Actualizado el 1 de octubre de 2013

Poesía de Javier Alvarado

Por: . 26|9|2013

Rumberos del momento Con el poemario “Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín” Javier Alvarado (Panamá, 1982) suma un nuevo lauro a los reconocimientos a su talento. Ganó el XV Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén, 2012.  El Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén es  convocado  por la Universidad de Quintana Roo en México.
En el 2011 obtuvo además el Premio Internacional de Poesía “Rubén Darío”  y el año anterior alcanzó Mención de Honor en el Premio Literario Casa de las Américas de Cuba con “Carta natal al país de los locos (Poeta en Escocia.)”
Este joven poeta ha  ofrecido lecturas de poesía en Chile, Nicaragua, Costa Rica, México, Inglaterra, Guatemala, El Salvador, Escocia y Uruguay. Recientemente ofreció un recital de su poesía en el Centro Hispanoamericano de Cultura, en el Centro Histórico de La Habana.

LOS HUESOS DEL TREN

Acaso, dijiste,

haya travesías por realizar en soledad

Hans van de Waarsenburg

 Ese es el final, soltar el cordel y dar paso a las otras vidas,

Rayar en los espejos esos soplos de felicidad, esas lenguas que conjuran al rocío,

Esa agua que cambia, ese espejo disonante, ese bosque

Que bosteza y se marcha y abre los manglares

Con sus dotes; ese mar que desdibujamos con la tentación de las islas

Y que ya no volverá a existir, ahora que nadamos en exceso.

Ya podrás recordar ese Camino Real y ese Camino de Cruces

Cuando tomes un tren en suelo extranjero, cuando colmes las hojas

Y haya una nostalgia de árbol trepando un sueño dentro de otro sueño

Donde te sentirás más lejos, donde titubearás ante ese núcleo solitario

Ante esa desbandada de los que se conceden la automiseria,

La humillación de la música.

¿A dónde fueron a parar los huesos?

¿A dónde están los cráneos de aquellos obreros que excavaron Panamá

Y hallaron esa vez los minerales de la muerte?

¿A dónde están sus cadáveres y esqueletos conservados

Que nadie reclamó y que fueron a dar a la punta del escalpelo, a los recuerdos deforestados de la casa

A las escuelas de medicina donde las autopsias son un recuerdo monorrimo?

¿A dónde todo el dolor y la aventura de ese tren retórico? Yo tomo una tibia y me voy a acurrucar en las piernas de mi madre y en las piernas de mi madre hay ese mismo sonido, esa misma música del hueso, ese hueso maternal y paternal de los rieles y de los durmientes que salen a acosarme, ese llanto del guayacán a oscuras, del tren que intermedia la noche, donde encontramos esa estación del miedo y del trópico bisbiseante; ese jadeo de los astros y de la ropa como letreros ahogados: Gorgona, Gamboa y Bas Obispo, La Línea, Ahorca Lagarto, Gatún, Bujio, Barbacoas, Bailamonos, Matachin, y Summit,

Donde aún perduran la majestuosidad del hueso y la prontitud ajena del cardumen,

¿A dónde está el llanto de los personajes y personajas de los pueblos perdidos?

¿A dónde este rayo de ser y el lugar que deconstruye?

Es inmediata la tarea de recolectar los huesos, esos huesos que principian

Los demonios y los ángeles que amamos,

Esos huesos carcomidos por el amor y el sexo

Y por las sandias que roemos con furia (aproximándonos a una temporada de marcha,

a un fuego de  estación).

Mientras mordemos la sandia con José Manuel Luna y escupimos las semillas

A Jack Oliver (que cae por el exceso de la bebida y vuelve a ser una soga más abandonada en el puerto)

Y la historia sigue sedienta

Como esa interminable tajada de sandía

Que sigue engordando,

Como la muerte en los huesos.

 

RECUERDO DE MATACHÍN

 

Matachín reverbera bajo las aguas

Con su voz ahorcada y  su dialecto

Con su rostro de músico y sus dedos embadurnados por azogue;

Es una franja de tierra que no puedo olvidar.  No la ignoro

Y la acaricio,

La huelo como el primer milagro

Que brotó tras el diluvio

Con sus hojas graduales.

Cierro mis puños y los abro tratando de bracear

Sobre este lago

La vendimia del dolor;

Las letras paganas que compusieron su bitácora de viaje;

Sus maletas llenas de suicidios, y de muertes.

De auroras y de pueblos perdidos.

Matachín regresa a mis salomas

Como una constelación que se recoge,

Como una estrella calcada,

Como un grito hechizado a la intemperie.

 

Aún albergo las ansias de montarme en tren,

De seguir los caminos y los rieles,

Los campos donde se disemina la faena

Donde está Uh Mei con su loto,

Con su estanque de páginas muertas.

 

Me apresuro a llegar hasta la iglesia de La Línea

Donde la campana sigue tañendo

A pesar del peso salobre de las aguas, me apresuro

A dar cuerda a un gran reloj que sigue andando

Nadie sabe la razón, la hora ni el por qué;

En sus péndulos veo parpadear un mundo

Con su cola de tucán, con sus páramos ausentes.

 

En Matachín hay una estación. Móntate.

Algún día llegaremos a la eternidad

En lomo de tren. Aquí yacen los chinos dormidos

Con sus colores y canciones. El tren inició

Con los colores del suicidio. Ahora todo es el sabor

Del olvido con su locomotora

Y su hierro oxidado

 

Móntate.

Algún día llegaremos a la eternidad

En lomo de tren.

 

Javier Alvarado con la poetisa Lina de FeriaJavier Alvarado nació en Santiago de Veraguas, Panamá, 1982. Mención Casa de las Américas de Cuba 2010. Ganador del Premio Nacional de Poesía Pablo Neruda 2004, del Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011 del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2011 y de los X Juegos Florales Centroamericanos de 2010. Ha publicado Carta natal al país de los locos (Ediciones Limón Partido, México 2011), Ojos parlantes para estaciones de ceguera (UNAN, León, Nicaragua 2011) y Balada sin ovejas para un pastor de huesos (UTP, Panamá, 2011), entre otros.

Categoría: Poesía | Tags: | | | | | | | | | | | | |

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