Actualizado el 29 de marzo de 2018

El día de la ballena

Por: . 27|3|2018

Mamá no iba a acompañarnos esa tarde al museo. Había elegido para mí la camisa blanca de manga larga, la que tenía rayas de un rojo pálido y feo. No me gustaba esa camisa, pero había entendido hacía tiempo que no tenía que hacer preguntas ni protestar cuando mamá me peinaba en silencio para un evento al que ella no iría; mi padre, en cambio, se volvía en esas ocasiones más locuaz que nunca, como si lo hubiese animado de repente una suerte de nueva libertad.

Por aquel entonces papá todavía manejaba el Ford negro en el que se perdería poco más de un año después; salimos a las tres de la tarde y encontramos pocos autos en la calle, así que quizá ­­—no lo recuerdo bien— era feriado. Con el tránsito tan ligero el viaje no tomó más de veinte minutos. Había algo de gente en la entrada; papá sonrió con suficiencia.

—Y… —dijo— es natural. Todo el mundo quiere.

Estaba claro que bajo sus palabras había mucho más: estaba diciendo también todo el mundo tiene que verlo o hay que ser un verdadero cabeza hueca para no sentir interés y quizá también estas cosas no le importan a tu madre, pobre.

—Federico, vos prestá mucha atención adentro, ¿estamos? Es muy importante para vos, especialmente importante…

Asentí. Papá sonrió y me acarició el pelo.

—Esto es fundamental, Fefín, a lo mejor no te das cuenta enseguida pero con el tiempo vas a entenderlo. Es algo muy importante, muy, muy importante.

Me tomó de la mano y avanzamos en la cola. Nos detuvimos ante el mostrador de las entradas. Papá puso esa expresión de jocosa suficiencia que solía adoptar cada vez que debía dirigirse a un vendedor o para hacer trámites; pidió una entrada de mayor y otra de niño, pagó y me tendió un pedacito de papel gris con la Cabeza bosquejada entre unos números que examiné detenidamente, como si aquello tan importante tuviese alguna relación con las cifras en apariencia azarosas que llevaban los boletos.

—Prestá atención, Fefín.

Ya dentro del museo me acerqué a una enorme pintura de tema bélico.

—Eso me parece muy bien, Federico, pero lo más importante no está acá; vamos primero a lo que vinimos, después podemos mirar el resto.

Caminamos a través del atrio y encontramos una caseta de información en la que podía verse un mapa del museo.

—¿Ves? Ahora estamos acá. La Cabeza está acá –señaló en el mapa–; vamos derecho y luego, si querés, recorremos. Pero tampoco conviene apabullarte demasiado; la Cabeza ya es mucho para un día.

Me adelanté un par de pasos y examiné el mapa.

El punto que papá había señalado llevaba la indicación número 12. En la clave leí “Exposición itinerante”.

—¿Qué quiere decir itinerante?

—Quiere decir que no es algo que podés ver todos los días, que es algo muy importante, que viene de otro museo. En este caso no es así, porque la Cabeza siempre está acá, pero guardada; la exhiben solamente una vez cada muchos años.

—¿Vos la viste antes, papá?

—Era un poco mayor que vos, Fefín. Me trajo el abuelo Quique.

La sala indicada con el número doce era la más grande, según el mapa. Le seguía en tamaño la siete, casi contigua.

“Ballena, crc 14,2 kA, prsrv. Adm. Victorinoff”, leí en la clave.

—¿Y por qué es tan importante la Cabeza, papá? –pregunté.

Había sido un error formularle esa pregunta. Papá suspiró.

–Federico, ¿no prestaste atención todos estos días? ¿Querés que busque un guía del museo para que te explique? ¿Un guía viejo y loco, como la última vez?

Yo era mucho más chico cuando sucedió; me había asustado y refugiado detrás de las piernas de mi padre.

—Es porque… —traté de que mi voz no sonara a que estaba adivinando—… porque… ¿Porque se sabe que no es humana y es muy vieja?

