Actualizado el 12 de julio de 2018

Última llamada

Por: . 9|7|2018

Imagen del castillo de Calatayud, Aragon. Cortesía del autor

Imagen del castillo de Calatayud, Aragon. Cortesía del autor

Se preguntó cómo sería tomar esa muralla escarpada en la parte norte del castillo. Imaginó el clamor de las trompetas, los gritos de los guerreros, las flechas volando y los pendones ondeando en esa tarde que sería la última para muchos de los invasores. Si para él, turista de a pie, subirla bajo ese sol de mayo, era difícil, figúrenselos vestidos con armadura o cota de mallas y sudando a chorros, como él mismo ahora, que sacaba el pañuelo y se secaba el pecho, la espalda. Trabajo le había costado, pero ya estaba en la cima del castillo, si así se le podía llamar a esas ruinas que lo rodeaban por doquier. Un torreón derruido, una tarja, unos hierbajos creciendo entre los ladrillos. Y a lo lejos otras montañas. Las piedras que alguna vez habían bebido sangre y escuchado los alaridos de guerra ahora estaban extrañamente calladas. Levantó la cámara y el flash espantó algunos pájaros. Estaba solo allí, apenas una tarja explicaba brevemente el cometido bélico del castillo en el pasado.

Viajó a un congreso en Calatayud y había coincidido con las fiestas medievales. A él, Pedro Hijazo Serrano, profesor colombiano de Bioquímica, nada más alejado de esas fantasías medievales de las que está tan llena la vieja Europa. Pero ahora bajaba del castillo, había hecho unas fotos geniales para su esposa, tendría que llamarla al móvil después de la sesión del congreso, pero eso, en fin, sería más tarde. Iba descendiendo por la colina cuando algo llamó su atención: una música leve se escuchaba arriba en el castillo. Nunca la había oído pero sabía que eran una mezcla de cítaras, trompetas y tambores. Miró: ya atardecía, en la cima de la montaña se recortaban las figuras de tres juglares que cantaban y hacían acrobacias mientras una turba les aplaudía. Se escuchaban tonadillas en un idioma que no era el castellano, aunque, bueno, tal vez lo era y él no lo sabía. Al fin y al cabo, en esa tierra de España se hablaban veinte lenguas y cien dialectos más. También, inexplicablemente, sabía que la melodía le era familiar. Se había criado escuchando ballenatos y salsa, ese sonido rítmico que llenaba el lugar y evocaba tiempos pasados no tenía por qué sonarle conocido.

Una anciana que estaba sentada en una esquina, le sacó de su ensimismamiento pidiéndole unas monedas, por favor de Dios; no le dijo unos euros sino así mismo: unas monedas, y Pedro sacó unas calderillas de su bolso imitación de marca y la señora le respondió con una extraña sonrisa, muchas gracias, señor, que dios le ayude en su combate; pero, igual, él no la había escuchado porque ya le prestaba atención a otra cosa. Bajaba a la ciudad, llegaría tarde a la cena de inauguración del congreso.

Por la mañana se vistió con rapidez, dejó el hotel y fue a la sala de conferencias. Todos hablaban a la vez, de lípidos, ácidos ribonucleicos, de las enfermedades genéticas. En el receso se bebió un café que le supo amargo y llamó a su mujer que se había acabado de levantar en su país y le preguntó por los niños. Que no podía hablar ahora, dijo ella, que iba conduciendo; bien, me llamas después. Por la tarde salió a la calle y se admiró de cómo iban disfrazados todos y coreaban canciones antiguas y arrastraban lanzas y espadas de plástico por la acera. Una procesión avanzaba desplegando olor a incienso; los portales de las casas varias veces centenarias estaban adornadas de flores y había fogatas encendidas por toda la calle. La gente vestía sobrevestas y túnicas y las campanas repicaban. Súbitamente entró a una plaza, allí se vendía de todo, desde arados hasta hachas de combate. Y todos gritaban en lenguas diferentes. Se acercó a mirar con curiosidad los escudos pintados con cruces templarias y se preguntó qué pasaría si tomara uno; y comenzó a levantarlo cuando sonó nuevamente el móvil, su mujer, que los niños estaban bien, la niña había superado la fiebre, y había visto un anuncio de Peugeot económico, tal vez podrían cambiar el coche que llevaba con ellos cinco años. Él asentía mientras iba caminando, salía del mercado y volvía a la triste cotidianidad de las luces eléctricas y los coches. Le dijo que cuando lo llamara de nuevo, mañana, le pusiera a los niños para escucharlos. Colgó y pidió un café. Solo entonces se dio cuenta de que se había rayado la mano con algo y tenía una pequeña herida que le vendaron muy bien en la recepción del hotel. Luego, tal vez, bebió dos whiskeys de más en el bar pues subió un tanto mareado a su habitación.

Al encender la luz, vio unas ropas sobre la mesa, un jubón color carne desteñida, unas botas altas poco usadas, una cota de malla que llegaba hasta las rodillas, como se percató cuando se lo probó todo. Le quedaba a la medida. Pero era un error, alguien había encargado todo eso y lo habían llevado equivocadamente a su habitación. ¿Estaría más borracho de lo que pensaba? Se puso el casco. Como hecho para él, ni siquiera le pesaba mucho.

