Yoel Suárez Fernández (La Habana, 1990)
ALEGATO DEL ORIGEN
“A inicios del siglo XXI habrá entre 40 y 60 millones de abortos anuales en el mundo”. Organización Mundial de la Salud (1990)
Juguemos a que eres miel,
Y yo pez que nada en ti.
Imagina que te libo
De la nube y los milagros
Esos ratos insondables
En que me hiciste un tramito
De edén rendido en tu eje.
Créete que el mar no colma
La suavidad de los lagos,
Y que un instante del hoy
No debe ser el futuro.
Presume que pronto río
Ante tu faz de disgusto
Y contagio de alegrías
Este cuarto macilento.
Suponte que en breve llego.
Me separo de tu vientre
Para fundirme en tu mimo
Y nunca más alejarnos.
Piensa en mi grito inocente,
En lloros que cataré.
Recuerda: como seré
Asimismo fuiste tú.
Anduviste a tropezones,
Manejaste sin malicia
La sonrisa de los tuyos.
Soy la extensión de tu origen,
La prueba de Dios en lo alto…
Supón que un día indemnizo
Tu esencia de niña y brote,
La nocturnidad insomne
De tus caricias en mí.
Déjame un sitio en tus besos,
Guárdame asiento entre gozos;
Sólo obséquiame la entrada,
Para cederte el poema
De mis ojos que son tuyos,
La boca que es la de abuelo,
Y este minúsculo instante
En que me duermo en tus manos.
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1 Saint Bari. 3|12|2012 a las 10:16
Ok, sigue así joven poeta y, estoy seguro que pronto sabremos más de ti. Suerte
2 Alejandro. 1|3|2013 a las 18:02
LA LLAMADA
Cuando las hordas de Cristo cruzaron el valle luminoso, todo los habitantes de la aldea salieron a sus encuentro, mas hubo un hombre, al que jamás se le había visto por aquellos parajes, que con un venda roja en los ojos, como queriendo ocultar el espejo de su alma ante la mirada de los demás hombres, portaba una antorcha en sus manos. Corrió con extraña prisa hacia el valle, y antes de que las hordas pudieran salir de los campos de trigo que rodeaban la aldea, prendió la primera espiga del valle, la que enseguida transmitió su fuego a las otras y así se fueron prendiendo sucesivamente, hasta que en poco tiempo, todo el campo se consumía en llamas. Las hordas retrocedieron, intentaron escapar por la izquierda, mas allí estaba de nuevo el hombre cuyos ojos ocultaba bajo la venda escarlata, con su antorcha encendida, prendiendo fuego antes de que pudieran salir. El campo de trigo ardía como si el sol hubiese sido puesto sobre la tierra, y todos veían como el círculo de fuego crecía hacia dentro, cercando a los ángeles. Pareciese que el fuego buscase desesperado llegar a ellos para devorarlo con sus ardientes brazos. Los campesinos del otro lado del campo gritaban, otros solo observaban el inevitable final que se avecinaba. De pronto todos los ángeles hicieron un ruedo dentro del círculo mortal que los amenazaba. Como por una orden divina todos juntos miraron al cielo al mismo tiempo, era un círculo blanco dentro de un círculo rojo, era el mal acechando el bien, la oscuridad devorando la luz. Comenzaron a cantar en coro plegarias en un idioma desconocido para los hombres, sus voces eran suaves y dulces, y llegaban a cada rincón de aquella tierra santa, justo en el momento en que el fuego alcanzaba el ala de un ángel, se abrió el cielo, y se vio una luz que cegaba incluso los ojos de los mismos ángeles. Era su señor que había escuchado sus plegarias y venía en su ayuda. Lanzó un rayo sobre el trigal y cada llama se convirtió en una espiga de trigo, y un feroz viento las agitó hacia el este, y cuando los campesinos recobraron la visión, ya los ángeles cruzaban el campo, intactos, para llevarles a los hombres que creyeron ver la muerte por un segundo el don de la vida eterna.