Actualizado el 27 de junio de 2018

Los conductores, las máquinas, el camino

Por: . 25|6|2018

Imagen tomada de Internet

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La noche es más inmensa cuando el obrador está vacío. Las estrellas brillan más, pareciera; el silencio se vuelve materia: una tela tensa y resistente, de a ratos penetrada por el graznido de una lechuza o el bisbiseo de los murciélagos.

Ahora, la noche calmada. Hace un rato se apagaron los sonidos de la cumbia que estuvo sacándole chispas a la compactera desde la caída del sol hasta que todos se marcharon. Las brasas del asado también se apagaron, pero queda en el aire el olor a leña y a carne cocida.

Comieron todos juntos, tomaron vino y hasta se dejó arriar al centro del baile. Bailó un ratito con cada uno para que ninguno se pusiera celoso. Después los miró aprontarse para salir. Ella fumaba echada en una silla y ellos pasaron uno por uno para que les diera el visto bueno. El olor a desodorante y a colonia para después de afeitar llenó por un momento la noche como si estuviesen en el corazón mismo de un bosque de pinos.

Pórtate bien. Vos no chupés demasiado. Ustedes dejen algo de guita acá que después vuelven pelados y falta para cobrar la quincena. Manejen con cuidado. Pórtense como caballeros que bastante tienen esas chicas con el laburo que les tocó. Y vos cerrá el pico y no te metas en quilombos.

Cada uno se marchó con un consejo y con el pulgar de la Morocha levantado en señal de aprobación. Algunos deslizaron un “sí, mamá” o un “sí, querida”, bromeando. Fueron trepando de a uno a las camionetas.

—¿En serio no querés venir? —preguntó el Rauli, un correntino veinteañero, muy educadito, que siempre está preocupándose por ella.

—Ni en pedo. Una vez que me puedo librar del olor a patas que tienen ustedes —contestó riéndose—. Andá nomás, Rauli, y vigilá que estos me anden con juicio.

El Rauli jugueteó un instante con las llaves de la camioneta, sin decidirse a marcharse, como si fuese a decir algo más, hasta que sus pasajeros empezaron a los gritos.

—Vamos, pendejo. Vamos que nos van a quedar las sobras.

Arrancaron todos, riéndose y a los gritos. Uno de la camada más joven empezó  a cantar: a brillar, mi amor, esta noche vamos a brillar, mi amor. Ella los saludó con el brazo en alto y se quedó mirando hasta que los vehículos subieron a la ruta y los faros traseros se fueron haciendo cada vez más débiles.

Ahora, la noche solo para ella. Se dio una ducha y se puso ropa cómoda, cambió  los borcegos eternos por unas zapatillas que le regaló la Compañía en la última navidad. Unas adidas ridículas, color pastel, de esas que usan las mujeres para ir al gimnasio. Aunque cuando las vio soltó una carcajada y tuvo que aguantar las cargadas de sus compañeros, después terminó admitiendo que eran bastante cómodas.

Eligió  la máquina más apartada de los reflectores que mantienen iluminado el obrador. La había estado manejando esa tarde y, a propósito, la estacionó fuera del círculo de luz. Una excavadora. Una de sus favoritas. Más pequeña que el resto, pero maciza. Le gusta ver cómo se hunde en el suelo y sale con la bocota dentada llena de tierra. Se sentó y apoyó los pies sobre el tablero. Dejó en el piso, a mano, el pack de latas de cerveza helada y tanteó el bolsillo de la camisa para comprobar que tenía los cigarrillos.

Ahora sí, su noche libre. El cielo cayéndose de estrellas. Pega una pitada, toma un trago y echa la cabeza hacia atrás para ver mejor. Recuerda la primera vez que vio una noche así. La única vez que fue de pesca con su padre. Tenía 10 años y los padres estaban separados. Un fin de semana que le tocó ir con él, la llevó a pescar. No le dijeron a la madre; seguramente él no lo creyó necesario, después de todo era el padre, tenía derecho. Sin embargo, tendrían que haberle avisado. No va que a su madre se le ocurre llevarle un abrigo porque había escuchado que iba a refrescar y encuentra la casa sola. Enseguida piensa que el padre la secuestró y se la llevó a Paraguay. Su madre y su inclinación a la tragedia.