Papá volvió a suspirar. Me pareció que miraba con vergüenza a las otras personas que miraban el mapa del museo.

—¿Muy vieja? ¿No es humana? Pero Fefito, ¿cómo podés preguntar eso tan obvio? Lo tenés que saber,  lo estudiaste en la escuela. Y vos y yo lo hablamos a principios de año, ¿no te acordás?

Asentí.

—¿Después podemos ir a ver la ballena, papá? Mirá, es la número siete…

–¿La ballena? Vemos.

Me tomó de nuevo de la mano y empezó a caminar por el pasillo principal. Yo recordaba bien el mapa: la Cabeza estaba al final del recorrido.

—Ahora vamos a entrar, Federico; tenés que ponerte serio, concentrarte.

Le dije que sí y me esforcé por ponerme especialmente receptivo, como cuando algo de lo que veía en la televisión o en los libros atrapaba mi atención y lograba abstraerme, arrojarme a un estado en el que parecía capaz de olvidarme del mundo que me rodeaba. Imaginé que en ese modo de pensar y de estar iba a sumirme por contemplar la Cabeza.

Entramos.

En la sala había unas diez personas, todas en silencio ante una enorme cabeza de piedra. Algunas permanecían de pie, inmóviles; otras se movían en círculos. Papá me apretó más fuerte la mano; parecía contener la respiración. Sentí que era él el absorto, el que había logrado olvidarse del mundo. La cabeza, la cara en la cabeza, no tenía expresión alguna. Los rasgos —como los recuerdo ahora, porque no volví a verlos— me parecieron borroneados por el tiempo: las cejas finas, los ojos débiles, la nariz mínima. Creo que había algo esencialmente inhumano en aquella escultura —porque eso supuse que era: algo que quién sabe quién había horadado en la piedra—, pero a la vez pensé que la persona que representaba no podía ser enteramente ajena a lo humano, como un lobo o un árbol, sino que debía ser algo intermedio, más cercano a los seres humanos, como hombres de otras épocas quizá.

—Papá, ¿es un hombre o un robot?

—Sssh, Federico, concéntrate y mirá —y añadió, en lo que era una mezcla de orden y ruego, articulado en la voz más lastimera que le había escuchado hasta entonces—; no vas a poder verla de nuevo hasta dentro de cuarenta años…

Obedecí, pero en lugar de concentrarme en la Cabeza sólo pude pensar en la otra sala, la de la Ballena. ¿Sería un esqueleto colgado del techo? ¿Sería una ballena disecada, momificada? ¿Y qué tenía de especial? Yo había visto imágenes de ballenas en los libros que había en casa: sus formas tan perfectas y su evidente poderío me fascinaban, pero también su misterio, el hecho de que aparecieran en todos aquellos mitos, en las historias de cuando dominaban el mundo, construían ciudades, volaban por el aire y el espacio y cayeron después tras la rebelión de sus esclavos, nosotros, que las empujamos hacia el mar y las extinguimos. No pude evitar el deseo de no estar allí —la inmensa cabeza de piedra no me decía absolutamente nada—, las ganas de correr hacia la otra sala, la número siete, para admirar la ballena.

—Es… —susurró papá—… es… maravilloso…

Creí detectar una lágrima mínima en sus ojos y sentí que mi padre se había vuelto muy, muy pequeño. Que ante aquella cabeza tallada en la piedra estaba de alguna manera inerme, que pese a su edad avanzada no era mayor que yo o que mi madre.

Miré nuevamente aquellos ojos sin pupilas. La piedra era roja, como las rocas que había cerca del edificio en que vivimos hasta que cumplí cuatro años, cerca del mar. Pensé que eran las mismas rocas que trepaba junto a otros niños del edificio, esas rocas que me parecían altas como las montañas. Si era así, la Cabeza no podía ser tan ajena a mi vida; quizá por eso, pensé, no me asombraba, no me emocionaba tanto como a mi padre.

—¿No es increíble? —me preguntó, cuando nos íbamos de la sala.

