Actualizado el 25 de octubre de 2017

Mildrey Alfonso

Por: . 23|10|2017

de la serie Toque en la puerta

Fotografía Racso Morejón

S.O.S

Esta tarde de viernes se atraviesa en mi garganta,

en mis ojeras,

en este letargo al que no me acostumbro.

Oigo toques en la puerta, tras una esperanza de salvación me lanzo… son los toques de otra puerta

-maldita puerta-

Vomito esta impotencia de mal gusto mientras regreso a este viernes,

sin santos,

sin remos,

sin aceras.

Regreso

Espero,

a otros toques,

a otros viernes.

 

¡BUEN PROVECHO!

Como moscas nos arrimamos a la mesa, y mientras masticamos algo más que el pan nuestro, hablamos de futuro, de Alí Babá,  del mal carácter del carnicero.

Un silencio repentino nos atropella cuando la lengua desmenuza el último trozo de carne, que va bajando con la salsa, la culpa y la diabetes de mi suegra.

 

GRIETAS

 

Te escurres a mi costado al límite del silencio.

Finjo que duermes y me concentro en mis senos.

Desde el techo una mancha de humedad emerge como un rostro, pareciera tan real, pero la realidad a estas alturas es una palabra ambigua que se escurre a mi costado.

 

SALVAR AL PRÓJIMO

La vecina llega sin aviso a predicar la palabra; habla del pecado, la manzana;  y mi boca es un charco de agua que voy tragando, como trago mi manera de ver a Dios para no contradecir al evangelio, a la vecina.

Echo un vistazo al reloj.

Sugiero una taza de café; pero aun faltan ocho mandamientos, y  la presencia del diablo. Evito un bostezo para no ser tildada de echar perlas a los cerdos, e imagino al padre de la vecina -pobre diablo- estoico en su silla de ruedas con tres varas de lengua tan seca como el precio de la manzana,  a la espera de algún samaritano.

 

CUANDO LOS HIJOS LE FALTAN A LA NOCHE

Me dirijo a la funeraria con el rostro para tales contingencias. A la hija del difunto le quedan ocho millas por llegar con el corazón re-partido en las maletas.

Observo las coronas en descomposición. Dos ancianas me observan como si mis treinta años de menos me excomulgaran de ser la próxima víctima.

La noche avanza.

Una madre recuerda que ha dejado a su hijo totalmente solo, y se aleja con las condolencias.

Pienso en la postura del muerto,

en mi cama,

en este pueblo donde un cadáver pertenece a todos, como las franjas de la bandera.

La noche avanza.  Para entonces todas las madres han recordado sus traumáticos partos.

Agradezco la palidez del café. ¿Será que la muerte da tanto sueño?

Pienso en mi cama, en mi cotorra, en la dulzura casi humana con que me mira, y en este maternalismo animal, que no es razón suficiente para que la noche no siga avanzando.

Categoría: Poesía | Tags: | | | | |

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