Actualizado el 28 de junio de 2017

Edel Morales

Por: . 26|6|2017

Edel Moreles

Fotografía de Racso Morejón

La pierna de Elena

La pierna derecha

suavemente cruzada

sobre la pierna izquierda

permite acceder

a un espacio abierto al diálogo

donde la belleza de la imagen perdura

con la naturalidad de una conversación entre amigos.

 

En la foto —unos cincuenta años atrás— Elena y Fayad y Roberto y Carlos y otros jóvenes de entonces, sostienen la visual de la cámara o conversan animados acerca de revistas y libros suyos de publicación reciente o por venir.

 

Muestran en sus rostros la sonrisa natural y gozosa de quienes van a renovar juntos la raíz fatigada de un mundo. Parecen animados por un pacto y una energía de vida que fortalece sus discursos, mientras intercambian ideas y miradas cómplices acerca de lo que imaginan será pronto la realidad y la literatura de América Latina.

 

La escena acontece en alguna sala reservada a los protocolos culturales, tal vez en La Habana rebelde del cincuenta y nueve o quizás en la altura satisfecha del D.F. El lugar poco aporta a la naturaleza del suceso medio siglo después, mientras seguimos la presentación de un nuevo portal en la web y algún comentario cuestiona el estilo de los trajes y las poéticas resultantes.

 

Ese debió ser un momento grandioso en la cronología afectiva de todo un continente. Pero ahora, mientras repasamos detalles de aquel lejano encuentro con las ventajas que ofrece un buen visor de imágenes, es la tersura en la pierna descubierta de Elena lo que focaliza la atención, su gracia juvenil de aquellos días eternizada en el instante de la foto.

 

La sutileza de una pierna

sabiamente cruzada

sobre la desnudez de otra pierna

como clave

que impulsa a acceder

a ese espacio abierto al diálogo

donde la belleza de la imagen perdura

con la naturalidad de una conversación entre amigos.

 

Una (e)lección de (micro) historia cultural

 

 

Lo sabían los clásicos y algunos contemporáneos lo recuerdan: La memoria es (también) un campo de fuerzas, un espacio en disputa. Se modela o (re)construye en imágenes (imantadas) y conceptos (precisos). Sus vectores de (in)tens(c)ión permanecen (dentro) y operan (in)tangibles en la vida cotidiana.

 

Hay momentos en los cuales la suerte es esquiva. Aplazadas (en silencio) las preguntas, postergados los conflictos en el aire insostenible, el (in)consciente encadena (bajo cuerda) los sucesos, los subsume y transfigura a su antojo. Hay momentos así, en que el tiempo se fuga en un vacío espacial.

 

Veamos este: prefiere una injusticia a un desorden, dice HP de CAIN, en una carta de 1968. Ha defendido (antes) la pertinencia de esa voz (extraviada) en la rebambaramba de El Saurio. Pero en unos meses la situación ha cambiado. Se matiza (conveniente) el poeta en su lenguaje epistolar: ha entrado en el juego: Se adscribe a la belleza pura, precisa ahora HP al escribir de CAIN.

 

Y pone a circular su texto en la noria de la prensa mundial. Una y otra vez será (ese) el modelo elegido por la intelligentsia: dirimir con la lengua confundida disputas demasiado peligrosas y (demasiado) sutiles para airearlas sin más en un escenario público. Se desata (en el acto) una fuerza colosal, una energía que arrastra la flora y la fauna y las vidas humanas a lidiar a lo grueso.

 

Es el año de Tlatelolco, del Mayo Francés, de la Ofensiva Revolucionaria, del Centenario de Yara, de aquella Primavera (im)prevista con su agosto de tanques en las calles, y de ese Premio que (ex)tiende el síndrome de la sospecha y (con)vierte la urticaria en sistema. Se tensa(n) todo(s) y ante la posible llamarada, HP acusa a CAIN de haber renunciado a la responsabilidad, a la Historia.

 

Se abren entonces las compuertas de la supresión de los sentidos. Lo guardado se echa fuera a rodar. Un aleteo de mariposa en La Habana provoca un terremoto en París. Sus réplicas sacuden Europa y América: Se tiran por el suelo los manteles, se quiebra el consenso intelectual, se modela y (re)construye la historia, se (re)tocan las imágenes.

 

Pero cosas como esas no se trasmiten en los genes. Deben ser reveladas y apre(h)endidas con fruición. Varias décadas después puede repasarse El 71 y extraer de esas páginas una (e)lección de (micro) historia cultural. La memoria es (también) un espacio en disputa, un campo de fuerzas en esencia inestable, un movimiento (continuo) de equilibrios en tránsito. Lo sabían los clásicos y algunos contemporáneos lo recuerdan.

El mundo según G. A. F. (Smart text edition)

Tan sencillo como mirar (el paisaje) al otro lado y hacerlo de una vez. Saltar desde el muro al espejo, al abismo, a la pantalla. Cambiar el modelo. Lo escuchas (decir) en la calle, en las redes (más pobladas) de la web, en las conversaciones (íntimas) del gemelo Lector, tu otro yo. Esto apenas comienza, y en los días por venir (todo) cuanto conocemos cambiará. El nivel de las aguas, el valor de los datos, las relaciones jerárquicas. Lo escuchas entre la multitud del estadio y otra vez en la euforia del concierto: No es fácil, pero tampoco difícil.

 

Es el nuevo paradigma. Un (eficiente) motor de búsqueda.  Todo pensado para (inducir) la viralidad. Todo previsto para (satisfacer) algoritmos. Como (alguna vez) fue ordenado: Todo para (armar) el frente. Para que se quiebre el (antiguo) sistema. Es cuestión del orden, el poder, el dinero. Es cuestión del caos, el cálculo, la suerte. Nada infalible o seguro. Nada libre de intereses. Es cuestión del duende. Es cuestión de las palabras. Fragmentos que puedes situar en el cosmos de tu imán: Primero desaparecer, después meterlos en la tierra.

 

De aquí para allá, de allá para acá, y (luego) vuelve a moverte acullá. Audiencia(s) y medio(s). Autor(es), crítico(s), lector(es), b(l)o(g)queando en el espacio digital. Un poco faltos de aire, a veces. Todo mezclado. Y cada fragmento a su imán. Girar en múltiples esferas de opinión. Decir lo que quieras. Hacer lo que te venga en ganas: Y yo que no llevo un clavel rojo en la solapa, no puedo sonreír.

 

Es la Gran Disrupción. El futuro cifrado en las máquinas. El pensamiento (moderno) en derrumbe. Por todas partes. Tocar, abrir, deslizar. Un mundo distinto. Pantallas interactivas. Tan grato su empleo que se ven naturales. Navegar en el reino de la abundancia. Entre la piel cremada y la conciencia suicida. Ya sin límite y sin punto de retorno. Cuando es imposible volver atrás, resetear el sistema. Lo ves en la calle, en la web y en el rostro (sereno) de tu amigo el Lector. Todo cambiará, radicalmente: alguien siempre dispara su pistola en medio del concierto.

 

Con José Lezama Lima, Ángel Escobar y el Gemelo Lector.

Categoría: Poesía | Tags: | | | | |

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