Al otro día amaneció nublado. No sabe por qué salió a la ciudad vistiendo el atuendo medieval, ¿qué tenía que ver él, Pedro, con esta parafernalia? Pues nada. Faltaría en vano a la sesión matutina del Congreso, para el que había viajado hasta acá. Caminó por las calles, que ya estaban engalanadas para la procesión, con las antorchas apagadas y los gritos de vendedores ambulantes. A su lado pasaron monjes, niños descalzos y sucios, caballeros que lo saludaban, solo entonces se percató de que a su atuendo le faltaba algo: la espada.

Dobló por un callejón empedrado y entró en la primera tienda de antigüedades que halló. El dueño, obsequioso, le brindaba espadas nuevas, del mejor acero, de plástico, de aluminio, esta es idéntica, señor, a Tizona, la del Cid; esta es como la de Roldan, Durandal. Espadas brillantes, llenas de piedras falsas, de filos quiméricos. No hizo caso y siguió caminando hacia el fondo de la tienda, donde estaban tiradas las cosas inservibles, el vendedor detrás de él, cuando de repente la vio, pegada a la pared, un poco oxidada, sin empuñadura casi, acabada por el uso, el acanalamiento de la hoja aun brillante, el gavilán formando una cruz. A su lado la vaina de cuero, endurecida por el tiempo. La tomó y supo que siempre había querido esgrimir una espada como esa. La blandió, tiró tajos en el aire y supo en ese momento, con sorpresa, que alguna vez la había tenido en su mano y con ella había derramado sangre, que alguien había rogado por su vida cuando él la suspendió sobre esa cabeza. El vendedor le dijo que siempre había estado allí tirada, desde que heredó el negocio de su padre y este del padre de su padre. Él le pidió que se la afilara un poco. Y bajo la piedra amoladora salió el filo, asesino y demencial. Arreglaron los precios y se marchó.

La niebla había levantado. Entró a una de las tabernas bajas, soterradas, que había en esa zona y pidió vino; se lo sirvieron en un cuerno basto y lo bebió rápidamente. Parecía vinagre y raspaba la garganta, nada que ver con los vinos del Duero que había probado antes. Pidió un poco de pan y le trajeron uno redondo, quemado, con restos de trigo sin moler, duro, que había que partir para comerlo, con un poco de aceite de oliva y cebolla. A su alrededor los hombres gritaban, bebían, se peleaban. Estaban unas muchachas sentadas en las piernas de soldados, una con las tetas al aire, la dentadura podrida, los cabellos sucios. La estomatología aquí debe de ser muy cara, pensó, y cuando se incorporó para mirar mejor sintió el peso del móvil en uno de los tantos bolsillos de su traje. En ese instante hubo afuera un clamor que se mezclaba con las campanadas y los alalí de los cuernos; uno de los soldados se quitó a la chica de encima y corrió hacia él, señor, hay que regresar al castillo, aquí no se está seguro, ya llegan. Y a Pedro le pareció todo una inmensa broma, un inmenso teatro, la ciudad entera, de la que él era un participante más, y no iba a echarlo a perder, corrió por la ciudad seguido de una mesnada de hombres sudorosos que maldecían a cada paso, las alabardas levantadas, el pendón azul de su casa de hidalgo, el castillo recibiéndolos y levantándose el puente levadizo.

Era el mismo castillo, pero no lo era, y ya soltaban las saetas por encima de él, y ya el asedio comenzaba y las catapultas arrojaban proyectiles incendiarios sobre la fortaleza. Y el rey se acercaba; él nunca lo había visto antes pero sabía que ese hombre barbado, macilento, con la cota de mallas ensangrentada y la espada mellada era el rey. Se arrodilló y el rey lo levantó y le dijo que dejara esas ceremonias para cuando vencieran , y que si salían de esa, vive dios, que le daría las heredades de Daroca y Valdehornas. Y Pedro comenzó a gritar como un loco su agradecimiento y aleccionar a los ballesteros bajo su mando, que fueron cayendo uno a uno bajo el fuego enemigo.

Las tropas contrarias irrumpieron de repente y Pedro se lanzó sobre ellos espada en mano. Cuando brotó la primera sangre de los hombres enemigos, pensó que era demasiado real para ser un teatro, y si era así, pues que viva el teatro y se lanzó de lleno a la batalla, caminando sobre cadáveres, manos cortadas, puñales partidos. Troceaba a placer, como si nunca hubiera hecho otra cosa, pero los enemigos no se detenían. De repente sintió un empujón y vio con duda, con dolor, como debajo de la axila comenzaba a formarse en la sobrevesta una mancha carmesí. Quiso taponarla pero no pudo. No tuvo tiempo. La primera flecha se clavó en su cuello, la segunda bajo el hombro. Cayó de rodillas. Pedro miraba incrédulo la sangre que corría por su cota de malla, dejó caer la espada ya sin fuerzas y su último pensamiento fue que no era posible, que todo había sido una broma que alguien le había jugado, un mal teatro y que en cualquier momento alguien le palmearía el hombro y reiría con él y lo felicitaría por su papel en la obra.

El móvil comenzó a timbrar.

 

Daroca y 2017

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