—Sí —mentí—, es increíble.

Quizá debí esforzarme más por parecer entusiasmado. Papá sonrió.

—¿Entendés ahora por qué sólo la exhiben cada cuarenta años?

Asentí. Pensé en decirle lo que había sentido al evocar las rocas de aquel edificio, pero él seguía hablando.

—Cuando el abuelo Quique se perdió… antes de que el abuelo Quique se perdiera, ¿sabés que me dijo? Una tarde, ¿te acordás de la casa del abuelo?, bueno, una tarde antes de que se perdiera me dijo que a veces soñaba con la Cabeza.

Los ojos se le humedecieron otra vez. Pensé en lo pequeño que lo había sentido minutos atrás; pensé en mi madre peinándome en silencio; imaginé la sonrisa un poco forzada pero sincera que ella pondría cuando volviésemos a casa. Iba a esperarnos con torta y café con leche, chocolatada para mí, quizá canapecitos de atún, mayonesa y aceitunas.

—El abuelo Quique la había visto dos veces; una vez en 1930 y otra vez conmigo…

—Me acuerdo de la casa del abuelo Quique —dije, y papá sonrió.

Estábamos de nuevo ante el mapa.

—Yo ahora entiendo… Fefito, yo ahora entiendo —y sonrió—; él se perdió después de ver la cabeza; no después, pero… eso, después…

Ahora me estremezco al recordar esa sonrisa y se me humedecen los ojos. Papá se perdió hace años, la Cabeza no fue expuesta otra vez y yo aún no tengo un hijo.

—Papá… ¿no podemos ir a ver la ballena? —dije.

Me miró con cara de no comprender.

—¿La qué?

–La ballena, papá; en el mapa dice que en la sala siete hay una ballena, fíjate.

No miró.

—No, Fede, ya no —me pareció de repente cansado o desilusionado—. Es demasiado por hoy… en un tiempito… en unos días te traigo de nuevo y ves la ballena, ¿te parece bien?

—Yo quería verla hoy…

—Pero hoy viste la Cabeza, Fefín… es mucho para un día. Además, yo no vi nada que hablara de una ballena…

Traté de insistir.

—Fefito, las ballenas no existen… están los libros, pero… vos…

Parecía nervioso. Bajé la mirada y me resigné.

Salimos del museo.

Afuera la gente parecía abstraída, ajena a la ciudad, a los árboles del parque, a los lejanos edificios. Algunos sonreían; algunos, los menos, hablaban de imperios remotos y tiempos perdidos. Se buscaban. Se miraban con cierta vergüenza. Papá quiso acercarse a un grupo pero se detuvo, me miró y me acarició el pelo.

—¿Mejor vamos a casa, Fefito? Mamá nos debe estar esperando con canapés, como te gusta a vos…

Pasamos entre la gente absorta y nos metimos en el auto. Papá manejó sonriendo; seguramente entendía lo que yo no entendí, lo que ya no entenderé. Pasaron dos semanas antes que le pidiera que me llevara a ver la ballena. Se negó: yo no insistí, ni traté de buscar el permiso hablando con mi madre. Después, al año y pico, se perdió. Agarró el Ford y partió hacia el este, como su padre lo había hecho décadas atrás, como yo habré de hacer algún día (¿y cuántos años pasaron ya? ¿38, 39? ¿Cuánto falta para que vuelvan a exhibir la cabeza y yo pueda entender?)

Con el tiempo pude ahorrar el dinero de la entrada y fui solo al museo; me paré ante el mapa y busqué la referencia siete. No mencionaba la ballena. Cuando pregunté a los guías resultó que sólo uno de ellos, el más viejo del grupo, recordaba que había sido dispuesta, muchos años atrás, una exposición con una ballena. Me pareció que los otros guías se reían de él.

—Con todas las piezas relucientes —dijo, con mirada soñadora; los otros guías se miraron entre ellos y sonrieron una vez más.

Categoría: Narrativa | Tags: | |

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