Pero ajenos a todo eso, ella y su padre pescan a la vera de un río. Le parece que era un río, pero podría haber sido un arroyo o una laguna. Era pequeña y todo lo veía enorme. Los dos callados con sus cañas en la mano. Siente que tiran de la suya, siente un cosquilleo en la barriga, tira con todas sus fuerzas, en la punta de la tanza un pequeño pez plateado se retuerce contra el aire nocturno y da la impresión de que esparce polvo de estrellas, polvo de plata bajo la luz de la luna. El padre la felicita, la atrae hacia él y le besa el pelo. Saca con sumo cuidado el anzuelo de la boca del pez.

—Hay que soltarlo —dice.

—No —dice ella—. No, lo pesqué yo. Es mío.

—Hay que dejarlo ir. Es muy chiquito todavía.

—No. No quiero. Es mío.

—Hay que soltarlo. Que crezca. Cuando sea un pescado grandote vamos a volver a agarrarlo. Ahora no.

—Pero no quiero, papá.

El padre termina convenciéndola. Se meten los dos en el agua. Él  le da el pez. Ella hunde las manos en la profundidad y las saca vacías.

Nunca volvieron a ver si lo atrapaban. Pensó que un día ella iba a ir de pesca con su hijo, que la escena volvería a repetirse. Pero eso tampoco pudo ser. Su hijo, como aquel pez, se esfumó de pequeño. Ahora no es más que unas fotos y la cicatriz blanca que le divide el vientre a la mitad.

Su padre no recuerda esa noche de pesca. Ella se lo menciona a veces, cuando lo visita en el geriátrico donde vive. Pero él mueve la cabeza y no dice nada. Se empeña en seguir mirando más allá del cerco de álamos que crece en el parque del mejor asilo que ella puede pagar. Los álamos con sus hojas plateadas, el ruido a papel estrujado que provoca el frote del viento.

Ahora, la ruta desierta. Al mediodía, cuando acaban de verter la brea hirviendo y de alisarla con los rodillos de las máquinas, el sol cae, vertical y poderoso, la cinta asfáltica brilla como la superficie de un río. Pero oscuro.

Por el carril viejo viene un camión doble acoplado cargado hasta las manijas. Pasa despacio, el motor sofocado por el peso, la cabina completamente iluminada por lucecitas de colores. Se lo imagina al conductor con el torso desnudo, la panza cayendo sobre el cinturón, la espalda vencida. Debe ir fumando y escuchando la radio para matar el tiempo, los kilómetros de a 80 por hora, encomendándose a la virgen protectora de los viajantes, y, por las dudas, también a la chica desnuda del almanaque. Él no puede verla, pero ella igual levanta la lata y dice buen viaje, amigo.

No termina de alejarse completamente cuando se escucha otro motor, pequeño, nuevo, poderoso. Un coche blanco se aproxima en la misma dirección que el camión, pero toma, por error o inconsciencia, el carril que están construyendo. Lo ve pasar como una flecha frente a ella. Se pone de pie de golpe soltando la lata. Sabe que no irá muy lejos. Cuando se termina el asfalto fresco, el auto comienza a dar tumbos. Se detiene a 1000 metros, tragado por la oscuridad.

Entonces ella baja de la máquina y empieza a correr. Las zapatillas responden; se ve que están hechas para algo más que gastar las suelas sobre una cinta magnética.

Llegan al mismo tiempo ella y el conductor del camión. Los dos echando bofes, fuera de estado. Las máquinas, los camiones: es hermoso conducirlos, pero te arruinan para la vida pedestre.

El conductor del camión trae una linterna de las grandes. El auto está  con las cuatro ruedas para arriba, contra un alambrado. Bajan los dos, entre los pastos. Él apunta con la linterna el interior del coche o lo que queda de él. Bajo el haz de luz, se topan con la cabeza del chico hecha puré contra el parabrisas. El hombre desvía rápidamente la linterna.

Me cago en la mierda, dice.

Se sientan en los yuyos. Todavía respiran agitados. El hombre apaga la linterna. Le convida un cigarrillo. Ella tiene ganas de llorar, pero se contiene. No es momento.

El conductor le pone una mano en el hombro, una mano pesada, con la palma endurecida por el volante. Para apoyarla a ella o buscando apoyo, no entiende bien.

Da una bocanada profunda y junto con el humo aspira el aire húmedo de la madrugada.

 

Selva Almada nació en Entre Ríos, Argentina. Es la autora de las novelas Chicas muertas, El viento que arrasa y Ladrilleros; de El mono en el remolino. Notas sobre Zama de Lucrecia Martel; de los libros de relatos El desapego es una manera de querernos y Una chica de provincia. Su obra está traducida al francés, portugués, alemán, holandés y turco. Es columnista del diario Perfil. Vive en Buenos Aires.

Categoría: Narrativa | Tags: | | | |

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