Actualizado el 25 de agosto de 2018

El Loco Cartago

Por: . 17|8|2018

La gente lo llama el Loco Cartago porque no es de estas llanuras sino de más allá, en las alturas más lejanas, a través del golfo: Cartago por su voz más rápida y entrecortada, no el largo tono filoso de los que arrastran sus generaciones por aquí. Cartago por su piel que no es tan cobriza como el bronce de las imágenes en la iglesia.

En las noches, los niños del pueblo —crueles como todos los niños— hacen romería en pandilla, merodean en los alrededores de su rancho en ruinas, deslindan carreras en seguidilla y azotan decenas de puños golpeándole la puerta, las paredes, haciendo puntería de guijarros contra sus ventanas sin vidrios, vocecitas que gritan su apodo (hay en el trinar de sus nueces de Adán, aún púberes, un tufillo a miedo oculto): ¡Loco!

Pero no pueden entender, que este loco es el único despierto. Es asunto imposible para ellos colegir que la locura no es escape de quien ya no habla y se guarda en una covacha derruida entre gallinas y cerdos, automóviles desarmados y leyendas. Loco. (Asesino; hay quien lo dice, también). Cosas de chisme, dice el subdelegado policial, historias viejas, cuando alguna señora de bien, alguna vecina, de vez en vez, se aparece por la delegación, porque los rumores a veces también aligeran el sueño y despiertan temores incluso en los adultos. Alguno hay, que ha entrado y registrado con minucia en su cueva, cuando el Loco desaparece alguna noche, que ha inspeccionado con una cierta reverencia por entre el desorden de libros y cuadernos grasientos apilados en un baúl, junto a un camastro, a una estufa a gas, entremezclados con aparejos y poleas, un soldador de acetileno, pistones y tuercas sueltas de quien dicen, hace muchos años, que era el mejor mecánico en cien kilómetros y más (digámoslo claro, que el intruso ha sido el señor subdelegado policial, porque ante tanta pregunta, alguna vez tenía que corroborar). Hay familiares libros de portadas vetustas, con ilustraciones antiguas, cosas de vampiros, demonios, hombres lobos, leyendas de los antiguos moradores de estas tierras, literatura de niños que ya el delegado había visto muchas veces, porque aquellos libros eran los mismos de la biblioteca extraviada de su padre.

Así que el Loco Cartago sigue tranquilo su vida de anacoreta en la llanura. No escucha los rumores. Son cosas de mujeres y viejos asustados. Pero el subdelegado, que se educó en la capital, sabe de lo que se trata la herencia de la superstición. Su padre, su madre, eran víctimas también. De contar historias sin sentido. Como la de aquella invasión, de aves nunca vistas, pájaros negros de ojos amarillos. Desaparecidos luego sin dejar rastro, el mismo día en que hallaron a Juan Clachar y a su esposa, una india de por allá los cerros donde estaba la misión de Santa María, calcinados ambos en el fuego de su hacienda, junto con la criatura que acaba de parir la mujer. En esos días, el Loco, ya vivía por estas tierras. De hecho, fue él, junto con el padre del subdelegado, el viejo doctor del pueblo y el cura hondureño que bajaba de vez en vez de la misión, los que descubrieron la tragedia. El Loco recién había llegado al pueblo, contratado como mecánico en el ingenio de los Chinchilla. Si se esfuerza, el subdelegado puede recordarlo con brumas de infancia, taciturno, con un vaso de refresco en la mano, tirado en el piso del zaguán de la casa que entonces era oficina policial también. El viejo Loco que entonces no era tan viejo, se apoyaba contra la pared, el vaso en una mano, y levantaba la atención hacia lo que decía el cura —en alguna de sus esporádicas visitas— o al doctor Quesada, que iban y venían con aquellos libros como los de su padre. Su padre, entonces, era también subdelegado de la Guardia Rural y único agente (su padre, además, era cartago también: había sido funcionario de investigación judicial antes de venirse a la llanura, y quizás por eso lo de su amistad con el Loco.)

Lo cierto es que hace mucho, la puerta del taller que era también la morada del Loco, no abrió más para recibir clientes, y cuando llegaron a buscarlo, porque un tractor, un camión, porque algo estaba roto, lo hallaron en la cama, con un libro siempre en la mano, y el gesto y la respuesta la misma: no tengo tiempo. Fue poco después que empezaron los rumores. Se agolparon los decires por debajo de los soportales, entre los puestos de verdura en el mercado los cuchicheos, y a los niños traviesos se les advirtió de mantener la distancia y la lejanía de aquella covacha maligna. Lo que significó que los chicos ahora merodean en masa por las tierras del Loco, con ese gusto único por la rebeldía y lo prohibido, y en las tardes a veces llueve una piedra sobre el techo, una pared, un grito: ¡Loco!

El subdelegado policial, que es un hombre joven, despide con un ademán de consuelo a las señoras que ocasionalmente se acuerpan en su oficina con una nueva denuncia: un árbol que se ha secado, un maizal que ha dado mazorcas sin forma conocida, una muchacha que grita en sueños el nombre del Loco. No es más que un chiflado que no hace daño, dice el subdelegado. Y así se van mascullando inconformidades las mujeres (y con ellas algún hombre que las acompaña), justificando la desidia en los mismos motivos oscuros por los que el padre del subdelegado también lo protegía al desvariado y luego, cuando pase algo terrible, entonces ya verán, porque esto no puede seguir así. Y en cierta manera, van diciendo cosas ciertas. Porque nada bueno puede venir de un hombre sin amigos, solo, enclaustrado en sus razones. Un hombre al que nadie visita, desde hace mucho, desde antes de que se chiflara, antes de que cerrara su taller, cuando muriera el viejo policía y luego el doctor Quesada, y no se viera más rastro de aquel cura misionero que se había venido de la Ceiba hasta estas remotidades, y que bajaba de vez en vez desde los cerros de Santa María donde llevaba a cabo su misión evangelizadora, allá arriba donde sólo hay serpientes y gentes de hablares callados que se niegan a la vida civilizada de la llanura.

Pero el cura hondureño no bajaba desde hacía mucho y el Loco seguía en su covacha y el subdelegado simplemente meneaba la cabeza: gente, hay que estar tranquilos, es un loco inofensivo. Así, mientras los campos estuvieron quietos y los pájaros negros no hicieron su aparición. Así, mientras no empezaron a aparecer los cuerpos de animales descuartizados. Así, hasta que al borrachito de Martínez lo hallaron sin cabeza, en el fondo del basurero comunal. Así, hasta el día que le llegó el mensaje desde Santa María al subdelegado, para reportarle lo del cura hondureño, abierto en dos de un tajo, ese mismo día en que al policía se le atragantó la sospecha en el pescuezo.

 

Alfonso Chacón Rodríguez (San José, Costa Rica, 1967): Se graduó en Ingeniería Electrónica en el Instituto Tecnológico de Costa Rica en 1990, donde ejerce como profesor desde 2002. En 2004 obtuvo el título de Magíster Literarum, mención en Literatura Inglesa, por la Universidad de Costa Rica. En 2008 se doctoró en Ingeniería Electrónica en la Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina. Publicó su primer libro de relatos, El reloj maldito, en 1996. Dos años más tarde, el volumen Cuentos improbables le valió mención de honor en el concurso literario UNA-palabra de la Universidad Nacional de Costa Rica. Ha escrito tres novelas: El tiempo en los ojos (2000), Cuando los ángeles juegan a la suiza (2003) y El luto de la libélula (2011, galardonada con el Premio Aquileo J. Echeverría de Novela).

Categoría: Narrativa | Tags: | | |

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