Actualizado el 28 de febrero de 2014

Andrea Cote Botero

Por: . 28|2|2014

La dialéctica Acrílico / lienzo

 

 

 

 

 

 

(Poemas de Puerto Calcinado, 2003)

 LA MERIENDA

 También acuérdate, María,

de las cuatro de la tarde

en nuestro puerto calcinado.

Nuestro puerto

que era más bien una hoguera encallada

o un yermo

o un relámpago.

 

Acuérdate del suelo encendido,

de nosotras rascando el lomo de la tierra

como para desenterrar el verde prado.

 

El solar en donde repartían la merienda,

nuestro plato rebosante de cebollas

que para nosotras salaba mi madre,

que para nosotras pescaba mi padre.

 

Pero a pesar de todo,

tú lo sabes,

habríamos querido convidar a Dios

para que presidiera nuestra mesa,

a Dios pero sin verbo

sin prodigio

y sólo para que tú supieras,

María,

que Dios está en todas partes

y también en tu plato de cebollas

aunque te haga llorar.

 

Pero sobre todo

acuérdate de mí y de la herida,

de antes de que pastaran de mis manos

en el trigal de las cebollas

para hacer de nuestro pan

el hambre de todos nuestros días

y para que ahora,

que tú ya no te acuerdas

y que la mala semilla alimenta el trigal de lo desaparecido

yo te descubra, María,

que no es tu culpa

ni es culpa de tu olvido,

que es éste el tiempo

y éste su quehacer.

 

 

CASA DE PIEDRA

 

Era corriente

y deslucido

y mohíno

el ademán,

con que dábamos la espalda a la casa de piedra de mi padre

para ondear faldas floreadas

y de luz

en nuestro puerto desecado.

 

Por primera vez

y sin nodriza,

bordeábamos la arcada de la tarde,

todo para no ver

las manos de piedra de mi padre

oscureciéndolo todo,

apresándolo todo,

sus palabras de piedra

y cascarrina

lloviendo en el jardín de la sequía.

 

Y nosotras en fuga hacia calles blanqueadas

y farándula de mediodía

y ellos repitiendo

en la puerta de piedra:

catorce años,

falda corta,

zapatos rojos sin usar.

 

Éramos en avidez musical

y de fasto

y malabares,

ante la lustrosa acera,

antes de quedarnos paradas

y sin voz

para ver la desolada estampa,

la ruina.

Pues el silencio,

que no el bullicio de los días,

atraviesa.

El silencio,

que es que son treinta y dos los ataúdes

vacíos y blancos.

 

PUERTO QUEBRADO

 

Si supieras que afuera de la casa,

atado a la orilla del puerto quebrado,

hay un río quemante

como las aceras.

 

Que cuando toca la tierra

es como un desierto al derrumbarse

y trae hierba encendida

para que ascienda por las paredes,

aunque te des a creer

que el muro perturbado por las enredaderas

es milagro de la humedad

y no de la ceniza del agua.

 

Si supieras

que el río no es de agua

y no trae barcos

ni maderos,

sólo pequeñas algas

crecidas en el pecho

de hombres dormidos.

 

Si supieras que ese río corre

y que es como nosotros

o como todo lo que tarde o temprano

tiene que hundirse en la tierra.

 

Tú no sabes,

pero yo alguna vez lo he visto:

hace parte de las cosas

que cuando se están yendo

parece que se quedan.

 

Nacida en Barrancabermeja, Colombia. Es poeta y profesora de literatura. Autora de Puerto Calcinado (2003), Blanca Varela o la escritura de la soledad (2004), Una fotógrafa al desnudo (biografía de Tina Modotti, 2005) y Cosas frágiles (2010). Ha obtenido los reconocimientos: Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia (2003), Premio Internacional de poesía Puentes de Struga (2005), Premio Cittá de Castrovillari 2010 a la edición italiana de Porto in Cenere. Actualmente culmina sus estudios de doctorado en literatura hispánica en la Universidad de Pennsylvania.

Categoría: Poesía | Tags: | |

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