Actualizado el 8 de julio de 2011

Poesía de Santiago Vizcaíno Armijos

Por: . 14|2|2011

EL AGUJERO QUE ABRE LA TINIEBLA

Y esta carta, que es el comienzo de la despedida,
de una despedida que quiere ser antes que nada civilizadamente amable…
Roque Dalton

Ya no volveré a verte, madre, con la satisfacción del niño mordiendo tus pezones. Ya no volveré a mirar tu espalda que huye doblegada por el miedo. Esperaré a que encuentres el motivo de esta despedida entre los vagos derroteros de aquel hombre. Te convido, madre, a enterrar conmigo la memoria de los días infantiles. Así, con el velo que descubre el monumento de nuestro dolor, cubriremos aquello que se agita y nos impide una pizca de deleite. Estamos cansados, madre, eso lo sabemos desde que nací, desde ese viejo grito en la madrugada, cuando mi cabeza ensangrentada aspiraba por primera vez el terror de la vergüenza. Esto que compartimos tú y yo, madre, y nadie alcanzará siquiera a percibir, permanecerá oculto entre las negras hierbas de la indiferencia.

Ya no volveré a verte llorar, madre, porque mi cuerpo quedará intacto con el rictus de la complacencia que provoca el adiós a la rutina. Te encontrarás tranquila, madre, lejos del tormento de tu hijo malherido que vagaba con la estela de su vicio. Dormirás, acaso, apenas agitada por el recuerdo de mi última risa. Llegarás a común acuerdo con la vida, porque ella, después de todo, bien merece tu presencia.

Recuerda, además, lo que solías decir: que el tiempo nos escupirá de sus fauces cuando no tengamos nada de qué charlar. Por todo ello te invito, madre, a este rito de satisfacción plena y de renuncia; a este galope hacia el encuentro con el polvo. Ya no me esperes más, madre, en medio de la noche frente a la ventana, porque nadie ha de llegar, tan sólo el rumor de este ser que ha despreciado tu bondad. Que no se diga jamás que he sido un hijo de mala madre. Soy apenas un producto de ese antiguo dolor que compartimos, cuando yo era un niño y tú una belleza incólume.

Ya no volveré, madre. Aquel último encuentro que tuvimos, ¿lo recuerdas?, se multiplicará en tu mente como el golpe que da el taco a una bola de billar. Cuando la última bola haya caído en el hoyo destinado, el sonido será tan fino que vibrará tu corazón como una cuerda. Yo he comprendido que la vida es eso: una cuerda que se estira demasiado, y vaya que yo lo he hecho. Sin embargo, son solo eufemismos, solo eufemismos…

No me importa mi imagen calcinada, madre. Tú sabrás encontrar el lugar donde ha de reposar ese silencio. Como siempre, he querido saberlo todo, experimentarlo todo, llevar el cuerpo hasta el límite. ¿Y cuando ya no se encuentran límites, madre? ¿Cuándo ya nada de lo humano me sobrecoge ni en sus formas más abyectas? ¿No es justo tomar una decisión frente a ese gran vacío de la abulia? Espero entiendas, madre, este acto de fe, esta apuesta por la melancolía.

Ya no vendrá el amanecer a salvarnos. Ya no podremos retornar a casa, abrazados, mientras la noche se llevaba el ventisquero de la angustia a otro monte.

Tu hijo al que todavía esperas, desde una próxima ausencia.

Imagen final
(De Devastación en la tarde)

Piensa,
como un gusano carcomido,
en la premura de la muerte:
ese infinito desmayo.

Todavía derrama
una última gota de devoción
como una mariposa blanca entre la flor.

No se atreve a mirar
el resplandor perpetuo
de los arrecifes que lo llaman.

Sueña, entonces,
con su madre
con su dios
y su canción.

Y derrama
débilmente
la cabeza.

De profundis
(De Incluso la penumbra)

A Kevin Carter

He venido del lugar donde el fuego es como el triste movimiento del tilo.
He caído como el guijarro que tenía dirección de tórtola.
He dormido bajo la sombra de un algarrobo yermo.
Y ya no tengo la amargura del primer día.
Ya no tengo la visión del vagabundo sobre la arena.

Mi antigua habitación me espera con su vientre como una caracola.
Hay abandono hasta en el agua que bebo,
pero no puedo olvidar mi promesa,
mi ambición de retratar el dolor del loto.

Tengo miedo de esta ciudad como un niño abandonado en el parque,
como el último lobo del páramo que mira la madrugada y se acuesta.

Tengo miedo de las mujeres y sus lunares como ojos.
Tengo miedo de pedir perdón al caminar.

