, aterrizar. Caer.

Despierta y la terraza está normal. Los turistas comienzan a hacer cola afuera del edificio, él saca del closet una camisa azul. Cuellos azules. Ahmad. La idea se niega a abandonarlo. Revisa la prensa en busca de alguna noticia relacionada. Silencio. La cola de turistas que miran entusiasmados, la cola de turistas que pensarán en las alturas, lo dramático que sería caer desde esa inmensidad. La cola de ingenuos turistas.

Entra al carro y un obrero pasa a su lado, se queda mirándolo, apura el paso. Tez oscura, overol azul y casco amarillo. Mirada esquiva. Botas acordonadas. Ahmad. Muchos Ahmads a lo largo del camino, exactamente iguales. Marcados por el sol y la tristeza.

Los jefes de la obra, los cuellos blancos, avisan a la familia. Señor, lamentamos haberlo incomodado. No se volverá a repetir, es un incidente aislado. Saca la hoja arrugada y la abre sobre la palma de su mano. Se las muestra, desafiante. Bajan la cabeza y callan. Callan.

Tres de la tarde, terraza abierta, turistas sentados. La ventana del 141 se abre otra vez. Pedazos de bolsas negras caen al suelo como cenizas perdidas tras un incendio. Los turistas curiosos las abren. Dentro miles de hojas arrugadas, como las del bolsillo. Miran hacia arriba, asombrados.

MI NOMBRE ES AHMAD LATIF Y HACE MÁS DE DOS AÑOS NO VEO A MI FAMILIA, MI EMPRESA ME LO PROHÍBE, ESPERO QUE MI MUERTE AYUDE A CREAR EL CAMBIO QUE NECESITAMOS. TAMBIÉN SOMOS SERES HUMANOS. TRÁTENNOS COMO TAL.

Mientras lanza las bolsas, piensa en lo increíble que sería volar. Sus dedos uno a uno se desprenden y dice adiós, mientras cae ve su rostro en los cristales. Sonríe. Las botas desabrochadas se desprenden de sus pies. Lo espera abajo el cuerpo de Ahmad. Volar, saltar, aterrizar. Caer.

Categoría: Narrativa | Tags: | | |

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