Actualizado el 6 de julio de 2016

Leymen Pérez

Por: . 3|7|2016

Leymen Pérez, poeta y editor en Ediciones MatanzasLOS ESCOGEDORES

Leen en el arroz

lo mismo que la sangre lee en el cuerpo que nada puede escoger.

Cuentan los restos duros (coágulos, cielo desgarrado, astillas)

que entran a la boca con la misma intensidad

con que una raíz rompe el suelo huyendo de la naturaleza

que se deja pinchar con la sucia aguja de la nación.

Un cuerpo sin cabeza y sin extremidades. Un tronco enfermo.

Tierra abriendo la tierra donde crece Oscar Matzerath.

El humano con menos cenizas en Auschwitz y en el Morro-Cabaña.

Los escogedores de arroz a veces no leen nada. Entran y salen

como autistas que se buscan a sí mismos y se encuentran

en el hacha de talar la libertad, en la tierra abriendo la tierra

que hay en mí. Cerrándose, cerrándome.

Lo mismo que la sangre lee.

 

BIOPSIA

Abre la boca.

Saca la lengua.

 

Y con una aguja inyectan

y con una pinza cortan:

 

es positivo

es negativo

es positivo.

 

Y yo vi pasar el cáncer

entre una puerta blanca y otra negra;

el cáncer sentado frente a mí;

a mi lado el cáncer, empujando

la noche de la sangre,

invadiéndolo todo.

 

No cierres la boca.

Aún estoy cortando, dice el doctor.

 

Savia

La mayoría de la gente no sabe

que está enferma.

Inyectada

con la savia

muerta

de los vivos

y con la savia

viva

de los muertos.

Hombres abriéndose:

pájaros

que entran

y salen

a respirar.

Malas costuras.

Enfermos tejidos.

Hombres cerrados:

pájaros

asfixiándose,

limpiándose

la sangre

dura.

La mayoría de la gente no sabe

que tiene la sangre dura.

 

PAISAJES DEL DESASTRE                                                                                                                                         Para mi madre

En la noche que todavía va quedándose

dos perros de pelea miran.

Miran como pueden nuestros ojos

los paisajes del desastre.

 

Y mientras más carne desgarrada llegue al suelo

más humanos se vuelven los perros —gritan

 

los que están a la izquierda

y los que habían dejado sobre la mesa

la falsa materia que ganaron

en más de cuarenta años de trabajo.

 

Nuestros ojos miran como pueden

a los perros que abren y cierran las mandíbulas

con nuestras vidas dentro

como si nunca nos hubieran pertenecido.

 

IDEAS DEL RECOGEDOR DE LATAS

Observando al recogedor de latas de 23 y 12

olvidé que yo también era observado.

Una aridez en el aire servía de escenario

a un paisaje cada vez más lleno de sombras enfermas.

 

Un polvo soleado sobre mis ojos no me dejaba ver

igual que a El Greco

cómo el vacío se alimentaba de mí con la misma fluidez

que impulsaba a mis manos a golpear una lata,

un fragmento de materia que será reciclada

como nuestras vidas.

 

Reencarnación, le llaman los metafísicos.

 

Una mano que oprimiendo se oprime, le llamo yo.

 

Algo así como aquel grillo que cantaba en la prisión

y después era obligado a enmudecer. Cantaba

también un gorrión sobre la intemperie de un alambre

que ya no tenía lenguaje.

 

El recogedor de latas rozaba con las yemas de los dedos

todo lo ingrávido y sucio bajo un paisaje artificial.

Limpiaba del paisaje su aspereza. De la luz, su oscuridad.

Tragaba oscuridad como el hijo

que cuida a su madre con cáncer.

 

Caminábamos, sesgaron los caminos, caminábamos:

¿Cincuenta y siete latas alcanzarán para comer?

Categoría: Poesía | Tags: |

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