He venido con la piel pegada al hueso de mi nuca.
Llevo el hambre como el canguro a su cría.
Me alimento de venados descompuestos.

He venido desde un valle árido que se acalambra con la luz del día.
Juego a ser un habitante más,
un refugiado del sol.
He venido con el murmullo de mi juventud a cuestas,
pero tengo miedo de los rostros que se acumulan
para mirarme como un animal exótico.

Estoy tan solo que ni el suicidio sería un gran acontecimiento.
Solo como un búho herido,
como la yegua que se muere al parir,
como el buitre que mira a su alimento que es una niña,
como la niña que no mira al buitre.

He venido.
Y tengo el consuelo de los desesperados.

TENGO TANTO MIEDO DE DECIR LA VERDAD
(Inédito)

A veces, en las noches,
que son pesadillas involuntarias,
veo el sombrero enorme de un hombre que se estremece,
él y su objeto,
en una fascinación envidiosa de dolor.
También es posible que recorra el mismo derrotero
que la vara torpe del ciego mudo
en la calzada como el mundo.
Pero tengo tanto miedo de decir la verdad.

A veces bebo pequeños sorbos de desdicha,
y no tiene importancia,
si nadie ha de asistir a esa contemplación.
Cómo es posible, por ejemplo, que golpeen a un hombre
en una tormentosa noche en que se siente libre.
Yo solo sé que libre significa
la cesación de la tristeza.
Pero lo que he acumulado no está lleno de eso,
sino de la sensación de lo concreto.

La literatura no es una preocupación,
como sí es comer y hacer el amor,
aunque no parezca.
Todo aquello tiene un valor semántico,
y ustedes lo saben;
lo que no entienden, lo que nunca podrán entender,
es el valor de la Verdad,
esa bárbara conmoción de la naturaleza,
que también es posible que la diga a medias.

Uno sabe que la verdad es solo lectura, contemplación,
pero tampoco es tan simple,
por eso tengo tanto miedo de decir la verdad.

Si toda la procacidad del mundo se acumulara en mi cabeza,
mejor, sobre mi testuz,
habría que hacer explotar aquello como una calabaza infinita.

Ya no solo me asombra la visión de esa mujer
que come desmesuradamente.
Pienso en Lezama, pónganse,
aunque a nadie está dedicado este poema.

Era también posible que todo haya cambiado.
No es posible, sin embargo,
que un hombre muera ciego
frente a la vana soledad de su tortura.

Hay tantas cosas sueltas en derredor,
pero no es parte de la historia,
o sí lo es,
y hay que darles la espalda
como a las vísceras que se han de comer
en un caldo de amor y de muerte.

Yo sé que hay mucho de panfleto que se cuela entre un verso y otro.
Si he dicho verso es por compostura;
así se llama pasión a lo que devana los sesos,
porque también tengo miedo de decir la verdad.

Ya no me conmueve tanto la muchedumbre,
sino casos particulares.
Es obvio que dan ganas de mearse
sobre la reproducción en masa,
puesta en abismo de una tarde inmortal.

Son cosas que en realidad tienen importancia
dentro de la ilusión ilustrada de una nación.
Para qué, entonces,
vamos a corregir este viaje temporal,
si el centro mismo es la inutilidad de cada acto.

Es tanta la urgencia por sobrevivir
que es muy posible que los muertos
tengan la misma música que soportar.
Por eso tengo tanto miedo de decir la verdad.

La literatura es lo único que justifica esta imposibilidad,
pero no justifica el desorden que produce la dicha de toda falsedad.

*Nacido en Quito, 1982. Estudió Comunicación y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Sobrevive gracias a la labor más invisible y embrutecedora, la de corrector de pruebas. También funge como periodista. Textos suyos se han publicado en las revistas Letras del Ecuador, Ruido Blanco, Rocinante, Retrovisor, Zoom, Imaginaria, Casa de las Américas (Cuba), Connotation Press (EEUU) y Punto de Partida (México). Ha participado en las ferias de libro de Venezuela (2008), La Habana (2009) y en el II Encuentro de Jóvenes Escritores y Artistas Latinoamericanos Casa Tomada (Cuba, 2009). Su primer libro de poesía, Devastación en la tarde, y otro de ensayo, Decir el silencio. Aproximación a la poesía de Alejandra Pizarnik, recibieron sendos premios nacionales en 2008 por parte del Ministerio de Cultura del Ecuador. Recientemente recibió, además, el Premio Pichincha de Poesía 2010 por su libro Incluso la penumbra.

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